martes, 23 de febrero de 2016

…El saber nada te vale
Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Nuestro país está patas arriba al igual que el régimen de Nicolás Maduro. Lo que debe ser lógico y normal, aquí es anormal y excepcional. Hicieron de Venezuela una nación donde los corruptos e incapaces son los que nos gobiernan, y los que menos estudian tienen el privilegio de ganar más dinero que los profesionales, haciendo realidad el adagio popular “suerte te de Dios que el saber nada te vale”.   

En un mundo donde la globalización promueve la sociedad del conocimiento y la tecnología, acompañada de una mayor especialización profesional, en Venezuela en cambio se privilegia la mediocridad, el bachaqueo y otras actividades informales como mecanismos para generar riqueza y bienestar personal y familiar.

Atrás quedaron los días donde la educación era un factor clave en la movilidad social y en una mejor calidad de vida, antídoto de la pobreza y la marginalidad. En el primer periodo de la democracia (1958-1998), gracias a la educación, los venezolanos alcanzamos importantes avances sociales; la universidad democrática, popular y autónoma logró sacar de la pobreza a millones de familias que formaron parte de una vigorosa clase media con mucho más oportunidades que las generaciones anteriores. La educación fortaleció la visión de progreso de los venezolanos, nos permitió conocer otros países proporcionándonos la posibilidad de contrastar realidades y superarnos para enfrentar las adversidades. No tengo dudas, a pesar del masivo fraude propagandístico del régimen, que la educación fue la verdadera revolución en la mal llamada IV República.

De ser una nación empobrecida, rural y analfabeta, fuimos la nación latinoamericana con la mayor matrícula universitaria, profesionales con el más alto nivel académico y con disposición de asumir los retos de una sociedad cercana a la modernidad. Hoy día de poco vale el estudio y la calificación profesional para lograr mejores condiciones de vida, realidad decretada por un grupo de inadaptados y resentidos sociales que le temen a las ideas y al conocimiento, porque su visión del hombre nuevo es imagen y semejanza de la corrupción, la servidumbre y la mediocridad profesional.

Con profunda indignación e impotencia observamos a diario la diáspora de talentos venezolanos. Profesionales altamente calificados deben emigrar a otras naciones en búsqueda de lo que este régimen les niega; esos talentos que tanta falta nos harán cuando el cambio sea una realidad, estarán prestando sus habilidades y capacidades altamente valoradas en otras naciones del mundo. No sólo escasea la comida, las medicinas, la seguridad, el progreso, la justicia y la libertad, sino el talento necesario para construir, sobre las cenizas revolucionarias, una Venezuela mejor como la que todos soñamos.

Qué podemos decir de los profesionales que deseamos o que debemos quedarnos en el país por diferentes razones; la tragedia que vivimos es igualmente infernal. Salarios miserables, condiciones laborales inhóspitas y la desgracia de lo poco que valen nuestros estudios y formación. Un bachaquero, un contrabandista de combustible, un gestor informal de trámites burocráticos, gana mucho más que un profesor universitario, un ingeniero, un médico o un maestro de escuela, con el agravante que los profesionales educan, construyen, inventan, generan progreso, mientras que los otros son delincuentes que dejan una estela de vicios y antivalores que nos degradan como sociedad.

Pero igual ocurre con las actividades y oficios artesanales de buena procedencia. Cualquier trabajo realizado por un mecánico, un técnico no profesional o un plomero cuesta el ojo de una cara. Al escuchar lo que cuestan sus servicios, nos infartamos porque muchas veces lo que cobran por una o dos horas de trabajo, es lo que a duras penas ganamos en un mes. No existe proporción alguna. El trabajo de los profesionales vale muchísimo menos que el de cualquier trabajador sin educación formal, con el agravante que cada vez que decretan un aumento del salario mínimo se deterioran aún más nuestros salarios de hambre.

La consecuencia directa de esta contradicción es la pérdida del valor del estudio como mecanismo idóneo para progresar en la vida, mediante trabajos productivos o iniciativas personales que fortalecen la economía y la sociedad. Para los que nos dedicamos a la docencia, resulta cada vez más difícil motivar a nuestros jóvenes a que estudien y se preparen para alcanzar el éxito, porque sus principales referentes son la escoria que sin méritos ni esfuerzos viven mejor que ellos.

Afortunadamente no todo está perdido. Todavía tenemos tiempo y oportunidades de edificar una sociedad donde los valores del estudio, el esfuerzo, la perseverancia y la honestidad se conviertan en pilares fundamentales de los venezolanos que ahora debemos sacrificarnos más que antes para alcanzar el bienestar que merecemos.

El reto de las familias es inculcarles a sus hijos que el pan diario debe ganarse con educación, trabajo y honestidad porque lo contrario significa, como diría el Papa Francisco, llevar a la casa un pan sucio producto de la corrupción. Sin educación no podremos construir una Venezuela decente porque en definitiva los buenos ciudadanos y los profesionales de calidad son los responsables directos de elegir un buen gobierno, diferente a los corruptos, ignorantes e incapaces que nos han gobernado en los últimos 17 años. Ese es uno de los mayores retos que debemos enfrentar como sociedad en el corto y mediano plazo.

                                    Profesor Titular de LUZ

miércoles, 17 de febrero de 2016

¿A qué está jugando el gobierno?

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Resulta incomprensible, desde toda lógica política, la actitud asumida por el gobierno de Nicolás Maduro evidenciada en la absoluta inacción y parálisis del régimen, la radicalización de acciones y posturas rechazadas por la inmensa mayoría de los venezolanos y la reiterada negativa de rectificar y asumir la responsabilidad de sus propios errores. Frente a la grave crisis que experimenta el país, tenemos derecho a pensar que sencillamente el régimen está buscándole las cinco patas al gato.

Podría decirse que ésta es la actitud natural de un gobierno inmaduro que se lo tragó la crisis, o que su soberbia es tan grande que la rectificación resulta un espejismo de ingenuos. Pero lo grave es que ésta crisis no sólo está destruyendo a los venezolanos, sino que amenaza con destruir el legado, el recuerdo y la sobrevivencia misma del chavismo, por eso hacemos referencia al refrán popular “piensa mal y acertarás”.

Este gobierno está agotando la paciencia de los venezolanos. Es inadmisible que el régimen siga aplicando las estrategias equivocadas que pulverizaron el gigantesco apoyo popular del que una vez disfrutó Hugo Chávez; estrategias políticas y económicas que recibieron el contundente rechazo de casi 8 millones de venezolanos; hoy día, el chavismo se ha convertido en un grupo escuálido personificado por la dupla perversa Maduro-Cabello. A ellos no les importa absolutamente nada; ni la destrucción entera del país y de los venezolanos,  ni mucho menos la vigencia de la revolución. Maduro pareciera estar jugando a una épica que trate de limpiarle el rostro y siga responsabilizando a otros de la desgracia que por su incapacidad estamos padeciendo.

Todo indica que Maduro no va a renunciar por su propia decisión, a pesar de que su salida del poder se haya convertido en necesidad nacional; no obstante, la injerencia de poderosos intereses de la cúpula gobernante, donde el estrato militar es fundamental, pudiera obligarlo a dar ese paso que, a todas luces, sería la mayor demostración de su incapacidad para gobernar Venezuela. Ahora, podríamos preguntarnos, ¿si no quiere renunciar pero tampoco sabe gobernar, a qué está jugando?      

El régimen está jugando a la desestabilización del país; a la posibilidad que mecanismos de facto auspiciados desde su interior, lo desalojen del poder porque, en mi modesta opinión, este gobierno no tiene la fuerza, ni el apoyo, ni los pulmones necesarios para darse un autogolpe; ambas opciones, golpe o auto golpe, serian nefastos tanto para el país como lo que queda de revolución.

Sin embargo, la posibilidad de un golpe podría darle a Maduro la posibilidad de victimizarse; de jugar a una épica absurda pero que lo exculparía de sus errores históricos y le permitiría colocar en los hombros de otros, la pesada responsabilidad de haber acabado con un país absolutamente inarruinable. Semejante estupidez, pero no encuentro otra explicación ante la ausencia e inmoralidad de un régimen al que la crisis pareciera no quitarle el sueño.

Estas reflexiones las hago porque este régimen no tiene vocación de diálogo, ni voluntad para llegar acuerdos, ni muchos menos disposición para propiciar los cambios que exige la sociedad, los cuales pudieran emerger a través de una dolorosa explosión social, o mediante atajos que echen por la borda la democracia. En consecuencia, la tentación desestabilizadora se constituye para el régimen en un salvoconducto, no importa que propicie su autodestrucción, pero quedaría satisfecho con el aniquilamiento definitivo de la precaria institucionalidad que aún persiste en el país. Destruir lo que queda de Venezuela, sería la mejor estrategia de este macabro juego.

Estos son escenarios posibles pero, a todas luces, inconvenientes para Venezuela. Los factores democráticos de la nación están en la obligación de desenmascarar al régimen; poner al descubierto sus intenciones golpistas que alargarían la tragedia que estamos viviendo. Nuestra nación no debe aceptar la irresponsabilidad de un gobierno que está incubando la desestabilización como única opción para deslastrarse de sus pecados. Por tal razón, es imprescindible que la unidad democrática inicie un proceso de cambio constitucional, pacífico y electoral que facilite el desalojo de Maduro del poder y, darnos la oportunidad de construir, sobre las cenizas de la revolución, un mejor país para todos.

La unidad democrática está en la obligación de copar todos los espacios de la vida pública nacional y no tener a la Asamblea Nacional como su única trinchera. Es necesario iniciar una movilización nacional que sensibilice a la opinión pública a favor del cambio, imprimiéndole la legitimidad suficiente para dar tan importante paso. En este esfuerzo, la MUD debe convertirse nuevamente en la principal referencia política del país, fortaleciendo el papel protagónico de la oposición  en la Asamblea, pero simultáneamente estimulando la presencia multitudinaria en barrios, urbanizaciones, pueblos y ciudades de Venezuela. Desde esa perspectiva, podemos hacer legítimo uso de los diferentes mecanismos que nos proporciona la Constitución para apresurar el cambio de gobierno que con tantas ansias anhelamos.

La Unidad Democrática tiene el compromiso de actuar diferente de quienes han destruido los sueños y esperanzas de los venezolanos; está en la obligación de actuar con inteligencia y desprendimiento, señalando el rumbo correcto por el que debemos transitar de cara a la peor crisis de nuestra historia republicana.

Los venezolanos exigimos contundencia, determinación y valentía de parte de los factores democráticos, haciendo uso de la Constitución, rechazando los atajos, pero con la claridad suficiente para que todos seamos protagonistas de este parto que dará a luz a un país libre, democrático, unido, con progreso y oportunidades para todos. Es hora de la política en grande, aquella que sea capaz de echar a un lado los intereses pequeños y mezquinos que atentan contra el cambio por el que estamos luchando.

Profesor Titular de LUZ

miércoles, 10 de febrero de 2016

¡Hágalo por respeto a los venezolanos!

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Estamos al borde del colapso total. El país se cae a pedazos y los padecimientos de los venezolanos se agravan conforme se profundiza esta crisis que no tiene límites. No existe espacio de nuestra cotidianidad que no haya sido invadida por la crisis, frente a la irresponsabilidad y pasividad de un régimen, cuyos intereses y prioridades no se parecen en nada a las del pueblo venezolano. Vivimos en un país al filo de la locura y un gobierno que cree que la tragedia que padecemos es una caricatura, una invención de seres de otras latitudes, en complicidad con una perversa oligarquía criolla, que se han planteado a como dé lugar destruir las maravillas y bondades de la revolución del siglo XXI. Qué clase de vaina nos echamos los venezolanos, atrapados en una suerte de laberinto donde la sensatez y el sentido común del régimen desaparecieron totalmente.

No hay medicinas ni insumos médicos. No sólo en los hospitales y ambulatorios escasean los medicamentos, sino que la asistencia se hace cada vez más precaria en las clínicas y hospitales privados, sin importar la cobertura del seguro médico y la reputación de la empresa que presta ese servicio. En estos momentos, la crisis del sector salud golpea exactamente a quienes poseen abundantes recursos económicos y aquellos que dependen de la asistencia pública, desfalcada por delincuentes que se robaron los reales destinados a garantizar la salud de los más vulnerables.

La escasez de alimentos y víveres esenciales se profundiza con el pasar de las horas. Los estantes de supermercados privados, abastos y comercios administrados por el gobierno, lucen vacíos porque la producción nacional está arruinada y no hay divisas para importar los alimentos. Mientras tanto, las colas se multiplican y vemos la tristeza, indignación y desesperanza en los ojos de hombres y mujeres que pierden largas horas del día y de semanas en espera de algo puedan llevar para alimentar a su familia. Pero es que a la escasez se le suma la hiperinflación que devora sin piedad ni misericordia nuestros exhaustos bolsillos. No existe salario suficiente para adquirir los bienes de primera necesidad y pagar los servicios básicos. Si algo pudiese resumir la vida actual de los venezolanos, es la pobreza y la miseria que crece como la yerba mala, frente al más grande e inmoral saqueo del que ha sido víctima Venezuela. Acabaron con todo, como aquellas langostas que nos refiere la historia bíblica de las siete plagas de Egipto. Y lo peor, es que todavía les parece poco y quieren seguir raspando la olla y disfrutar de los beneficios y placeres que le proporciona el poder sucio y corrompido que han practicado por espacio de 17 largos años.

Como consecuencia lógica de la debacle socio-económica y la falta de valores ciudadanos, religiosos y familiares, la delincuencia hace fiesta sometiéndonos a una paranoia colectiva, porque ni siquiera en nuestras casas y apartamentos estamos seguros. La frase “estamos presos en nuestras propias casas”, no aplica en estos días en los que los delincuentes se meten en casas y apartamentos despojándonos de bienes materiales y hasta de nuestra propia vida. Este es un país que, pocas personas desde la lejanía del suelo patrio, pueden divisar exactamente los que aquí vivimos.

Absolutamente todo está corroído por la crisis económica, social, política, cultural y de valores ciudadanos. Por donde metamos la cabeza encontramos a alguien que quiere cortárnosla. La comida, las medicinas, los servicios públicos, la salud, la seguridad ciudadana, el empleo, la educación, la infraestructura, el turismo, la producción, la tranquilidad y el sosiego necesarios para vivir, todo absolutamente todo está escaso y en franco deterioro, sin solución alguna en el corto plazo.

Por todas estas razones, si el gobierno “no lava ni presta la batea”, por respeto, amor y consideración hacia sus conciudadanos debe admitir responsablemente su incapacidad para gobernar Venezuela. Si es cierto tanto amor por el pueblo de Bolívar, el gobierno debe colocarse a un lado y dejar que otros tomen la conducción del país. En cualquier nación donde haya respeto por los ciudadanos, un gobierno tan inepto e incapaz como el de Maduro, desde hace rato hubiese renunciado. Hubiese permitido que nuevos talentos y voluntades asumieran el gobierno para tratar de enderezar los profundos entuertos generados por una revolución que ya no tiene quien la defienda, porque hasta su propia gente la decepcionó y le robó sus sueños y esperanzas.

Presidente Maduro deslástrese de compromisos y lealtades que tanto daño le hacen al país; reflexione en su intimidad y pregúntese si efectivamente usted cree en todas las mentiras y engaños que nos dice en sus inútiles e interminables cadenas; por favor, piense si usted y su familia, si no estuvieran en el poder, pudieran vivir en este calvario que la revolución nos heredó. Hágase a un lado y permita que millones de venezolanos, muchísimos más de los ilusos, ingenuos o enchufados que apoyan el régimen, tengamos la oportunidad de construir un país en el que inclusive vivan mejor los que todavía creen en esta revolución.

Por respeto a los venezolanos, por dignidad hacia usted mismo, por un mínimo de responsabilidad, sensatez y sentido común, hágalo presidente Maduro. Renuncie, póngase a un lado, ahórrenos más tragedias de las que la incompetencia y locura de este régimen nos ha ocasionado. Déjenos vivir en paz y permítanos a los venezolanos trabajar en unidad y en concordia para liberar a Venezuela de la miseria, la oscuridad y la ruina que produjo la revolución. ¡Hágalo por respeto a los venezolanos!

                   Profesor Titular de LUZ

miércoles, 3 de febrero de 2016

Se les acabó el tiempo

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

El pueblo se muere de hambre mientras que el régimen nos sigue asombrando con su incapacidad y con su absoluta inacción frente a esta pavorosa crisis, creada exclusivamente por la revolución. Mientras el tiempo nos devora como sociedad, el régimen deshoja la margarita tratando de ver cómo sale relativamente ileso de un cambio que no tiene vuelta atrás. Ellos saben que no tienen ninguna posibilidad de continuar gobernando hasta la finalización del periodo constitucional en el 2019. Lo que escuchamos en la calle, por todas partes, a cualquier hora, entre los más pobres y la clase media, es que Nicolás Maduro debe salir del gobierno para que los venezolanos, con nuevos aires y en condiciones que propicien un acuerdo de emergencia nacional, podamos resolver progresivamente una crisis que está destruyendo el alma de la nación. La salida de Maduro es un clamor nacional.

El tiempo se les acabó porque además de saquear las riquezas del país, se quedaron anclados en el pasado y la ceguera ideológica les impide reconocer sus errores y darse cuenta que Venezuela no quiere seguir entrampada en la peor estafa de nuestra vida republicana. Queremos libertad, progreso y justicia; nunca más una revolución que nos robó los sueños y pretende arruinarnos la esperanza.

Están jugando con la paciencia de los venezolanos, creyendo que con las idioteces que a diario pronuncian los flamantes nuevos ministros del régimen, pueden ocultar el caos que estamos viviendo. Este gobierno se ganó el record guinness de la estupidez y la imbecilidad, porque resulta inaudito oír tantas estupideces juntas de tantos personeros de la revolución. “Los venezolanos no deben comprar más de cinco o seis zapatos al año”, cuando la verdad más espantosa es que millones de compatriotas a duras penas pueden comprar los alimentos básicos para evitar que sus familias mueran de hambre. “Las colas existen porque las neveras están llenas de comida”; que frase tan cínica e inmoral. Las neveras de los venezolanos están vacías porque no hay comida ni dinero para comprarla, pero tampoco agua para enfriar.

“Las medicinas escasean porque los venezolanos hacen uso abusivo de las mismas”, como si enfermarse fuera motivo de alegría en un país donde la salud pública nos mata de mengua; como si tuviéramos reales para darnos el lujo de almacenar medicinas según nuestros gustos y preferencias. O esta frase “no hay crema dental porque los venezolanos se cepillan tres veces al día, cuando una sola vez al día es suficiente”. Cuando escuchamos estos disparates, no nos queda otra cosa que encomendarnos a Dios porque en las manos de los que administran el país y la salud pública estamos acabados. Que Dios nos agarre confesados con la llegada de cualquier enfermedad.

“La inflación no existe, es inducida por la guerra económica”; esta fue la frase inaugural del nuevo ministro de Economía Productiva – ¿acaso antes era improductiva?-, como si fuera necesario conocer las cifras oficiales de inflación para que nuestros bolsillos sientan la debacle que vivimos. No hay salario que aguante esta situación; los precios se disparan estratosféricamente mientras que el régimen sigue pensando en controles y regulaciones cuando lo que falta es producción y, además, confianza para estimular nuevas inversiones en circunstancias donde impere el Estado de Derecho.

Frente a la escasez de alimentos que nos acerca a una crisis humanitaria, gracias a la destrucción del agro y la industria nacional, el mismísimo Maduro declara en cadena de radio y televisión “tengo mucha fe en la agricultura urbana”, cuando el régimen expropió para abandonar a su suerte más de 4 millones de tierras fértiles en plena producción, favoreciendo a productores extranjeros y a mafias afectas al régimen, a través de la masificación de importaciones que ahora no podemos comprar por falta de divisas.

Un régimen que nos sumió en la peor de las miserias y sigue engañado al pensar que los logros de la revolución son extraordinarios, no tiene moral para seguir gobernándonos. Ellos dilapidaron más de un billón quinientos mil millones de dólares en 17 años y con su caradurismo hablan como si hubiesen llegado al poder el pasado 1 de enero. Este régimen no tiene presente ni futuro, su tiempo se les acabó; pero los venezolanos nos empinaremos sobre las dificultades para iniciar la construcción de una sociedad con un gobierno absolutamente democrático y respetuoso de las instituciones y de los ciudadanos, y una economía sana y fuerte al servicio de los venezolanos.

Soplan tiempos de cambio porque a este régimen fracasado, corrupto e inmoral se les terminó su tiempo; es momento de los venezolanos que estamos comprometidos con la construcción de un país que nunca más caerá en las tinieblas del populismo y del comunismo salvaje.

                                             Profesor Titular de LUZ

lunes, 25 de enero de 2016

¿Diálogo o cambio de Gobierno?
Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La gravedad de la crisis nacional demanda respuestas efectivas y urgentes. No hay tiempo que perder porque estamos muy cerca  de una crisis humanitaria de incalculables consecuencias. La paciencia está llegando a los límites y el pueblo ya no acepta más pretextos ideológicos que pretendan esconder la terrible responsabilidad del régimen. Es hora de actuar sin más dilaciones.

En una sociedad civilizada y democrática, el diálogo y la concertación son elementos esenciales del juego político. Pero ese diálogo debe ser responsable, transparente y bajo el más absoluto respeto y reconocimiento del adversario. Exigir un diálogo para seguir haciendo lo mismo, sin voluntad alguna de rectificación, no tiene sentido. En ese escenario, el diálogo sólo es un mecanismo para ganar tiempo y retardar hasta donde más se pueda la salida del régimen; en esas circunstancias quien sale perdiendo es el país que sigue hundiéndose bajo la tozudez de un gobierno cuyo único interés es mantenerse en el poder sin importarle las calamidades del pueblo.

Convocar un diálogo para profundizar los errores que nos han llevado a la ruina, no cuenta con el respaldo de los venezolanos. Dialogar para esconder la nueva realidad política de Venezuela es un contrasentido. Dialogar para evitar lo inevitable, es una maniobra que sólo le interesa a una cúpula que tiene muchísimo que perder en los nuevos tiempos por venir.

Sinceramente, estoy convencido que el régimen ni quiere ni cree en el diálogo, porque ellos perdieron la vocación democrática y la capacidad de unir a la nación en la construcción de un nuevo modelo que permita levantar a Venezuela de las ruinas provocadas por la revolución. Quienes se ufanan en desconocer la voluntad popular, haciendo uso de triquiñuelas legalistas para menoscabar la autonomía soberana de la Asamblea Nacional, no pueden generarnos confianza alguna. Quienes insisten en aplicar el Plan de la Patria y culpar a terceros de los errores que nos han hecho más pobres y miserables, no piensan rectificar ni comprometerse a cambiar lo que no sirve. Siguen aferrados al recuerdo de un legado que destruyó las enormes posibilidades de progreso de los venezolanos. Siguen pensando en el pasado, defendiendo sus intereses y parcelas de poder para continuar con el festín de Baltazar, con el más grotesco saqueo de nuestra historia. Siguen aferrados a un modelo incapaz, inmoral, corrupto y sectario. Piden diálogo para esconder la gigantesca podredumbre de un régimen que amenaza con destruir absolutamente todo de lo poco que aún queda en pie.

Frente a tanta incompetencia, los venezolanos nos negamos a ser engañados de nuevo; nos negamos a convalidar una mentira que traerá más sufrimientos y hará más difícil la recuperación de la institucionalidad democrática, la economía y los valores de una sociedad libre, con justicia social y progreso para todos. Queremos soluciones urgentes y de fondo que permitan aliviar la pesada carga que llevamos sobre nuestros hombros.

Las experiencias recientes nos han enseñado que para este régimen el diálogo es una trampa caza bobos; es un mea culpa hipócrita y oportunista. Quienes se han burlado del pueblo haciendo uso blasfemo del Cristo Crucificado, no tienen derecho a nuevas oportunidades. Su tiempo se les agoto y deben echarse a un lado para permitir que otros venezolanos conduzcan al país y lo lleven a puerto seguro.

No van a cambiar, no va a rectificar, no van a mejorar, por eso millones de venezolanos de buena voluntad exigen un cambio de gobierno. Nicolás Maduro no tiene nada nuevo que decir y hacer por los venezolanos. Está comprobada su incapacidad e inmadurez para gobernar la nación. Ahora el camino que le corresponde transitar a los factores democráticos es evaluar cuál de los mecanismos constitucionales es el más idóneo para sortear exitosamente esta difícil y compleja coyuntura, e iniciar una estrategia de opinión pública que prepare a los venezolanos a una transición lo menos traumática posible, fortalecida por la legitimidad popular y por la total disposición de contribuir con la elección de un nuevo gobierno cuyo único compromiso sea la paz, la felicidad, la unión y el progreso de todos los venezolanos, sin las oprobiosas exclusiones a la que hemos sido sometidos por espacio de 17 años.

La democracia, entre sus virtudes, nos provee de mecanismos para cambiar gobiernos que no sirven, gobiernos que estafaron la buena fe de los ciudadanos colocándolos en condiciones de absoluta precariedad. Por eso, este nefasto régimen que llegó al poder gracias a la democracia, se debe ir democrática y constitucionalmente para evitar a toda costa perder a nuestra querida y amada Venezuela. ¡Cómo no quieres cambiar, los venezolanos te vamos a cambiar!

                               Profesor Titular de LUZ

lunes, 18 de enero de 2016

Una ilusión de riqueza con olor a corrupción

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Según el Diccionario de la Lengua Española, “la ilusión es la falsa percepción acerca de un objeto o fenómeno debido a una errónea interpretación de los sentidos”, o también se define como “la esperanza sin fundamento real”. Esto está sucediendo en la Venezuela de la revolución chavista; nos engañaron con una ilusión de bienestar colectivo producto de una gigantesca riqueza petrolera que fue aprovechada por una minoría de privilegiados, a través del peor saqueo que ha sufrido la hacienda pública venezolana en toda nuestra historia.

El régimen se las ingenió para pulverizar una gigantesca riqueza petrolera; una riqueza tan grande  que cualquier nación desarrollada palidecería de envidia por su enorme cuantía. Sin embargo, en Venezuela esa riqueza sólo sirvió para enriquecer a una minoría a través de guisos y negocios de todo tipo. No quedó  nada que no fuera penetrado por los tentáculos de los enchufados, con la participación directa y complaciente de las altas esferas de la revolución bolivariana.

Mientras los revolucionarios de cuello blanco, corbatas de seda y joyas costosísimas robaban a la nación sin remordimientos ni misericordia, el pueblo llano no se percató del saqueo –o quiso hacerse el loco- porque el régimen nos ilusionó con un bienestar efímero, consecuencia del enorme gasto público que puso a rodar montañas de dinero en la calle. Con bombos y platillos, el régimen anunció  la desaparición de la pobreza –mal endémico de la IV República- para dar paso a la definitiva reivindicación social del pueblo de Bolívar. La riqueza petrolera por fin había sido sembrada en el pueblo, “único dueño” del petróleo. Tuvieron que transcurrir más de 16 años para darnos  cuenta de la peor estafa política e ideológica que hemos padecido los venezolanos. Estafa que puede resumirse como la corrupción más perversa e inmoral de la que tenga memoria la nación venezolana, trayendo consigo más pobreza, hambre y miseria que la que teníamos hace 17 años atrás.

Si los años 80 del siglo XX fueron catalogados como la década perdida de América Latina, la revolución chavista-madurista debe ser considerada como la peor plaga del país en todos los tiempos. La corrupción, sin duda alguna, es el emblema que caracteriza a esta legión de delincuentes y forajidos. Hicieron de los guisos, las trampas y las corruptelas su razón de vida. Acabaron con todo porque para ellos hasta el hambre y la salud del pueblo tiene precio.

La fuerza de los hechos deja al descubierto la realidad que pretenden esconder con su verborrea barata y su moral de pacotilla. Destruyeron la gallinita de los huevos de oro; de ser una de las más importantes empresas petroleras del mundo, convirtieron a PDVSA en chatarra con una deuda descomunal; se dejó de producir y refinar petróleo para convertirla en el centro de los guisos del régimen. Importación de alimentos con sobreprecio; contratos de construcción de viviendas adjudicados a personeros del régimen; adquisición de equipos y maquinarias de segunda mano compradas como nuevas y con sobreprecio. Contratos multimillonarios que se repartían entre los benefactores del régimen, dinero que después era lavado en Norteamérica, Europa y paraísos fiscales. Con absoluta responsabilidad, podemos decir que PDVSA ahora es propiedad de los enchufados y corruptos del régimen.
En cada obra, programa, misión o proyecto ejecutado por el régimen está metida la mano peluda de la corrupción. Destruyeron la producción agropecuaria del país. Hoy, millones de hectáreas de tierras fértiles están abandonadas, producto de una abusiva política de invasiones y expropiaciones, aduciendo que la tierra no podía ser propiedad de terratenientes y oligarcas. 

Pero en el fondo, ¿cuál fue la verdadera razón para destruir el campo venezolano? Las importaciones masivas de alimentos, cuyos contratos fueron a parar a manos de un grupito de privilegiados que se hicieron multimillonarios importando, en alianza con productores extranjeros, toda clase de alimentos con sobreprecio y, mucho de ellos no aptos para el consumo humano por estar vencidos. Lo importante nunca fue alimentar al pueblo, sino el tremendo negocio que significa importar alimentos con condiciones muy onerosas para la Republica pero muy beneficiosas para los corruptos. Son tan inmorales que jugaron con el hambre y la salud de los venezolanos, porque en materia de importación de medicinas e insumos médicos la historia también está plagada de guisos y chanchullos. Hoy día no hay comida ni medicinas, ni mucho menos producción para mitigar el hambre que está presente en millones de hogares de la nación.

Para “resolver” la crisis eléctrica realizaron también muchas importaciones de equipos, insumos y plantas eléctricas con el mismo pretexto, hacer jugosos negocios para unos pocos porque la crisis se ha acentuado con apagones y calles oscuras que fomentan el crimen y la delincuencia.

Todas las áreas del quehacer nacional están minadas por la corrupción revolucionaria; la capacidad y creatividad que les ha faltado para gobernar al país, las usaron con extraordinariamente desempeño para husmear, inventar y concretar los guisos que les proporcionan montañas de verdes que hoy están en extinción, gracias a la voracidad de unos inmorales y forajidos que siguen culpando a terceros de las desgracias que estamos padeciendo los venezolanos.

La inmoralidad revolucionaria se escandalizó con el desangre de divisas generado por los raspacupos, restringiendo de inmediato la distribución de divisas por ese concepto, pero lo que suponíamos los venezolanos, y lo reveló finalmente el inefable Giordani, es que el verdadero desangre de divisas lo protagonizaron empresas de maletín a las que el régimen les entregó dólares preferenciales para aumentar sus abultadas cuentas en el extranjero. Giordani preguntó al gobierno por el destino de unos 25.000.000.000 millones de dólares entregados a esas empresas; vaya usted a saber cuántos millones más se esfumaron por esa vía, y ahora quieren completar semejante déficit con una tal emergencia que nos empobrecerá más a través de impuestos, controles, restricciones y de una inflación que, según las estimaciones, este año será superior al 500%. Quieren enmendar la tragedia que ellos ocasionaron, con la misma fórmula que permitió la corrupción y la destrucción de Venezuela.

En pocas palabras, el régimen dilapidó, o mejor dicho se robó, la más grande fortuna que los venezolanos hemos tenido. En vez de gobernar con inteligencia, honestidad, eficiencia gerencial y la participación real de todos los actores nacionales, prefirieron implantar un modelo ideológico obsoleto, corrupto, excluyente, inmoral y destructor para enterrar las extraordinarias oportunidades de desarrollo y modernidad que tuvimos tan cerca. Nos ofrecieron, por el contrario, una ilusión de riqueza e inclusión social tanta falsas como los espejismos del desierto o como una escalera de anime.

Hoy tenemos un país destruido, con el peor desempeño económico del mundo; una sociedad corrompida sin los valores fundamentales para salir airosos de esta pavorosa crisis. Todo esto gracias a la corrupción, la avaricia y la ambición desmedida de unos resentidos sociales que llegaron al poder con la firme intención de no dejar piedra sobre piedra; llegaron para arrasar una nación que creyó sinceramente en sus promesas de libertad, justicia y progreso, a cambio se llenaron los bolsillos y se transformaron en los nuevos ricos de la patria; de supuestas víctimas pasaron a ser victimarios y verdugos del pueblo. 

Tuvieron todo para construir y hacer grande a Venezuela; pero terminaron engañando vilmente a los más pobres, a los indefensos, a ellos les robaron todo; por eso, se les acabó su tiempo y estamos iniciando una nueva era donde los protagonistas seremos los venezolanos que realmente amamos nuestra patria. Los corruptos, delincuentes, inmorales y traidores revolucionarios serán juzgados, sino por la justicia terrenal, con toda seguridad por la justicia divina que puede tardar pero siempre llega.

Profesor Titular de LUZ

lunes, 11 de enero de 2016

La estrategia es Venezuela

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Dicen que lo bueno se repite y eso también es válido para la política. Cuando una estrategia es efectiva y cumple correctamente con su propósito, la racionalidad política recomienda mantener su aplicación a fin de consolidar los buenos resultados que produjo; de lo contrario, es necesario desecharla y replantearse una nueva estrategia.

La actual coyuntura política venezolana se debate entre el pasado y el presente dirigido a construir un mejor futuro; entre una agenda pública que privilegia la radicalización política y el culto hacia una personalidad desaparecida físicamente, y una agenda que desnuda la peor crisis de nuestra historia republicana y responsabiliza a Nicolás Maduro como el verdadero culpable de la catástrofe nacional, acompañada de la firme decisión  de presentar soluciones efectivas que encaminen al país por senderos de progreso. Efectivamente, existen dos visiones y dos modelos políticos de país. El primero representado por el régimen madurista y el PSUV, fracasado y de espaldas a la realidad nacional; y, el modelo democrático que apuesta por la reconciliación del país y la necesidad de unir todos los esfuerzos y talentos como única opción para salir de esta pavorosa crisis que amenaza con destruirnos como sociedad libre y democrática. El pasado 6 de diciembre, la inmensa mayoría de los venezolanos votamos por el segundo modelo, razón por la cual los que lideran esa visión de país deben seguir trabajando con inteligencia y sentido común para materializarla en el menor lapso de tiempo posible.

La estrategia está clarísima. La unidad democrática aplicó una estrategia exitosa y obtuvo los mejores resultados en los últimos diecisiete años; pues bien, lo recomendable es afianzarla, impidiendo que los trapos rojos oficialistas la distraigan de los objetivos trazados. Todos sabemos que el régimen, como alumno sobresaliente del castrocomunismo, es muy hábil para distorsionar la realidad y hacerse pasar por víctimas de las oprobiosas agresiones de la derecha fascista y apátrida. Arman alharacas mediáticas con la intención de confundir a la opinión pública y esconder las verdaderas razones de la estruendosa paliza electoral y la descomunal incapacidad para gobernar el país. Están secuestrados en sus propios errores y no pueden salir del pantano sin que algunas de las parcelas del poder se vea afectada. Los radicales le exigen a Maduro profundizar las políticas revolucionarias que destruyeron a Venezuela; mientras que los menos radicales aconsejan rectificar frente a los errores que amenazan con desaparecer cualquier vestigio de la revolución bolivariana. Si no hace le llueven las críticas internas y las del país, y si hace algo se genera la ira de los defensores a ultranza del legado del comandante eterno. Ellos saben que no tienen salida; que cualquier cosa que hagan, les traerá consecuencias cuyo costo difícilmente podrán pagar.

Quieren arrastrarnos al terreno de la radicalización estéril y de la basura ideológica. Este es un momento de quiebre histórico de un régimen que agotó la capacidad de manipular la opinión y los sentimientos de la mayoría nacional. Pocos le creen y cada día son menos los que confían en ellos. Están perdidos en su propio laberinto y piensan que los venezolanos los acompañaremos en semejante locura. El pueblo pendejo ya se acabó, porque lo que viene de ahora en adelante es cambio, progreso y justicia para todos.

Si ellos se empeñan seguir hablando del pasado –la IV República, el Caracazo, el 12 de abril, etc.-, los demócratas debemos hablar del presente –la crisis económica: escasez, inflación, desempleo, pobreza y hambre; inseguridad y servicios públicos absolutamente colapsados- y trabajar para tratar de enderezar esta situación con políticas efectivas que devuelvan la confianza para invertir y hacer crecer la economía. Ellos hablan de un muerto y su legado, nosotros hablamos del vivo que gobierna desde la oscuridad de Miraflores y es el único culpable de la crisis de Venezuela. Ellos hablan de radicalización y confrontación, nosotros hablamos de respeto, diálogo e inclusión  de todos  los venezolanos. Ellos defienden a los enchufados, narcosobrinos y los privilegios de corruptos y forajidos; nosotros debemos luchar para que cada venezolano tenga un empleo estable y productivo, alimentos y medicinas, educación de calidad, vivienda digna y suficiente seguridad para no sentirse como presos en sus propias casas. Ellos promueven la división y el odio entre los venezolanos; los demócratas hacemos los esfuerzos necesarios para hacer posible la reconciliación y unidad de Venezuela, liberando a los presos políticos, instaurar el diálogo y el entendimiento nacional, y desterrar para siempre toda política de persecución y criminalización de la disidencia democrática.

Ellos amenazan con inundar las calles de Caracas con fotografías de su líder fallecido, nosotros debemos enarbolar la bandera tricolor para que los vientos de cambio ondean con fuerza nuestra esperanza en un promisorio porvenir. Ellos practican la violencia y hacen uso de legalismos para violar la soberanía popular, nosotros somos defensores de la voluntad de este pueblo heroico y testimonio permanente de paz y justicia.

El régimen esconde su responsabilidad al culpar a terceros de la terrible crisis que nos afecta a todos por igual; los demócratas denunciamos con firmeza y valentía a quienes hicieron uso del poder no para servir a Venezuela sino para servirse y robar los dineros públicos, las oportunidades y el futuro de los venezolanos. El régimen sigue apostando al fracaso, la pobreza y miseria del país; los demócratas somos constructores del cambio que traerá una sociedad más libre, democrática, con progreso y oportunidades para todos.

No perdamos tiempo en discusiones inútiles que no interpretan el verdadero sentir de la población, sino que pretenden sumergirnos en un círculo vicioso lleno oscuridad y podredumbre. No hagamos caso de las bravuconadas y obscenidades de aquellos a quienes se les pasó su hora y todavía piensan que aquí hay esclavos de una ideología tóxica y destructiva. Vienen tiempos mejores a pesar de las dificultades que hoy nos agobian, y en ese nuevo escenario no estarán quienes se empecinan en creerse herederos de una gloria putrefacta y de oropel. Sigamos con la estrategia que reclama el acompañamiento a los venezolanos y trabajemos con responsabilidad, desprendimiento e inteligencia para constituirnos en una verdadera opción de poder en la Venezuela grande y hermosa con la que todos soñamos.
 
                                              Profesor Titular de LUZ