jueves, 30 de noviembre de 2017

La procesión va por dentro

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Las rivalidades en el bloque opositor, específicamente dentro la MUD, son un libro abierto; todos las conocen y hablan de ellas; los dirigentes más conspicuos de la oposición se ofenden y se desacreditan entre sí, sin ningún tipo de tapujos. Pareciera que lo normal es la conflictividad y desacuerdos en la MUD, porque las lunas de miel resultan muy cortas, aunque hayan generado resultados auspiciosos.

Lo que pareciera un secreto bien guardado, hasta hace un tiempo atrás, son los conflictos que se suscitan dentro del chavismo. Lo que proyectan como la unidad monolítica del PSUV, sustentada en el legado del comandante, es más cuento que realidad; porque la verdad, las diferentes facciones del oficialismo desenfundaron los machetes para defender sus parcelas de poder, frente a la hecatombe que vive el país producto de su incapacidad y corrupción.

Los hijos de Chávez, aquellos a los que el comandante controlaba sus locuras, dicho por el propio Diosdado, están en serios problemas por el tema de la elección presidencial. Esta situación empieza a acarrearles conflictos que amenazan la unidad de la que tanto alardean. Maduro, a pesar de su incapacidad descomunal para gobernar, le ha tomado gusto al poder y piensa hacer lo que sea para seguir liderando el partido y reelegirse como presidente. Por lo pronto, está quitando del camino a quienes dentro de la casa lo subestiman y pretenden boicotear sus planes. Ya no es un figurón de segunda categoría que obedece ciegamente las instrucciones de los más radicales del proceso. Poco a poco ha ido construyendo su propio espacio de la mano de sus militares aliados.

Los recientes cambios gubernamentales responden a esa estrategia. Se apropió definitivamente de lo que queda de PDVSA, porque la gallina de los huevos de oro está totalmente destruida,  destituyendo y encarcelando al ministro de energía y al presidente de PDVSA; sacó del juego a Rafael Ramírez, otrora zar de PDVSA. De igual manera, tomo como suya la iniciativa de la asamblea constituyente y puso a jugar duro a Delsy Eloína, una de sus más leales funcionarias. Para las elecciones del 15 de octubre, escogió como candidatos a sus amigos incondicionales, entre los que destacan Héctor Rodríguez y Víctor Clark; por otra parte, colocó en el ministerio de información al inefable Jorge Rodríguez, estratega estrella del oficialismo en los últimos tiempos.

Nicolás Maduro está confeccionando su tablero de ajedrez, que empieza a proyectar las verdaderas intenciones con el anuncio de Tarek El Aissami sobre su reelección para el 2018.  En su mente calculadora y cínica, el juego está cuadrado para ganar y seguir gobernando al país, sin pensar que el destino puede darle un duro revés a las aspiraciones de poder que caminan de espaldas de la dura realidad del pueblo venezolano.
Maduro está aceitando su maquinaria y estrategia para extender por más tiempo este proceso político que destruyó nuestra patria; para ello cuenta con una cúpula militar que se ha enriquecido grotescamente durante su mandato; con instituciones serviles que violan flagrantemente la constitución y la leyes de la República; con gobernadores que buscan sus beneficios personales a costa del sufrimiento de la gente; con dirigentes que tiemblan de miedo sólo de pensar en lo que les espera ante la justicia cuando rescatemos la libertad e institucionalidad. Con todo eso cuenta Maduro, pero se le olvidan cosas como el rechazo inmenso y categórico de millones de venezolanos sumergidos en el hambre y la miseria por su culpa; se le olvida el colapso de la economía que nos ha convertido en uno de los países más pobres de la tierra; se le olvida que, a pesar de sus recientes victorias electorales, más del 70% quiere que se vaya del poder para reconstruir un país en ruinas con fe y esperanza en un futuro mejor; por último, se olvida a Maduro que dentro de su propia casa ronda el fantasma de la traición y la avaricia que no se quedará de brazos cruzados viendo como ejecuta su perverso plan.

Ojalá los dirigentes de todos los sectores de la nación y la sociedad civil, podamos ver en su justa dimensión las extraordinarias oportunidades de iniciar el camino del cambio que tanto necesitamos; eso sólo podrá lograrse con unidad e inclusión nacional, inteligencia para actuar correctamente, emoción para contagiar a los venezolanos en momentos de desesperanza, patriotismo para luchar por la grandeza de la patria y lucha sin descanso para no rendirnos nunca.  

Profesor Titular de LUZ

miércoles, 22 de noviembre de 2017

El pueblo caminante

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

En las sociedades postmodernistas, el hábito de caminar se ha convertido en una cultura muy arraigada en la población, con resultados positivos tanto para la salud integral como para la belleza humana. Dicen los expertos que caminar frecuentemente y con cierta disciplina, aumenta la esperanza de vida, permitiendo llegar a la vejez en excelentes condiciones físicas y mentales.

En nuestro país, caminar con propósitos de salud es un deporte practicado por una minoría, porque la mayoría no camina sino que deambula por las calles de nuestras ciudades para tratar de sobrevivir al drama de cada día.

La gente camina porque no existe un eficiente servicio de transporte público. Hemos retrocedido enormemente; cualquier cosa que ande es usada como transporte, mientras tanto la gente languidece por caminar largos trechos para llegar a su trabajo o para realizar cualquier trámite normal.

La gente camina para buscar alimentos cada vez más caros y más escasos. Camina porque debe recorrer varios abastos y supermercados en búsqueda de lo poco que su miserable salario le permite comprar. Los ancianos caminan adoloridos y cansados para cobrar las pensiones en bancos que no tienen efectivo; eso los obliga a caminar al otro día porque lo que les pagó el banco ni siquiera les alcanza para pagar los pasajes; otros tantos caminan para pernoctar en las afueras de las entidades bancarias a riesgo de que cualquier cosa les suceda durante las noches dominadas por el hampa.

La gente camina para encontrar los pocos medicamentos que venden las farmacias, aunque más de las veces deben volver caminando a sus casas porque los precios son tan exorbitantes que pueden morir no por su dolencia, sino por la indignación que produce que para el régimen la vida humana no tiene valor alguno. La gente se muere porque no tiene medicamentos o por falta de atención médica.

La gente en nuestro país deambula por las calles para tratar de mitigar sus angustias y dolores; deambula para tratar de buscar una respuesta que pueda explicar la locura que estamos viviendo como país; deambula para buscar en la basura las sobras que otros botaron; deambula para morder su rabia contra quienes nos quitaron las esperanzas y los sueños a los que tenemos derecho como seres humanos dignos.

Este pueblo caminante está viviendo la peor crisis que nunca antes habíamos vivido; una crisis demoledora, profunda e inédita, cuya solución requiere del esfuerzo colectivo porque el modelo rentístico que nos “salvó” en otras oportunidades está en etapa agónica, para no decir que murió desde hace rato.

Hace falta reciedumbre, inteligencia, dignidad y unidad para que este pueblo deje de deambular y transite por el camino que nos lleve a un porvenir mejor; eso sí, diferente al que tuvimos y al que tenemos, porque la Venezuela que perdimos no volverá más nunca. Ojalá esta crisis nos enseñe a ser mejores venezolanos y ciudadanos.


Profesor Titular de LUZ

miércoles, 1 de noviembre de 2017

El verdadero rostro de la dictadura

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

A trocha y mocha, la dictadura madurista se empodera con el arrebato de la gobernación del Zulia, ganada holgadamente por Juan Pablo Guanipa. Atrás quedó el desconocimiento de la Asamblea Nacional y la elección inconstitucional de la constituyente. La dictadura toma fuerza y se hace presente en el Zulia, usando al Consejo Legislativo para usurpar la voluntad soberana de la mayoría de los zulianos. Definitivamente, a la dictadura ya no le importa cuidar las formas, no tiene escrúpulos porque decidió que, frente al profundo rechazo popular, la única forma de mantenerse en el poder es torciendo la expresión y voluntad libérrima de los venezolanos.

Ese es el duro rostro de la dictadura madurista. A finales del 2015, el régimen se apoyó en un TSJ ilegal con poderes absolutos para sacar del camino a quienes se interpusieran en sus planes; impidió que la oposición controlara a la Asamblea Nacional a través de la mayoría absoluta, sacando del juego a tres de sus diputados; posteriormente, desconoció su constitucionalidad, despojándola de sus atribuciones para asumirlas a plenitud. De esta manera, la oposición no pudo ejercer el mandato popular del 6 de diciembre de 2015.

Posteriormente, en el 2016, cerrada la opción electoral a través del referéndum revocatorio con la anuencia del CNE y el TSJ, el régimen se apoyó básicamente en las fuerzas armadas para reprimir las fuertes protestas escenificadas en el país por espacio de cuatro meses. En esta oportunidad, la dictadura le mostró a propios y extraños sus feroces dientes; nunca antes los venezolanos habíamos sido víctimas de una represión tan brutal que dejó un saldo lamentable de 120 muertes inocentes.

Con el control absoluto de las instituciones y la cúpula militar, hacía falta consolidar el tema electoral para legitimar lo que no podía ser legitimado popularmente. Es así como se convoca en el primer trimestre 2017, una asamblea nacional constituyente a imagen y semejanza del régimen, obteniendo una votación histórica de más de 8 millones de votos, que ni el propio Chávez pudo alcanzar en sus momentos de gloria. El 30 de julio fue la oportunidad de oro para ensayar un mecanismo más sofisticado que permitiese abultar los votos oficialistas, independientemente de la voluntad soberana de los electores.

La sofisticación electoral se comprobó el pasado 15 de octubre cuando, contra todo pronóstico, la dictadura se alzó con el 80% de las gobernaciones del país. Lo que vimos en esos comicios fue la consolidación de un fraude sistémico antes, durante las elecciones y después del proceso, con la complicidad absoluta del CNE y del Plan República. De ahora en adelante, la dictadura demostró que, a diferencia de los más concienzudos análisis, puede ganar elecciones sin necesidad de obtener la mayoría de los votos para cantar la victoria.

A esos factores se les suman otros que el régimen ha tejido con habilidad y persistencia a lo largo de más de 18 años; nos referimos al control del hambre y la pobreza que crecen vertiginosamente. Para nadie es un secreto que los regímenes dictatoriales tienen una especial capacidad para dominar, en tiempos de crisis, a sus conciudadanos más vulnerables, pues, el control del poder político y las estructuras gubernamentales les permite jugar con los sufrimientos de la gente. En los tiempos de bonanza económica, disfrutados a plenitud por Hugo Chávez, el mecanismo de control político fueron las misiones, especialmente, orientadas al segmento más leal a la revolución, como son los pobres. Sin embargo, había tanto dinero en la calle que, además de las misiones, existían otros medios –lícitos e ilícitos- para tratar de sobrevivir sin las penurias que engendra la miseria.

En la medida que la crisis económica se hizo insoportable, el régimen hace más efectivo su poder controlando el hambre y la pobreza de millones de venezolanos. A tal efecto, la dictadura implantó dos programas sociales como instancia para preservar el poder a costa de la tragedia humana de los venezolanos. Nos referimos al carnet de la patria y a las cajas CLAP, mecanismos insustituibles para acceder a los beneficios, cada vez más menguados pero imprescindibles, otorgados por el régimen. En pocas palabras, la degradación a la que nos somete la dictadura es tan perversa que ya el voto no cuesta una beca, un contrato o el empleo en una oficina pública; hoy, el voto en Venezuela vale una caja de comida, que a duras penas alcanza una semana para una familia de cuatro miembros, o lo que es peor, vale la esperanza ingenua o el engaño deliberado de acceder a beneficios sociales que no llegan, a través del carnet de la patria.

La dictadura madurista está proyectando su rostro más perverso, inmoral e inhumano; pretende mantenerse en el poder, no sólo a través de un fraude sistémico continuado, sino a través del control del hambre y la pobreza de los ciudadanos. Frente a este desolador escenario, sino actuamos con inteligencia, unidad y compromiso con el país, tendremos por mucho tiempo una dictadura cuya maldad y falta de escrúpulos se acrecientan con el pasar de los días.

Si gran parte del país, y especialmente la clase dirigente de oposición, está consciente de la maldad que engendra la dictadura, ¿qué estamos esperando para actuar en consecuencia? ¿Qué más tendría que pasar en Venezuela para que la oposición deje de equivocarse y, de una buena vez, asuma con responsabilidad sus errores, invitándonos a todos a hacer causa común por el presente y el futuro del país?

No me cansaré de afirmar que nuestra dirigencia política no termina de inscribirse en el plano de la unidad que construye y sea referencia para luchar por la grandeza de Venezuela, dejando a un lado los intereses particulares de las diferentes facciones partidistas. Tampoco me cansaré de afirmar que nuestros políticos carecen de la pedagogía suficiente para convertirse en voceros responsables y creíbles, en los que confiamos convencidos que juntos podemos hacer grandes cosas, apartando el engaño y el inmediatismo que tanto daño nos ha traído. Es tiempo de replantearnos la lucha por el rescate de Venezuela, conscientes que el juego de la dictadura todavía no termina, pues, cuenta con un escenario político que le es favorable en estos momentos, sin considerar las sorpresas que deben estarse fraguando en las catacumbas de la asamblea constituyente acerca de la legalización del modelo político instaurado hace más de 18 años. Ciertamente, la crisis económica y el escenario internacional son elementos desfavorables para la perpetuidad del régimen, pero éstos no tienen un efecto automático en la solución de la encrucijada venezolana. Hace falta que todos rememos hacia una misma dirección -sin chantajes, malcriadeces y estupideces- que no es otra que el rescate de la libertad, la democracia y el progreso de todos los venezolanos. El dilema al que nos enfrentamos es democracia o dictadura, dominación o libertad, progreso o pobreza. Decidamos cuanto antes cuál es el camino por el queremos transitar de ahora en adelante.


Profesor Titular de LUZ

miércoles, 25 de octubre de 2017

¡Insólito!

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Me había prometido no echarle más leña al fuego con el tema de la unidad de la oposición, dejándoles ese trabajo a los guerreros del Twitter, pero el insólito curso de los últimos acontecimientos me obligan a expresar algunas ideas sobre tan polémico y complejo asunto. La oposición venezolano bregó durante mucho tiempo hasta lograr dinamitar su bien más preciado, como es la unidad. Aunque valdría la pena preguntarse, ¿acaso hubo alguna vez unidad política, estratégica y de largo alcance entre la dirigencia opositora, o lo que prevaleció más bien fue una unidad coyuntural y electoral, impregnada del cálculo político?

Resulta difícil comprender las divisiones y contradicciones que gravitan alrededor de la oposición venezolana, precisamente, en circunstancias tan desfavorables para el gobierno. Por un lado, Maduro proyecta su mayor incapacidad para resolver los problemas del país y, por otro lado, la profunda crisis nos sumerge en una miseria espantosa. Y todavía con tan nefastas consecuencias, el régimen logró uno de sus principales objetivos, pulverizar a la oposición a través de un enfrentamiento irracional entre las diferentes facciones que integran la Mesa de la Unidad.

El 23 de octubre de 2017 debemos recordarlo como la fecha en la que la unidad de la oposición, tal como había funcionado hasta ahora, desapareció para dar paso a nuevos episodios cuyo desenlace aún desconocemos. Lo cierto es que, de ahora en adelante, se instaura una fase más dura y larga en la lucha por el rescate de la libertad y la reinstitucionalización democrática de Venezuela. La dictadura, en cambio, muestra orgullosa sus logros políticos, mientras que la inmensa mayoría de los venezolanos entran en una nueva fase de confusión y frustración, acompañada por un sentimiento de desconfianza e incredulidad en el estamento político de la nación. Por esta vía nos acercamos aceleradamente a la antipolítica, actitud que facilitó el ascenso de Chávez al poder en 1998.

La juramentación de los cuatro gobernadores de Acción Democrática, ante la ANC, puede considerarse como el punto de quiebre de la oposición democrática. Existen razones de sobras para justificar la presencia o no ante la constituyente ilegítima y espuria; que cada quien asuma su responsabilidad ante la historia, pero lo que me parece aborrecible y totalmente absurdo es la división frontal y definitiva de la oposición en un asunto que pudo tener un mejor final. La actitud correcta era que los gobernadores actuasen en bloque, tal como lo señaló reiteradamente Juan Pablo Guanipa, para proyectar una visión de unidad y fortaleza moral frente al jolgorio del régimen por una victoria electoral amañada que no refleja la voluntad libre y soberana de la mayoría de los venezolanos. Lo correcto era mantenerse en unidad frente a las arbitrariedades, abusos y vejámenes de un régimen dictatorial que logró que algunos sectores de la oposición legitimaran lo que el pueblo había repudiado desde hace tiempo.

Como defensor ferviente de la unidad, hago votos para que la oposición venezolana vuelva al cauce y se coloque a la altura de su responsabilidad y compromiso con la patria; convencido estoy que sin la unidad, la inteligencia, el desprendimiento y el patriotismo de los partidos democráticos, nos costará mucho más armar una estrategia que haga posible el cambio del rumbo político de la nación, con el apoyo y la comprensión de las mayorías nacionales. Para ello, hace falta asumir con gallardía los errores cometidos e iniciar un proceso de pedagogía y madurez políticas que responsablemente tracen el camino para la solución de la crisis, dando a conocer las dificultades y obstáculos para alcanzar el objetivo; sólo así los venezolanos sentiremos que los políticos nos están hablando con la verdad y podremos sumarnos con mayor compromiso para liberar a Venezuela de esta dictadura incapaz, corrupta e inmoral.

La oposición debe acometer un proceso de autocrítica sincera y racional para renovar la confianza de sus conciudadanos y reconstruir, de esa manera, una conexión emocional fuerte y duradera con todos los sectores de la vida nacional. Asimismo, la oposición debe mantener una comunicación transparente y permanente con el pueblo venezolano, sin esconder nada por miedo de ser atacada u odiada. Lo que se hace a escondidas, siempre sale a la luz pública con las terribles consecuencias que generan la burla y el engaño al pueblo. En esta nueva etapa de la oposición, en la que debería privar la sensatez y el bienestar colectivo, es necesario sepultar las descalificaciones internas que provienen de lenguas envenenadas por la impulsividad y la falta de sindéresis de algunos dirigentes. Es momento oportuno para colocar un freno a tantos disparates e inconsecuencias que aumentan el desánimo y frustración de la gente; es hora que nuestros políticos actúen conforme a lo que pregonan en sus discursos y empiecen a ser más serios y coherentes. 

Es la hora de defender los supremos intereses de los venezolanos y dejar a un lado los cálculos políticos  y las carantoñas con el  régimen con la idea de garantizarse ciertos beneficios y prebendas. Es hora, carajo, que los políticos se pongan los pantalones largos y reconozcan al verdadero enemigo de los venezolanos, porque estoy seguro que, en estos momentos, el culpable de nuestras desgracias está bailando una salsa caraqueña, al ver el triste espectáculo que ofrece una oposición dividida y sin rumbo.

Es insólito, inaudito e increíble que la oposición esté cavando su propia tumba, en vez de aprovechar con inteligencia las oportunidades generadas por la incapacidad de un régimen reconocido como dictadura por gran parte de las naciones civilizadas; en vez de hacerle frente a los abusos y trampas orquestadas el 15-O, como continuidad del 30-J, están insultándose tan soezmente que con dificultad podrán recoger esas palabras en un futuro inmediato.

Este triste espectáculo de la oposición nos desmotiva a quienes confiamos en la madurez y desprendimiento de los políticos, convencido que son ellos parte fundamental de esta lucha. Pero ahora, ¿qué va a pasar? Con tristeza percibo, muy a pesar de mis deseos, el empoderamiento ilegítimo, abusivo y autoritario de Maduro, acompañado del peligroso y explosivo empeoramiento de la crisis nacional. Frente a esta tragedia, observáremos ciudadanos desencantados que no encuentran razones válidas para votar, que no confían más en los políticos, que decidirán marcharse del país o que se cruzarán de brazos movidos por una anomia que puede terminar de enterrar los valores democráticos que todavía tenemos.

Ojalá políticos, ciudadanos y organizaciones sociales podamos entender la inmensidad de esta tragedia que destruye el presente y secuestra el futuro de la nación, para que asumamos con valentía y firmeza el compromiso de liberar a nuestra patria de esta plaga que en mala hora llegó al poder. Si no entendemos la gravedad del asunto, entonces, diremos con llanto desgarrador, ¡Grande Maduro, contra todo pronóstico lograste el propósito de destruir a Venezuela y a los venezolanos!

Profesor Titular de LUZ  

jueves, 19 de octubre de 2017

Adiós Chávez, ¡bienvenido Maduro!

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Por arte de magia y contra todo pronóstico, Nicolás Maduro se convirtió en el porta-aviones político más importante del país. Ni siquiera Chávez, en sus momentos de gloria, fue capaz de realizar semejantes prodigios. Nicolás es un caso digno de ser analizado porque, a pesar de ser el culpable de la más espantosa crisis que los venezolanos hayamos vivido, obtuvo el 30 de julio la más alta votación del Psuv desde su creación. Dos meses y medio después, con una merma de 3 millones de votos, su partido gana 18 de las 23 gobernaciones del país. La palabra para calificar esa proeza es la huracán electoral; sin duda, el fenómeno político más impactante de los últimos sesenta años de la política venezolana.

Con los resultados de las últimas elecciones, Maduro hace su entrada triunfal a la política venezolana, dejando atrás el legado e influencia del otrora líder de la revolución bolivariana. Chávez jamás pudo obtener los 10 millones que tanto deseó en cada una de las elecciones en las que participó; Maduro estuvo cerquita de esa aspiración revolucionaria. Cuando el país estaba en mejores condiciones económicas, el oficialismo obtuvo 15 gobernaciones; con esta crisis espantosa, Maduro se alza con 18 gobernaciones. ¿Cuáles son las razones para alcanzar tan épicas victorias electorales?

Tratemos de encontrar una explicación lógica a este realismo mágico en el que nos sucumbió Nicolás Maduro. El comportamiento electoral plantea que la situación económica de los electores influye en su decisión de voto, máxime si el desempeño de la economía es imputable al gobierno. En términos más simples, si los electores perciben que la situación económica del país es buena y personalmente les está yendo bien, con bastante probabilidad la mayoría vota a favor del gobierno y de sus candidatos; si, por el contrario, la economía registra, como es el caso de Venezuela, la inflación más alta del planeta, escasez de comida y medicinas, hambre y pobreza, empleos miserables, entonces, la lógica electoral apunta que la mayoría de los electores vota para castigar al gobierno, como culpable de sus desgracias. Esta razón pareciera no ser la causa del caudal de votos que recibió el Psuv en las dos últimas elecciones, habida cuenta que Venezuela se perfila como la economía con el peor desempeño en el mundo.

Otra variable a considerar es la esperanza. Los electores votan por candidatos que garanticen mejores expectativas de vida sustentadas en un cambio para mejorar. A tal efecto, las encuestas de Consultores 21 revelan que siete de cada diez venezolanos consideran que el gobierno de Maduro no es capaz de producir los cambios que quieren para Venezuela; asimismo, sólo el 18% de los venezolanos califica positivamente su gestión. Es decir que el 80% de los venezolanos piensa que el gobierno de Maduro es tan malo que no es posible alcanzar un cambio para mejorar la crisis de la nación. Con estas cifras, resulta ingenuo creer que los venezolanos votan masivamente a favor de su verdugo.

¿Cuál es la razón del milagro electoral madurista? Tendremos que analizar los factores que gravitan alrededor del proceso estrictamente electoral, ya que las razones ya evaluadas le son francamente desfavorables al régimen. Por todos es conocida la afinidad y parcialidad del CNE con el oficialismo; otros más osados afirman que esa relación es absoluta subordinación a Miraflores. Desde hace bastante tiempo el CNE viene preparando el terreno electoral, consciente que cualquier elección, en condiciones normales y equitativas, son desfavorable al oficialismo. La tarea para evitar el descalabro electoral empezó cuando el CNE impidió el año pasado la activación y realización del RR, cerrando la salida electoral a la crisis nacional. Después, vino la etapa de protestas, con el trágico desenlace de más de 120 asesinados por las fuerzas represivas del régimen, que culminó con la elección de la constituyente. Estos eventos generaron un sentimiento de frustración y desánimo en los opositores al no producirse la salida de Maduro. En este escenario de desolación colectiva y conflictividad interna entre la MUD, el CNE convoca elecciones regionales con un atraso de diez meses.

Sorprendidos de la participación de la oposición en esas elecciones, el CNE inicia una nueva etapa en la delincuencia electoral venezolana: a) no se permitió la sustitución de los candidatos que habían perdido en las elecciones primarias de la MUD, anulándose los votos obtenidos por esos candidatos; b) se reubicaron centros electorales de manera inconsulta e inoportuna, violando el derecho de los electores a ejercer el voto. Sólo en el estado Miranda, las reubicaciones afectaron a más de 200 mil electores, un millón en el territorio nacional. De manera escandalosa, el CNE reubicó centros hasta la noche del viernes 13 de octubre, a escasas 48 horas del proceso comicial; c) otro exabrupto –o delito electoral- fue el saboteo grosero en la acreditación de los testigos de la oposición. En muchos centros electorales, militantes del Psuv fungieron como testigos de los partidos de la oposición, con la anuencia del CNE. El día de las elecciones, el Psuv en combinación con el Plan República, impidió en muchos centros la presencia de los testigos durante horas o a lo largo del proceso, con lo cual resultó imposible defender los votos e impedir que “electores ausentes” votasen por los candidatos oficialistas. El día D fue exitoso para Maduro y sus candidatos con la anuencia del árbitro y los militares.

A partir del 30 de julio, el régimen implementó una estrategia quirúrgica para rebanar la mayor cantidad de votos a la oposición, con resultados extraordinarios, y sin ningún tipo de escrúpulos. La estrategia es el fraude sistémico que no puede probarse al cotejar las actas con el voto electrónico, pues, la trampa se dio desde el mismo momento de la convocatoria a las elecciones. A esto se le agrega la disminución significativa de la participación electoral favorable al oficialismo. En el caso del Zulia, el 15-O participó el 55% del padrón electoral en contra del 72% que votó en el 2015, con una diferencia de 17% menos. Los resultados de ambas elecciones están a la vista.

Con este escenario, ¿qué deberíamos hacer? Sin pretender establecer el ABC estratégico para la oposición, me atrevo a dar algunas sugerencias: 1) rescatar el valor del voto como mecanismo de lucha política para alcanzar la libertad y la reinstitucionalización democrática de la República; los demócratas no tenemos una mejor opción; b) superar las culpas y complejos de la derrota, a fin que la dirigencia democrática se esfuerce en el ejercicio de la unidad plena, deslastrada de intereses y visiones particulares; de lo contrario, se profundizará la radicalización de la oposición entre abstencionistas y participacionistas. El voto es un derecho ciudadano y no una gracia del régimen; 3) mayor involucramiento ciudadano en la organización electoral, pues, los partidos no son los únicos responsables de esta tarea; 4) cuidar y consolidar el interés internacional sobre la crisis venezolana; 5) implementar una visión proactiva y de defensa permanente frente a los abusos y atropellos del régimen; y, 6) sacudirnos el polvo de las sandalias y continuar con esta lucha compleja porque lo contrario significa entregarle el país a una minoría de delincuentes e inmorales.

Profesor Titular de LUZ

miércoles, 11 de octubre de 2017

A pesar de las dificultades, votar es la opción

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La situación del país es dura e inaguantable; millones de venezolanos están viviendo en pobreza crítica o están pasando mucho trabajo para lograr sobrevivir. La crisis venezolana es un hecho que no tiene justificación alguna, sólo es culpa de una minoría gobernante que se dio a la tarea de arruinar a un país inarruinable. El régimen tiene la extraordinaria capacidad de destruir todo lo que toca, sin posibilidad de enmendar los errores cometidos.
El país entero conoce y padece las dramáticas consecuencias de esta crisis que se metió en todos los rincones de la sociedad venezolana; sabemos además quién es el culpable de la debacle del país. Atrás quedaron las opiniones que eximían a Chávez de toda responsabilidad porque sus ministros no le hacían caso. Tampoco ha servido de mucho el gasto dispendioso en propaganda y publicidad del régimen para culpar a la guerra económica de las locuras y disparates de Nicolás Maduro. Aquí casi todo el mundo está clarito de lo que está sucediendo en Venezuela y, entonces, ¿por qué seguimos abrigando dudas sobre lo que somos capaces de hacer cuando decidimos actuar unidos y con inteligencia?,  ¿por qué seguimos endosándole al gobierno y a sus cómplices regionales una fuerza que ya perdieron?, ¿cuál es la razón para seguir negándonos las posibilidades ciertas de transitar por el cambio que aspiramos? Esas interrogantes aún están presentes en muchos venezolanos, a pesar de saber quién es el adversario y cómo podemos debilitarlo.

Uno de los mecanismos que permiten fortalecernos y consolidar la lucha para la construcción de un destino favorable para todos, es el voto; un instrumento democrático del que todavía algunos tienen dudas y hasta recelos. Resulta difícil entender que, después de más de 18 años de la tragedia revolucionaria, ciertos sectores opositores estén debatiéndose entre la idea de votar o no, expresando opiniones baladíes para justificar la abstención. No encuentro pretexto alguno para estimular la abstención, a excepción de lo ocurrido con el bodrio inconstitucional de la constituyente madurista. Lo demás es buscarle las cinco patas al gato, aduciendo razones que terminan por beneficiar precisamente al culpable del desmadre del país.

A pesar de lo mucho que se ha hablado en los últimos días, imaginemos por un momento que el régimen gane la mayoría de las gobernaciones porque los electores de la oposición no salieron a votar. ¿Qué pasaría a partir del 16 de octubre? Pues bien, el régimen tendría razones para afirmar que la cacareada mayoría de la oposición es una mentira más, con lo cual se fortalecería convencido que cuenta con apoyo suficiente para profundizar este modelo político hambreador y corrupto. En tal sentido, por la inconsecuencia de los opositores abstencionistas se agravarían los problemas del país, hundiéndonos cada día en la miseria revolucionaria. Con semejante escenario, Maduro tomaría oxígeno y alargaría su desastrosa estadía en Miraflores. Por otra parte, la comunidad internacional tendría razones para dudar sobre la legitimidad de la lucha democrática, debilitándose la percepción de que Maduro es el verdadero culpable de los sufrimientos de los venezolanos. En definitiva, todo lo que hemos ganado en estos últimos años, lo perderíamos en un solo día gracias a la incomprensible actitud de unos venezolanos que deseando un cambio, siguen amarrados a la sombra de un presente que asesina nuestro futuro.

Ahora imaginemos que sea la oposición la que obtenga la mayoría de las gobernaciones, escenario absolutamente posible si la participación electoral es superior al 60%. En ese caso, confirmaríamos que somos la nueva mayoría nacional obtenida desde las parlamentarias del 2015. Se debilitaría el régimen, no importa si deciden instaurar el guión de siempre: saboteo, persecución y criminalización de los nuevos gobernadores. Si el régimen asume ese comportamiento, les irá peor porque ya no habría duda alguna de su vocación autoritaria y del modelo dictatorial que están implantando en Venezuela. La debilidad pretenderían esconderla con represión, típico de los gobiernos que están de despedida. Asimismo, se crearían condiciones más favorables y equitativas para la oposición en un proceso de negociación con el régimen, en la búsqueda de una salida política y pacífica que nos encamine a una transición y a un nuevo gobierno en un tiempo más perentorio. Por si fuera poco, los ojos de la comunidad internacional se volcarían con más fuerza y determinación sobre el caso venezolano, a fin de continuar colaborando con la solución de esta pavorosa crisis. Pero, además, tendríamos la inmensa dicha de disfrutar la victoria de la democracia sobre la tiranía y eso, apreciados lectores, no tiene valor acompañada con un rico dulce de lechosa.

Esos son los dos escenarios posibles después del 15 de octubre. Si decidimos que, a pesar de las dificultades, votar es la opción, entonces, estaremos frente a un escenario auspicioso que nos llenará de fuerzas y tendremos muchas más razones para seguir luchando por el país que queremos, convencidos que la razón nos asiste y estamos haciendo lo correcto para alcanzar la meta que anhela el 80% del país; si, por el contrario, decidimos quedarnos de brazos cruzados, esperando que otros decidan por nosotros, en la búsqueda incesante de encontrar pretextos para no votar, entonces, el adversario que deseamos combatir se fortalecerá y, en ese escenario favorable para el régimen, la lucha por el cambio será mucho más traumática y la llegada de un mejor porvenir para los venezolanos sería a largo plazo.

Tenemos la decisión en nuestras manos; sólo de nosotros depende lo que queremos para Venezuela en los próximos tiempos. De mi parte, estoy convencido que la mejor opción es ir a votar por los candidatos de la Unidad Democrática porque de esa manera estaremos contribuyendo significativamente con el supremo interés de rescatar la libertad, la democracia, el progreso y la decencia de los venezolanos. Por eso, ¡yo si voy a votar!

Profesor Titular de LUZ  

jueves, 5 de octubre de 2017

Destruyeron al Zulia

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La fachada de la sede del PSUV en Maracaibo, está adornada con un pensamiento de Hugo Chávez que reza: “que el Zulia sea lo que siempre ha debido ser”. Ese lema fue difundido en el 2012 con motivo de las elecciones regionales en las que salió electo Arias Cárdenas como gobernador del Zulia. Después de cinco años de esa elección, sigo sin entender la verdadera intención de esa frase, porque el Zulia está en ruinas; o, podemos pensar más bien que el Zulia que ellos quieren es precisamente este caos en el que lo ha convertido la revolución.

Cuando observamos con tristeza e indignación el estado de postración y calamidad en el que estamos viviendo los zulianos, llegamos a la conclusión que definitivamente la prioridad de Maduro y de Arias ha sido la destrucción del Zulia. Las estadísticas oficiales y los resultados de encuestas nos ofrecen suficiente información como para admitir que esa apreciación es rigurosamente cierta.

El último estudio de opinión pública de Efraín Rincón y Asociados, con una muestra de 950 casos, distribuidos proporcionalmente en el Corredor Electoral del Estado Zulia –Maracaibo, San Francisco, Cabimas, Lagunillas y Mara, respectivamente- cuyo trabajo de campo se culminó el 27 de septiembre de 2017, proyecta el sentimiento de la mayoría de los zulianos en torno al Zulia que aspiramos tener; a tal efecto, el 68.1% de los entrevistados reportó que el “Zulia que quiere tener Arias Cárdenas no se parece al Zulia que ellos quieren tener”, lo cual denota la mayoritaria aspiración de cambio de los zulianos.

De igual manera, el referido estudio de campo arroja cifras que ponen al descubierto el drama del hambre y la pobreza en el Estado; el 60% de los zulianos come dos o menos veces al día, esto es, más de 2.500.000 zulianos están pasando hambre, bajo la mira insensible del gobierno nacional y la complicidad del gobernador zuliano. El drama del hambre está presente a lo largo y ancho de la geografía zuliana; es padecida por chavistas, opositores e independiente y está haciendo estragos en los estratos más vulnerables de la sociedad, especialmente, en los niños y ancianos. Los pobres, que en otrora apostaron por la redención prometida por la revolución, se sienten defraudados por quienes se burlaron de sus necesidades y aspiraciones y pretenden, con el mayor descaro, pedir de nuevo su voto para profundizar la ruina del Zulia.

No faltará quien diga que esos datos son manipulados por encuestadores de oficio, pero es que la destrucción del Zulia es tan abrumadora que ni siquiera las estadísticas oficiales pueden maquillarla. Según cifras del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), recogidas por el Boletín Estadístico del Zulia 2017 del Instituto Gerencia y Estrategia del Zulia (IGEZ), desde el 2002 hasta el 2015, el número de patrones y empleadores zulianos descendió de 62.815 a 32.322 empresas, lo cual implica una disminución del 48,54%, en contraposición al descenso del 20,12% a nivel nacional. El Zulia es campeón nacional en la destrucción de empresas productivas, gracias a un perverso proceso de expropiaciones y asaltos a la empresa privada por parte de la revolución chavista-madurista.

En materia de pobreza el Zulia, gracias a los buenos auspicios de la revolución, también proyecta un promedio superior al nacional; los zulianos somos más pobres que muchos estados de la República, a pesar de las extraordinarias potencialidades que tenemos en todas las áreas de la economía. De igual manera, el Zulia exhibe una tasa de desocupación oficial de 9,5%, en contra del 6,7% del promedio nacional. La tasa de empleo informal que en el país, según el boletín ya citado, es de 41,2%, en el Zulia ésta en el orden del 53%. En otras palabras, más de la mitad de los zulianos labora en actividades informales, sin el disfrute de la seguridad social y de salarios dignos que garanticen una vida digna, tal como lo consagra la Constitución Nacional. La informalidad es una tentación poderosísima para cometer ilícitos que se transforman en corrupción, bachaqueo y más desigualdad social.

Todos estos logros son obra de la revolución y de un gobierno regional que se jacta en decir que “gracias a Maduro el Zulia es la potencia de Venezuela”. Frente a tanta mentira y manipulación, a veces es mejor reír para no llorar, porque con estos gobiernos lo único que tenemos seguro es más pobreza, más hambre y la completa destrucción de nuestro Estado Zulia.

Otro dato que evidencia la pérdida brutal de la conexión emocional de la revolución con los pobres, es el cambio de la intención de voto en los sectores populares. En la encuesta de Efraín Rincón y Asociados, al cruzar el número de comidas diarias que hacen los zulianos con la intención de voto para la gobernación, descubrimos que la intención de voto por Guanipa se mantiene prácticamente estable entre los electores que comen tres (63%), dos (61,4%) y una o menos veces al día (65,9%); por el contrario, la intención de voto por Arias desciende en la medida que se reducen las comidas diarias de los entrevistados, de tal manera que la menor intención de voto (11,4%) se ubica precisamente entre quienes están pasando más hambre. Ello nos permite inferir que los zulianos que están sufriendo las nefastas consecuencias del hambre, saben exactamente de quién es la culpa de sus desgracias y, por tal razón, prefieren votar por el cambio que representa Guanipa.

Los zulianos tenemos derecho a soñar con el Zulia grande que queremos. Pero necesitamos que esos sueños se transformen en fuerza y voluntad para desterrar los problemas que nos aquejan y castigar a los culpables de nuestras desgracias como sociedad. Quedarnos impávidos esperando que quienes destruyen al Zulia vuelvan a ganar, es la peor traición que podemos hacernos a nosotros mismo. Votar por el cambio no va a significar la solución a los problemas que nos agobian pero, con seguridad, será un esfuerzo importante para fortalecer la lucha contra los enemigos del Zulia. Todo cuanto hagamos para debilitar a esta corrupción incapaz y corrupta, incluyendo nuestro voto por el cambio este 15 de octubre, es un acto heroico que nos los agradecerán quienes sufren los martirios heredados por este régimen.

Vamos a votar convencidos que estamos actuando correctamente porque la lucha por el cambio es garantía para derrotar a los que destruyen sin piedad al Zulia.

Profesor Titular de LUZ