martes, 11 de junio de 2019


Las dos paciencias

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Se define la paciencia como “la capacidad de sufrir y tolerar desgracias y adversidades o cosas molestas u ofensivas, con fortaleza, sin quejarse ni revelarse”. Esa paciencia es la que se les pide a los venezolanos frente a esta descomunal crisis que amenaza con destruir a todo un país. Es una paciencia larga, sin respuestas concretas e invocada por políticos, según la coyuntura que estemos atravesando. “El tiempo de Dios es perfecto”; “aquí nadie se rinde”, son frases que hemos escuchado en los últimos años de la revolución chavista-madurista, en la que sobrevivir ya es toda una odisea para los venezolanos.
Si algo hemos comprobado en Venezuela, es que el tiempo de la gente no es igual al tiempo de la política; en circunstancias normales, esa premisa puede ser cierta y comprensible, pero en momentos donde la gente se está muriendo por falta de alimentos y de asistencia médica, o está huyendo del país para no dejarse morir, esa premisa es una bofetada que golpea muy fuerte la dignidad humana.

Esa paciencia que nos exigen a los ciudadanos no es la misma que practican algunos políticos, en su afán desmedido para aspirar a un cargo público, inmediatamente que oyen la palabra elecciones. A pesar de esta tragedia inédita, cuya responsabilidad es exclusiva de un régimen genocida, saqueador e inmoral; a pesar de estar conscientes -a veces dudo que lo estén- que la unidad monolítica de los factores democráticos, es un requisito obligatorio para alcanzar los objetivos supremos de la nación; a pesar de todo esto, siguen jugando su propio juego de espaldas a un pueblo sufrido que clama libertad, justicia y progreso. La paciencia de algunos políticos es más corta y mucho menos penosa que la que nos exigen a la inmensa mayoría de los venezolanos.

Después de más de cinco meses del 5 de enero, el juego está trancado. No se vislumbra en el corto plazo una salida efectiva al conflicto venezolano. Maduro continúa en el poder terminando de consumar el peor genocidio que hemos experimentado los latinoamericanos. Las fuerzas armadas siguen de espaldas a la Constitución y a la democracia, aferrados a intereses particulares que les garanticen riquezas mal habidas y beneficios que provienen de un poder inmoral e ilegítimo. Los partidos democráticos no terminan de estructurar un plan de país que conecte humanamente con las desgracias de la sociedad venezolana, sembrando una esperanza real y factible; los partidos y algunos de sus líderes están desgastados, desarticulados y sin un discurso unitario comprometido con la compleja situación que atraviesa Venezuela. Y, mientras tanto, el país se derrumba poco a poco. Las fuerzas ciudadanas están siendo diezmadas por un caos generalizado que socaba brutalmente los cimientos de nuestra existencia como nación. Si las cosas siguen por este camino, lamentablemente diremos ¡teníamos un país, lo perdimos!

No es el tiempo de la paciencia, es el momento de actuar. Ser pacientes es igual a cruzarnos de brazos a esperar el desenlace definitivo. Los políticos ya no nos pidan más paciencia, la hemos tenido en grado superlativo. Ya es hora que hagan lo que desde hace tiempo debieron haber hecho.

Estoy convencido, no obstante que, a lo largo de estos últimos veinte años, no habíamos tenido un avance tan significativo como el liderado por el presidente Guaidó. Sus esfuerzos y su tenacidad son admirables; por lo tanto, debemos preservar el activo más importante de las fuerzas democráticas. No sólo es imperativo aceptar la ruta marcada por Guaidó, es absolutamente necesario que los políticos y partidos de oposición actúen en auténtica unidad, sin agendas libres u ocultas.

Como demócrata y practicante de la civilidad, creo en la opción electoral para superar la crisis nacional. Pero esa opción no es automática ni inmediata. Es menester crear las mejores condiciones para que el resultado sea positivo y permanente en el tiempo. Sin reglas que promuevan el respeto, la equidad y una observación internacional confiable, hablar de elecciones es una manera de hacerle el juego al usurpador.   

Unas elecciones sin la instauración previa de un gobierno de transición, no resuelve de fondo la profunda crisis venezolana. Antes de la convocatoria electoral, el país necesita construir unas bases fuertes para rescatar la institucionalidad republicana y establecer las reglas de un pacto de gobernabilidad, que garantice la perdurabilidad de la paz y del modelo democrático post-revolución. Si no nos ponemos de acuerdo acerca de la operatividad del nuevo sistema político que aniquile las perversiones heredadas del socialismo del siglo XXI, entonces, los esfuerzos actuales servirán de poco en un mediano y largo plazo. Estaríamos dando de nuevo un salto al vacío.

La paciencia que les exigimos a los políticos es sacrificar, por ahora, protagonismos personales y candidaturales para sumarse a la tarea gigantesca de ponerle fin a la usurpación, haciendo uso de los medios más efectivos para alcanzar dicho propósito, encaminado al establecimiento de un gobierno de transición. ¿Acaso no nos dijeron que todas las opciones estaban sobre la mesa?, pues bien, vamos a usar las más efectivas, aquellas que pongan fin de una vez por todas a esta tragedia infernal, antes que perdamos completamente a Venezuela.

Vamos apurar el paso; el tiempo conspira contra la libertad. Este pueblo ha hecho muchos sacrificios y su paciencia está en el límite. Los políticos, tómense su tiempo, traten que sea poco, para que se pongan de acuerdo acerca del plan que haga efectiva la ruta marcada por Guaidó, con asistencia internacional. Solos no saldremos de esta tragedia.

Profesor Titular Emeritus de LUZ

viernes, 24 de mayo de 2019

Los militares o la piedra en el camino
Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

En sociedades con una frágil institucionalidad democrática, como ha sido Latinoamérica, los militares históricamente se han involucrado en temas referidos al poder político, bien para influir en la resolución de conflictos generados por la elite que detenta la hegemonía, o para ejercer directamente el poder. El establecimiento de dictaduras militares ha pretendido resolver frecuentemente las crisis políticas latinoamericanas, con resultados nefastos para esas sociedades. No obstante, el estamento militar pareciera destinado a ser actor protagónico en el destino de nuestros pueblos.

En el caso venezolano, los militares han estado invariablemente presentes en los conflictos políticos desde la instauración de la República, contribuyendo con la ruptura de un ciclo histórico y el advenimiento de una nueva era. Así fue durante el tránsito del gomecismo a la revolución de 1945; de 1948 a la dictadura perezjimenista; de 1958 al establecimiento de la experiencia democrática por cuarenta años consecutivos; y, todo parece indicar que, en esta crisis inédita del país, también tendrán los militares una participación fundamental, ya sea para ayudar a resolver esta tragedia o para empeorarla a niveles inimaginables.   
Los acontecimientos de los últimos meses apuntan que, de no lograrse una fractura significativa dentro las fuerzas armadas, el lapso del cese de la usurpación podría alargarse más allá de lo que esperamos los venezolanos, inclusive podrían debilitarse los esfuerzos de los factores democráticos para alcanzar el cambio político en el país. Cuando el pasado 23 de enero, Guaidó asumió la encargaduría de la Presidencia de la República pensamos que, por vez primera, el inicio de un nuevo ciclo histórico estaría protagonizado por la sociedad venezolana, con una participación marginal de los militares. Esta percepción se desvanece con el transcurrir de los días.

El problema de fondo es que las actuales fuerzas armadas son absolutamente diferentes a las que existían en 1958. La desinstitucionalización del estamento militar, se ha convertido en una piedra en el camino que impide el cese del régimen usurpador de Nicolás Maduro. En tal sentido, Hugo Chávez, con su innegable ascendencia sobre la fuerza armada, logró convertirla en una institución a su servicio personal y al del socialismo del siglo XXI. En tales circunstancias, los militares -o por lo menos, la máxima jerarquía- no defienden a la constitución, como es su obligación, sino sus intereses personales y los de la parcialidad política dominante. Ello ha impedido la fractura que permita el inicio del cambio político por el que tanto hemos luchado.

De manera deliberada, Chávez pervirtió a las fuerzas armadas, al despojarlas de la constitucionalidad que las obligaba velar por el mantenimiento del orden democrático, privilegiando los intereses supremos de la República. Desde 1999, las fuerzas armadas son chavistas, revolucionarias y antiimperialistas, dejaron de ser venezolanas y democráticas.
Este proceso de descomposición de las fuerzas armadas se inició cuando el ascenso y la profesionalización de los oficiales pasó a ser una competencia exclusiva del presidente; ascendían sólo los afectos al proceso, aquellos que declaraban lealtad absoluta al “comandante supremo”. Así fue abolida la meritocracia militar y se tejió una relación perversa con el líder del proceso. Después, para garantizar el favor electoral de los militares, se les permitió votar y tener una participación política intensa a favor de la revolución. Sacaron a los militares de sus cuarteles para garantizar y defender la permanencia del proceso indefinidamente. Por si fuera poco, fueron incorporados al gobierno, cuantificando más ministerios que los propios civiles, siendo beneficiarios directos de los negocios, corruptelas e ilícitos del régimen; de esa manera, las fuerzas armadas se corrompieron, transformando la lealtad y la gratitud a la revolución en el let motiv de muchos militares, especialmente, los de más alto rango o los enchufados.

Para evitar que los militares repitiesen lo que él hizo el 4 de febrero de 1992, Chávez logró además la desarticulación de los componentes de la fuerza, a fin de abortar cualquier escenario conspirativo que pusiese fin a la revolución. Esta estrategia fue perfectamente ensamblada, con la presencia de los cuerpos de contra inteligencia cubana (G2), sellándose la sumisión de las fuerzas armadas venezolanas a un gobierno extranjero y comunista, jamás visto en nuestra historia.

Estas son las fuerzas armadas que los venezolanos estamos esperando que se fracturen para salir de la tiranía genocida. Como pueden ver, apreciados lectores, la solución a esta crisis no es sencilla. Dentro de esta perspectiva, partiendo de la premisa que la intervención militar internacional no será posible, ¿se tendrá que negociar con los militares para que le retiren su apoyo a Maduro, su rehén más preciado, y faciliten el camino hacia la transición? Las opciones se reducen cada día, pero seguramente las condiciones de esa probable negociación deben resultar mayor que el costo que los militares deben pagar por su salida del poder. Esa negociación debe tener el respaldo firme y categórico de nuestros aliados internacionales, Estados Unidos, Grupo de Lima y la Unión Europea, a fin de garantizar un desenlace positivo.

La fractura automática de las fuerzas armadas es un tema que no visualizo a corto plazo; lo que está en juego no es la restitución del orden constitucional, ni tampoco el bienestar y la libertad de los venezolanos; la prioridad de los militares es la defensa de sus intereses y el establecimiento de condiciones que minimicen el peso de la justicia por delitos de lesa humanidad. Veremos cómo termina nuestra tragedia; mientras tanto los venezolanos siguen muriendo por falta de alimentos y de asistencia médica; otros miles huyen del país para sobrevivir. Este es un drama inhumano e injusto que no les duele en absoluto a los usurpadores ni a los militares tampoco. Que Dios tenga misericordia de los venezolanos.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

martes, 14 de mayo de 2019

Una larga espera
Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La compleja y dramática situación del país, agota la paciencia de los venezolanos; máxime cuando la mayoría ha esperado por veinte años el advenimiento de un cambio del régimen político imperante. La impaciencia crece frente a la incertidumbre; el no saber qué, cómo y cuándo va a suceder el momento definitivo del alumbramiento del cambio, hace más difícil la angustiante espera. Y, lo que es peor, con la impaciencia aparecen la frustración y la desesperanza colectivas, elementos letales en la lucha para el rescate de la libertad y la democracia en Venezuela.

Ciertamente, los cuatro meses que tiene Guaidó liderando a los factores democráticos, no pueden compararse con el sufrimiento infligido por la mafia usurpadora a lo largo de dos décadas; sin embargo, con el transcurrir de los días, la vida de los venezolanos se deteriora peligrosamente, apoderándose el pesimismo que amenaza con hacernos creer que por ahora tampoco podremos librarnos de esta pesadilla inhumana.

Es necesario deslastrarnos de actitudes negativas que no nos ayudan en estas circunstancias tan complejas. Venezuela nos quiere de pie, dando la batalla a pesar de las múltiples caídas que hemos sufrido. Física y espiritualmente fuertes; con suficientes energías para resistir hasta que llegue el fin de la usurpación. No es tarea sencilla salir de un régimen que, por un lapso de 20 años ininterrumpidos, se encargó de eliminar a la República y sus instituciones; destruir la economía con mayores oportunidades en Latinoamérica; empobrecer a la sociedad con la más próspera clase media de la región; y, producir el mayor éxodo que se haya registrado en la historia latinoamericana.

La tragedia que sembró la revolución en Venezuela es un hecho insólito e inédito; no es posible compararlo con ninguna otra experiencia del planeta. El régimen chavista-madurista es una combinación criminal de tiranía genocida, narcotráfico, terrorismo, colectivos paramilitares y guerrilla colombiana, amparada por el saqueo más grande de nuestra historia y una impunidad capaz de “legalizar” cualquier crimen por más atroz que sea. Derrotar esa mafia nos ha costado sangre, sudor y lágrimas en un lapso mayor que el que todos esperábamos. Solos no podemos.

Hasta este momento hemos avanzado significativamente pero aún Maduro permanece en el poder, sin lograr una fractura en la alianza dominante que ponga punto final a la usurpación. Todo esto a pesar que Maduro proyecta apenas un 12% de popularidad, la cifra más baja durante la era revolucionaria; con indicadores económicos que los más avezados economistas se preguntan cómo podemos sobrevivir los venezolanos en esta catástrofe; con una crisis humanitaria sin paragón en el continente americano. Sin embargo, Maduro sigue mandando a pesar de no poseer desde hace rato la gobernabilidad del país.

¿Qué más tendremos que hacer los venezolanos para conquistar la libertad, la democracia y el progreso? En mi opinión, hemos hecho todo, o casi todo, para abrazar el cambio. Cuando nos han pedido calle, hemos salido a la calle; cuando nos han dicho que sí votamos ganamos, hemos votado; cuando nos han pedido que nos abstengamos porque las condiciones electorales son un fraude, hemos dejado de votar; cuando nos han pedido organizarnos, hemos realizado esfuerzos a pesar de las restricciones del régimen. Hemos marchado por todas las calles del país; muchos han sido asesinados por hacer efectivo su derecho a la protesta. En los últimos meses, hemos apoyado y acompañado al presidente Guaidó en todas las actividades convocadas. No obstante, no hemos logrado el objetivo supremo de liberar a Venezuela.

En tal sentido, debemos admitir que la crisis venezolana es un problema que supera la voluntad y la lucha de los venezolanos; es un asunto internacional que amenaza la seguridad de la región y la preeminencia de la democracia como sistema político para nuestra América. El régimen de Maduro no sólo ha destruido al país y a los venezolanos, sino que pretende, en alianza con factores terroristas y del crimen organizado, imponer condiciones que privilegien al comunismo como modelo político bajo la tutela de Cuba.

Esa realidad harta conocida por los gobiernos democráticos del mundo, debe ser suficiente para consolidar el apoyo internacional a los demócratas venezolanos, más allá de las sanciones al régimen y a los más conspicuos personeros de la tiranía. La diplomacia del micrófono implantada por Estados Unidos, la OEA y el Grupo de Lima, debe cesar para dar paso a una diplomacia más contundente, en la que las acciones sean más importantes que los discursos. No tengo pruritos contra los Estados Unidos, jamás los he tenido porque nunca he sido comunista ni he coqueteado con esa ideología fracasada; a los que dicen que una intervención internacional atenta contra la soberanía nacional, es bueno recordarles que desde hace bastante tiempo estamos intervenidos y gobernados por los parásitos más corruptos e incapaces de Latinoamérica, como son los cubanos castro comunistas.

La defensa de la libertad, el rescate de la democracia y la llegada del progreso con oportunidades para todos, merecen tanto los esfuerzos de los venezolanos como el de los gobiernos libres y civilizados del mundo, especialmente, nuestros principales aliados, Estados Unidos, Brasil y Colombia, antes de que sea tarde y oigamos voces que digan “el hermano país de Venezuela se perdió baja la mirada indiferente de los gobiernos amigos”. Es el momento de hablar menos y de actuar con firmeza y decisión contra esta mafia que nunca debió gobernar a nuestra amada Venezuela.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

domingo, 5 de mayo de 2019


El día antes del 1 de mayo
Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

El 30 de abril muchos venezolanos nos despertamos alarmados por las noticias que llegaban desde Caracas. Hablaban de un alzamiento militar que liberó a Leopoldo López y reconocía a Juan Guaidó como presidente interino del país. La etapa final de la Operación Libertad había iniciado un día antes del 1 de mayo, fecha en la que se anunció una marcha multitudinaria en la capital, con réplicas en todos los Estados de la República. Pensé, con la emoción que siempre nos regala la esperanza, “por fin llegó el momento tan esperado por los venezolanos”.

Pero transcurridas las horas y los días, después de aquella mañana que anunciaba aires de libertad, el régimen usurpador continúa en el poder y el presidente Juan Guaidó no ha logrado los objetivos proclamados el pasado 5 de enero, cuando asumió la dirección de la Asamblea Nacional. ¿Qué pasó?, ¿otro fracaso más?, ¿cuánto más tendremos que esperar para acariciar la libertad y el progreso secuestrados por la mafia genocida y usurpadora?
Para responder esas interrogantes, legítimas por demás, debemos analizar con objetividad los acontecimientos de estos últimos días. ¿Se logró la salida del poder de Nicolás Maduro? No, pero el avance de los factores democráticos es substancial. Estamos más cerca de la meta. Las cosas ya no volverán a ser iguales para el régimen ni para la oposición. Lo primero que debo destacar, es el factor sorpresa con el que actúo nuevamente Guaidó, agarrando fuera de base a Maduro y a sus acólitos. Liberar a Leopoldo López, el preso más emblemático para la dictadura, con la ayuda de grupos del SEBIN, no es poca cosa. Que hoy día Guaidó y López se mantengan libres y en la calle, demuestra la debilidad del régimen y la fractura dentro de los cuerpos de seguridad del Estado, la cual debe crecer con el transcurrir de los días.

Lo que parecía impensable para algunos círculos del régimen, sucedió; efectivamente, hubo negociación con el alto mando militar y con ciertos personeros influyentes de la revolución; después conoceremos las verdaderas razones del por qué Maduro no salió del poder el 30 de abril. Pero lo que si debemos tener claro es que esto pica y se extiende. Las deslealtades dentro del régimen seguirán creciendo en la medida que se den cuenta que no tienen posibilidades de sobrevivir en el mediano plazo. La salida del régimen es irreversible, no hay vuelta atrás. Mientras tanto, la contundencia de la comunidad internacional, especialmente la administración Trump, es mayor con el pasar de las horas. Estados Unidos está trabajando con firmeza y coherencia para lograr el cese de la usurpación, aunque ello signifique ejecutar una intervención militar. Esa es una opción que desde el primer momento la consideré muy probable. Los últimos acontecimientos nos están dando la razón.

En otro orden de ideas, pareciera que Nicolás Maduro es un actor de reparto en este ajedrez de la geopolítica internacional. Los verdaderos actores son Estados Unidos, Rusia y Cuba. Lo que pase con Maduro es menos importante que los intereses que defienden estas tres naciones. A Estados Unidos no le conviene que Venezuela se constituya en una amenaza para la estabilidad de la región y del territorio norteamericano; Trump no va a aceptar la intromisión de potencias extra continentales en América Latina, aunado al peligro que significa la sumatoria letal del terrorismo, el narcotráfico y la guerrilla colombiana en Venezuela.

Los intereses rusos son más mundanos, quieren que les garanticen el pago de la deuda que el régimen contrajo en los últimos años, pues, su debilitada economía no tiene capacidad para condonar esa deuda. Las posiciones destempladas del gobierno ruso en contra de USA, también forman parte del teatro, ya que los rusos necesitan aparentar el poder del cual carecen para proyectar su disminuida influencia internacional. Y, el caso de Cuba, es de absoluta sobrevivencia. La generosa y gratuita ayuda económica venezolana, a lo largo de estos últimos veinte años, les ha permitido sortear con relativo éxito las penurias de la isla sometida a la incapacidad y la corrupción crónicas del comunismo, liderado por los Castros. En tal sentido, comprendemos el planteamiento de Trump referido a un nuevo proceso de apertura con Cuba si da por finalizada su intromisión en los asuntos internos de Venezuela.

La calle y la organización popular de los venezolanos es un elemento importante en estas circunstancias, pero estoy convencido que el destino de Venezuela está por encima de las concentraciones en las calles del país. El mundo entero reconoce que Maduro es un dictador genocida que debe salir del poder, de lo contrario terminará destruyendo lo poco que queda del país. El asunto definitivo de esta tragedia ya superó las fronteras nacionales para ubicarse en un problema internacional, cuya solución definitiva requiere de la participación y el acompañamiento de gobiernos amigos, especialmente, Estados Unidos, Colombia y Brasil.

Las cartas están echadas. La dictadura de Maduro tiene sus días contados. Dios permita que el desenlace sea lo menos trágico posible, porque lo que si está claro es que Maduro sale por las buenas o por las malas. El tiempo se les agota y conspira contra la tiranía genocida.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

lunes, 29 de abril de 2019

Historias de la diáspora

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Todavía nos falta escuchar muchas historias de venezolanos que han emigrado a diferentes latitudes del planeta. Sigue siendo un fenómeno inédito para el país; no teníamos cultura migratoria y ahora encontramos a venezolanos en cualquier parte del mundo. Los países con mayor recepción de nuestros migrantes son los latinoamericanos, España y Estados Unidos; pero la verdad es que, hoy día, los venezolanos están en los rincones más apartados de la tierra.

Hemos escuchado historias de emigrantes que nos llenan de profundo orgullo venezolano. Por ejemplo, gracias al talento y experiencia de técnicos venezolanos, la industria petrolera colombiana (ECOPETROL) ha elevado substancialmente su producción, superando la producción petrolera de Venezuela. También nos llena de emoción saber que nuestros médicos son reconocidos por su profesionalismo y mística de trabajo en Chile, Estados Unidos y Ecuador, constituyéndose en referencia de grandes centros hospitalarios. Las universidades norteamericanas están llenas de jóvenes venezolanos talentosos que superan el mejor promedio de los estudiantes de ese país. Esas son gratas noticias que proyectan el buen país que somos y que deseamos proyectar al mundo entero.

Dentro de la cotidianidad laboral, nos llegan datos que hablan muy bien del desempeño de los venezolanos. Son trabajadores a tiempo completo; lejos quedó la costumbre de mirar el reloj para salir del trabajo exactamente a la hora que culmina la jornada laboral, sin dar nada extra a la empresa. Son serviciales y con disposición para colaborar en lo que haga falta para optimizar el trabajo. Son capaces y quieren aprender para ser los mejores. En su inmensa mayoría son gentiles, bien educados y respetuosos, sin olvidar la camaradería que sólo los venezolanos somos capaces de ofrecer.

Pero indistintamente de esas buenas noticias, se manifiesta el dolor por haber dejado a su tierra, a sus familias, a sus afectos, a sus recuerdos. El nombre de Venezuela ronda permanentemente en sus corazones, convirtiéndose muchos de ellos en verdaderos ciudadanos que desde la distancia luchan para que la libertad y el progreso regresen pronto a su nación.

Hay otras historias llenas de tristeza y de angustia. No todo es color de rosa fuera de casa, a pesar de las fantasías que vemos por las redes. La verdad cierta es que son millones los venezolanos que literalmente han huido del país para evitar morirse de hambre; muchos de ellos no tienen ni idea del destino a donde se dirigen; sin planificación, sin la probabilidad siquiera de encontrar un empleo digno.  Van a la buena de Dios, esperando por un samaritano que no los deje perecer. De esa manera se van tejiendo las historias dolorosas de la diáspora venezolana.

En Colombia, por ejemplo, tienen plenamente identificado al migrante venezolano. Muchos de ellos viven en las calles, deambulando por las plazas; venden caramelos y café en avenidas y lugares públicos; limpian parabrisas y, lo más lamentable, algunos son pordioseros que piden limosnas para impedir que sus hijos mueran de hambre. Otras historias nos dicen que, en ciertas ciudades latinoamericanas, la delincuencia se ha incrementado con la presencia de venezolanos que se dedican a robar y a extorsionar en búsqueda de un dinero que no pueden o no desean ganarse decentemente. Estas historias nos hacen mucho daño, pues, empañan la buena imagen de la mayoría de los venezolanos, promoviéndose así la xenofobia que empieza a crecer peligrosamente en algunos países, especialmente, en Ecuador y Perú.

Sin duda, la diáspora venezolana es una de las consecuencias más dramáticas e inhumanas de la revolución del siglo XXI. El sufrimiento del emigrante es inconmensurable, dejando desprovisto al país del recurso humano y del talento profesional que con seguridad vamos a necesitar en la reconstrucción de la nación. Son innumerables las historias de ancianos que están solos porque sus hijos se fueron del país, conviviendo con sus recuerdos, tristezas y la esperanza de que algún día pueda hacerse realidad el añorado reencuentro familiar. Son muchos los niños que crecen sin la presencia de sus padres que tuvieron que huir del país. para buscar afuera el alimento que les permita sobrevivir la espantosa crisis en la que está sumida la infancia venezolana.

Ciertamente, los países receptores de nuestros emigrantes realizan esfuerzos importantes para tratar de mitigar sus sufrimientos y carencias; los programas sociales de los gobiernos, iglesias e instituciones filantrópicas se han incrementado substancialmente para atender a nuestros hermanos en el extranjero; muchas gracias por su invaluable ayuda. Ese gesto profundamente humano debe quedar por siempre en nuestras memorias, porque la gratitud es uno de los valores más excelsos del ser humano.

Pero, en honor a la verdad, la diáspora no se detendrá hasta tanto los venezolanos podamos celebrar el final de la usurpación del régimen madurista. Una vez que eso suceda, con seguridad serán millones los que regresen al país, aliviando la pesada carga que han generado a los gobiernos de las naciones receptoras. Sólo con un gobierno de transición podremos normalizar el flujo migratorio venezolano; de seguir Maduro en el poder, la diáspora se incrementará de manera alarmante poniendo en peligro la normalidad y estabilidad de la región.

Dios permita que las dolorosas experiencias que nos deja la diáspora se transformen en condiciones favorables para los migrantes y refuercen el amor entrañable por la tierra de la que huyeron, a la que más temprano que tarde retornarán para reunirse con sus familias y contribuir con el reto gigantesco de reconstruir a Venezuela.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

domingo, 7 de abril de 2019

El Zulia: una tierra arrasada

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Nunca antes en toda su historia, el Zulia había experimentado una destrucción tan descomunal como la que le está propinando el régimen de Nicolás Maduro en alianza con los gobernantes serviles instalados en el Estado. La que por mucho tiempo fue la joya de la corona, la convirtieron en la cenicienta nacional. El emporio zuliano que contribuyó con el desarrollo del país, es hoy un Estado completamente arruinado, colmado de calamidades que hacen difícil la sobrevivencia de su gente. No es posible comprender el odio visceral de esta revolución contra el Zulia; ni siquiera los autócratas del siglo XIX destilaron semejante desprecio por nuestro terruño.

Como los zulianos, nadie ha padecido este calvario producto de la incapacidad, la corrupción y el saqueo perpetrado por una mafia, cuyo único propósito es pulverizar cualquier indicio de progreso, porque el bienestar de los zulianos les produce escozor. La tragedia impuesta por la tiranía genocida tiene mucho tiempo haciendo daño a los zulianos. Hugo Chávez se encargó personalmente de desmantelar a la empresa petrolera y a todas las contratistas privadas de la Costa Oriental del Lago; expropió empresas productivas para dejarlas en las manos incapaces y corruptas de reposeros revolucionarios; arruinó a la actividad agropecuaria, considerada como el “granjero” y la “despensa” de Venezuela; confiscó los recursos que constitucionalmente le pertenecían a la gobernación del Estado y a la alcaldía de Maracaibo, por estar administradas por líderes de la oposición democrática. Hizo todos los esfuerzos para arrebatarle al Zulia su liderazgo pionero y la capacidad de autoabastecerse, empobreciéndolo y haciéndolo perversamente dependiente de las sobras del centralismo autoritario y corrupto.  ¡Chávez, cuánto daño le hiciste al Zulia, fuiste el comandante supremo de nuestra destrucción!

Con seguridad, el “pajarito galáctico” le dijo a Nicolás “estás obligado a finalizar la destrucción del Zulia, que yo inicié en 1999”. Y Nicolás, con obediencia servil ejecutó criminalmente la orden dictada por su mentor. Desde el 2013, fecha en la que inició la gestión de Nicolás, el Zulia no ha visto luz; la situación ha empeorado peligrosamente, con el consentimiento de gobernadores y alcaldes que vendieron su dignidad y principios, por la defensa de la revolución que les ha permitido enriquecerse groseramente a costa de la pobreza y los sufrimientos de los zulianos. Estos mandatarios son indignos de llamarse zulianos, pues, pasarán a la historia como los responsables del aniquilamiento del Estado más próspero y generoso de Venezuela. Ustedes pagarán con creces la crueldad con la que han actuado en contra del Zulia. La justicia tarda, pero siempre llega.

Hoy día, el Zulia es un Estado fantasma, es tierra arrasada donde la gente deambula en las calles, buscando el sosiego y la tranquilidad que por ahora no podremos encontrar. La tiranía genocida decretó un racionamiento criminal de 20 horas sin electricidad y 4 horas con el servicio eléctrico; semejante calamidad impide que tengamos agua potable que sólo puede ser bombeada con electricidad; las colas para abastecer combustible son interminables, muy parecidas al caos que desde hace mucho tiempo sufren los tachirenses; la comida escasea y la poca que aparece normalmente se paga en dólares; la seguridad ciudadana está en manos de hampones y criminales, llamados colectivos, que intimidan y atracan a personas y saquean empresas y negocios, bajo la mirada cómplice de mandatarios y militares. Nuestros niños, ancianos y enfermos crónicos mueren a diario por falta de medicinas y por una atención médica que los hospitales sin electricidad no pueden brindarles. Por si fuera poco, el Zulia está siendo reprimido criminalmente por el gobernador del Estado y sus secuaces, impidiendo que hagamos uso del derecho constitucional de la protesta pacífica, en contra del desmadre con el que el régimen usurpador poco a poco asesina a los zulianos.

Con dolor decimos que el Zulia está abandonado a su propia suerte. Estamos huérfanos de un liderazgo responsable que contribuya con el acrecentamiento de la fortaleza y la voluntad indómita que nos ha caracterizado. Somos un Estado huérfano que se niega a rendirse ante la barbarie que domina a través de las armas, las arbitrariedades y el hamponato. ¿Quieren más pruebas de la reciedumbre de un pueblo que aún desprotegido y cruelmente castigado por la usurpación, sigue luchando por la libertad y la democracia?

En estos días tan difíciles, los zulianos no hemos sentido la solidaridad y el acompañamiento de otros Estados de la República. Lo que está sucediendo en el Zulia no está pasando en ninguna otra parte del país. Y, sin embargo, cuando más necesitamos de manos amigas éstas no están presentes.

La visita del presidente Guaidó al Zulia sería bienvenida y necesaria. Su presencia aumentaría nuestra motivación de lucha y contundencia contra la usurpación; nos sentiríamos acompañados en estos cruentos momentos que estamos viviendo. Recuerde presidente Guaidó, que nuestro Estado es poblacional y económicamente el más importante de Venezuela. No tenga dudas que desde nuestra tierra se iniciará la profunda reconstrucción del país. Nuestros recursos, el talento de nuestra gente y la vocación por el trabajo productivo y de calidad, serán pilares fundamentales en la construcción de la Venezuela que está por nacer. Acérquese por acá y sienta en su corazón la fuerza de un pueblo que han pretendido derrotar, pero que aún conserva fuerzas para nunca arrodillarse ante el régimen usurpador cuya pretensión ha sido la de destruirnos como sociedad libre, democrática y de pujante progreso.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

martes, 26 de febrero de 2019

El rostro de la crueldad humana

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Cuando un régimen, como el de Nicolás Maduro, basa sus pírricas victorias en el sufrimiento y en la muerte de sus conciudadanos, estamos frente a una tiranía cuya crueldad no tiene límites, pues, su vocación genocida es la única opción que tiene para mantener el poder usurpado.

Lo que vimos el pasado 23 de febrero no nos debe sorprender a los venezolanos; la represión y la violencia se han convertido desde hace tiempo en el guion de este régimen delincuente y forajido, que al sentirse perdido recurre a la fuerza para esconder la debilidad que lo persigue como una sombra. Los que sí debieron sorprenderse son algunos actores internacionales que, escudados en una neutralidad cómplice, todavía abogan por un diálogo con el régimen para resolver el conflicto venezolano. La alta comisionada para los derechos humanos de la ONU, ex presidenta Bachelet, bastante parca en sus declaraciones, ha manifestado su repudio por la violencia del régimen que no sólo impidió el ingreso de la ayuda humanitaria sino, lo que es peor, incendiaron tres gandolas con alimentos y medicinas destinadas a aliviar el sufrimiento de miles de venezolanos, cometiendo así un delito de lesa humanidad. Ante los ojos del mundo, el peor rostro del régimen quedó desnudo; quienes dudaban de semejante atrocidad, allí están los resultados, sumado a las palabras de la señora Delcy Rodríguez que textualmente afirmó, “ayer solamente vieron un pedacito de lo que nosotros estamos dispuestos a hacer”. Como dirían los abogados, “a confesión de partes relevo de pruebas”.

Dentro de un escenario polarizado como el que actualmente caracteriza a Venezuela, tendríamos que admitir, entonces, que en los sucesos acontecidos durante los días 23 y 24 de febrero, existe un ganador y un perdedor. Si escuchamos solamente las declaraciones del usurpador y de su camarilla, ellos ganaron ese round con un costo que hará más difícil su salida pacífica del poder, aunado al creciente repudio mundial por semejante crueldad. El régimen está agotando aceleradamente cualquier proceso de negociación que permita el cese a la usurpación y la conformación de un gobierno de transición; todo parece indicar que escogieron el camino de la violencia y la radicalización; están dispuestos a matar e incendiar el país para mantenerse en el poder. Ello traería consecuencias funestas para el régimen, las cuales repercutirán en la población venezolana. Pero créanme, esa supuesta victoria es el presagio de una derrota contundente y definitiva, porque nunca la crueldad ha sido aliada de victorias permanentes en el tiempo.

Por otra parte, es conveniente decir que el “supuesto derrotado” por el régimen -el pueblo venezolano dirigido por el presidente encargado Juan Guaidó-, no ha colocado todas las piezas del ajedrez; perdiendo hemos ganado porque el juego apenas comienza con el apoyo contundente de la comunidad internacional, más comprometida que nunca con el rescate de la libertad y la democracia en Venezuela, entendiendo que todas las opciones para resolver la crisis están sobre la mesa. Con un pueblo movilizado en la calle que clama libertad y justicia, y que no está dispuesto a seguir sufriendo esta tragedia humana impuesta por el régimen usurpador, a pesar de una aparente desesperanza después del 23-F. Con una fuerza armada que no termina de dar el paso final pero que, sin duda, está experimentando un quiebre progresivo en sus estructuras de mando que afianzan el debilitamiento del régimen. No por casualidad el régimen ha echado mano de colectivos, presidiarios, guerrilleros colombianos y toda suerte de organizaciones irregulares para defender a la revolución; la lealtad de las fuerzas armadas al régimen está a prueba.

A pesar de las dificultades, no es el momento de lamentaciones y de frustraciones, a pesar de la legitimidad de esos sentimientos. Todos queremos salir cuanto antes de esta tragedia inhumana e injusta, pero la política no nos provee de soluciones mágicas e inmediatas, especialmente, en el combate contra un régimen que por espacio de veinte años destruyó la institucionalidad republicana del país; pulverizó la economía nacional transformándonos en la nación más pobre de la región; propició el éxodo de casi 4 millones de compatriotas que literalmente fueron obligados a huir de su tierra; permeó en las entrañas de la sociedad el cáncer de la corrupción y de la impunidad; inoculó el germen del odio y la división social; desarticuló y desinstitucionalizó a las fuerzas armas; y, violó la soberanía nacional al permitir que la inteligencia cubana se convirtiera en el verdadero gobernante  de Venezuela. Por si fuera poco, este régimen ha mantenido relaciones directas y muy lucrativas con el narcotráfico, se alió con el terrorismo internacional y abrió las fronteras de Venezuela para que fueran usadas como aliviadero de la guerrilla colombiana.  Apreciados lectores, ¿les parece poco todo lo que este régimen ha hecho durante dos décadas?; tanto daño que podríamos calificarlo desde ya como la peor desgracia que hemos soportado los venezolanos en toda nuestra historia republicana.

Pues bien, con esa realidad nos estamos enfrentando una vez más, pero ahora en condiciones mucho más favorables y alentadoras que antes. Hemos avanzado muchísimo en apenas un mes. Hoy existe plena convicción internacional que Maduro es el usurpador del poder en Venezuela; que el régimen es asesino y violador confeso de los derechos humanos. Hoy existe una clara visión que el régimen de Maduro se constituye en una amenaza para la seguridad y la estabilidad de Latinoamérica y de otros países democráticos del planeta.

La estrategia de los factores democráticos venezolanos se mantiene incólume; con el pasar de los días se acrecienta la presión internacional, así como la esperanza de un pueblo que se resiste a vivir en esclavitud, pobreza y rodeado de muerte. La comunidad internacional, especialmente Estados Unidos, Colombia y Brasil, están comprometidos con la libertad de Venezuela; no nos dejarán solos y harán todo cuanto puedan para liberarnos de esta tragedia. Seguramente vendrán días muy difíciles, en el que nos invada la incertidumbre y la desazón por no haber alcanzado el objetivo. Tengamos fe porque estamos frente al quiebre inexorable de un ciclo histórico para dar paso a uno nuevo, en el que los venezolanos podamos vivir por siempre en libertad, con seguridad y con bienestar para todos.

Venezuela está sufriendo un parto doloroso, pero más pronto que tarde disfrutaremos de la alegría que nos acompaña el nacimiento de una nueva vida, el nacimiento de una nueva Venezuela que con el trabajo fecundo de sus hijos la haremos grande como siempre la soñamos.

Profesor Titular Emeritus de LUZ