miércoles, 29 de octubre de 2014


Armas contra Ideas

Efraín Rincón Marroquín

 
Cuando un gobierno privilegia al sector castrense en mayor grado que al sector educativo, deja claro su apego al autoritarismo y su profundo desprecio por la civilidad, esencia de las democracias modernas. Pero también puede interpretarse como un acto de adulación a los militares cuando está consciente del frágil apoyo popular que disfruta. En estos últimos quince años, los venezolanos hemos sido testigos de un régimen conformado en su mayoría por militares; con un discurso militarista y guerrerista; con estrategias, tácticas y programas propios de un cuartel y absolutamente contrarios a principios ciudadanos, tan altamente valorados por el Libertador Simón Bolívar. Dentro de este régimen, el estamento civil apenas sirve para guardar la farsa de una democracia cada vez más deficitaria.

Son abundantes los ejemplos que corroboran nuestra afirmación. El toque de diana se ha convertido en el “grito de guerra” de las campañas oficialistas, especialmente, en el día de las elecciones. Los nombres de los comandos de campaña del PSUV, son referidos a batallas libradas por venezolanos de otros tiempos; los servicios estratégicos están en manos de militares; la pretendida solución de los problemas más álgidos de la nación (economía, desabastecimiento, bachaqueo, energía eléctrica, entre otros), se les encomienda a militares que rotan de un cargo a otro con la misma frecuencia que son transferidos de una a otra plaza militar. Los incrementos salariales son religiosamente respetados, sin necesidad de levantarse en huelga o protestar, por lo menos no públicamente. Los beneficios sociales que disfrutan son espléndidos y muy frecuentes. El estamento militar no sólo tiene garantizado un salario indexado, en momentos donde la inmensa mayoría de los venezolanos apenas nos alcanza el salario para medio comer y pagar servicios públicos cada vez más caros y deficientes, sino que disfrutan de programas sociales a través de los cuales les regalan desde carros, viviendas, artefactos eléctricos hasta teléfonos celulares. Muchos recursos para garantizar su “lealtad” a la revolución y al gobierno cívico-militar.

Mientras tanto, los otros sectores de la sociedad no forman parte del banquete revolucionario. En el caso de la educación, un profesor universitario venezolano devenga un salario mensual que oscila entre 65 y 150 dólares, cuando en Chile y Ecuador el salario mínimo de un profesor universitario es superior a los 1.000 dólares. La educación de calidad es la más importante prioridad de las naciones con una visión moderna y progresista. En nuestro país, por el contrario, la renuncia de profesores se ha incrementado vertiginosamente en los últimos años, pues, los irrisorios salarios y beneficios los empujan a labrarse un mejor futuro en otros países del mundo, con lo cual se agrava la crisis universitaria. Definitivamente, las universidades son la cenicienta de este gobierno. En vez de fortalecer y apoyar las universidades autónomas, el régimen ha creado universidades de todo tipo que, a la larga, también las abandonan, constituyéndose en una pesada carga para las finanzas públicas. En definitiva, ni a las universidades autónomas ni a las oficialistas, se les presta la debida atención para que puedan cumplir con el propósito de educar con eficiencia y calidad a las nuevas generaciones de venezolanos. La mediocridad, la ignorancia y la defensa de intereses subalternos, le impide al régimen ver la importancia de la educación en la construcción del progreso para todos los venezolanos.

En el caso de la Universidad del Zulia, el gobierno aprobó sólo el 30% del presupuesto requerido para garantizar su funcionamiento en el próximo año. Este gobierno ha convertido a las universidades en meras instituciones que sólo disponen recursos para pagar salarios de hambre a los que allí laboramos. El fomento y apoyo a la ciencia y tecnología, esencia de la sociedad del conocimiento, no es preocupación de este gobierno, brilla por su ausencia. Convertir nuestras universidades en verdaderos centros del conocimiento, es un espejismo que este régimen se ha encargado de profundizar. Cuando las ideas y el conocimiento de los ciudadanos, son menos importantes que las armas que agreden al pueblo, es un síntoma inequívoco de la podredumbre de un gobierno que desprecia a los ciudadanos para favorecer a quienes creen ser sus “salvadores” en momentos en que el barco empieza a hundirse.

                             
                                                                      Profesor Titular de LUZ

miércoles, 22 de octubre de 2014


Las siete plagas de Egipto

 

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

 
A los venezolanos nos tienen azotados las siete plagas de Egipto. Con el amanecer de un nuevo día se multiplican los problemas y se agiganta la incapacidad del régimen para solucionarlos. A veces cuesta creer lo que nos sucede; pareciera que estamos viviendo una novela del realismo mágico propia de García Márquez. Con todo lo que vivimos a diario, todavía no termina nuestra capacidad de asombro con este gobierno.

Además de una situación económica que devora nuestros exiguos bolsillos, con expectativas muy negativas a corto plazo,  estamos frente a un gobierno mentiroso y truculento que pretende darle un cariz diferente a delitos que todos sabemos cómo sucedieron. Cualquier invento es válido, aunque resulte inmoral y repugnante, para justificar posiciones e ideas insostenibles, por parte de una revolución que desde hace mucho tiempo perdió el respeto por la vida humana.

El funcionamiento de los servicios públicos no puede estar peor. A pesar del exorbitante aumento de las tarifas de electricidad, los apagones y racionamiento del servicio son el pan de cada día, con pronósticos dramáticos para el año próximo. Venezuela es un país a oscuras. Asimismo, ciudades, pueblos y comunidades enteras sufren la falta de agua potable, atentando contra la maltratada salud de los venezolanos. La deficiencia de ese vital servicio se debe, más que a la sequía, a fallas estructurales en la distribución del agua. Las inversiones que debieron hacer oportunamente, fueron a parar en los bolsillos de políticos y boliburgueses, sin importarles las calamidades del pueblo venezolano. La basura, por otra parte, se ha convertido en un problema nacional. El gobierno central y las gobernaciones se niegan asumir su competencia en la solución de un problema que escapó del control de las alcaldías. Mientras tanto el país luce su rostro más sucio y abandonado. Jamás habíamos sido testigos de un deterioro tan abrumador como injustificable de Venezuela. Ya estamos cansados de liderar las estadísticas mundiales en problemas como la inflación, la inseguridad, la pobreza, el estancamiento de la economía, la violación de los derechos humanos, la persecución política, las enfermedades y la mediocridad de una élite gobernante que le quedó grande la nación.

Para empeorar la situación, enfermedades que ya habían sido erradicadas, irrumpen de nuevo como epidemias que diezman la salud de los venezolanos, sin distinciones de ninguna índole. El dengue y la chikunguña suman miles de casos, frente a un gobierno que hace propaganda internacional de lucha contra el ébola, cuando se muestra incapaz de frenar la epidemia y mantiene sin los medicamentos esenciales a los centros de salud y farmacias. El sencillo y simple acetaminofen, gracias al desabastecimiento de medicinas, ahora requiere el récipe de un médico para poder comprarlo. Un gobierno que se jacta en decir que el país dispone de 29 millones de pastillas de acetaminofen, cuando la verdad es que esa cantidad corresponde a menos de una pastilla por venezolano.

Pero todos estos males se reducen a uno solo, el peor de todos, el principal culpable de nuestra desgracia nacional: la corrupción. Este es un régimen forajido que dilapidó una fortuna tan monumental como pocos países han disfrutado en la historia. Acabaron con montañas de dólares que fueron a parar en cuentas gigantescas de una minoría que hizo del poder el mecanismo más expedito para enriquecerse. Esa corrupción que contagió el alma de los venezolanos, colocándonos como seres que en buena parte desprecia el trabajo productivo para recibir las limosnas de un régimen que se autoproclamó como el redentor de los pobres. Esa corrupción alejó las extraordinarias oportunidades de convertirnos en una nación emergente. Hoy somos un país que camina cansado detrás, pero muy lejos, del progreso y la modernidad, gracias a unos seudolíderes que nunca debieron gobernar nuestra querida Venezuela. Si no despertamos de esta pesadilla, este régimen apátrida y corrupto, en compañía de las siete plagas egipcias, acabará con nosotros sin derecho al pataleo.

Profesor Titular de LUZ

miércoles, 8 de octubre de 2014


La violencia política: una opción peligrosa

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Cuando un gobierno decide tomar el camino de la violencia política para tratar de esconder sus propios errores, está eligiendo la opción más peligrosa porque nadie sabe cómo y cuándo puede terminar la violencia. El gobierno es el principal garante del orden y la estabilidad de la nación; su deber constitucional es preservar la paz, alejado de cualquier incitación a la violencia entre sus seguidores. No existe ningún hecho, por repudiable que éste sea, que justifique la confrontación contra quienes manifiestan su oposición al gobierno.

La verdad es que los venezolanos estamos hastiados del discurso irrespetuoso, ofensivo y amenazante del gobierno en circunstancias cuando ha sufrido la desaparición de algunos de sus dirigentes. La historia se repite cual guión de una telenovela. La respuesta inmediata es la de culpar a la oposición de la muerte de alguno de los suyos, tal como ocurrió con el vil asesinato del diputado Robert Serra y del fiscal Danilo Anderson. Antes de iniciar las investigaciones pertinentes, los radicales del régimen empezaron a vociferar epítetos contra la oposición democrática, acusándola de estar aliada con personas e instancias internacionales que asesinaron a Serra, con la intención de sembrar la violencia y desestabilizar al país.

Días después del asesinato de Serra, el peso de los hechos revela la realidad de tan horrendo crimen. Aunque no conozcamos los resultados de las investigaciones, todo indica que el asunto se deriva de enfrentamientos internos protagonizados por los denominados colectivos, aliados indiscutibles del régimen en la tarea de “limpiar” al país de la basura apátrida y oligarca. Hoy, en las palabras de las autoridades policiales, algunos de los líderes de estos colectivos no son más que jefes de mafias que operan en la ciudad capital. En todo caso, con el transcurrir de los días, podríamos tener información más objetiva en torno a la verdad que esconde el asesinato de Robert Serra.

Lo importante de destacar acá es que a ningún venezolano le conviene una escalada de violencia que, a la larga, empeoraría la grave situación que atravesamos; un llamado a la violencia por parte del gobierno no va a esconder su incapacidad para resolver los problemas del país; cuidado si no se aligera la pérdida vertiginosa del apoyo popular. La oposición ha demostrado reiteradamente su apego a la institucionalidad democrática y el respeto a la Constitución. La inmensa mayoría de sus líderes han apostado, a pesar de las injustas y desiguales condiciones, participar en los diversos procesos electorales convocados por el CNE, con excepción de las parlamentarias del 2005. Precisamente, el llamado a la paz y a la concordia, por parte de Henrique Capriles en abril del 2013, cuando existían dudas razonables del triunfo de Nicolás Maduro (ganó con menos de 2%), le valió las críticas de muchos opositores que pensaban que el triunfo debía pelearse a como fuera lugar. Sin embargo, Capriles manifestó su posición firme de impedir una guerra entre venezolanos, a pesar de las acusaciones inventadas por los más relevantes líderes de la revolución.

Decía Mandela que el amor y el perdón, y no el odio y la violencia, son virtudes naturales en el corazón de los seres humanos. Vivió 27 años de su vida injustamente encarcelado, por culpa de un régimen racista que hizo de la violencia su principal atributo y, cuando recobró la libertad, fue capaz de inspirar a su país por los caminos de la unión, la inclusión y la grandeza. Dejó a un lado el odio y el rencor para construir una sociedad más justa de la que le tocó vivir a lo largo de su existencia.

Estoy convencido que un régimen como el que nos gobierna, hace oídos sordos a la prudencia y al sentido común; muchos de sus dirigentes creen que la incitación a la violencia es la opción para preservar el poder cuya ilegitimidad se agranda con el pasar de los días. Cuidado y no les salga el tiro por la culata.

Con el riesgo de ser señalado por algunos lectores, estoy convencido que las armas para liberarnos de esta pesadilla es el compromiso con la paz, el trabajo permanente y la inclusión, convenciendo con argumentos sólidos y atractivos a los incrédulos y desesperanzados que sí es posible construir un mejor país con el concurso de todos. Recordemos siempre que la violencia es el arma de los que no tienen la razón y el odio es la prédica de aquellos que desprecian la libertad y la dignidad del ser humano.

Profesor Titular de LUZ

martes, 30 de septiembre de 2014


Cambio con sabor a pueblo

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Confieso que soy enemigo de los personalismos con pretensiones mesiánicas que se creen salvadores del país. En los últimos quince años, los venezolanos hemos pagado muy caro la implantación de un modelo obsoleto y atrasado, por parte de un líder “supremo” que se creyó nada menos que el corazón de la patria. Ese culto a la personalidad, alimentada por la egolatría y el autoritarismo, debemos desterrarla para enrumbarnos definitivamente por el camino de la democracia, aquella en la que los ciudadanos seamos los protagonistas en la construcción de una mejor sociedad.

No obstante, las naciones necesitan líderes responsables que a través de sus testimonios y experiencias nos señalen los valores que hacen posible la vida en libertad, justicia y progreso, dentro de un modelo político que promueva el respeto, la pluralidad, la inclusión y la participación efectiva en los asuntos de interés colectivo. En tal sentido, las cosas empiezan a cambiar en el bloque democrático venezolano con la designación por unanimidad de Jesús “Chuo” Torrealba, como Secretario Ejecutivo de la MUD. Las recientes tempestades que afectaron la propia vigencia de la MUD, se están apaciguando; soplan vientos de optimismo y las baterías empiezan a cargarse para continuar la lucha que permita conquistar el cambio de rumbo que estamos anhelando millones de compatriotas. En palabras del propio Torrealba, “la lucha está en la calle al lado de los sectores populares”, que conforman la mayoría nacional y son los más afectados por un régimen que desprecia su legítima aspiración a vivir mejor. De eso se trata, de incorporar de una vez a los verdaderos aliados del cambio, convenciéndolos que es posible una mejor Venezuela donde todos tengamos las mismas oportunidades para progresar.

La MUD dirigida por Chuo Torrealba forma parte de una nueva fase de la lucha democrática en Venezuela. Como lo dijimos en otra oportunidad, Aveledo cumplió responsablemente la tarea de reunificar a los partidos políticos de cara a varios procesos electorales, creando la Unidad como marca y principal atributo del bloque democrático. A él todo nuestro afecto y reconocimiento. Ahora, con Torrealba, corresponde conquistar los sectores populares y consolidar la participación de la clase media, dentro de una visión de unidad estratégica a nivel político y popular. Se hace inminente iniciar el despliegue por los cuatro costados del país, llevando un mensaje de cambio que denuncie la responsabilidad de Maduro en la destrucción del país y, al propio tiempo, presente una propuesta viable de cambio que fortalezca la confianza y credibilidad de la gente en un nuevo liderazgo comprometido con los supremos intereses de los venezolanos.

Esta nueva fase de lucha, titánica por demás, demanda el concurso y la participación de los más diversos sectores y personalidades de la nación, porque pensar que Torrealba solo puede lograr semejante tarea, sería regresarnos a los individualismos anacrónicos y nefastos de los que queremos liberarnos. Torrealba debe constituirse en una voz con capacidad para coordinar los esfuerzos y acciones, para convocar y sumar voluntades, para contribuir con la materialización del sueño de los demócratas venezolanos, convirtiéndonos en la nueva mayoría nacional, con opción efectiva de llegar al poder al servicio de todos; un modelo de país donde renazca la paz, la justicia, el entendimiento, el respeto, la inclusión y el progreso para todos, sin la odiosa discriminación que practica este régimen fracasado.

La tarea es difícil pero no imposible. La MUD está en un buen momento para la rectificación, el reencuentro sincero que respete las divergencias y la acción firme e inteligente que traiga consigo un cambio con sabor a pueblo. Nuestras palabras de apoyo y solidaridad para Chuo Torrealba.
Profesor Titular de LUZ

miércoles, 24 de septiembre de 2014


Juventud sin futuro

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

En Venezuela, aproximadamente, cuatro de cada diez habitantes tienen una edad comprendida entre 18 y 30 años, lo que nos convierte en un país integrado mayoritariamente por jóvenes. En tal sentido, las principales demandas del segmento juvenil deben ser, en primer lugar, una educación de calidad que proporcione una sólida formación profesional; y, la segunda, un mercado laboral que ofrezca empleos productivos en los que los jóvenes puedan aplicar sus conocimientos y habilidades y reciban, en contraprestación, salarios dignos y justos que eleven su calidad de vida.

En Venezuela la realidad es una muy diferente. La situación que deben enfrentar nuestros jóvenes es sencillamente dramática. A corto plazo, no tienen una alternativa que les permita construir un futuro promisorio. Todo pareciera estar en su contra. De acuerdo a estudios realizados por el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la UCAB, el 53.9% de los jóvenes venezolanos devengan un sueldo igual a un salario mínimo (Bs. 5.601,78 mensual incluyendo el bono alimenticio), en una economía con una inflación del 101%, registrada en los primeros 16 meses de la gestión de Nicolás Maduro, y una tasa de empleos informales del 47.1%. A ello hay que agregarle que, en el 2009, sólo el 44% de la población mayor de 15 años, culminó el bachillerato y otros estudios de mayor nivel. Ni educación de calidad, ni empleos productivos para jóvenes que sienten que, en su propio país, la situación imperante no les permite cumplir con sus metas profesionales, ni mucho menos vivir decentemente.

Nuestros jóvenes enfrentan dificultades tan serias que sólo podrán ser superadas con el esfuerzo de todos, dentro de un nuevo modelo de gobierno absolutamente democrático, que se plantee como prioridad una educación de calidad que promueva valores ciudadanos y nos acerque a la sociedad del conocimiento; un gobierno que se constituya en el principal promotor de una economía abierta donde se respete la iniciativa y la propiedad privada, comprometiéndose con la implementación de reglas claras del juego que fomenten el advenimiento de las inversiones nacionales y extranjeras. En definitiva, un gobierno en el que jóvenes responsables y talentosos sean sus mejores aliados para alcanzar el progreso que todos nos merecemos.

Mientras perdure esta perversa pesadilla, nuestros jóvenes continuarán deambulando en búsqueda de mejores condiciones que nunca llegarán y, muchos de ellos, cifran sus esperanzas en las oportunidades que les ofrezcan otros países donde se valore más sus experiencias y conocimientos. Esa pérdida progresiva de talentos venezolanos retrasa las posibilidades de convertirnos, en el mediano plazo, en un país emergente, como es el caso de Chile, Perú, Brasil y de nuestra hermana Colombia.

Resulta sencillo juzgar a los jóvenes que proclaman abiertamente su decisión de abandonar el país en búsqueda de un futuro más promisorio, aunque ello signifique separarse de sus familias y amigos, y guardar en sus mentes aquellos recuerdos que los acompañarán a lo largo de sus vidas. Creo que para ellos no resulta fácil tomar esa decisión porque quien, en su sano juicio, quiera desligarse de afectos tan profundo; sólo circunstancias difíciles los obligan a convertirse en emigrantes. Si, por el contrario, deciden quedarse en el país, tendrán que correr con el riesgo de perder sus vidas por un celular, por una prenda, o por cualquier cosa que se les antoje a los delincuentes que crecen como la hierba mala. Jamás podrán adquirir una vivienda para formalizar una relación de pareja y formar una familia como Dios manda, ¿con qué compran una casa o apartamento por sencillo que sea, si sus precios son astronómicos? Seguramente no les alcanzará el sueldo para comprar un vehículo aunque sea usado; no podrán ahorrar porque lo poco que ganan deben gastarlo en comida y en otros gastos personales. Pocos tienen el privilegio de tener un empleo de calidad, máxime cuando el gobierno se está convirtiendo en el principal oferente de empleos mediocres, mal pagados y donde se les secuestra su libertad para convertirlos en serviles de la ideología dominante.

Si de verdad nos preocupa el futuro de nuestros jóvenes, vamos a ocuparnos de luchar unidos para construir el cambio que nos ofrezca un mejor país, en el que los jóvenes se constituyan en los verdaderos protagonistas del presente y del futuro, porque su principal motivación será quedarse para trabajar por una Venezuela que garantiza los éxitos y triunfos que con justo derecho se merecen.

Profesor Titular de LUZ

miércoles, 17 de septiembre de 2014


Confesiones de una camarada

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Aunque a veces sintamos que con el pasar de los días el régimen se atornilla más, la verdad es que está perdiendo la batalla; el apoyo popular se debilita y, en el corazón de los chavistas, crece el desconcierto, la desesperanza y un sinsabor que difícilmente puede esconderse. Los amigos oficialistas empiezan a entender que con esta revolución no tienen presente y mucho menos futuro. El cansancio producto de la incapacidad, la corrupción, las mentiras y el engaño del régimen empiezan a generar un sentimiento de frustración y desencanto entre el pueblo chavista que, no tengo dudas, será una de las principales razones para el final de esta pesadilla, porque la fe y la esperanza en la que se apoyó la revolución, Maduro se ha encargado de hacerla añicos en apenas año y medio de gobierno.

Estas reflexiones las planteó porque he tenido la oportunidad de conversar con muchos oficialistas. El fanatismo de otrora se desgastó; la contundencia para defender la revolución es apenas un alarido lleno de dolor y amargura. A Maduro le está pasando lo que dice la canción popularizada por la española Rocío Jurado: “se les rompió el amor de tanto usarlo”. Ese amor convertido en huracán y frenesí, es apenas una ligera brisa que ni moja ni empapa.

La camarada con la que hablé unos días atrás, digna representante del pueblo chavista, no cree ya ni en el sabotaje de la oposición ni mucho menos en la guerra económica; responsabiliza directamente del caos y de este desmadre a Nicolás Maduro, a Diosdado Cabello y otros conspicuos dirigentes del régimen; me decía que su comandante jamás pudo imaginar lo que el sucesor sería capaz de hacerle a “los hijos de la revolución”. Está hastiada de tanta corrupción y del estado de destrucción en el que han convertido a Venezuela. Las misiones perdieron su esencia porque, en opinión de la camarada, han convertido a los pobres en mendigos que perdieron el interés por el trabajo productivo; prefieren quedarse en sus casas en espera de la miseria que les daba el gobierno, porque hasta eso se está escaso. Está convencida que la revolución madurista es una fábrica que sólo produce colas, escasez, más pobreza, atraso e inseguridad.

Me cuenta la camarada que entre su gente, la palabra de Maduro es tan falsa como una escalera de anime. Nada cuanto dice lo cumple. Sus salarios no alcanzan, apenas sobreviven en una economía enferma con una inflación como nunca antes la habíamos sentido; no hay comida, no hay medicinas, no hay trabajo, no hay seguridad; están padeciendo exactamente igual que los venezolanos que nos oponemos a este gobierno incapaz. En tono jocoso, como el que todavía nos caracteriza, me dijo: todo se acabó, “hasta el queso que había en la mesa, Maduro se lo comió”.

Frente a un panorama tan desolador, con la fe y la esperanza perdidas en una revolución que les prometió la construcción del “hombre nuevo” camino a la “felicidad suprema”, le pregunto a la camarada, ¿por qué no apoyas entonces a la oposición? La respuesta fue categórica: no puedo apoyar a alguien que no me ha convencido que con su gobierno vamos a vivir mejor. Me dice, que le cuesta creer a una oposición que está dividida, que pelean entre ellos y que pareciera que sólo les importa el poder y no los venezolanos, quieren hacer un gobierno igual o peor que el de Maduro.

He allí el más importante reto de la oposición democrática venezolana, conquistar los sectores populares convenciéndolos que su propuesta de cambio traerá libertad, progreso y justicia para todos; un modelo que destierre por siempre la exclusión y la política como mecanismo de intimidación, negación y secuestro del valor de la ciudadanía plena. Si la oposición no entiende que allí hay millones de venezolanos defraudados por este régimen de pacotilla, millones que están esperando ser escuchados, atendidos y convocados para luchar unidos por una Venezuela donde quepamos todos, entonces no están interpretando correctamente la realidad actual del país, y difícilmente podrán ser percibidos como una verdadera opción de poder. Esos venezolanos, que ayer defendían con pasión la revolución, están esperando una voz auténtica y sincera que no sólo les diga que las cosas están mal, sino que les diga cómo hacer para que la situación cambie y podamos superar el fracaso de un gobierno que nos lleva a todos al despeñadero. Eso es lo que está esperando la camarada Asmiria, junto a millones de chavistas defraudados y engañados, para dar el salto definitivo y celebrar con todos los venezolanos el amanecer de un nuevo día en esta patria tan maltratada y engañada por unos traidores corruptos.
Profesor Titular de LUZ

miércoles, 10 de septiembre de 2014


Valores para la Libertad

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

“Las cadenas de la esclavitud sólo atan las manos:
es la mente lo que hace al hombre libre o esclavo”

 Franz Grillparzer

 

La libertad es el más grande de los derechos con el que todos los hombres nacemos; no obstante, es necesaria una lucha permanente para construirla, defenderla y disfrutarla a plenitud, pues, son muchos los enemigos que se interponen para impedir que seamos verdaderamente libres. En tal sentido,  el escritor mexicano, Carlos Fuentes, plantea que “no existe la libertad, sino la búsqueda de la libertad, y esa búsqueda es la que nos hace libres”.

 

La lucha por la libertad es, sin duda, uno de los mayores retos de los venezolanos de hoy. Para entender a cabalidad tan compleja afirmación, se hace imperioso que superemos todas aquellas actitudes que nos mantienen sumergidos en una sociedad donde la carencia de ciudadanía se está convirtiendo en pandemia; si los agentes socializantes (familia, escuela, iglesias, partidos políticos) no imprimen los cambios necesarios, podríamos caer en un cuadro de anomia absoluta, traducida en la incapacidad colectiva para enfrentar los desajustes y perversiones a través de los cuales el régimen pretende eliminar todo vestigio de democracia y de libertad.

 

Es absolutamente entendible que, hoy por hoy, lo que más afecta a los venezolanos sea la crisis económica, caracterizada por la más alta inflación del planeta, escasez generalizada, desempleo, desinversión, caída abrupta del aparato productivo, entre otros, pero esas son las consecuencias de un modelo político fracasado. La raíz de nuestra crisis es esencialmente política, y eso debemos tenerlo muy claro al momento de emprender la lucha para extirpar por siempre el cáncer que nos esclaviza, convirtiéndonos en una sociedad servil y de rodillas frente a una minoría corrupta y apátrida. Con este régimen no es posible construir una sociedad democrática, libre, moderna y con aptitudes suficientes para caminar por la ruta de un progreso para todos. No existe posibilidad alguna.

 

Si la actual crisis es política, entonces, es necesario cultivar aquellos valores que nos permitan destruir la esclavitud revolucionaria en todas sus manifestaciones; de lo contrario, seremos una sociedad con los antivalores que fortalecen un régimen que pretende enquistarse en el poder. Una sociedad libre fomenta el valor de la ciudadanía plena para la defensa de los derechos constitucionales y el cumplimiento de los deberes que nos comprometen con el país; la ciudadanía nos señala la importancia de la participación y organización social, profundizando nuestro interés por los asuntos públicos, tan despreciados en estos días. Una sociedad libre promueve el valor del trabajo productivo, como único antídoto de la pobreza y la mendicidad, esa a la que nos quiere acostumbrar el régimen para mantener la perversa dependencia con un asistencialismo crónico; una sociedad libre está consustanciada con el valor de la educación de calidad para combatir el flagelo de la ignorancia, transformándonos en ciudadanos activos con conocimientos y talento para contribuir con el progreso económico y social al que todos aspiramos, dentro de una sana pero necesaria competitividad.

 

Una sociedad libre es amante del valor del respeto y del reconocimiento del otro, de la tolerancia, de la justicia, de la honestidad y de la igualdad auténtica en todos los órdenes de la vida humana; una sociedad libre es contraria a la corrupción que no sólo roba los dineros públicos sino que envilece nuestro espíritu. Una sociedad libre defiende el valor de la vida en un país donde el culto a la muerte se constituye en la realidad del día a día. Una sociedad libre cree en el valor de la familia como centro de la sociedad y lugar donde se enseña el amor a Dios, la solidaridad, la compasión y la caridad que fortalece el alma; asimismo, nos inspira el valor de la perseverancia, el esfuerzo y la dedicación a tiempo completo para el cumplimiento de las metas y objetivos que más anhelamos.

 

Una libertad que no sea amada y defendida por hombre y mujeres con profundos valores humanos y ciudadanos, será débil y efímera,  y es allí cuando las terribles palabras de Otto van Bismarck cobran vigencia absoluta: “la libertad es un lujo que no todos pueden permitirse”. Ojalá los venezolanos podamos entender la encrucijada en la que la historia nos ha colocado.

 

Profesor Titular de LUZ