miércoles, 16 de junio de 2021

 

México logró detener el aluvión

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Las elecciones mexicanas del 6 de junio nos dejan varias lecturas que deben analizarse con objetividad y con la profundidad que el caso amerita. Lo primero que debemos resaltar, es que la participación electoral se ubicó en 52.5%, 10% menos que la registrada en el 2018 (62.65%). A pesar de ser elecciones intermedias y en plena pandemia por covid-19, la participación no varió significativamente respecto al promedio histórico. La pandemia del covid-19 tuvo menor incidencia en la abstención electoral de la que esperábamos.

Otro dato de mucho interés es que Morena no pudo retener la mayoría absoluta, tal como lo revelaron las proyecciones de la intención de voto. Hasta el momento de escribir este artículo, Morena había perdido más de 50 curules, pasando de 256 a 200 diputados; la oposición quedó representada por el PAN, partido que experimentó un crecimiento de 32%, al pasar de 77 a 114 diputados; y, el PRI obtuvo 71 diputados, 23 más que en el 2018. Con esta nueva correlación política, queda claro que los mexicanos  votaron por un equilibrio político en la Cámara de Diputados, a fin de preservar los contrapesos institucionales que provee la democracia y la constitución. Esta nueva realidad política en el parlamento, obligaría al presidente López Obrador y a su partido, a recurrir a la negociación para dirimir temas de sumo interés para el país y para el proyecto de la 4T, habida cuenta que resulta imposible que Morena pueda reunir la mayoría calificada con el apoyo de sus aliados, el PVEM y el PT, los cuales suman junto a Morena 277 diputados, faltando todavía 53 votos para alcanzarla.

Sin mayoría calificada se pone freno a reformas constitucionales que pueden afectar la institucionalidad mexicana, tales como la reelección presidencial, la reforma del INE y otros temas de significativa importancia. En definitiva, México frenó el aluvión en el Congreso, pero a nivel nacional le dio más poder a Morena, acrecentando la hegemonía política que obtuvo en el 2018,  al ganar 11 de las 15 gubernaturas en competencia y terminar gobernando 17 de las 32 gubernaturas del país, lo cual representa el 53% del territorio nacional.

 Estas cifras proyectan a un país que sigue apoyando el proyecto de la 4T pero está consciente, al propio tiempo, que son necesarios los contrapesos para evitar el autoritarismo que fácilmente se ejerce cuando se tiene todo el poder. De nuevo, le brindó la confianza al presidente López pero le restó poder en el parlamento; con lo cual podríamos inferir que, en esta oportunidad, gran parte de los mexicanos no firmaron un cheque en blanco al presidente y a su 4T.

De las elecciones del 6 de junio, se desprenden dos reflexiones básicas. La primera, las malas decisiones del gobierno tuvieron consecuencias en los resultados electorales, impidiendo que Morena obtuviera el triunfo arrollador esperado por el presidente y los dirigentes del partido. En democracia, el poder no es para siempre, permitiéndoles a los ciudadanos, a través del voto, tomar decisiones que contribuyan a retomar el rumbo perdido. La segunda reflexión es pensar que Morena ganando perdió. Los resultados están a la vista, sigue siendo la primera fuerza política de México y aun dispone de recursos suficientes, como por ejemplo el poder, para mantenerlo en los próximos años.

La disyuntiva que se les presentó a los mexicanos el pasado 6 de junio, se mantiene después de las elecciones; por el momento, pareciera estar a salvo la institucionalidad democrática del país. Le corresponde ahora a la oposición, especialmente al PAN, ejercer su rol fundamental en la política mexicana con inteligencia, unidad estratégica y visión de largo plazo, de tal manera que las mayorías lo perciban como un partido con opción real de poder para el 2024.

Para que ello se transforme en realidad, le corresponde a la oposición asumir los grandes desafíos de la democracia mexicana, ahora mayores que antes de la pandemia. Es vital que la oposición mexicana lidere una nueva narrativa confiable, convincente y que conecte con la sociedad, especialmente, con los más vulnerables, a fin de quitarle la bandera de la justicia y la inclusión social a la izquierda populista que pretende apropiárselo. Hasta tanto la oposición no construya un mensaje alternativo al de la 4T, capaz de convencer y emocionar a la gente, que la deslastre del pasado funesto que Morena quiere endosarle, resultará más difícil el inicio de un cambio político para el país. El mensaje no puede ser una reacción a lo que haga o dice el presidente; el mensaje debe ser propositivo, proyectar que la oposición está en capacidad de hacer mejor las cosas, con garantía de un buen gobierno, como lo ha hecho en varios estados de la República.

El desafío mayor es preservar la libertad y fortalecer el sistema democrático, en un ambiente que promueva la unidad nacional y la participación ciudadana,  teniendo como norte los supremos intereses del pueblo mexicano. De ese tamaño es el desafío que tiene frente a sus ojos la oposición democrática mexicana.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

jueves, 3 de junio de 2021

 

El 6 de junio: la disyuntiva mexicana

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Sin exagerar, hay momentos en que los países se juegan el presente y el futuro. El próximo 6 de junio es uno de esos momentos para México. La elección de ese día no es una más de las tantas que han tenido los mexicanos. En esta oportunidad, la disyuntiva será votar para fortalecer la democracia y la institucionalidad republicana o votar por un sistema político basado en el autoritarismo personal de un líder que cree estar por encima de la Constitución y de las leyes. ¡Mucho cuidado! porque está en juego nada más y nada menos que la libertad de México en todas las áreas del quehacer humano. Podrían dar un salto al vacío y perder todo lo que han logrado para construir una democracia imperfecta, pero al fin y al cabo perfectible con la participación responsable y comprometida de dirigentes y ciudadanos.

La democracia se fortalece con base a acuerdos entre los actores políticos que permiten reunir el mayor nivel de consenso posible, en torno a decisiones y políticas públicas con alto impacto para la sociedad. Estos acuerdos se producen dentro de procesos de negociación –entendida como el arte de la política- en el que las partes ventilan sus propuestas y posiciones para seleccionar, finalmente, aquellas que reflejen un mínimo de entendimiento. Ello supone un juego en el que los actores deben perder algo para obtener una ganancia que satisfaga una parte de sus aspiraciones iniciales. Sólo en regímenes autoritarios, el líder supremo gana todo a costa de las pérdidas de la sociedad.

En las democracias occidentales, el centro natural de las negociaciones políticas lo constituye el poder legislativo; en el caso de México, el Congreso de la Unión es una de las instancias donde  operan los contrapesos y equilibrios institucionales para garantizar que el poder ejecutivo desarrolle una gestión apegada a la Constitución y a las leyes, preservando los intereses supremos de la República. Esa labor de contraloría y fiscalización es fundamental para proteger la libertad, la pluralidad de ideas y el robustecimiento de la democracia.

En estos tiempos difíciles y de mucha incertidumbre, por el bien de México y de la democracia, es necesario elegir un Congreso más equilibrado, con una nueva correlación de fuerzas políticas que representen legítimamente la vasta pluralidad mexicana; es necesario que prevalezca el sentido común y la grandeza de México, por encima de intereses de líderes y de grupos políticos; hoy en día es vital la unidad de México. Esto será posible si lo mexicanos votan el 6 de junio para que Morena no obtenga la mayoría absoluta en el Congreso de la Unión, evitando la tentación autoritaria y populista que se cierne sobre el país, y con ello la polarización, el odio y la división social, letales para el futuro de la sociedad.

Seguir comparando la realidad mexicana con la de otros países, por ejemplo Venezuela, no tiene caso por aquello que nadie escarmienta por cabeza ajena. Cada nación tiene sus propias particularidades, su historia, así como los mecanismos para superar las crisis o, por el contrario, anclarse en el pasado que le cierra el paso a los cambios que está experimentando la humanidad entera.

México, al igual que el resto del mundo, tiene frente a sus ojos grandes retos y desafíos que exigen el involucramiento y participación de toda la sociedad. Con absoluta responsabilidad puedo afirmar que los problemas del país, agravados por la pandemia del covid-19, no podrán resolverse con las ideas y la visión de un solo hombre acompañado por un partido cuyo principal propósito es acatar obedientemente las decisiones, directrices y hasta caprichos de su único líder, sin importar las consecuencias que ello pueda acarrearle al país.

México necesita reactivar la economía para generar empleos productivos y de calidad; ello supone un ambicioso plan basado en la confianza y en la certeza jurídica para impulsar las inversiones nacionales y extranjeras y fortalecer las empresas privadas, generadoras de siete de cada diez empleos mexicanos. También requiere de voluntad política y decisiones firmes, ajenas a la impunidad, para minimizar el clima de violencia que ha aumentado peligrosamente en los dos últimos años; necesita también de una política de apoyos sociales orientadas a sacar de la pobreza a millones de familias, fomentando el emprendedurismo y la iniciativa individual, y no convertirlos en programas utilitarios y asistencialistas que profundizan la dependencia de los ciudadanos con el Estado, cuando lo que hace falta es más ciudadanía y menos control estatal.

Estos y otros retos podrán enfrentarse con una oposición que tenga influencia real en la toma de decisiones y en la elaboración de leyes, que estén al servicio de un proyecto nacional que represente a todos los mexicanos y no a una parcialidad que, como Morena, pretende convertirse en la hegemonía dominante. Para ello es necesario que los mexicanos hagan uso del voto útil que garantice los equilibrios y contrapesos que tanta falta hacen para preservar la democracia como el sistema político y de vida de los mexicanos. Hago votos porque el 6 de junio gane México, gane la libertad y gane la democracia.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)   

jueves, 6 de mayo de 2021

 

Todo o nada, eso no existe

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Lamentablemente, la oposición venezolana perdió la capacidad organizativa para exigirle al régimen que cumpla con todas sus condiciones en un eventual proceso de negociación; ni tampoco puede darse el lujo de no hacer nada, observando pasivamente cómo el país se hunde, después de haber repetido los mismos errores en los últimos años. Las posiciones radicales le han hecho mucho daño al país y en este momento le hacen mucho más daño, porque las opciones se nos están agotando. No es posible que la oposición siga amarrada a una estrategia que no ha dado resultados; es necesario hacer algo que nos permita aprovechar óptimamente las oportunidades que se presentan, por pequeñas que éstas sean. Seguir como estamos ahora, es abonar para que el régimen de Maduro se atornille más en el poder.

Estas reflexiones las hago en ocasión de la elección de un nuevo Consejo Nacional Electoral (CNE), por parte de la Asamblea Nacional elegida en el 2020, con absoluto dominio del oficialismo. ¿Qué significa ese nuevo CNE para los venezolanos y su anhelado sentimiento de cambio?, ¿con ese nombramiento se garantizan las condiciones ideales para que la oposición participe en un futuro proceso electoral?   

El tema es complicado y requiere de un análisis objetivo y ajustado al escenario real que estamos viviendo los venezolanos. Lo primero que debo plantear, es que ese nuevo CNE abre una rendija para alumbrar la absoluta oscuridad en la que se encuentra el país. Es sólo eso, una oportunidad que debe aprovecharse con inteligencia y pragmatismo. Efectivamente, el CNE carece de legitimidad porque fue nombrado por una Asamblea Nacional ilegítima, pero también es cierto que la composición de su directiva es mucho mejor que las anteriores, garantizando cierto equilibrio en sus decisiones. En todo caso, el trabajo que realicen los rectores podría generar legitimidad por desempeño, devolviendo progresivamente la confianza y la credibilidad que el árbitro electoral perdió desde hace mucho tiempo.

Ciertamente hacen falta mejores condiciones para competir en elecciones libres, en el entendido que, con regímenes como el de Maduro, las elecciones no serán totalmente competitivas, según el decálogo democrático. Pero es una opción que debe reflexionarse seriamente. Esas condiciones que con legítima razón exigimos, no pueden lograrse si la oposición mantiene su posición de no ir a elecciones. El juego se gana jugando. La estrategia actual fracasó y debemos activarnos en un nuevo plan.

Si entramos en el juego podemos presionar para lograr que a los partidos se les devuelva su tarjeta; se eliminen las inhabilitaciones políticas; se depure el registro electoral; el control comunicacional del gobierno se limite; el plan República sea verdaderamente institucional. ¿Lograremos todas esas condiciones? Seguramente no con la rapidez que deseamos. Pero si la oposición se unifica alrededor de una estrategia electoral articulada, pueden intensificarse las presiones para alcanzar un escenario electoral más favorable.

Por otra parte, debemos entender que las elecciones regionales y municipales no son el inicio de un fin que ya está cerca. La participación electoral es un ejercicio para que la oposición gane músculos y fuerza, y éstas servirán si efectivamente la dirigencia opositora hace los esfuerzos requeridos para organizarse, articularse y unirse estratégicamente, a fin de conquistar la conexión popular que perdió vertiginosamente; además, la oposición puede aprovechar el evento electoral para aglutinar el descontento y la frustración popular, comunicando un mensaje alternativo al del régimen y proyectar que, más que un cúmulo de buenas intenciones, es una efectiva opción de poder. Deben ser éstas las razones fundamentales para participar en eventuales elecciones.

Podrían preguntarme, ¿por qué ahora la oposición debe participar y antes no? Porque en el 2018 y en el 2020 la convocatoria electoral fue un acto unilateral,  impulsado por la necesidad de legitimar a un régimen asediado por las presiones y sanciones internacionales; y, además, la mayoría de los venezolanos confiábamos en la estrategia del gobierno de transición. Esa estrategia fracasó y no existen razones para seguir aferrados a lo que ya no resulta favorable para el país. Debemos actuar en consecuencia porque la inercia ya no es opción.

Falta ahora que los políticos entiendan efectivamente lo que está en juego. No se trata, apreciados lectores, de un carnaval en el que desfilen candidatos de todas partes; aquellos que creen que les llegó la oportunidad de cobrar por los sacrificios realizados; ni mucho menos aquellos que piensan que son poseedores de la verdad única y, por lo tanto, deben ser ungidos como candidatos. De eso no se trata; si lo están viendo como una elección normal, libre y competitiva, están caminando por la vía equivocada. Entiendan de una vez por todas que, para vencer al régimen, debemos construir una oposición unida estratégicamente, cohesionada y articulada, que sea nuevamente referencia política de millones de ciudadanos que clamamos un cambio, y eso no lo lograremos si nos presentamos divididos y con agendas particulares. Ésta es una oportunidad que debe reflexionarse responsable y pragmáticamente, con cabeza fría. Hoy como ayer, el régimen coloca carnadas para lograr la fragmentación de la oposición, insiste en que todos tienen derecho a participar como candidatos. Si actuamos de esa manera, el régimen volverá a ganar la partida, con la diferencia que el nuevo CNE empieza a ser avalado por la Unión Europea y algunos sectores de la política norteamericana, y de esa manera alcanzará, por la miopía de la oposición, la legitimidad que por mucho tiempo anda buscando. No perdamos nuevamente el rumbo.

Sólo le exijo a la dirigencia opositora venezolana que no descarte a priori la posibilidad de participar en las elecciones. Pónganse de acuerdo, por favor; deslástrense de sus intereses y miserias personales y, de una vez por todas, den un paso firme por la libertad de Venezuela.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

viernes, 16 de abril de 2021

 

Las emociones ganan elecciones

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La Ciencia Política ha planteado que las emociones son parte integral del comportamiento político de los ciudadanos. Hoy se reconoce que  la mayoría de los electores vota por emociones; vota por amor y lealtad, con el corazón; vota por rabia, frustración y castigo, con el hígado; o vota por necesidad material, con el estómago. Analizar las emociones en un contexto electoral, puede ser la clave para ganar una elección fundamentada en la estrategia correcta.

Al igual que en la vida, las emociones en la política carecen de racionalidad para tomar buenas decisiones. Con más frecuencia de la que deseamos, las emociones en política nos invitan a seguir un rumbo que termina siendo peor a lo que antes rechazábamos. En las últimas décadas, América Latina se ha convertido en un sube y baja emocional electoralmente hablando, destacando dos emociones básicas: la esperanza que promete un cambio de manos de un mesías; y, el hartazgo contra un sistema o un proyecto político que impide la llegada del cambio, o ha destruido las posibilidades de la gente para conquistar un mejor porvenir. Ambas emociones, bastante conectadas, han estado invariablemente presentes en los procesos electorales latinoamericanos.

El pasado 11 de abril, los ecuatorianos eligieron el presidente de la República para los próximos cuatro años, bajo la pérfida sombra de Rafael Correa. Otra vez, el correísmo se convirtió en el sentimiento que polarizó a Ecuador e impulsó el voto a favor o en contra de Andrés Arduz, candidato del expresidente Correa. Las elecciones las ganó el anticorreísmo; ganó Guillermo Laso, porque supo conectarse con la principal emoción de la mayoría de los electores, el profundo rechazo por lo que significó y significa Correa en la vida de los ecuatorianos.

Contra muchos pronósticos, Lasso ganó la presidencia con el 52.36%, por una ventaja de más de 400 mil votos sobre Arduz. Tan sólo dos meses atrás, los correístas daban por segura la victoria en la segunda vuelta. La tarea lucía muy sencilla; Lasso un banquero con poca conexión popular era fácilmente derrotable. Hicieron todos los esfuerzos para que fuese Lasso el candidato contrincante en vez de Yaku Pérez, genuino representante de un sector de la izquierda ecuatoriana, pero débil frente al “poderío” de la revolución ciudadana. Pero, ¡sorpresa!, los resultados terminaron por hundir el apoyo que aún tiene o tenía Correa en su país.

La principal referencia de las elecciones presidenciales de Ecuador fue la polarización protagonizada por el correísmo y el anticorreísmo, éste último representado tanto por la izquierda como por la derecha. Fue una elección de todos contra Correa, el menos importante era Arduz percibido como un segundón, un títere dominado por su mentor político.

Las dificultades para lograr, en la segunda vuelta,  el apoyo directo de Yaku Pérez, obligó a cambiar la estrategia de la campaña de Lasso, ideada por el consultor Jaime Durán Barba, orientada a conquistar los votos de los izquierdistas Pérez y  Hervas, cuyos electores tenían en común la animadversión  por Correa. Interpretar correctamente el sentimiento preponderante de la campaña, sumado a un refrescamiento de la imagen del candidato y el uso intenso de la plataforma tik tok, fue la clave del triunfo de Guillermo Lasso.

Una frase logró unificar los sentimientos de electores que en la primera vuelta eran fuertes adversarios de Lasso. ¡Encontrémonos para lograrlo!, fue el mensaje que permitió que los izquierdistas –radicales y light- terminaran votando por un candidato que, como Lasso, era contrario a sus ideas, pero pragmáticamente era el único que podía lograr hacer realidad la promesa básica de la campaña: derrotar a Correa y a su modelo ideológico.

El desafío de Guillermo Lasso es gigantesco. Gobernar a un país con una profunda crisis económica y social, heredada por una de las peores gestiones que ha tenido la nación y por la pandemia del covid-19, demanda un nuevo gobierno que interprete y se ocupe de las necesidades de la mayoría, combinando  elementos de una economía de mercado capaz de generar confianza, atraer inversiones, generar empleos productivos y de calidad y garantizar una mejor calidad de vida de los ecuatorianos. La izquierda populista no ha logrado cristalizar esos sueños, y los gobiernos de centro derecha tampoco han logrado convencer a esas mayorías que sus políticas son más beneficiosas que el socialismo. De ese tamaño es reto que debe enfrentar el presidente Lasso.

Por el bien de Ecuador y por la democracia latinoamericana, hago votos por el éxito del nuevo gobierno. Confío que pueda ser el inicio de una etapa más próspera para la región latinoamericana.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

domingo, 24 de enero de 2021

 

La administración Biden y Venezuela

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Como nunca antes había sucedido, las pasadas elecciones presidenciales norteamericanas despertaron un inusitado interés entre los venezolanos. Muchos pensaron que el destino de Venezuela se estaba jugando el 3 de noviembre. Con razón o sin razón, las expectativas que generó Donald Trump acerca de la liberación de Venezuela de las garras de la dictadura, generaron actitudes radicales entre los venezolanos que desembocaron en una polarización similar a la que, por más de 20 años, hemos vivido en el país. La emocionalidad le ganó la partida a la racionalidad, en un proceso en el que éramos simples espectadores, con la respectiva frustración para quienes no vieron alcanzados los objetivos.

Se abre un nuevo episodio bajo el liderazgo del presidente Biden, quien ha reafirmado el reconocimiento al presidente interino Juan Guaidó y a la Asamblea Nacional elegida en 2015. ¿Qué podemos esperar los venezolanos de la administración del presidente Biden? Ante todo, debemos aprender de las experiencias anteriores y mantener un optimismo prudente y racional frente a la nueva administración, pues, ha quedado suficientemente claro que los norteamericanos no nos liberarán de la peor tragedia humana vivida por país alguno en América Latina, Ciertamente, Estados Unidos ha sido un aliado muy importante que debemos mantener y cuya influencia en una futura negociación es clave, pero la primerísima responsabilidad nos corresponde a los venezolanos unidos alrededor de un propósito común.

Seguramente, el presidente Biden acometerá cambios en su política hacia Venezuela, pero no será de inmediato. Primero debe ordenar su casa; hacerle frente a un país polarizado, dividido y fuertemente impactado por la pandemia y la consecuente crisis económica. Le corresponde crear las condiciones necesarias para garantizar el éxito de su gobierno y consolidar la legitimidad que el pueblo norteamericano le otorgó el 3 de noviembre.

Estimo que, por lo menos durante los primeros 100 días de su gobierno, el presidente Biden no tendrá a Venezuela dentro de sus prioridades; ese tiempo lo dedicará a aplacar el vendaval político que afecta a su país. Después podría orientar su política hacia Venezuela a través de un proceso  de negociación multilateral en búsqueda de elecciones libres que den como resultado un nuevo gobierno en Venezuela. Dentro del proceso de negociación, la Unión Europea tendría una participación más activa que hasta el momento y, muy probablemente, se incorporaría Cuba, junto al Grupo de Lima y, por supuesto, Estados Unidos, quien tratará de distribuir el protagonismo internacional que en otrora pretendió concentrar Trump. La cercanía del partido demócrata con la Unión Europea y la relación directa que mantuvo Biden con Cuba, como Vice-Presidente de Obama, son aspectos con suficiente peso para pensar en su incorporación en la futura estrategia liderada por Estados Unidos.

En tal sentido, parece lógico que Biden apostará por la negociación directa entre el régimen de Maduro y los factores de oposición, bajo la coordinación de un equipo de facilitadores internacionales confiables, en vez de la política dura de sanciones implementadas por Trump. Cabría preguntarnos, entonces, ¿acaso las sanciones fueron inútiles? Si consideramos exclusivamente el propósito por el que fueron implantadas, debemos admitir que no cumplieron el objetivo, pues, el régimen de Maduro se mantiene en el poder y el gobierno de transición tan sólo fue un deseo bien intencionado. Sin embargo, las sanciones dejaron al descubierto ante el mundo la naturaleza mafiosa y criminal de la dictadura, acrecentando su deslegitimidad nacional e internacional.

Es prematuro plantear cuál es el tratamiento que la administración Biden le dará a las sanciones contra el régimen madurista; lo que parece ser lógico, es que la negociación traería consigo la eliminación o flexibilización de las mismas, abriendo espacios para una futura negociación que resulte atractiva para el régimen y logre el consenso suficiente entre los negociadores de la oposición. Este proceso supondría, aunque no les guste a los radicales, ofrecer garantías aceptables a los principales líderes de la dictadura y preservar la vida política del chavismo en la competencia electoral.

Lo que pretendo destacar es que, en esta nueva etapa, los responsables de la destrucción de la República se sentarán en la mesa de negociaciones junto con la oposición, tratando de alcanzar un acuerdo que desemboque en elecciones libres, competitivas y un árbitro electoral absolutamente institucional. Ello implicaría el nombramiento de un nuevo CNE, revisión y actualización del Registro Electoral, calendario electoral, legalización de los partidos a quienes les han usurpado su identidad, liberación de presos políticos y normas que efectivamente garanticen que las elecciones sean fiel reflejo de la opinión mayoritaria de los venezolanos.

El proceso de negociación debe establecer firmemente que la opción electoral no es sólo votar, tal como hasta ahora lo ha practicado el régimen, sino elegir. Con condiciones institucionales, estoy convencido que los venezolanos volveremos a confiar en el poder del voto para lograr los cambios. Sólo espero sabiduría, prudencia y grandeza por parte de los factores de oposición para ir unidos en este nuevo escenario, pues, la intervención militar y las salidas mágicas sólo existen en algunas mentes desubicadas.

 Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

miércoles, 13 de enero de 2021

 

Los desafíos de la democracia norteamericana

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

En plena efervescencia, me atrevo a plasmar algunas reflexiones en torno a la compleja realidad que está experimentando Estados Unidos, a raíz de las elecciones presidenciales del pasado 3 de noviembre.

Vienen tiempos difíciles para esa gran nación; quienes piensen que ésta es una situación pasajera están equivocados en sus apreciaciones. Los retos son muchos y la capacidad para enfrentarlos inmensa.

Los desafíos que hoy enfrenta Estados Unidos son de diversa índole y múltiples las causas que los generan. En mi opinión, para ser justos, es conveniente dejar de lado los prejuicios que descalifican cualquier análisis.  Pensar que  Trump es el único responsable del conflicto norteamericano es una opinión tan sesgada como aquella que plantea su absoluta inocencia en el problema.

La sociedad norteamericana está secuestrada por el radicalismo de izquierda y el de derecha. La política ha llevado al país a extremos peligrosos que podrían confluir en episodios muy lamentables en el devenir de esa nación. No es posible tolerar los excesos de un liberalismo desenfrenado, apoyado por grupos fanáticos del partido demócrata, ni mucho menos el conservadurismo que promueve la supremacía blanca, defendido por Trump y algunos líderes del partido republicano. Una democracia sana se fundamenta en ideas que reúnan el mayor nivel de consenso posible de la sociedad, colocando límites institucionales a proyectos que pretendan llevar al país al barranco. El primer gran desafío es la construcción de un discurso conciliador, incluyente y que ponga el énfasis en las virtudes que han empoderado a la democracia y al Estado de Derecho. Es momento oportuno para implementar la política pedagógica que promueva el fortalecimiento de los valores de la cultura democrática norteamericana, actualmente amenazada.

El otro gran desafío es sanar las heridas producidas por la polarización política y la profunda división que ha perturbado el alma de esa nación. Al igual que el radicalismo, cuando la división se adueña de la sociedad, entonces, se debilita el interés general de la nación para favorecer a grupos de poder que pretenden dominar a la sociedad e imponer una agenda propia, transformada por los medios de comunicación en la agenda que debe seguir la nación. Le corresponde al presidente Biden erigirse en el líder de todos los norteamericanos, dando cabida en su gobierno a ideas diferentes a las suyas, impedir una política revanchista contra sus adversarios políticos y fortalecer las instituciones democráticas. Si por el contrario, es incapaz de zafarse de grupos radicales que lo apoyaron en su campaña, entonces, se profundizará la crisis atentando lamentablemente contra la institucionalidad democrática de ese gran país.   

Por otra parte, la democracia se fortalece en la medida que su sistema electoral es transparente, ecuánime e imparcial, protegido de toda duda que pueda afectar su idoneidad. Si bien es cierto que el sistema electoral norteamericano ha funcionado durante mucho tiempo, también es cierto que debe ajustarse a condiciones diferentes a las que le dieron origen. El colegio electoral no siempre representa la voluntad mayoritaria de los ciudadanos y la opinión de las minorías. El candidato que gana un estado, por estrecho que sea el margen de la victoria, se lleva en su totalidad los representantes electorales, dejando sin valor los votos de quienes sufragaron por el candidato perdedor. A ello se le suma, la cantidad de disposiciones y normas electorales establecidas de manera autónoma por los estados de la unión. Un mínimo de homogeneidad y coherencia de esas normas ayudaría a implementar un sistema electoral sólido, cuyos resultados no se vean afectados por interpretaciones legales y políticas de partes interesadas.

Hay razones suficientes, expresadas desde hace mucho tiempo atrás, para acometer una evaluación objetiva del actual sistema electoral norteamericano y realizar las reformas necesarias para adecuarlo a los nuevos tiempos porque, querámoslo o no, en estas elecciones el sistema salió afectado, cuando menos ha dejado en el ambiente dudas acerca de su efectivo funcionamiento. Eliminar las dudas electorales, es otro de los grandes desafíos que debe enfrentar la democracia más estable del planeta.

La salud de la institucionalidad democrática de Estados Unidos es un tema que debe interesarnos a todos. Hago votos porque la racionalidad política se imponga sobre la mezquindad de quienes se empeñan en destruir el legado de libertad que hemos aprendido de la nación norteamericana.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)   

miércoles, 30 de diciembre de 2020

 

Lecciones para aprender

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La vida es un eterno aprendizaje. Quienes sabiamente deciden aprender de las experiencias, buenas o malas, tienen mayores posibilidades de ser exitosos y enfrentar las dificultades para seguir avanzando en la vida.

Con frecuencia escucho a familiares y amigos que el 2020 nunca existió, que se vaya rápido y se lleve todo lo malo que nos ha dejado. Apartar todo aquello que nos hace daño, sin duda, es una sabia recomendación. Pero no pasemos tan rápido esa página sin antes evaluar qué podemos aprender de la profunda crisis que a todos nos afectó durante este año.

El 2020 nos dejó lecciones que debemos aprender; creo que  encontraremos allí interesantes pistas para que en el futuro cercano podamos vivir en un mundo mejor, como el que aspiramos todos los seres humanos de buena voluntad.

Pensábamos que lo peor había sucedido. Las guerras mundiales, las hambrunas, las grandes crisis políticas y económicas dejaron profundas heridas en el mundo, muchas de ellas aún sin sanar, pero nada parecido a la pandemia del covid-19, considerada como la primera crisis de dimensión planetaria porque trastocó al mundo en general, incluyendo a grandes potencias y países pobres, a sociedades postmodernas y aquellas que carecen de lo indispensable para sobrevivir.

Todos hemos sido víctimas del virus, el mundo entero quedó paralizado y sus economías prácticamente destruidas. Esa es la primera lección que debemos aprender: el mundo es más vulnerable de lo que creemos pero, a pesar de la ambición y la falta de humanidad de la elite comunista china, hemos sido capaces de levantarnos una vez más, gracias a los esfuerzos extraordinarios de la tecnología y la ciencia médica. Vendrán tiempos mejores.

La segunda gran lección que nos deja la pandemia es la fragilidad de la vida humana. Nada es para siempre y, aunque la prepotencia y el orgullo humano lo desmientan, somos más débiles de lo que nos gustaría ser. El virus mortífero ha segado la vida de aproximadamente dos millones de personas, sin importar su estatus social y económico. Para el coronavirus no existen diferencias humanas de ninguna naturaleza. La lección aprendida debe ser más humildad y temor a Dios que todo lo puede y siempre nos provee. La debilidad humana jamás podrá superar la omnipotencia de Dios, sin su auxilio divino somos pequeños y vulnerables.

El confinamiento que hemos vivido a lo largo del 2020, nos dejó una tercera lección: valorar más a nuestra familia, amigos y vecinos. En la creencia que siempre los tendremos cerca, con frecuencia olvidamos compartir y disfrutar detalles pequeños que engrandecen el espíritu. Durante la cuarentena, cuántas veces anhelamos abrazar a quienes más amamos sin poder hacerlo. Pues bien, de ahora en adelante que no pase un solo día para ocuparnos de la familia, estrechar lazos y demostrar nuestros mejores sentimientos de felicidad y gratitud.

La cuarta gran lección es la paciencia y perseverancia para alcanzar lo que nos proponemos. Cuántos planes, proyectos y decisiones importantes se perdieron, o debieron posponerse, a pesar de los esfuerzos que realizamos para lograrlo. No siempre las cosas se dan cuándo, dónde y cómo queremos. Hace falta, entonces, una dosis de paciencia para saber esperar, sabiduría para actuar correctamente y fe para jamás desfallecer y sacar lo mejor que llevamos dentro para coronar con éxito nuestros planes.

Así como la pandemia afloró sentimientos de solidaridad a los que ya estábamos desacostumbrados, también es cierto que muchos se aprovecharon de las desgracias ajenas, aumentando sus ganancias a costa del sufrimiento de los enfermos de covid, especialmente, en el sector hospitalario y farmacéutico. Esa es otra gran lección aprendida: necesitamos más amor, solidaridad y compasión para construir una sociedad más justa y más humana.

Finalmente, la pandemia aceleró profundos cambios que venían gestándose desde hace tiempo atrás, especialmente, la digitalización en diversas áreas del quehacer humano: teletrabajo, educación a distancia, marketing digital, entre otros. Nos vimos obligados a ajustarnos a la nueva normalidad y vencer los temores y la resistencia que genera todo proceso de cambio. La lección es que, a pesar del vertiginoso avance de las nuevas tecnologías, no estábamos tan preparados para asumir el cambio; hoy día, sabemos que tenemos inteligencia y capacidad para caminar por los nuevos senderos que nos ha legado una normalidad que cambió para siempre nuestra manera de vivir.

Estas y otras lecciones más que nos dejan el 2020, deben llenarnos de fe, esperanza y fortaleza para iniciar con buen pie un nuevo año cargado de extraordinarios desafíos que, sin duda, estaremos en capacidad de superar para el bien de la humanidad.

A todos mis lectores les deseo un bendecido y venturoso año nuevo 2021.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

miércoles, 2 de diciembre de 2020

 

“Elecciones” en dictadura

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

En dictadura se vota, en democracia se elige. Sólo con elecciones libres, legítimas y competitivas, los ciudadanos pueden ejercer el derecho del voto para elegir gobiernos producto de la voluntad mayoritaria de los electores. Todo lo demás es un fraude.

Los cubanos han votado durante más de sesenta años de revolución castrista y siguen sumidos en una de las peores tiranías criminales del mundo. Las elecciones en Cuba sólo han servido para mantener en el poder al clan genocida de los Castro y destruir  la vida, el presente y el futuro de los cubanos. Esa lección la aprendió muy bien Hugo Chávez, superada en grado superlativo por Nicolás Maduro.

El fraude del 6 de diciembre, orquestado por Maduro y por un grupo de opositores tarifados, igualmente tiene como propósito atornillar en el poder a la dictadura chavista-madurista, apoyada en una Asamblea Nacional que va a cumplir al pie de la letra los designios del tirano, en búsqueda de encontrar la legitimidad que el fraude nunca podrá devolverles.

Los que creen que el fraude traerá cambios positivos en la trágica situación de Venezuela, están equivocados. El régimen pretende mantenerse indefinidamente en el poder y los diputados alacranes desean disfrutar del generoso pago por los servicios prestados a la tiranía. Los que crean que con esa asamblea nacional se restituirá la institucionalidad democrática secuestrada por el propio régimen, no entienden que ellos pagan y se dan el vuelto, se creen los amos del país. Con esa escoria gobernante, los venezolanos jamás tendremos posibilidades de salir de esta descomunal crisis.

Con el fraude consumado a la vista de los venezolanos y de la comunidad internacional, Maduro pretende eliminar cualquier vestigio democrático, así como a la desarticulada oposición venezolana para terminar de instaurar el anhelado comunismo castrista chavista. Creo que no les resultará fácil hacerlo.

Si bien la pandemia del covid-19 le ha sido favorable al régimen de Maduro, pienso que con el fraude no correrán con la misma suerte. La inmensa mayoría de los venezolanos no va participar en ese sainete; la escasísima participación electoral va a profundizar el desprecio que sentimos los venezolanos por el régimen, fortaleciéndose el rechazo que la comunidad internacional tiene por la dictadura madurista.

También es cierto que el fraude agravará la crisis política e institucional de Venezuela, abriendo desafíos que deben resolverse en el corto plazo. Por un lado, en enero del 2021 vence el período constitucional de la legítima Asamblea Nacional dirigida por Juan Guaidó y se instalaría la asamblea fraudulenta e ilegítima. ¿Se extenderá la continuidad administrativa de la legítima Asamblea Nacional? ¿Seguiremos con dos asambleas, dos gobiernos y con dobles instituciones? Frente a esta realidad tan compleja resulta imposible pensar en un escenario que posibilite una salida política de la crisis.

Por otra parte, a la verdadera oposición le corresponde asumir con inteligencia y desprendimiento los grandes retos que tiene por delante. El tiempo se les agota. Reconstruir la confianza y la credibilidad que perdió por sembrar altas expectativas que no han sido cumplidas; lograr la conexión y la confianza de la gente, convenciéndola que efectivamente existe una estrategia factible que nos permita alcanzar el cambio político; iniciar la recomposición interna de los cuadros y estructuras, privilegiando la unidad de propósito y estrategia, porque para que los venezolanos confiemos en la oposición, deben dar muestras efectivas que  realmente los anima la libertad del país, dejando a un lado agendas ocultas, egos tóxicos y escenarios improbables que sólo existe en la mente de algunos dirigentes.

La consulta popular propuesta por la sociedad civil e impulsada por el interinato de Juan Guaidó, podría ser una nueva oportunidad para que la oposición se reinvente y logre aglutinar el apoyo mayoritario de los venezolanos en una ruta efectiva para rescatar la libertad y la democracia, teniendo muy en cuenta el apoyo internacional, bastante disminuido por la pandemia y por la tensa situación política que vive Estados Unidos a raíz de las elecciones del 3 de noviembre. Lograr reconstruir el apoyo mayoritario entre los venezolanos y reconquistar un sólido apoyo de la comunidad internacional, es otro de los grandes desafíos que la oposición democrática debe superar exitosamente.

Sin embargo, lo único cierto que hasta este momento tenemos los venezolanos, es un panorama sombrío para el 2021; el juego político cerrado, sin solución del conflicto a corto plazo, con un país cada vez más empobrecido y con el aumento de la diáspora una vez que bajen los efectos de la pandemia.

Reitero que la esperanza que aun palpita en millones de corazones venezolanos, sólo podremos hacer realidad con un espíritu unitario en el que la libertad y la democracia sea la única opción por la que luchemos juntos oposición y ciudadanos.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

miércoles, 28 de octubre de 2020

 

Los desafíos de la democracia en América Latina

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

De acuerdo al Informe del Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral (IDEA Internacional), correspondiente al año 2019, la democracia latinoamericana presenta avances cuantitativos importantes, reflejado en el hecho que 9 de cada 10 latinoamericanos viven en democracia. Sin embargo, a nivel cualitativo, el informe acusa un profundo deterioro de la calidad de la democracia latinoamericana y el ascenso al poder de gobiernos populistas a través del voto.

El deterioro de la democracia latinoamericana ha generado la reducción de los espacios para la acción cívica, el debilitamiento de los frenos y contrapesos institucionales, altos niveles de desigualdad, corrupción e impunidad  y violación de los derechos humanos, especialmente, en el triángulo antidemocrático de la región integrado por Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Otros datos del último informe de IDEA, resaltan las amenazas que se ciernen sobre la democracia latinoamericana. La fatiga con el sistema democrático es una realidad inocultable. El apoyo ciudadano a la democracia se ubicó en 48%; en otras palabras, el 52% de los latinoamericanos rechaza o les resulta indiferente la democracia, erosionándose peligrosamente su legitimidad. De igual manera, la confianza de los ciudadanos en los parlamentos se ubicó en 21%, en los partidos políticos 13%, en los tribunales electorales 28% y 45.5% en las elecciones. Estas cifras tan desalentadoras profundizan la crisis de las instituciones de la democracia representativa en América Latina y la pérdida del valor del voto como mecanismo de cambio social.

En el 2018, la aprobación promedio de los gobiernos de la región se ubicó en 32%, 28% por debajo de la aprobación correspondiente al 2008 (60%). Son muchas las razones que explican la desaprobación mayoritaria sobre los gobiernos latinoamericanos. La frustración de ciudadanos cuyas demandas y expectativas no son satisfechas por los gobiernos; el miedo de las clases medias de perder lo que han ganado económica y socialmente a lo largo del tiempo; y, la cultura del privilegio cada vez más enquistada que profundiza las desigualdades sociales, fortaleciendo la indignación de los ciudadanos contra la política y las élites, el voto anti-establishment, la conflictividad social y la aparición de gobiernos populistas tanto de izquierda como de derecha.

A ello se suma la profunda crisis sanitaria y económica heredada de la pandemia del covid-19. La CEPAL proyecta una caída de -5.3% de la economía latinoamericana en el 2020; 12 millones de nuevos desempleados para sumar 37.7 millones; 28.7 millones más de pobres para sumar 215 millones; 15.9 millones de pobreza extrema para sumar 87 millones. Este dramático panorama amenaza la gobernabilidad de los países latinoamericanos, por la carencia de recursos públicos para hacerle frente a una crisis generalizada, aumentando la pretensión autoritaria de los gobiernos para mantener el control social y las posibilidades para que modelos populistas accedan al poder a través de voto, impulsados por el hartazgo de los ciudadanos frente a gobiernos ineptos y cada vez más corruptos.

Frente a tan sombrío escenario, ¿qué está haciendo la dirigencia política para defender la democracia y preservar las libertades ciudadanas? El balance no es positivo. Los errores se repiten una y otra vez, sin aprender las lecciones de experiencias pasadas. Cuando creemos que la democracia está preparada para impulsar los cambios que permitan vencer desigualdades históricas, sin amenazar las libertades ciudadanas y la economía de mercado, aparece en el horizonte el populismo con sus promesas de redención social y otra vez elegimos aventuras que ponen en riesgo la institucionalidad democrática y producen el colapso económico que trae más pobreza y profundiza las desigualdades que prometen combatir.

El ejemplo más reciente lo constituye Bolivia, con el triunfo contundente de Luís Arce, candidato del partido MAS liderado por Evo Morales. Cuando muchos pensaron que el socialismo estaba de salida en Bolivia, los ciudadanos renovaron la confianza a ese proyecto político a través del voto. ¿Por qué regresa el socialismo a Bolivia cuando hace unos meses atrás se suponía liquidado?

La respuesta más sencilla es responsabilizar a los bolivianos por su reiterada equivocación. Pero existen razones profundas que explican la victoria de Arce. No debemos simplificar las cosas y excluir del problema a la dirigencia democrática boliviana, responsable directa del retorno del socialismo a Bolivia. El primer error fue desestimar al adversario y evitar la unidad de la oposición. Se privilegió la inmadurez política, las agendas particulares y la absoluta carencia de realpolitik, aunado al pésimo desempeño del gobierno interino, agravado por la pandemia del covid-19. La oposición no supo comunicar una propuesta diferente con real opción de poder y la conexión emocional con el pueblo tampoco funcionó. Frente a este desorden, Arce cabalgó triunfante con el discurso de la liberación de Bolivia en manos de oligarcas que quieren el poder para oprimir al pueblo.

Eso mismo está ocurriendo en Venezuela, y me temo pueda ocurrir en Chile, Ecuador, o Colombia. Una dirigencia demócrata desconectada con la realidad social e intoxicada con egos personales que impiden el triunfo de la libertad sobre modelos populistas cuyos remedios resultan peor que la enfermedad.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela.

lunes, 31 de agosto de 2020

                                               Sin grandeza no tendremos libertad

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

“Las grandes almas tienen voluntades, las débiles tan sólo deseos”

(Proverbio Chino)

Los venezolanos hemos hecho todo y más para rescatar la libertad y la democracia que, desde hace más de veinte años, un régimen tiránico mantiene secuestradas. Hemos realizado marchas multitudinarias, ejemplo de civilidad y de coraje para el mundo al enfrentarnos indefensos ante un régimen criminal. Hemos votado y también nos hemos abstenido cuando la dirigencia opositora nos los ha pedido. Los hemos acompañado en la calle una y otra vez, con fuerza y determinación. Muchos jóvenes valientes han sido asesinados, han entregado su vida a cambio de nuestra libertad, dejando en el camino una estela de luto y dolor. Otros tantos venezolanos han sido encarcelados en las mazmorras de los cuerpos de seguridad del Estado, salvajemente torturados, violando sus derechos y el debido proceso. La dictadura ha llenado de muerte y sufrimientos a nuestro país, se burló de la dignidad de un pueblo que nació para ser libre.

Millones de venezolanos de a pie también han ofrendado todo cuanto tienen en esta lucha sin fin. Aquellos que a duras penas pueden comer una vez al día; quienes han perdido sus empleos y engrosan la larga lista de pobres y marginados; aquellos que mueren de mengua en un hospital por falta de medicinas y de asistencia médica; quienes son asesinados a manos de una delincuencia empoderada por el régimen; aquellos que han perdido la seguridad social y un retiro digno después de largos años de trabajo personal y familiar; familias que se han quedado solas porque sus hijos se fueron a otras tierras buscando lo que no pueden encontrar en su país.

A esos venezolanos que somos la inmensa mayoría del país, no les importamos  a la dictadura ni a las oposiciones, en cualquiera de sus denominaciones. Estamos en el centro de una batalla campal escenificada por grupos que luchan entre sí para ver quien tiene más capacidad para destruir lo poco que nos queda, sepultar las esperanzas que aún se mantienen vivas e impedir  el cambio que todos anhelamos.

Cuánta grandeza les falta a los dirigentes de la oposición para compensar los sacrificios que con sangre, sudor y lágrimas hemos pagado los venezolanos. La mezquindad, la vanidad y la soberbia les han segado el sentido común e impiden honrar su compromiso para liberar a Venezuela.

Sin grandeza no tendremos libertad, porque la prepotencia les impide dejar a un lado sus intereses personales y agendas particulares para construir la unidad que nos permita vencer a la tiranía. La falta de grandeza alimenta los protagonismos estériles de algunos que se creen ungidos por la divinidad; cultiva la altivez en circunstancias donde lo propio es sumar voluntades; fortalece la autosuficiencia cuando el proyecto que necesitamos construir requiere de la participación de todos los que deseamos la libertad de la nación. La falta de grandeza es la imagen de la hipocresía con la que algunos actúan, fingiendo una voluntad de lucha que ya tienen hipotecada con el régimen.

¡Ya basta de tanta miseria humana, de tanta insensibilidad! Por una vez en la vida pónganse las manos en su corazón y piensen en Venezuela; piensen que este país que se cae a pedazos está habitado por millones de venezolanos que la están pasando muy mal, que sólo les exigimos un mínimo de responsabilidad e inteligencia para llegar a un acuerdo unitario que nos permita alcanzar la libertad.

De nada sirve el llamado de los alacranes a votar cuando todas las condiciones benefician la perpetuidad del régimen y les provee la legitimidad de la que carecen; de nada sirva que Capriles, otrora líder del país, participe en  elecciones acompañadas de soledad y fracaso; para qué sirve el proyecto personal de María Corina cuando lo que pide no está en nuestras manos, depende de la decisión de uno de nuestros aliados; de qué nos ha servido el radicalismo y envalentonamiento de dirigentes que desde el exilio apuestan por más división de la oposición. Maduro sigue gobernando y los venezolanos seguimos entrampados en una tragedia que se agrava con el pasar de las horas.

Por favor, por el bien de la patria, guarden sus rencores, sus resentimientos, sus traiciones; guarden los protagonismos que poco a poco asesinan al país. Hagan un esfuerzo supremo y piensen que su mayor grandeza y gloria es servirle a Venezuela con amor, entrega y verdadero patriotismo. Pónganse de acuerdo y de una vez por todas venzamos al culpable de la desgracia de los venezolanos. De lo contrario, ustedes tampoco son dignos de gobernar a Venezuela.

La grandeza nos hará libres. Hoy más que nunca construyamos la unidad nacional para rescatar la democracia y ser libres por siempre.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela).

martes, 7 de julio de 2020

Una coalición nacional

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La complejidad de la crisis venezolana rebasa el análisis politológico, al tratar de encontrar alternativas que permitan resolver la tragedia que por más de dos décadas ha vivido el país. Cuando estamos cerca de alcanzar los objetivos, algo se interpone y se retrasa una vez más el rescate de la libertad de Venezuela. La lucha contra el régimen chavista ha estado llena de muchos sinsabores y pocos éxitos que no se han aprovechado correctamente, en aras de la liberación de nuestra nación.

Los momentos de alegría que, durante este largo tiempo, hemos sentido los demócratas venezolanos han sido efímeros, precisamente, porque hemos estado casi siempre a la caza de un evento fortuito que cambie el panorama, y al no llegar nos invade la frustración y el desánimo. Sin embargo, con el inicio del 2019 hubo un cambio substancial en la estrategia para ponerle fin a la usurpación de Maduro. La presidencia interina de Juan Guaidó, acompañada  del reconocimiento de 60 país, abrió la oportunidad que estábamos esperando. El escenario internacional se alineó perfectamente a favor de la libertad del país, bajo el influyente liderazgo de la administración Trump. La presión de países democráticos y de foros internacionales, las sanciones norteamericanas al régimen y la multitudinaria participación de la gente que de nuevo salió a la calle, proyectaban un escenario óptimo para fracturar al régimen y proceder a un proceso de negociación que abriría las puertas a un gobierno de transición. Inesperadamente, el 30 de abril de ese mismo año, gracias a la ambición personal de un dirigente opositor que siempre ha creído representar la mejor opción para gobernar al país, se perdieron los esfuerzos realizados por Guaidó y sus aliados. De nuevo la desesperanza y la pérdida de una oportunidad de oro permitió al régimen mantener el poder a pesar de su debilidad.

El 5 de enero de 2020, cuando se esperaba que la reelección de Guaidó transcurriera sin mayores problemas, la oposición hace otra implosión ejecutada, esta vez, por un grupo de parlamentarios “opositores” financiados por el régimen para dividir a la Asamblea Nacional y defenestrar a Juan Guaidó. Afortunadamente, este episodio que deja en evidencia la podredumbre de algunos sectores de la oposición venezolana, fue superado temporalmente por la gira exitosa que emprendió el presidente Guaidó  por Colombia, Europa y Estados Unidos. Una gira que propició que el tema venezolano estuviese nuevamente en la palestra internacional, después de haber permanecido en el refrigerador durante varios meses.

Frente a este nuevo escenario, Guaidó ha planteado la propuesta del gobierno nacional de emergencia para enfrentar la catastrófica situación del país, agravada por el covid-19, sin que hasta el momento haya despertado interés en la colectividad nacional. Esta propuesta, como otras tantas, es un conjunto de buenas intenciones que no lograrán cambiar la dramática situación de Venezuela, sino está acompañada de decisiones y acciones más contundentes y conectadas con la verdadera realidad política que nos circunda.

Para agravar el dantesco panorama nacional, llenando de más confusión e incertidumbre a los venezolanos, la narcotiranía ha convocado a unas elecciones parlamentarias, violando todas las normas constitucionales, con el único objetivo de perpetuarse en el poder e invocar una legitimidad de la que carece, gracias a  la participación complaciente de un sector de la oposición que se dejó seducir por los encantos del alacrán (entiéndase dinero del régimen), pretendiéndonos convencer que la vía electoral, tal como le gusta a Maduro, es la única opción para salir de la crisis.

Esta situación nos coloca en el borde del barranco. Por ahora, parece que no hay salida para solucionar nuestras desgracias. Lo que sí tenemos claro es que  la narcotiranía está haciendo todo cuanto puede para mantener viva a la revolución, asumiendo los riesgos que ello pudiera significar y profundizando todavía más la inédita crisis que estamos padeciendo. Las últimas declaraciones del general Padrino López, en las que afirma que la oposición jamás llegará al poder mientras existan las fuerzas armadas que él comanda, ponen en evidencia que las elecciones en Venezuela sirven exclusivamente para votar con reglas que permitan la perpetuidad del régimen, jamás para elegir entre diferentes opciones en un ambiente de reconocimiento y respeto de los competidores, imparcialidad y equipad por parte del ente electoral y garantías de resultados transparentes que representen la voluntad soberana de los electores.

Los venezolanos no queremos votar, deseamos elegir, a través de elecciones libres y justas, una opción de poder capaz de construir el cambio que anhelamos, que con seguridad no lo garantiza la narcotiranía de Maduro. Ahora, ¿qué debe hacer la oposición democrática decente para lograr elecciones libres? Por ahora, creo que se está haciendo poco, y sí están haciendo más de lo que yo pueda pensar, no vemos la firmeza y contundencia de esas acciones. El ingrediente esencial de la épica que andamos buscando los venezolanos es la unidad estratégica, política, de propósitos, unidad para evaluar las alternativas que permitan el rescate de la libertad y asumir los riesgos que sean necesarios. 

Una coalición que exija condiciones electorales justas para garantizar la participación democráticas de todos los actores políticos. Sin esa coalición nacional sólida, responsable y verdaderamente comprometida con los intereses del país, cualquier propuesta caería en el vacío porque no está respaldada por el genuino espíritu de lucha de los venezolanos. Sin unidad, lamentablemente todo cuanto hagamos se perderá; mientras tanto, la narcotiranía seguirá usurpando el poder hasta que por fin logremos unirnos como uno solo para vencer la oscuridad en la que está sumida nuestra amada Venezuela.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

miércoles, 3 de junio de 2020

Violencia criminal

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Bajo el pretexto del asesinato de George Floyd, ocurrido el 25 de mayo en Minneapolis, Minnesota, miles de ciudadanos han salido a las calles en varias ciudades de Estados Unidos, para protestar contra la discriminación racial practicada por los cuerpos policiales. Protestar contra la discriminación de cualquier tipo, es un asunto absolutamente legítimo por el que deben luchar los ciudadanos dentro de una sociedad democrática. Pero, en esta oportunidad, la exigencia de justicia fue rebasada  por actos violentos, saqueos y atrocidades cometidas por manifestantes que actuaron deliberadamente con un propósito diferente al que los llevó a protestar. A todas luces, puede apreciarse la intervención de “una mano peluda” que pretende desestabilizar a Estados Unidos en plena pandemia del covid-19 y, precisamente, seis meses antes de las elecciones presidenciales del 4 de noviembre próximo, en las que el presidente Trump podría reelegirse.

Atrás quedaron las lecciones que nos dejaron las manifestaciones cívicas y pacíficas protagonizadas por el reverendo Martin Luther King, a favor de los derechos de los afroamericanos; protestas, en las que sin duda hubo prepotencia y excesos por parte de los cuerpos policiales, pero los manifestantes tenían como único propósito exigir justicia a favor de una minoría segregada históricamente por el establishment norteamericano. Nunca perdieron el foco estratégico, hasta alcanzar en 1964 la aprobación de la ley de los Derechos Civiles (Civil Rigths Act), con lo cual la paz y la civilidad vencieron a la violencia racial.  

La barbarie pretende ahora debilitar a la institucionalidad democrática norteamericana, pero no podrán. Las alarmas están encendidas; el plan desestabilizador de la izquierda para acceder al poder a través del caos está develado. Es el mismo guion que se repite una y otra vez, en Ecuador, Chile y ahora en Estados Unidos, con la complicidad de la narcotiranía venezolana, el castrocomunismo cubano y la izquierda progre norteamericana y europea. Resentidos y fracasados que nos quieren hacer creer que luchan por la libertad y la justicia, cuando la verdad de sus pretensiones es la creación de un “nuevo” orden que permita la instauración del comunismo en el Occidente.

Las fuerzas demoníacas del comunismo están sueltas en el mundo; la libertad y la democracia están amenazadas. El germen del comunismo ya está plantado y cuenta con recursos suficientes, sólo esperan el momento para actuar definitivamente; por ahora, están probando, a través de ensayo y error, la reciedumbre de las instituciones democráticas y el apoyo de ciudadanos incautos y manipulables para dar el golpe que anhelan desde hace mucho tiempo.

Los ciudadanos que amamos la libertad como supremo derecho del ser humano y defendemos la democracia como un sistema político perfectible, estamos en la obligación de actuar contra el virus del comunismo, a veces disfrazado de “democracia progresista”. No perdamos más tiempo.

En circunstancias como las que hoy vive Estados Unidos, el conflicto venezolano cobra mayor relevancia, pues, queda demostrada una vez más la amenaza que representa la narcotiranía venezolana para la democracia y la seguridad del continente, no por Maduro sino por lo que está detrás. Como lo hemos repetido innumerables veces, el régimen de Maduro es una combinación peligrosa de tiranía, narcotráfico, terrorismo, guerrilla y paramilitarismo, en alianza perfecta con gobiernos, movimientos y líderes del comunismo y la ultraizquierda del mundo. Con semejante perfil, resulta obvia la intervención de la narcotiranía en los últimos episodios desestabilizadores que han sufrido varios países de la región, incluido Estados Unidos.

La narcotiranía chavista-madurista aun cuenta con recursos para financiar movimientos que se infiltran en las naciones para provocar el caos, a través de protestas alineadas con su proyecto para desestabilizar gobiernos democráticos opuestos al régimen. En el caso de Colombia, por ejemplo, la estrategia de desestabilización operada por la narcotiranía es más sutil pero igualmente peligrosa. Se trata del financiamiento de un proyecto comunicacional, en alianza con el exguerrillero Gustavo Petro, para enlodar la imagen de Uribe Vélez y desarticular el gobierno del presidente Duque. Petro jamás ha escondido su aspiración de gobernar a Colombia e implantar el comunismo que no pudo lograr con el M-19. Él trabaja sin descanso para alcanzar el objetivo, ojalá que por el bien de Colombia y de Venezuela no se materialice.

Sin ánimo de jugar a los extremismos, la amenaza de la narcotiranía venezolana es real. Se está agotando el tiempo de los comunicados diplomáticos y de las presiones internacionales. Es hora de defender con firmeza y contundencia la libertad y la democracia en América Latina y, ello tiene como condición sine qua non, la salida del régimen usurpador de Maduro. Líderes democráticos del mundo y de Latinoamérica, ustedes tienen la palabra, actúen a tiempo antes de que sea muy tarde.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

jueves, 28 de mayo de 2020


Los buques del fracaso

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

El testimonio más evidente del fracaso de la narcotiranía venezolana, lo representan los buques iraníes cargados de gasolina que entraron al país. Los fracasos convertidos en victorias, reiterada estrategia comunicacional de la narcotiranía, es una historia del pasado. Ya nadie les cree sus mentiras; abusaron de la buena fe de venezolanos incautos que le brindaron su confianza a cambio de un mejor porvenir. ¡Chávez y Maduro son la peor estafa que país alguno en América Latina haya experimentado!

Durante el período democrático (1958-1998), el tema petrolero fue abordado con responsabilidad y continuidad administrativa, indistintamente del gobierno de turno. El presidente Betancourt (1959-1964) creó la Corporación Venezolana del Petróleo (CVP) y Venezuela fue fundadora de la OPEP, gracias al extraordinario desempeño de Juan Pablo Pérez Alfonso. El presidente Leoni (1964-1969), se esforzó en consolidar a la OPEP y fortalecer el papel del Estado en la industria petrolera, al impedir nuevas concesiones a consorcios extranjeros. De igual manera, el presidente Caldera (1969-1974) nacionalizó el gas y promulgó la ley de reversión de los bienes de la industria petrolera, primer paso para su nacionalización.

El presidente Pérez (1974-1979), nacionalizó la industria petrolera y creó Petróleos de Venezuela (PDVSA) y sus filiales. Contra todo pronóstico, el Estado venezolano administró con eficiencia la industria petrolera, haciendo más rentable el negocio del petróleo al construir las refinerías más grandes y modernas del mundo, garantizando con ello el consumo interno de gasolina y el del mercado internacional. Con el gobierno del presidente Herrera (1979-1984), la industria petrolera inició la etapa de su internacionalización, con la adquisición de la Veba Oíl en Alemania y otros centros refinadores en el mundo. De esa manera, PDVSA se convirtió en la quinta empresa más grande del mundo, con influencia notable en el negocio petrolero internacional.

Cuando Chávez llegó al poder en 1999, Venezuela era uno de los principales productores de crudo del mundo, con una producción promedio de 3.500.000 barriles al día, suficiente para exportar, refinar y atender cómodamente las necesidades de combustibles del país, con un precio que la convirtió en la gasolina más barata del planeta.

Bastó la llegada de la revolución para destruir el esfuerzo de más de 40 años. Destruyeron la industria petrolera de la que los venezolanos nos sentíamos orgullosos; una industria construida con talento nacional, meritocracia profesional y administrada con una gerencia del primer mundo. PDVSA fue secuestrada por incapaces corruptos que la transformaron en el principal botín de los líderes de la revolución y de “empresarios patriotas”, que en complicidad lograron amasar fortunas descomunales a costa de su ruina. PDVSA se convirtió en una agencia de empleos del PSUV, colocando en áreas prioritarias de la industria a personas sin conocimientos en el área petrolera pero, eso sí, fieles y rodilla en tierra con Chávez y la revolución. La corrupción criminal y la incapacidad sin límites destruyeron la gallina de los huevos de oro de Venezuela.

Resulta absolutamente incomprensible que hoy día los venezolanos no tengamos gasolina, teniendo el país con las reservas probadas de petróleo más grandes del planeta; con un parque refinador que en su tiempo fue el más moderno del mundo; con importantes alianzas financieras internacionales que posicionaron a PDVSA como una empresa eficiente y solvente; con experiencia de más de cien años en el manejo del petróleo; a pesar de todo ello, la narcotiranía destruyó nuestra principal riqueza, y hoy celebran la llegada de gasolina importada de Irán, cuando antes de la revolución éramos exportadores de gasolina y lubricantes de primera calidad.

Y lo más insólito, dolarizaron el precio de la gasolina cuando siempre se  rasgaron las vestiduras por gasolina barata para el pueblo ¡Hipócritas, delincuentes de cuello rojo! Sépanlo todos, la importación de gasolina iraní, además, de ser uno de los fracasos más estruendosos de la narcotiranía, no soluciona el problema de fondo; porque la cantidad de gasolina es poca y está reservada sólo para los militares y las mafias para sigan haciendo sus corruptelas, vendiendo la gasolina con un precio superior a la de los de Estados Unidos y Colombia.

A la narcotiranía jamás le ha importado los sufrimientos de los venezolanos; lo único importante ha sido la destrucción del país y hacer negocios para llenar con dinero sucio, lleno de sangre, hambre y dolor, sus bolsillos que todavía no terminan de saciarse.

Chávez y su sucesor se negaron a implementar ajustes progresivos del precio de la gasolina, hoy los venezolanos pagamos los platos rotos de la narcodictadura. En circunstancias de devastación nacional, el régimen va a oficializar la dolarización de la gasolina para seguir exprimiendo los bolsillos rotos de los venezolanos; el drama de la gasolina sólo terminará cuando esta mafia criminal abandone el poder usurpado. Con ellos en el poder nunca podremos vivir bien.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (LUZ)