viernes, 20 de marzo de 2020


El virus planetario

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

En este artículo no me referiré a dónde, cómo y por qué se originó el Covid-19; pienso que ese tema ha sido profusamente tratado tanto por especialistas como por opinadores que proyectan posturas tendenciosas e interesadas.

Prefiero referirme a realidades que, producto de la pandemia,  desnudaron dramáticamente la manera cómo hemos vivido hasta este momento. Hoy estamos más cerca que antes de comprender la fragilidad del ser humano, la insuficiencia de la riqueza económica y la debilidad del poder político, por fuerte que parezca. Es momento de reflexionar acerca de un cambio en la visión del mundo global e individual, preguntándonos lo que hemos hecho mal y cómo podemos corregirlo, aunque ello signifique romper paradigmas que contribuyen con un mundo que hoy parece que camina al revés o está patas arriba.

No hizo falta que brillantes estrategas inventaran una guerra comercial para desequilibrar a la economía mundial, el Covid-19 lo logró. Estamos frente a una crisis colosal que aún desconocemos las implicaciones que traerá y cómo terminará. En lo que sí hay mayor certeza, es que las economías de las naciones van a contraerse de manera preocupante, inclusive las más prósperas del planeta.

No bastaron las armas nucleares, la inversión de miles de millones de dólares en armamentos sofisticados y la capacitación de ejércitos profesionales para impedir el avance del Covid-19. Sigue avanzando alarmantemente sin que pueda ser detenido por la fuerza militar. ¿Quién pudo imaginar siquiera que un virus obligaría a cerrar las fronteras de los países del mundo, sin que existiese la amenaza de un ejército enemigo? El poderío bélico de las grandes potencias resultó inútil frente al potente virus planetario.

La salud del mundo y, también, la de los líderes políticos y empresariales está amenazada por un virus que se metió entre el círculo de guardaespaldas blindados, sin que se dieran cuenta. Ese virus se ha convertido en el dolor de cabeza de gobernantes que, sin tenerlo planificado, deben tomar decisiones audaces en todos los órdenes de la vida de sus naciones, para hacerle frente a la contingencia y al futuro próximo, corriendo el riesgo de ser rechazados por los ciudadanos, e incluso perder el poder.

A nivel mundial, el poder político, la riqueza económica y la fuerza militar de grandes y pequeñas naciones, resultaron inservibles frente a la devastación letal de un virus que llegó sin ser esperado. Llegó por la puerta trasera y nadie se dio cuenta.

En el plano social, el Covid-19 superó con creces a las nuevas tecnologías en la percepción del tema de la aldea global. Ahora, más que informarnos en tiempo real de lo que acontece en el mundo, a través de las redes sociales, sin importar las distancias, estamos enfrentando simultáneamente un mismo patrón de vida, más allá de la geografía y las diferencias culturales. En estos momentos, los ciudadanos del mundo estamos experimentando idénticos comportamientos: miedo, paranoia colectiva, confinamiento, desolación y la amenaza de la muerte rondando entre nosotros; acompañado de compras de pánico con su correspondiente desabastecimiento en algunos alimentos y medicamentos, así como una serie de preguntas, sin respuestas, acerca de cómo será el futuro que se avecina. Analistas y pensadores ya hablan que el mundo no será igual después del Covid-19.

Creo que, después de la II Guerra Mundial, el mundo no había vivido una amenaza de tal magnitud, con el agravante que las afectaciones más grandes durante la II Guerra Mundial se concentraron en Europa, epicentro de ese evento bélico. Hoy, por el contrario, todas las naciones del mundo estarán afectadas, de una u otra forma, por las consecuencias del Covid-19 que aún no terminamos de descifrar, tanto en el plano político, económico, social y cultural.

Hago estas reflexiones en circunstancias en la que los seres humanos deberíamos estar más conscientes de nuestra propia fragilidad. Es cierto que, frente a otras catástrofes, el hombre ha logrado vencer las dificultades, a través de la inteligencia y la capacidad de adaptación, en esta oportunidad pienso que no será la excepción; pero también es cierto que hemos abusado en demasía de un poder que no tenemos; hemos hecho gala de un excesivo ego, de la vanidad que corroe y de un permanente desafío a Dios para ver quién puede más. Los hombres nos hemos apartado del buen camino  para transitar por el egoísmo y por una vida frívola y banal que nos aleja de los valores humanos para construir una mejor sociedad en la que la justicia, la honestidad y la solidaridad sean pilares de esa felicidad que todos los seremos humanos deseamos alcanzar. Ojalá el cambio sea para mejor.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

lunes, 24 de febrero de 2020


Maldad banal
Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Cuando observamos las atrocidades cometidas por los personeros de la dictadura chavista-madurista en contra de millones de venezolanos, podríamos suponer que sólo unos monstruos son capaces de semejante comportamiento. Pero releyendo a la teórica política Hannah Arendt, autora de la tesis de la banalidad del mal, podemos admitir que el mal no es excepcional, puede encontrarse en cualquier parte y ser ejecutado por cualquier persona, sin sentir escrúpulo alguno por el delito cometido.

Ello nos lleva a pensar que no hace falta una conducta retorcida o el padecimiento de una enfermedad mental, para que un ser humano cometa delitos perversos; sólo sus apetencias para escalar posiciones, o la sumisión abyecta a un líder ("comandante supremo"), son razones suficientes para delinquir, convencidos que sólo por esta vía pueden alcanzar sus objetivos personales o la satisfacción plena del jefe por su impecable trabajo.

Después de veinte años ininterrumpidos de destrucción, siempre pensé que a los dirigentes chavistas los atormentaba su conciencia y no podían ver a los ojos a sus familias; hoy estoy convencido que, por el contrario, duermen plácidamente y sus familias (esposos, hijos, padres y hermanos), disfrutan y presumen, sin ningún tipo de remordimientos, las riquezas obtenidas a costa del hambre, la pobreza y la muerte de millones de venezolanos.

Cuando oíamos decir a Chávez que “no importa andar desnudos, tener hambre o estar desempleados, porque lo importante es defender la revolución”, estábamos oyendo a un individuo que no tuvo jamás conciencia del bien o del mal; que actúo conforme a los postulados de su ideología; capaz de hacer todo cuanto fuese necesario hasta lograr su cometido. Éste es el verdadero peligro de la banalidad del mal, su capacidad infinita de destrucción sin sentir acaso la mínima vergüenza por su perversidad.  

Cuando observamos las excentricidades de Hugo Chávez y su clan familiar; las de Maduro, Cilia y Nicolasito; las de Diosdado Cabello y otros conspicuos líderes de la revolución, basadas en el más espantoso saqueo que experimentó jamás Venezuela, resulta fácil entender, bajo la óptica de la banalidad del mal, que son seres humanos que no los invade la pena por el país al que destruyeron, y seguirán haciendo el mal hasta tanto logren mantenerse en el poder. Sus apetencias personales son ilimitadas, nada los satisface. El poder y la riqueza que disfrutan les exigen más riqueza y más poder.

Con las intentonas golpistas del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992, que provocaron la muerte de cientos de venezolanos inocentes, se inició el mal del chavismo, que con el transcurrir del tiempo se acrecentaría y permearía el alma de su dirigencia. Desde el mismo momento en que Chávez llegó al poder, el chavismo provocó muertes y desolación en el país; han asesinado a mansalva a jóvenes estudiantes que protestaban por legítimas razones; han matado a niños, a pacientes con enfermedades crónicas y a ancianos porque se robaron el dinero destinado a la asistencia médica y a la compra de medicamentos.

La maldad chavista ha encarcelado a cientos de civiles y militares, violando flagrantemente sus derechos y sometiéndolos a tratos inhumanos; esa maldad, en complicidad con la cubana, han implementado torturas inéditas en nuestra larga historia de tiranía; ningún régimen anterior a la revolución chavista, ha producido mayor dolor y sufrimientos a las familias de los venezolanos que les han arrebatado su libertad.

Debido a la maldad practicada por esta élite criminal, Venezuela se convirtió en uno de los países más pobres de la región; la destrucción de la economía, la pulverización de los salarios y del empleo productivo, han generado la peor crisis económica, social y humanitaria del país, obligando a emigrar a casi 5 millones de venezolanos.

El mal chavista es fiel practicante del odio, la división y el resentimiento social, haciendo añicos los valores y las costumbres que nos distinguieron como una sociedad solidaria y hermanada. Ese mal dañó gravemente el tejido social de Venezuela, lo que complica la reconstrucción integral del país.

La banalidad del mal no sólo fue realidad en el nazismo alemán, también echó raíces en Cuba, Nicaragua y en Venezuela. Tengamos presente, entonces, que los chavistas al no tener un concepto absoluto del mal, seguirán practicándolo, no importa la tragedia que dejen a su paso. En definitiva, dentro de sus mentes, todo cuanto se haga para mantenerse en el poder y acrecentar sus fortunas personales está permitido, inclusive la muerte definitiva de un país llamado Venezuela.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

miércoles, 15 de enero de 2020


Solos no podemos

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

En las últimas alocuciones del presidente (e) Juan Guaidó, le escuché decir “solos no podemos”, haciendo referencia que, los 100 diputados que conforman la Asamblea Nacional legítima y constitucional, no pueden lograr solos el cambio político y económico que anhelamos los venezolanos. Una frase que ilustra perfectamente el drama venezolano.
Ciertamente, solos no pueden lograr la hazaña de la libertad de Venezuela. Desde estas líneas, reconozco el trabajo, la entrega y la dignidad de la legítima Asamblea Nacional y de numerosas voluntades de la sociedad civil que día a día sin desfallecer día acontinúan la lucha para hacer posible el fin de la usurpación del régimen de Nicolás Maduro. Vaya para ustedes mi respeto y admiración; sin duda, la historia valorará su infatigable labor por el rescate de la libertad y la democracia en Venezuela. Han escrito ustedes páginas gloriosas de nuestra historia.

Lamentablemente el arrojo de dignidad y valentía que han demostrado no son suficientes para vencer a la dictadura. Esa es una tarea de todos los venezolanos y, aun así, todavía resulta cuesta arriba iniciar el tránsito definitivo hacia la transición política. El régimen incapaz e ilegítimo, tiene suficientes recursos para continuar la pelea. Durante casi dos décadas, el chavismo se preparó para perpetuarse en el poder. Logró tejer un tinglado de corrupción institucional, militar y política, apoyado en la incalculable riqueza petrolera del país, que le permitió quebrar la dignidad de actores nacionales que son importantes para librar con éxito la pesadilla que nos atrapa dolorosamente, como es el caso de la fuerza armada y el poder judicial, entre otros.

Amparado en la corrupción y en la más perversa inmoralidad, el jefe supremo de la revolución bolivariana, Hugo Chávez Frías, planificó milimétricamente la entrega del país a factores internacionales que representan la peor desgracia de la humanidad. Se doblegó ante el comunismo castrista permitiéndole el control directo sobre áreas reservadas a la seguridad nacional; plagió el modelo cubano hasta convertir a Venezuela en la nación más miserable del continente americano; el comunismo de Chávez y Maduro, bajo la tutela de Fidel y Raúl Castro, se encargó de destruir una economía que lucía indestructible a los ojos del mundo.

Insatisfecho con semejante proeza, exigió la beligerancia de la guerrilla colombiana, financiando su proyecto de muerte a través del narcotráfico y convirtiéndola en uno de sus más importantes socios políticos y económicos, al entregarle el control y la explotación de recursos naturales del país, como el oro, el coltán y otros minerales estratégicos. La sociedad con la guerrilla es tan poderosa que el “glorioso ejército de la patria” se repliega frente a su presencia avasallante.

En la búsqueda insaciable de mantener el control absoluto del poder, el régimen encontró en el narcotráfico internacional la vía expedita para enriquecer a conspicuos personeros de la revolución, incluyendo al alto mando militar, ministros, empresarios y a los boliburgueses, convertida en la nueva oligarquía revolucionaria criolla. En Venezuela, a diferencia de otras naciones latinoamericanas, el Estado no es aliado del narcotráfico porque es en sí mismo un narco-estado. Los capos en Venezuela son los que gobiernan y poseen las armas, ellos son los que dan las órdenes a los carteles.

Por si fuera poco, el régimen criminal venezolano alcanzó su clímax al estrechar lazos de lealtad y profunda hermandad con el terrorismo internacional; los grupos terroristas islámicos tienen puerta franca en Venezuela; están haciendo vida activa en regiones del país, ayudando al régimen económica e ideológicamente. Esos grupos terroristas que han puesto a temblar la seguridad de USA y del mundo occidental, son parte esencial de la dictadura chavista-madurista. Están entre nosotros y todavía el mundo no termina de creer esta realidad.

No les bastó con corromper y destruir a la fuerza armada, sino que también crearon grupos civiles armados financiados por la revolución, denominados colectivos, encargados de asesinar, amedrentar y amenazar a la oposición y a los ciudadanos que osan hacer valer sus derechos constitucionales en las calles del país.

Lo aceptemos o no, debemos admitir que el régimen tiene las armas de la República, cuenta con el auxilio de potencias interesadas en arrebatarnos las riquezas que aún poseemos; además, tienen mucho dinero producto de veinte años del saqueo más descomunal que ha sufrido Venezuela a lo largo de su historia. A pesar de las sanciones internacionales, el régimen tiene dinero para sobrevivir, enlodar dignidades y doblegar voluntades. Han logrado mantener el poder, aunque ello se traduzca en la destrucción del país y en la más denigrante pobreza de los venezolanos.

Entonces, apreciados lectores, ¿los 100 diputados patriotas junto al pueblo venezolano pueden aniquilar la peor plaga política que se ha enquistado en suelo latinoamericano? Yo pienso que solos no podemos. Y, en consecuencia, planteó mi utopía para aniquilar al régimen y el daño colateral que ha generado en Venezuela y en Latan. Es necesario, obligante, vital y fundamental que el mundo democrático y civilizado vuelque de una vez por todas sus ojos sobre Venezuela, no sólo para “salvar” a los venezolanos, sino para impedir que esta plaga comunista-terrorista-narcotraficante y criminal se propague peligrosamente sobre el continente. Tomen decisiones inteligentes y acciones contundentes para defender la libertad y la democracia del continente, después podría ser tarde. ¡Solos no podemos!

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

jueves, 9 de enero de 2020


Una nueva oportunidad
Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La política venezolana no termina de sorprendernos. Si no fuese por la dolorosa tragedia que estamos viviendo los venezolanos, podríamos admitir que nuestra realidad política es una caricatura. Nuestra nación se ha convertido en terreno fértil para que lo insólito germine frondosamente. El régimen con el cinismo que lo caracteriza hace cualquier cosa, por burda que parezca, para mantenerse en el poder; mientras que la oposición se debate entre la ingenuidad de los demócratas y la traición de los cobardes que vendieron su dignidad al régimen a cambio de verdes muy apetecidos.

Tal como lo habíamos imaginado, el pasado 5 de enero no fue un día más en Venezuela. Fueron muchos los acontecimientos en un solo día. En las primeras horas de la mañana, se proyectó la percepción que la dictadura había logrado su propósito con un golpe de estado a la Asamblea Nacional, eligiendo fraudulentamente una directiva sin quorum ni votos e impidiendo el ingreso al presidente Juan Guaidó al recinto legislativo. En esas horas, mientras el canal de televisión oficial transmitía la juramentación de la directiva “CLAP”, a las afueras del palacio federal se escenificaba una guerra campal entre los cuerpos de seguridad del régimen y la mayoría de los diputados de oposición que forcejeaban para entrar a la Asamblea Nacional.

En horas de la tarde, el panorama cambió al ver que Guaidó acompañado de 100 diputados logró instalar la sesión en el auditorio del diario El Nacional, para proceder a elección constitucional de la nueva directiva del parlamento, reeligiéndolo como presidente de la AN, siendo ratificado además como Presidente (E) de Venezuela.

Sin duda, el 5 de enero nos deja varias lecturas y análisis. En primer lugar, seguimos subestimando al régimen. A partir del 30 de julio de 2017, con la elección de la írrita Asamblea Nacional Constituyente, nos advirtieron que son capaces de hacer todo y más para mantener el poder; ya no les importan siquiera cuidar las formalidades. El régimen demostró que a pesar de las sanciones internacionales y su ilegitimidad de origen y de desempeño, logró mantener el control político, territorial y político del país. No darán tregua hasta alcanzar la destrucción del país y de la oposición democrática para instaurar una dictadura de largo aliento. Eso no lo podemos olvidar nunca.

En segundo lugar, quedó en evidencia la ingenuidad de la oposición al no prever un plan B para contraatacar las arbitrariedades del régimen y, al propio tiempo, no descubrir oportunamente la traición de diputados que horas antes se habían reunido con el presidente Guaidó.   

No obstante, en tercer lugar, creo que el balance resultó positivo para la oposición. Sin duda, el régimen fracasó al intentar socavar la institucionalidad de la Asamblea Nacional y usurpar la legitimidad de la que carece. Por otra parte, la oposición se deslastró de un grupo de parlamentarios aliados con el régimen para obstaculizar la liberación del país. Con seguridad son menos diputados opositores, pero los 100 que quedaron han dado pruebas de lealtad y compromiso con la causa de la libertad de la nación. Asimismo, la unidad útil y necesaria se fortaleció al incorporar a grupos minoritarios, como el 16J, que se sentían excluidos por el G4. Es un buen momento para demostrar que la inteligencia y la racionalidad de la oposición se imponen sobre los caprichos e intereses particulares que impiden el advenimiento del cambio.

En definitiva, el 5 de enero abrió una nueva oportunidad para que la oposición reinicie el camino de la libertad de Venezuela; se reivindique con los venezolanos, al admitir los errores cometidos y plantear con absoluta seriedad y viabilidad una estrategia que nos permita realizar elecciones libres para acabar con esta tragedia que ya lleva muchos años de martirio para los venezolanos.

En esta nueva oportunidad, Juan Guaidó, como la principal referencia política de la oposición, debe evitar la impulsividad y el cortoplacismo que producen episodios épicos como los vividos días atrás. No hay tiempo para generar falsas expectativas que no puedan materializarse; no hay cabida para más desesperanza y frustración colectivas. La emoción que ha despertado la actitud valiente y patriótica de Guaidó, Juan Pablo Guanipa y los 98 diputados restantes, debe administrarse con sensatez y humildad para no botar un juego que por ahora lo estamos ganando.

La comunidad internacional, que ha reaccionado contundentemente contra la dictadura de Maduro, exige unidad y coherencia a la oposición venezolana. No podemos pedirles a los aliados internacionales lo que domésticamente no estamos en capacidad de dar. En la medida que los más de 56 gobiernos que reconocen la presidencia interina de Juan Guaidó, aprecien inteligencia, madurez política y desprendimiento por parte de la oposición, mayor será la justificación de sus decisiones y acciones para contribuir con la reinstitucionalización y el progreso de Venezuela.

Desde estas líneas, con profunda humildad, les pido por favor que no perdamos de nuevo esta gran oportunidad para alcanzar los objetivos que no pudimos lograr en el 2019. Veamos el 5 de enero como el inicio de una etapa para continuar con la lucha para librar a Venezuela de la oscuridad, acompañada  con estrategia, unidad y presencia mayoritaria del pueblo venezolano. La opción es lograr la libertad de nuestra amada nación, no tenemos otra opción.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

martes, 10 de diciembre de 2019

Boomerang
Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

El boomerang (bumerán en español) es un tipo de arma con forma curva que, cuando se lanza con precisión, vuelve a manos de la persona que lo arrojó. Algo similar está sucediendo en la oposición venezolana en relación con el tema de la corrupción. Ésta ha sido  considerada como el mayor logro del régimen chavista-madurista, acusado de ser el gobierno más corrupto en la historia del país; ahora resulta que, en los últimos días, el balón de la corrupción se pasó al campo de la oposición, enlodando los esfuerzos realizados para materializar el cambio político anhelado por la inmensa mayoría de los venezolanos.

Sería ingenuo pensar que la oposición venezolana está conformada por políticos químicamente puros, incapaces de caer en la tentación de la “buena vida” que proporciona la corrupción, pero de allí a igualarlos con los culpables del mayor y más grotesco saqueo que destruyó a la nación, me parece absolutamente desproporcionado. Estamos practicando el harakiri para beneplácito de los verdaderos culpables de la tragedia venezolana.

Como es ya costumbre, esta situación tomó por sorpresa al liderazgo opositor, mostrándose incapaces de manejar una nueva crisis en el tortuoso camino de la liberación del país. Con cada error cometido, sale ganando el régimen que, aunque incapaz y deslegitimado, continúa alcanzando éxitos en la inefable tarea de desarticular y destruir a la oposición para mantenerse en el poder.

Ya basta de tanta torpeza, irracionalidad y mezquindad por parte de algunos sectores de la oposición venezolana. No es posible que un régimen como el de Maduro, le esté ganando la batalla a todo un país que clama por un cambio político para detener la hecatombe que amenaza con destruir los cimientos de la nación. No es posible que, frente a la ignominia que padecemos los venezolanos por la voracidad insaciable del régimen, la oposición sea incapaz de articular una estrategia sólida y de largo plazo, acompañada de un discurso creíble, convincente y con la emoción suficiente que permita la conexión con todos los venezolanos que apostamos por el cambio del país. La unidad de la oposición no puede decretarse, debe construirse con base a la inteligencia, la racionalidad y el desprendimiento de líderes capaces de dejar a un lado sus intereses y visiones particulares para sumar los esfuerzos necesarios que posibiliten la salida del régimen y, con ello, la reinstitucionalización de la República y la recuperación de la economía.

Considero que Juan Guaidó y su equipo están en un buen momento para renovar su compromiso con la libertad y la democracia de Venezuela, deslastrándose de los factores y dirigentes que se han convertido en obstáculos para alcanzar la meta. Debe proyectar una conducta de absoluta intolerancia con la corrupción; denunciar sin miedos la responsabilidad de algunos de sus funcionarios que han incurrido en actos dolosos, porque la unidad perfecta no es aquella que pretende exhibirse a través de un abrazo o de un gesto de buena voluntad; la unidad perfecta es la que se construye con partidos y dirigentes capaces de privilegiar los intereses de la nación en desmedro de los propios, con paciencia suficiente para esperar su tiempo, honestos a carta cabal y con capacidad para interpretar las calamidades, esperanzas y sueños de un pueblo que no merece seguir sufriendo más. Necesitamos una oposición más inteligente y más humana, que entienda que la conexión con los venezolanos es la mejor dosis para legitimar su trabajo.

Con frecuencia nos piden a los venezolanos que no tengamos miedo; a través de estas líneas deseo exigirle a los verdaderos líderes del país que no tengan miedo de asumir con fuerza y determinación las decisiones necesarias para lograr el fin de la usurpación. El tiempo de los discursos vacíos en una campaña electoral que no existe, se agotó. No es momento de medias tintas, el tiempo se acaba y con él las esperanzas de un pueblo que hasta ahora ha intentado liberarse de un régimen que degradó el pasado del país, le robó su presente y está a punto de arrebatarnos por siempre el futuro que añoramos como sociedad libre, democrática y de progreso para todos.

Profesor Titular Eméritus de la Universidad del Zulia (Venezuela)

lunes, 4 de noviembre de 2019


Huracán latinoamericano
Efraín Rincón Marroquin (@EfrainRincon17)

En los últimos días, América Latina ha experimentado situaciones complejas que atentan contra la estabilidad de algunas de sus naciones. Dentro de ese nuevo escenario,  Venezuela pasó de ser el problema para convertirse en uno de los problemas de la región, para infortunio de los venezolanos.

Si analizamos con objetividad lo qué está ocurriendo en Latinoamérica, se percibe el hartazgo de los ciudadanos contra liderazgos y políticas que profundizan la inequidad histórica de las mayorías, en combinación con un plan orquestado por grupos radicales para desestabilizar la región, a través de la violencia y la anarquía. Se mezclan los aires de cambios con rasgos de un retroceso que amenaza la institucionalidad democrática de América Latina.

El caso de Chile resulta difícil de comprender para quienes no vivimos allí. En los últimos años, Chile fue considerado el país con el mayor grado de desarrollo económico  y el mayor nivel de estabilidad democrática de la región, acompañado de una aceptable calidad de vida de sus habitantes. En el caso de los migrantes venezolanos, Chile se convirtió en uno de los destinos más atractivos para alcanzar el progreso que en su país no pueden tener. Es insólito observar como en cuestión de días esa percepción desapareció, sumergiendo al país en el peor escenario desde la salida de Pinochet del poder, lo cual nos obliga a hablar de un antes y un después, porque Chile no volverá a ser el modelo que soñábamos instaurar en muchas de las naciones latinoamericanas.

Creer que el ambiente de violencia que se ha adueñado de las calles de Chile, se debe sólo al aumento del precio del metro y a la acumulación de una deuda social, resulta bastante ingenuo, especialmente, por la cantidad de pérdidas humanas y el nivel de destrucción que han producido las protestas. Los daños en infraestructura y en servicios públicos, así como el incendio de edificios y centros comerciales, han dejado cuantiosísimas pérdidas económicas que afectarán el desempeño económico de la nación, trastocando la tranquilidad y el presupuesto familiar de millones de ciudadanos. Sin duda, estarán peor que antes. Al observar la ferocidad e irracionalidad de las protestas, parece que el propósito de fondo es la renuncia del presidente Piñera para implantar un modelo político de izquierda más radical, cuya legitimidad se fundamentaría en una asamblea constituyente que produzca una nueva constitución para Chile. De esa manera, la izquierda pretende conquistar nuevos espacios en su incansable afán de propagarse por toda la región.

En el caso de Ecuador, el plan de desestabilización aparentemente pudo frenarse a tiempo y el presidente Moreno, después de impulsar un diálogo nacional, logró calmar los ánimos al dejar sin efecto el decreto de eliminación del subsidio a los combustibles. La violencia dejó menos daños humanos y materiales que en Chile, pero en el fondo la idea igualmente era sacar a Lenin Moreno del poder, promovida por grupos radicales comandados por Correa y Maduro. Por ahora, Ecuador está a salvo pero la amenaza contra la institucionalidad democrática ronda por Quito.

En Argentina, la izquierda volvió otra vez al poder. El presidente y candidato oficialista, Mauricio Macri, reconoció inmediatamente la victoria de su adversario Alberto Fernández, ofreciéndole toda la colaboración institucional para que la transición sea lo menos traumática posible para  el pueblo argentino. A pesar que la elección se desarrolló normal y pacíficamente, el futuro de Argentina no es promisorio, no sólo por la crisis que heredó la nueva administración, sino por la conocida manera con la que gobiernan los peronistas bajo la égida de la señora Cristina de Kirchner. Falta ver si el presidente Fernández gobierna con autonomía y criterio propio que le permita lograr los acuerdos necesarios para tomar decisiones, en el entendido que no alcanzó la mayoría parlamentaria; o, por el contrario, permita que se imponga el liderazgo de la vicepresidenta, con una posición radical y polarizada que, sin duda, empeorará el difícil escenario social y económico de la Argentina.

Finalmente, el presidente Evo Morales proyecta el rostro más visceral del autoritarismo en Bolivia. Después de 14 años en el poder, pretende mantenerse a través de un fraude electoral. Aquí es cuando se hace efectivo el refrán “si no ganan, arrebatan”. Los bolivianos exigen un cambio apoyado en el poder de los votos, sin embargo, Morales se empeña en conservar el poder haciendo uso de la fuerza que le proporcionan las armas de la República y el control de las instituciones, especialmente, la instancia electoral. De continuar en sus pretensiones autoritarias, Bolivia tendría un gobierno ilegítimo que llevaría al país a un escenario de conflictividad e inestabilidad política, económica y social, bajo el dominio de una dictadura de izquierda.

Es un momento crucial para la región. El régimen de Maduro tiene sus manos metidas en las acciones desestabilizadoras que estamos observando. Él sabe que en la medida que se debilite la influencia del Grupo de Lima y se pierda el interés por Venezuela por parte de aliados más ocupados en resolver sus propias crisis, contará con más tiempo para oxigenar a su debilitado gobierno. La libertad y la democracia están seriamente amenazadas; ojalá las democracias del mundo estén conscientes de este peligro y asuman la responsabilidad histórica de preservar la democracia, el modelo político más perfectible que conozca la humanidad hasta el momento.

Profesor Titular Eméritus de la Universidad del Zulia (Venezuela)     

martes, 15 de octubre de 2019

El laberinto latinoamericano

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Por espacio de veinte años, los venezolanos hemos experimentado las nefastas consecuencias de un modelo ideológico cuya única vocación ha sido destruir a un país y secuestrar el presente y el futuro de sus habitantes. De ser el país con mayores potencialidades en Latinoamérica, Venezuela exhibe hoy indicadores que la ubican como la nación más pobre de la región. El legado de Hugo Chávez se tradujo en el aniquilamiento de la República y de las instituciones democráticas; la devastación de la economía y de la iniciativa privada; el éxodo más gigantesco de la historia latinoamericana, cuantificado en más de 4 millones de emigrantes; la subordinación del Estado al poder del narcotráfico, la guerrilla, el terrorismo, el paramilitarismo y al castrocomunismo como fuerza de dominación extranjera en Venezuela. Lo que hasta finales del siglo XX fue referencia de estabilidad democrática, se transformó en el siglo XXI en una de las dictaduras más feroces, incapaces y corruptas del continente americano.

Con la llegada de Hugo Chávez al poder en 1998, Cuba vio la oportunidad que tanto tiempo esperó para exportar con éxito su revolución castrocomunista; disponía para tal propósito de un líder carismático y populista con suficiente dinero para financiar los proyectos de una izquierda regional sin poder y bastante desprestigiada. Fue así como Chávez aprovechó hábilmente la descomunal riqueza petrolera venezolana, producto del precio de 100 dólares por barril durante diez años consecutivos, para consolidar su proyecto ideológico denominado socialismo del siglo XXI.

El proyecto castro-chavista se desarrolló en dos direcciones, en el ámbito doméstico y a nivel internacional. Internamente, Chávez utilizó la gigantesca riqueza petrolera para instaurar un modelo populista que le permitió crear un sistema clientelar y de control social que garantizó su hegemonía político-electoral. Con esa gigantesca fortuna compró además la lealtad de las fuerzas armadas para transformarlas en un ejército pretoriano y chavista, y la de los otros poderes públicos para crear una “institucionalidad” a imagen y semejanza de la revolución. Cual mafiosos, Chávez y Maduro, compraron un país en el que se fraguó la más grande estafa ideológica de la contemporaneidad latinoamericana.

Mientras tanto, la chequera petrolera venezolana logró el empoderamiento de la izquierda latinoamericana, financiando partidos, proyectos, líderes e insurgentes de todos los confines de la región. Los tentáculos chavistas llegaron a la Argentina kirchnerista, a la Bolivia de Evo, al Ecuador de Correa, al Brasil de Lula, a la Colombia de las FARC, a la Nicaragua sandinista y a otras tantas naciones cuyos líderes se embriagaban con el “sueño liberador” prometido por el inefable Fidel Castro, el controversial Hugo Chávez y el portentoso Foro de Sao Paulo creado por Lula Da Silva.    

Hoy, Latinoamérica está experimentando en carne propia los desafueros de la revolución bolivariana. Desaparecido Hugo Chávez, el proyecto continúa en manos de Nicolás Maduro, absolutamente fiel a la Cuba castrista y a un proyecto político cuya pretensión es instaurar el comunismo en la región, en circunstancias donde la izquierda amenaza nuevamente con conquistar los espacios perdidos.

Los trágicos acontecimientos de Ecuador dejan al descubierto la participación de Maduro y de sus aliados, en la pretensión de desestabilizar al gobierno del presidente Moreno. La injustificada xenofobia peruana contra los venezolanos, es un elemento que amenaza la tranquilidad del país y le otorga beneficios al régimen venezolano. El regreso de la violencia a Colombia, liderada por las FARC, es un experimento para desarticular a la institucionalidad democrática y fortalecer a la insurgencia armada y a la revolución chavista-madurista. Faltan otros episodios para completar el laberinto latinoamericano; es bastante posible que el kirchnerismo regrese a Argentina y Morales vuelva a ganar en Bolivia. Todos estos eventos conspiran contra la permanencia de la libertad y de la institucionalidad democrática en Latinoamérica.

Existen suficientes evidencias que el régimen chavista-madurista es una real amenaza para la seguridad y libertad del continente. Quien lo ponga en duda, desconoce las oscuras y malévolas intenciones del régimen venezolano. El resurgimiento de la guerrilla colombiana, la protección y alianza con el narcotráfico y el terrorismo internacional, el apoyo económico y logístico a grupos violentos en Ecuador y Perú, las consecuencias de una diáspora que huye literalmente de Venezuela, sin control y en cantidades gigantescas, son factores que alimentan la desestabilización de América Latina. Urge que los gobiernos democráticos del continente y del mundo, evalúen con objetividad y actúen con celeridad para combatir la perniciosa influencia del chavismo-madurismo en la región, permitiendo el fin de la usurpación del poder en Venezuela. De lo contrario, dentro de poco podríamos vivir bajo el control de regímenes violadores de la libertad y de la democracia, aliados del comunismo cubano y del autoritarismo ruso. Es el momento de la democracia y de los ciudadanos. No podemos permitir que la oscuridad del comunismo pueda vencer la luz que irradia esplendorosamente la libertad.

Profesor Titular Eméritus de la Universidad del Zulia