lunes, 27 de abril de 2020

El dolor de la diáspora

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Durante estos largos días de cuarentena leí la última novela de Isabel Allende “Largo pétalo de mar”, en la que narra los sufrimientos de una familia española que, debido a sus creencias republicanas,  debió emigrar a Chile en plena guerra civil de España, gracias a gestiones realizadas por Pablo Neruda, diplomático del gobierno chileno de la época. Esa familia, al igual que millones de españoles, sufrió hambre, enfermedades, abusos y mal tratos en su tortuoso peregrinaje hasta llegar a su nueva patria, un país que para 1936 era desconocido para la mayoría de los europeos.

Leyendo la novela de la escritora chilena, llegaron a mi mente imágenes desgarradoras del dolor que está sufriendo la diáspora venezolana, especialmente, los que han emigrado a los países más cercanos como Colombia, Ecuador y Perú. Nada justifica los sufrimientos de nuestros hermanos en tierras extranjeras. Por solidaridad y respeto a la dignidad humana, los migrantes venezolanas merecen ser atendidos con la urgencia que el caso amerita.

Cuando el mundo clama por solidaridad y justicia en búsqueda de esfuerzos y voluntades para mitigar la crisis generada  por la pandemia del Covid-19, observamos con estupor cómo los venezolanos son víctimas de una xenofobia brutal en países hermanos, como es el caso especialísimo de Perú; siendo estas acciones promovidas en muchos casos por las propias autoridades de esos países. Los venezolanos están siendo echados a la calle al no poder pagar la renta de sus viviendas porque han perdido sus empleos; no tienen qué comer y deambulan por calles y refugios en búsqueda de alimentos para no morirse de hambre; están desprovistos de servicios médicos básicos; reciben ataques y ofensas que denigran su dignidad como seres humanos; están expuestos más que otros grupos de la población a contagiarse con el virus chino, poniendo en riesgo su salud, la de su familia y la de las personas de su entorno. Y cuando deciden regresar al país, la dictadura de Maduro se burla y los engaña en su buena fe, haciéndonos creer que les preocupa su situación, cuando la verdad es que sólo les importa el poder, no importa lo que tenga que hacer para mantenerlo.

La tragedia de los migrantes venezolanos no tiene parangón en la historia latinoamericana. Nunca antes habíamos presenciado tanto ensañamiento  contra algún grupo de migrantes. Duele decirlo, porque históricamente Venezuela fue un país que recibió con los brazos abiertos a extranjeros que venían de todas partes del mundo. Aquí encontraron trabajo, educación, salud y las manos generosas de un país amigo, que hizo que se sintieran  más venezolanos que los propios que nacimos en esta tierra de gracia.

Isabel Allende plantea de una manera magistral la solidaridad de Venezuela con los migrantes, al describir el segundo exilio que debieron sufrir Víctor Dalmau y Roser Bruguera, personajes centrales de su novela, debido al golpe de Estado de Pinochet en 1973. “Venezuela recibió a Víctor con la misma despreocupada generosidad con que acogía a millares de inmigrantes de varios lugares del mundo y más recientemente a los refugiados de la dictadura de Chile y de la guerra sucia de Argentina y Uruguay, además de los colombianos que cruzaban las fronteras sin permiso escapando de la pobreza…Se vivía alegremente, de parranda en parranda, con gran libertad y un profundo sentido igualitario”.

Después de haber leído tan hermosas palabras sobre nuestro país, nos cuesta comprender más la xenofobia en contra de los venezolanos. Ahora que la pobreza y el hambre se apoderan del país, los venezolanos son despreciados por países que en otrora le tendimos las manos cuando buscaban ayuda para aliviar su miseria, o la libertad que en sus países les era negada. Debemos levantar nuestras voces para denunciar con firmeza los atropellos de los que son víctimas los venezolanos en países vecinos. Sin duda, es una situación injusta que desdice de la humanidad de algunos de nuestros hermanos latinoamericanos.

Este es un tema tan doloroso que exige la actuación urgente del gobierno interino del presidente Guaidó. Es momento de tomar acciones concretas en alianza con los gobiernos democráticos de la región, como aumentar y distribuir con eficiencia y probidad la ayuda humanitaria para apoyar a los migrantes; establecer normas explícitas que castiguen las conductas xenofóbicas; implementar políticas preferenciales para proteger a niños y ancianos; activar la atención permanente de embajadas y consulados del gobierno interino de Venezuela en Colombia, Ecuador, Perú y en el resto de los países de la región; sin olvidar  que estas acciones sólo sirven para paliar la trágica situación de los migrantes venezolanos, porque la acción principal, la más importante, es lograr la salida del régimen para implantar un gobierno de emergencia y unidad nacional, y ese supremo objetivo sólo podremos lograrlo con la ayuda decidida y contundente de nuestros aliados de América Latina, Europa y Estados Unidos.

Los países democráticos de la región saben que la única manera de poner fin a los problemas económicos, de seguridad y de salud pública generados por los migrantes venezolanos en sus países, es sacar al narco dictador y liberar a Venezuela de la tragedia más espantosa que país alguno de la región ha vivido en toda su historia republicana.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

jueves, 23 de abril de 2020

Encrucijada en la pandemia

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

A raíz de la pandemia del Covid-19, la mayoría de los gobiernos del mundo debaten acerca de cuál es la prioridad que deben atender durante la crisis sanitaria y económica que tiene paralizado a gran parte del mundo. Seguramente, la prioridad seleccionada estará en sintonía con la ideología de los gobernantes. En todo caso, el debate se centra entre la ayuda a las poblaciones más afectadas por la pandemia y/o la protección de la economía para frenar las devastadoras consecuencias de la crisis, ambas opciones perfectamente válidas.

Pero en circunstancias tan difíciles como las que experimenta el mundo, apostar por posiciones radicales resulta a todas luces contraproducente. Los gobiernos populistas tienden a creer que la prioridad son los pobres y los grupos vulnerables a quienes deben ayudar con recursos públicos para paliar las dificultades de la emergencia; en este caso, las empresas privadas, consideradas como una élite privilegiada, deben enfrentar la crisis con recursos propios. Por el contrario, los gobiernos que defienden postulados de derecha creen que la prioridad es la economía antes que la salud y protección de los más necesitados, a fin de garantizar un crecimiento que permita minimizar el impacto de la crisis generada por la pandemia.

Si alguna lección debemos aprender de esta pandemia planetaria, es la construcción de una economía diferente en la que las finanzas mundiales  deban impulsar acciones efectivas para crear empleos sostenibles, crecimiento verde y una forma distinta de vida, porque la salud de las personas y la salud del mundo son una misma cosa. Para ello es necesario tener una concepción clara de la  importancia tanto de los trabajadores como de los empleadores privados. Ambos pilares fundamentales para alcanzar el bienestar que los ciudadanos merecen dentro de una sociedad más democrática, justa y solidaria.

Si los gobiernos se empeñan obstinadamente en destinar gran parte de sus recursos para aliviar las carencias de los más necesitados, olvidando la capacidad de las empresas para generar empleos, tendremos un escenario mucho más desolador porque los programas sociales y políticas asistencialistas no son suficientes para combatir la pobreza; es vital la creación y protección de empleos productivos, de calidad y bien remunerados que sólo pueden ser generados por el sector privado de la economía, el cual requiere del apoyo económico y fiscal, y respeto institucional de los gobiernos para contribuir con el mejoramiento progresivo de la economía.

Por lo menos a nivel teórico, la cuestión parece mucho más sencilla dilucidarla. Con empresas quebradas no hay empleos, ni tampoco impuestos para que los gobiernos dispongan de recursos para programas y obras sociales que beneficien a los más pobres. En consecuencia, el sentido común aconseja que, frente a una crisis de grandes proporciones como la actual, los gobiernos deban apoyar a la empresa privada para disminuir los niveles de desempleo, pobreza y violencia que tienden a crecer en circunstancias de adversidad.

No se trata de defender o aplicar medidas neoliberales, de lo que se trata en definitiva es comprender que el trabajo productivo es el único mecanismo para generar riquezas, porque no se puede distribuir lo que no se tiene. Ciertamente, es necesario implementar programas sociales que contribuyan a aliviar las carencias materiales de los más pobres, es una cuestión de solidaridad y dignidad humana. Lo que no puede aceptarse es que gobiernos con apetencias electorales y clientelistas pretendan profundizar las desigualdades sociales con programas de asistencia social que lejos de disminuir la pobreza, la aumentan en mayores proporciones que cuando llegaron al poder.

En aras de mantener la gobernanza en los difíciles tiempos por venir, se hace impostergable un entendimiento sólido, responsable y permanente entre los gobiernos y el sector privado de la economía, con el propósito de nutrir un debate deslastrado de dogmas y prejuicios para que ganemos todos.

Este es un tema crucial en el corto y mediano plazo, pues, la crisis generada por la pandemia del covid-19 traerá consecuencias no sólo económicas, sino también políticas y culturales. Aquellos gobernantes que sean capaces de aplicar políticas con una visión de estadistas, tendrán mayor probabilidad de mantenerse en el poder y coronar con éxito, que aquellos gobernantes que están trabajando a favor de sus ideologías y sus apetencias electorales, dejando a un lado los supremos intereses de sus naciones.

Profesor Titular Emeritus de la Universidad del Zulia (Venezuela)

lunes, 6 de abril de 2020


Incertidumbre en tiempos de pandemia

Efraín Rincón Marroquín (EfrainRincon17)

Probablemente la incertidumbre sea la palabra que mejor defina la cuarentena que el mundo vive por la pandemia del Covid-19. Existe incertidumbre en el presente para enfrentar un virus letal que nos tomó por sorpresa y tiene de rodillas al mundo entero; e incertidumbre en el futuro porque desconocemos las consecuencias al finalizar la contingencia planetaria. ¿Qué pasará?, es la pregunta que todos nos hacemos a lo largo y ancho del globo terráqueo.

Los análisis prospectivos plantean escenarios catastróficos en la economía mundial. De acuerdo al Fondo Monetario Internacional, la economía mundial se reducirá en un tercio; en el caso concreto de Estados Unidos, se estima que su economía caerá entre -3% a -7%, mientras que la Unión Europea caerá en -1.8%. El mundo experimentará una recesión económica peor que la del 2008, requiriéndose más de 2,5 billones de dólares para hacerle frente a la crisis. Ello implicará un crecimiento significativo de la deuda global, ubicándose en 253 mil millones de dólares la deuda de USA y de China.  Las previsiones son peores que lo estimado antes de la pandemia, lo cual obliga el replanteamiento de las economías y del modelo de globalización imperante hasta el momento. Definitivamente, el mundo ya no será igual al que teníamos antes de la llegada del coronavirus.

El panorama para América Latina es aún más desolador, agravado por el hecho que somos la región con mayores desigualdades en el mundo. Se estima que, después de la pandemia, la pobreza pasará en promedio de 186 millones a 220 millones de personas, esto es, un incremento de 20% aproximadamente; asimismo, la pobreza extrema crecerá en 23 millones de personas, pasando de 68 millones a 91 millones. Ello debido, en gran parte, a la pérdida de empleos y de ingresos que afectará tanto a los sectores populares que laboran en la informalidad que ocupa en promedio el 36% del mercado laboral, como al 30% de la clase media que es parte de la economía formal. En el segmento de los millenials el desempleo podría ubicarse en un 48%, alejando las oportunidades de una mejor calidad de vida para los jóvenes latinoamericanos.

Otro aspecto que agravaría la situación social y económica de América Latina, es el hecho que el sector con mayor crecimiento mundial, como es la tecnología, es al que la región le invierte menos, calculándose sólo en 1.9% la inversión global latinoamericana en la tecnología mundial. Ello supondría una mayor dependencia en el comercio de materias primas, cuyo valor agregado es de apenas del 5%. La inversión en las tecnologías podría disminuir debido a un mayor desembolso del gasto público en salud y en otras áreas inherentes al combate de la pandemia del Covid-19.

Este dantesco panorama, sin duda, tendrá serias repercusiones en la gobernanza de la región y del mundo, pues, muchos gobiernos les tocará manejar situaciones inéditas que pueden comprometer su desempeño. En una crisis de estas dimensiones, parece normal volver a políticas keynesianas, a través de las cuales el Estado asume un mayor control sobre la economía, en aras de mantener y crear empleos que puedan palear los estragos de la crisis, pudiéndose generar gobiernos con una visión más nacionalista o proteccionista que afectan la globalización de la política. Frente a la fragilidad y vulnerabilidad de las sociedades latinoamericanas esta tentación puede ganar muchos adeptos, derivando en más populismo y corrupción, enemigos históricos de la democracia latinoamericana.

Sin duda vienen tiempos muy difíciles que traerán profundos cambios a los que la inteligencia humana deberá enfrentar. El éxito para superar la crisis no dependerá exclusivamente de los esfuerzos de los gobiernos, será necesario el apoyo financiero de organismos multilaterales, la concienciación y participación ciudadana frente a los nuevos retos y la voluntad política de gobernantes y empresarios para colocar como prioridad los intereses de los países, por encima de las apetencias personales y grupales que en nada contribuyen con la búsqueda de soluciones efectivas, para enfrentar la peor crisis que la humanidad ha vivido después de la segunda guerra mundial.

Frente a un escenario tan pesimista como el que vamos a enfrentar en el futuro próximo, necesariamente debemos llenarnos  de optimismo, confiar nuevamente que en tiempos de desgracias, la inteligencia humana está al servicio de causas nobles que mitiguen progresivamente los sufrimientos de la humanidad.

En tal sentido, en palabras del Dr. Edgar Jiménez, eminente analista latinoamericano, para enfrentar la actual crisis es necesario invocar y practicar una Cultura de Solidaridad Internacional que rompa los muros de nacionalismos trasnochados, y una integración y globalización de la esperanza. Dos virtudes humanas que siguen siendo mecanismos poderosos para vencer las dificultades, incluyendo las de naturaleza política y económica.

En la medida que los países más poderosos del planeta (G20) y los organismos multilaterales implementen programas de cooperación financiera y técnica a los países más vulnerables, invocando el espíritu de la solidaridad mundial, estaremos más cerca de la solución de la crisis, impregnando el ambiente mundial de la esperanza que nos regala las fuerzas y las capacidades para construir una mejor sociedad sobre las ruinas que dejó el Covid-19.   

Profesor Titular Emeritus de la Universidad del Zulia (Venezuela)

viernes, 20 de marzo de 2020


El virus planetario

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

En este artículo no me referiré a dónde, cómo y por qué se originó el Covid-19; pienso que ese tema ha sido profusamente tratado tanto por especialistas como por opinadores que proyectan posturas tendenciosas e interesadas.

Prefiero referirme a realidades que, producto de la pandemia,  desnudaron dramáticamente la manera cómo hemos vivido hasta este momento. Hoy estamos más cerca que antes de comprender la fragilidad del ser humano, la insuficiencia de la riqueza económica y la debilidad del poder político, por fuerte que parezca. Es momento de reflexionar acerca de un cambio en la visión del mundo global e individual, preguntándonos lo que hemos hecho mal y cómo podemos corregirlo, aunque ello signifique romper paradigmas que contribuyen con un mundo que hoy parece que camina al revés o está patas arriba.

No hizo falta que brillantes estrategas inventaran una guerra comercial para desequilibrar a la economía mundial, el Covid-19 lo logró. Estamos frente a una crisis colosal que aún desconocemos las implicaciones que traerá y cómo terminará. En lo que sí hay mayor certeza, es que las economías de las naciones van a contraerse de manera preocupante, inclusive las más prósperas del planeta.

No bastaron las armas nucleares, la inversión de miles de millones de dólares en armamentos sofisticados y la capacitación de ejércitos profesionales para impedir el avance del Covid-19. Sigue avanzando alarmantemente sin que pueda ser detenido por la fuerza militar. ¿Quién pudo imaginar siquiera que un virus obligaría a cerrar las fronteras de los países del mundo, sin que existiese la amenaza de un ejército enemigo? El poderío bélico de las grandes potencias resultó inútil frente al potente virus planetario.

La salud del mundo y, también, la de los líderes políticos y empresariales está amenazada por un virus que se metió entre el círculo de guardaespaldas blindados, sin que se dieran cuenta. Ese virus se ha convertido en el dolor de cabeza de gobernantes que, sin tenerlo planificado, deben tomar decisiones audaces en todos los órdenes de la vida de sus naciones, para hacerle frente a la contingencia y al futuro próximo, corriendo el riesgo de ser rechazados por los ciudadanos, e incluso perder el poder.

A nivel mundial, el poder político, la riqueza económica y la fuerza militar de grandes y pequeñas naciones, resultaron inservibles frente a la devastación letal de un virus que llegó sin ser esperado. Llegó por la puerta trasera y nadie se dio cuenta.

En el plano social, el Covid-19 superó con creces a las nuevas tecnologías en la percepción del tema de la aldea global. Ahora, más que informarnos en tiempo real de lo que acontece en el mundo, a través de las redes sociales, sin importar las distancias, estamos enfrentando simultáneamente un mismo patrón de vida, más allá de la geografía y las diferencias culturales. En estos momentos, los ciudadanos del mundo estamos experimentando idénticos comportamientos: miedo, paranoia colectiva, confinamiento, desolación y la amenaza de la muerte rondando entre nosotros; acompañado de compras de pánico con su correspondiente desabastecimiento en algunos alimentos y medicamentos, así como una serie de preguntas, sin respuestas, acerca de cómo será el futuro que se avecina. Analistas y pensadores ya hablan que el mundo no será igual después del Covid-19.

Creo que, después de la II Guerra Mundial, el mundo no había vivido una amenaza de tal magnitud, con el agravante que las afectaciones más grandes durante la II Guerra Mundial se concentraron en Europa, epicentro de ese evento bélico. Hoy, por el contrario, todas las naciones del mundo estarán afectadas, de una u otra forma, por las consecuencias del Covid-19 que aún no terminamos de descifrar, tanto en el plano político, económico, social y cultural.

Hago estas reflexiones en circunstancias en la que los seres humanos deberíamos estar más conscientes de nuestra propia fragilidad. Es cierto que, frente a otras catástrofes, el hombre ha logrado vencer las dificultades, a través de la inteligencia y la capacidad de adaptación, en esta oportunidad pienso que no será la excepción; pero también es cierto que hemos abusado en demasía de un poder que no tenemos; hemos hecho gala de un excesivo ego, de la vanidad que corroe y de un permanente desafío a Dios para ver quién puede más. Los hombres nos hemos apartado del buen camino  para transitar por el egoísmo y por una vida frívola y banal que nos aleja de los valores humanos para construir una mejor sociedad en la que la justicia, la honestidad y la solidaridad sean pilares de esa felicidad que todos los seremos humanos deseamos alcanzar. Ojalá el cambio sea para mejor.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

lunes, 24 de febrero de 2020


Maldad banal
Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Cuando observamos las atrocidades cometidas por los personeros de la dictadura chavista-madurista en contra de millones de venezolanos, podríamos suponer que sólo unos monstruos son capaces de semejante comportamiento. Pero releyendo a la teórica política Hannah Arendt, autora de la tesis de la banalidad del mal, podemos admitir que el mal no es excepcional, puede encontrarse en cualquier parte y ser ejecutado por cualquier persona, sin sentir escrúpulo alguno por el delito cometido.

Ello nos lleva a pensar que no hace falta una conducta retorcida o el padecimiento de una enfermedad mental, para que un ser humano cometa delitos perversos; sólo sus apetencias para escalar posiciones, o la sumisión abyecta a un líder ("comandante supremo"), son razones suficientes para delinquir, convencidos que sólo por esta vía pueden alcanzar sus objetivos personales o la satisfacción plena del jefe por su impecable trabajo.

Después de veinte años ininterrumpidos de destrucción, siempre pensé que a los dirigentes chavistas los atormentaba su conciencia y no podían ver a los ojos a sus familias; hoy estoy convencido que, por el contrario, duermen plácidamente y sus familias (esposos, hijos, padres y hermanos), disfrutan y presumen, sin ningún tipo de remordimientos, las riquezas obtenidas a costa del hambre, la pobreza y la muerte de millones de venezolanos.

Cuando oíamos decir a Chávez que “no importa andar desnudos, tener hambre o estar desempleados, porque lo importante es defender la revolución”, estábamos oyendo a un individuo que no tuvo jamás conciencia del bien o del mal; que actúo conforme a los postulados de su ideología; capaz de hacer todo cuanto fuese necesario hasta lograr su cometido. Éste es el verdadero peligro de la banalidad del mal, su capacidad infinita de destrucción sin sentir acaso la mínima vergüenza por su perversidad.  

Cuando observamos las excentricidades de Hugo Chávez y su clan familiar; las de Maduro, Cilia y Nicolasito; las de Diosdado Cabello y otros conspicuos líderes de la revolución, basadas en el más espantoso saqueo que experimentó jamás Venezuela, resulta fácil entender, bajo la óptica de la banalidad del mal, que son seres humanos que no los invade la pena por el país al que destruyeron, y seguirán haciendo el mal hasta tanto logren mantenerse en el poder. Sus apetencias personales son ilimitadas, nada los satisface. El poder y la riqueza que disfrutan les exigen más riqueza y más poder.

Con las intentonas golpistas del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992, que provocaron la muerte de cientos de venezolanos inocentes, se inició el mal del chavismo, que con el transcurrir del tiempo se acrecentaría y permearía el alma de su dirigencia. Desde el mismo momento en que Chávez llegó al poder, el chavismo provocó muertes y desolación en el país; han asesinado a mansalva a jóvenes estudiantes que protestaban por legítimas razones; han matado a niños, a pacientes con enfermedades crónicas y a ancianos porque se robaron el dinero destinado a la asistencia médica y a la compra de medicamentos.

La maldad chavista ha encarcelado a cientos de civiles y militares, violando flagrantemente sus derechos y sometiéndolos a tratos inhumanos; esa maldad, en complicidad con la cubana, han implementado torturas inéditas en nuestra larga historia de tiranía; ningún régimen anterior a la revolución chavista, ha producido mayor dolor y sufrimientos a las familias de los venezolanos que les han arrebatado su libertad.

Debido a la maldad practicada por esta élite criminal, Venezuela se convirtió en uno de los países más pobres de la región; la destrucción de la economía, la pulverización de los salarios y del empleo productivo, han generado la peor crisis económica, social y humanitaria del país, obligando a emigrar a casi 5 millones de venezolanos.

El mal chavista es fiel practicante del odio, la división y el resentimiento social, haciendo añicos los valores y las costumbres que nos distinguieron como una sociedad solidaria y hermanada. Ese mal dañó gravemente el tejido social de Venezuela, lo que complica la reconstrucción integral del país.

La banalidad del mal no sólo fue realidad en el nazismo alemán, también echó raíces en Cuba, Nicaragua y en Venezuela. Tengamos presente, entonces, que los chavistas al no tener un concepto absoluto del mal, seguirán practicándolo, no importa la tragedia que dejen a su paso. En definitiva, dentro de sus mentes, todo cuanto se haga para mantenerse en el poder y acrecentar sus fortunas personales está permitido, inclusive la muerte definitiva de un país llamado Venezuela.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

miércoles, 15 de enero de 2020


Solos no podemos

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

En las últimas alocuciones del presidente (e) Juan Guaidó, le escuché decir “solos no podemos”, haciendo referencia que, los 100 diputados que conforman la Asamblea Nacional legítima y constitucional, no pueden lograr solos el cambio político y económico que anhelamos los venezolanos. Una frase que ilustra perfectamente el drama venezolano.
Ciertamente, solos no pueden lograr la hazaña de la libertad de Venezuela. Desde estas líneas, reconozco el trabajo, la entrega y la dignidad de la legítima Asamblea Nacional y de numerosas voluntades de la sociedad civil que día a día sin desfallecer día acontinúan la lucha para hacer posible el fin de la usurpación del régimen de Nicolás Maduro. Vaya para ustedes mi respeto y admiración; sin duda, la historia valorará su infatigable labor por el rescate de la libertad y la democracia en Venezuela. Han escrito ustedes páginas gloriosas de nuestra historia.

Lamentablemente el arrojo de dignidad y valentía que han demostrado no son suficientes para vencer a la dictadura. Esa es una tarea de todos los venezolanos y, aun así, todavía resulta cuesta arriba iniciar el tránsito definitivo hacia la transición política. El régimen incapaz e ilegítimo, tiene suficientes recursos para continuar la pelea. Durante casi dos décadas, el chavismo se preparó para perpetuarse en el poder. Logró tejer un tinglado de corrupción institucional, militar y política, apoyado en la incalculable riqueza petrolera del país, que le permitió quebrar la dignidad de actores nacionales que son importantes para librar con éxito la pesadilla que nos atrapa dolorosamente, como es el caso de la fuerza armada y el poder judicial, entre otros.

Amparado en la corrupción y en la más perversa inmoralidad, el jefe supremo de la revolución bolivariana, Hugo Chávez Frías, planificó milimétricamente la entrega del país a factores internacionales que representan la peor desgracia de la humanidad. Se doblegó ante el comunismo castrista permitiéndole el control directo sobre áreas reservadas a la seguridad nacional; plagió el modelo cubano hasta convertir a Venezuela en la nación más miserable del continente americano; el comunismo de Chávez y Maduro, bajo la tutela de Fidel y Raúl Castro, se encargó de destruir una economía que lucía indestructible a los ojos del mundo.

Insatisfecho con semejante proeza, exigió la beligerancia de la guerrilla colombiana, financiando su proyecto de muerte a través del narcotráfico y convirtiéndola en uno de sus más importantes socios políticos y económicos, al entregarle el control y la explotación de recursos naturales del país, como el oro, el coltán y otros minerales estratégicos. La sociedad con la guerrilla es tan poderosa que el “glorioso ejército de la patria” se repliega frente a su presencia avasallante.

En la búsqueda insaciable de mantener el control absoluto del poder, el régimen encontró en el narcotráfico internacional la vía expedita para enriquecer a conspicuos personeros de la revolución, incluyendo al alto mando militar, ministros, empresarios y a los boliburgueses, convertida en la nueva oligarquía revolucionaria criolla. En Venezuela, a diferencia de otras naciones latinoamericanas, el Estado no es aliado del narcotráfico porque es en sí mismo un narco-estado. Los capos en Venezuela son los que gobiernan y poseen las armas, ellos son los que dan las órdenes a los carteles.

Por si fuera poco, el régimen criminal venezolano alcanzó su clímax al estrechar lazos de lealtad y profunda hermandad con el terrorismo internacional; los grupos terroristas islámicos tienen puerta franca en Venezuela; están haciendo vida activa en regiones del país, ayudando al régimen económica e ideológicamente. Esos grupos terroristas que han puesto a temblar la seguridad de USA y del mundo occidental, son parte esencial de la dictadura chavista-madurista. Están entre nosotros y todavía el mundo no termina de creer esta realidad.

No les bastó con corromper y destruir a la fuerza armada, sino que también crearon grupos civiles armados financiados por la revolución, denominados colectivos, encargados de asesinar, amedrentar y amenazar a la oposición y a los ciudadanos que osan hacer valer sus derechos constitucionales en las calles del país.

Lo aceptemos o no, debemos admitir que el régimen tiene las armas de la República, cuenta con el auxilio de potencias interesadas en arrebatarnos las riquezas que aún poseemos; además, tienen mucho dinero producto de veinte años del saqueo más descomunal que ha sufrido Venezuela a lo largo de su historia. A pesar de las sanciones internacionales, el régimen tiene dinero para sobrevivir, enlodar dignidades y doblegar voluntades. Han logrado mantener el poder, aunque ello se traduzca en la destrucción del país y en la más denigrante pobreza de los venezolanos.

Entonces, apreciados lectores, ¿los 100 diputados patriotas junto al pueblo venezolano pueden aniquilar la peor plaga política que se ha enquistado en suelo latinoamericano? Yo pienso que solos no podemos. Y, en consecuencia, planteó mi utopía para aniquilar al régimen y el daño colateral que ha generado en Venezuela y en Latan. Es necesario, obligante, vital y fundamental que el mundo democrático y civilizado vuelque de una vez por todas sus ojos sobre Venezuela, no sólo para “salvar” a los venezolanos, sino para impedir que esta plaga comunista-terrorista-narcotraficante y criminal se propague peligrosamente sobre el continente. Tomen decisiones inteligentes y acciones contundentes para defender la libertad y la democracia del continente, después podría ser tarde. ¡Solos no podemos!

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

jueves, 9 de enero de 2020


Una nueva oportunidad
Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La política venezolana no termina de sorprendernos. Si no fuese por la dolorosa tragedia que estamos viviendo los venezolanos, podríamos admitir que nuestra realidad política es una caricatura. Nuestra nación se ha convertido en terreno fértil para que lo insólito germine frondosamente. El régimen con el cinismo que lo caracteriza hace cualquier cosa, por burda que parezca, para mantenerse en el poder; mientras que la oposición se debate entre la ingenuidad de los demócratas y la traición de los cobardes que vendieron su dignidad al régimen a cambio de verdes muy apetecidos.

Tal como lo habíamos imaginado, el pasado 5 de enero no fue un día más en Venezuela. Fueron muchos los acontecimientos en un solo día. En las primeras horas de la mañana, se proyectó la percepción que la dictadura había logrado su propósito con un golpe de estado a la Asamblea Nacional, eligiendo fraudulentamente una directiva sin quorum ni votos e impidiendo el ingreso al presidente Juan Guaidó al recinto legislativo. En esas horas, mientras el canal de televisión oficial transmitía la juramentación de la directiva “CLAP”, a las afueras del palacio federal se escenificaba una guerra campal entre los cuerpos de seguridad del régimen y la mayoría de los diputados de oposición que forcejeaban para entrar a la Asamblea Nacional.

En horas de la tarde, el panorama cambió al ver que Guaidó acompañado de 100 diputados logró instalar la sesión en el auditorio del diario El Nacional, para proceder a elección constitucional de la nueva directiva del parlamento, reeligiéndolo como presidente de la AN, siendo ratificado además como Presidente (E) de Venezuela.

Sin duda, el 5 de enero nos deja varias lecturas y análisis. En primer lugar, seguimos subestimando al régimen. A partir del 30 de julio de 2017, con la elección de la írrita Asamblea Nacional Constituyente, nos advirtieron que son capaces de hacer todo y más para mantener el poder; ya no les importan siquiera cuidar las formalidades. El régimen demostró que a pesar de las sanciones internacionales y su ilegitimidad de origen y de desempeño, logró mantener el control político, territorial y político del país. No darán tregua hasta alcanzar la destrucción del país y de la oposición democrática para instaurar una dictadura de largo aliento. Eso no lo podemos olvidar nunca.

En segundo lugar, quedó en evidencia la ingenuidad de la oposición al no prever un plan B para contraatacar las arbitrariedades del régimen y, al propio tiempo, no descubrir oportunamente la traición de diputados que horas antes se habían reunido con el presidente Guaidó.   

No obstante, en tercer lugar, creo que el balance resultó positivo para la oposición. Sin duda, el régimen fracasó al intentar socavar la institucionalidad de la Asamblea Nacional y usurpar la legitimidad de la que carece. Por otra parte, la oposición se deslastró de un grupo de parlamentarios aliados con el régimen para obstaculizar la liberación del país. Con seguridad son menos diputados opositores, pero los 100 que quedaron han dado pruebas de lealtad y compromiso con la causa de la libertad de la nación. Asimismo, la unidad útil y necesaria se fortaleció al incorporar a grupos minoritarios, como el 16J, que se sentían excluidos por el G4. Es un buen momento para demostrar que la inteligencia y la racionalidad de la oposición se imponen sobre los caprichos e intereses particulares que impiden el advenimiento del cambio.

En definitiva, el 5 de enero abrió una nueva oportunidad para que la oposición reinicie el camino de la libertad de Venezuela; se reivindique con los venezolanos, al admitir los errores cometidos y plantear con absoluta seriedad y viabilidad una estrategia que nos permita realizar elecciones libres para acabar con esta tragedia que ya lleva muchos años de martirio para los venezolanos.

En esta nueva oportunidad, Juan Guaidó, como la principal referencia política de la oposición, debe evitar la impulsividad y el cortoplacismo que producen episodios épicos como los vividos días atrás. No hay tiempo para generar falsas expectativas que no puedan materializarse; no hay cabida para más desesperanza y frustración colectivas. La emoción que ha despertado la actitud valiente y patriótica de Guaidó, Juan Pablo Guanipa y los 98 diputados restantes, debe administrarse con sensatez y humildad para no botar un juego que por ahora lo estamos ganando.

La comunidad internacional, que ha reaccionado contundentemente contra la dictadura de Maduro, exige unidad y coherencia a la oposición venezolana. No podemos pedirles a los aliados internacionales lo que domésticamente no estamos en capacidad de dar. En la medida que los más de 56 gobiernos que reconocen la presidencia interina de Juan Guaidó, aprecien inteligencia, madurez política y desprendimiento por parte de la oposición, mayor será la justificación de sus decisiones y acciones para contribuir con la reinstitucionalización y el progreso de Venezuela.

Desde estas líneas, con profunda humildad, les pido por favor que no perdamos de nuevo esta gran oportunidad para alcanzar los objetivos que no pudimos lograr en el 2019. Veamos el 5 de enero como el inicio de una etapa para continuar con la lucha para librar a Venezuela de la oscuridad, acompañada  con estrategia, unidad y presencia mayoritaria del pueblo venezolano. La opción es lograr la libertad de nuestra amada nación, no tenemos otra opción.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)