jueves, 28 de mayo de 2020


Los buques del fracaso

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

El testimonio más evidente del fracaso de la narcotiranía venezolana, lo representan los buques iraníes cargados de gasolina que entraron al país. Los fracasos convertidos en victorias, reiterada estrategia comunicacional de la narcotiranía, es una historia del pasado. Ya nadie les cree sus mentiras; abusaron de la buena fe de venezolanos incautos que le brindaron su confianza a cambio de un mejor porvenir. ¡Chávez y Maduro son la peor estafa que país alguno en América Latina haya experimentado!

Durante el período democrático (1958-1998), el tema petrolero fue abordado con responsabilidad y continuidad administrativa, indistintamente del gobierno de turno. El presidente Betancourt (1959-1964) creó la Corporación Venezolana del Petróleo (CVP) y Venezuela fue fundadora de la OPEP, gracias al extraordinario desempeño de Juan Pablo Pérez Alfonso. El presidente Leoni (1964-1969), se esforzó en consolidar a la OPEP y fortalecer el papel del Estado en la industria petrolera, al impedir nuevas concesiones a consorcios extranjeros. De igual manera, el presidente Caldera (1969-1974) nacionalizó el gas y promulgó la ley de reversión de los bienes de la industria petrolera, primer paso para su nacionalización.

El presidente Pérez (1974-1979), nacionalizó la industria petrolera y creó Petróleos de Venezuela (PDVSA) y sus filiales. Contra todo pronóstico, el Estado venezolano administró con eficiencia la industria petrolera, haciendo más rentable el negocio del petróleo al construir las refinerías más grandes y modernas del mundo, garantizando con ello el consumo interno de gasolina y el del mercado internacional. Con el gobierno del presidente Herrera (1979-1984), la industria petrolera inició la etapa de su internacionalización, con la adquisición de la Veba Oíl en Alemania y otros centros refinadores en el mundo. De esa manera, PDVSA se convirtió en la quinta empresa más grande del mundo, con influencia notable en el negocio petrolero internacional.

Cuando Chávez llegó al poder en 1999, Venezuela era uno de los principales productores de crudo del mundo, con una producción promedio de 3.500.000 barriles al día, suficiente para exportar, refinar y atender cómodamente las necesidades de combustibles del país, con un precio que la convirtió en la gasolina más barata del planeta.

Bastó la llegada de la revolución para destruir el esfuerzo de más de 40 años. Destruyeron la industria petrolera de la que los venezolanos nos sentíamos orgullosos; una industria construida con talento nacional, meritocracia profesional y administrada con una gerencia del primer mundo. PDVSA fue secuestrada por incapaces corruptos que la transformaron en el principal botín de los líderes de la revolución y de “empresarios patriotas”, que en complicidad lograron amasar fortunas descomunales a costa de su ruina. PDVSA se convirtió en una agencia de empleos del PSUV, colocando en áreas prioritarias de la industria a personas sin conocimientos en el área petrolera pero, eso sí, fieles y rodilla en tierra con Chávez y la revolución. La corrupción criminal y la incapacidad sin límites destruyeron la gallina de los huevos de oro de Venezuela.

Resulta absolutamente incomprensible que hoy día los venezolanos no tengamos gasolina, teniendo el país con las reservas probadas de petróleo más grandes del planeta; con un parque refinador que en su tiempo fue el más moderno del mundo; con importantes alianzas financieras internacionales que posicionaron a PDVSA como una empresa eficiente y solvente; con experiencia de más de cien años en el manejo del petróleo; a pesar de todo ello, la narcotiranía destruyó nuestra principal riqueza, y hoy celebran la llegada de gasolina importada de Irán, cuando antes de la revolución éramos exportadores de gasolina y lubricantes de primera calidad.

Y lo más insólito, dolarizaron el precio de la gasolina cuando siempre se  rasgaron las vestiduras por gasolina barata para el pueblo ¡Hipócritas, delincuentes de cuello rojo! Sépanlo todos, la importación de gasolina iraní, además, de ser uno de los fracasos más estruendosos de la narcotiranía, no soluciona el problema de fondo; porque la cantidad de gasolina es poca y está reservada sólo para los militares y las mafias para sigan haciendo sus corruptelas, vendiendo la gasolina con un precio superior a la de los de Estados Unidos y Colombia.

A la narcotiranía jamás le ha importado los sufrimientos de los venezolanos; lo único importante ha sido la destrucción del país y hacer negocios para llenar con dinero sucio, lleno de sangre, hambre y dolor, sus bolsillos que todavía no terminan de saciarse.

Chávez y su sucesor se negaron a implementar ajustes progresivos del precio de la gasolina, hoy los venezolanos pagamos los platos rotos de la narcodictadura. En circunstancias de devastación nacional, el régimen va a oficializar la dolarización de la gasolina para seguir exprimiendo los bolsillos rotos de los venezolanos; el drama de la gasolina sólo terminará cuando esta mafia criminal abandone el poder usurpado. Con ellos en el poder nunca podremos vivir bien.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (LUZ)

sábado, 16 de mayo de 2020

Gobernar con y después de la pandemia

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La pandemia del Covid-19 ha puesto a prueba la capacidad de los gobiernos del mundo para combatir un virus que ha paralizado al planeta, dejando consecuencias y nuevas perspectivas que requerirán especial atención por parte de los gobernantes y de la sociedad en general. Durante la emergencia sanitaria, ciertos gobiernos han sobresalido por su eficiente desempeño para contener la propagación del virus y evitar lamentables pérdidas humanas, como son los de Taiwán, Alemania, Nueva Zelanda, Dinamarca, Noruega, entre los más relevantes, coincidencialmente todos gobernados por mujeres. Otros, por el contrario, han desafiado los efectos de la pandemia, cometiendo errores que sus países probablemente vayan a pagar muy caro.

En estos momentos, las gestiones gubernamentales  están centradas básicamente en la difusión de intensas campañas informativas para impedir el avance del virus; ampliar y equipar instalaciones hospitalarias con insumos médicos y con la tecnología requerida para combatir la enfermedad; y, distribuir apoyos económicos (bonos contra el desempleo, alimentos, exoneraciones de pagos de servicios esenciales, créditos con cero intereses, etc.) a los sectores más vulnerables o a los más afectados por la pandemia.

Los gobiernos que están actuando responsablemente durante esta contingencia están siendo reconocidos por la opinión pública y por los ciudadanos-electores; lamentablemente, este reconocimiento tendrá una duración efímera en la mente colectiva. Los gobernantes que piensen que su correcta gestión durante la emergencia sanitaria, es suficiente aval para mantener la popularidad y granjearse el apoyo de los electores, están lejos de la realidad. Apenas regrese la “nueva normalidad”, los problemas generados por la pandemia se agravarán, dando inicio a la etapa más difícil para los gobiernos, su verdadera prueba de fuego. De la actuación post-pandemia dependerá, en gran medida, el éxito o el fracaso de gobiernos sometidos a una realidad inédita que demandan cambios y políticas efectivas, novedosas y suficientemente equilibradas para satisfacer la mayor cantidad posible de las demandas que aflorarán como hierba.

En los próximos meses, con circunstancias donde la prioridad es cómo sobrevivir en una crisis con pronósticos catastróficos, sólo dolerán los muertos propios porque los ajenos serán sólo un mal recuerdo del pasado. Atrás quedarán los esfuerzos para combatir el coronavirus; ahora lo realmente importante para  los ciudadanos-electores, es cómo el gobierno puede potenciar la economía para crear nuevos empleos y recuperar los que se perdieron; cómo hacer para no aumentar los impuestos; y, cómo frenar escenarios de inflación, escasez y devaluación, que van a afectar directamente el bolsillo de los electores. Ese es el gran reto que deben enfrentar los gobiernos en los próximos meses; el gobierno que no lo haga afrontará serios problemas.

Ello explica, por ejemplo, la insistencia del presidente Trump de reactivar cuanto antes la economía norteamericana, a pesar de las recomendaciones de expertos epidemiológicos; porque él sabe que de ello depende en gran parte su reelección en noviembre de este año. Antes de la pandemia, pocos ponían en duda la reelección de Donald Trump; existían suficientes razones para apostar por su victoria: una economía en franco crecimiento, con la menor tasa de desempleo en los últimos 50 años, la percepción generalizada del regreso de la grandeza americana y, para completar el panorama, los demócratas divididos y con actuaciones muy erráticas. Las cosas han podido cambiar; por ello, el gran reto que tiene Trump por delante es reactivar la economía o, cuando menos, vender la esperanza que él tiene más capacidad que el oponente demócrata para salir airoso de una crisis que, por los momentos, ha dejado a más de 26 millones de desempleados, la cifra más alta desde la gran depresión de 1930. Si Trump orienta su campaña en esa dirección, la probabilidad que se reelija será mayor.

La era post-covid-19 es una encrucijada que exige sabiduría de los gobernantes y paciencia de los ciudadanos. Los gobiernos tendrán que tomar decisiones audaces que requieren el mayor consenso político posible para que produzcan los resultados esperados por los ciudadanos; ello supone que los gobernantes que pretendan ser exitosos tendrán que dejar atrás actitudes autoritarias, ideologías sectarias y caprichos personales que obstaculicen la necesaria participación de los diferentes sectores nacionales, tanto en el diseño como en la implementación de un plan de reactivación económica y de protección social de las poblaciones más vulnerables.

El gobernante que crea, además, ser un superhéroe para solucionar la crisis de su país a través de su infalible capacidad, perdió el sentido común y, con seguridad, arrastrará a sus conciudadanos a una tragedia peor. En momentos cruciales como los que vive la humanidad, los gobiernos están en la obligación de convocar la unidad nacional para que los planes de emergencia aseguren la viabilidad requerida, en el entendido que las ganancias a las que aspiran unos conllevarán pérdidas para otros. Es el momento de hacer la política comprometida con los verdaderos intereses de los ciudadanos y del país, como aquella que hicieron los líderes de la segunda postguerra mundial.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

miércoles, 6 de mayo de 2020

Venezuela cerca o lejos de la libertad

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Ambas percepciones conviven en la trágica situación del país. Con mayor frecuencia que la que deseamos, sentimos estar lejos de la ansiada libertad; pero a veces llegan ráfagas de aire fresco que nos llenan de esperanza porque el final está cerca y podemos transitar el tortuoso camino de la reconstrucción de Venezuela.

La realidad es que a la inmensa mayoría de los venezolanos nos gana la incertidumbre, porque a ciencia cierta nadie sabe lo que pueda ocurrir en Venezuela en el corto plazo. Sin duda, hemos logrado importantes avances en la lucha para liberar al país de la narcotiranía de Maduro, pero aún los resultados no permiten tener claridad acerca de cuándo y cómo terminará la peor pesadilla que país alguno haya sufrido en Latinoamérica.

En plena pandemia del Covid-19, el país recibió noticias auspiciosas que ayudan a poner fin a la narcotiranía; la acusación criminal de Maduro y de varios de su séquito como narcotraficantes, aumentó la presión internacional al judicializar delitos del régimen contra la seguridad nacional de USA y de la región. Inmediatamente, la administración Trump envió una misión naval al Caribe con el propósito de combatir el tráfico de drogas que sale desde Venezuela, para terminar de quitarle el oxígeno vital que sostiene a la narcotiranía. Fueron días muy movidos y con esperanzas renovadas.

Simultáneamente, como diría el presidente López Obrador, la pandemia del coronavirus llegó como anillo al dedo a la narcotiranía madurista. Aprovechando la forzosa cuarentena, inmovilizó al país para evitar una rebelión popular por la escasez casi total de gasolina. Incrementó el control social para alargar la sobrevivencia agónica del régimen, a pesar de la destrucción de la economía y el colapso estruendoso de los servicios públicos (electricidad, agua potable, gas doméstico, etc.); intensificó la violación de los derechos humanos, como la libertad de expresión, encarcelando a más periodistas que en otras oportunidades anteriores. La oposición ha sentido en sus hombros la feroz persecución de los cuerpos de seguridad para desarticularla y aniquilarla definitivamente; los laboratorios del G2 cubano y de tarifados “opositores” del teclado han estado más activos que nunca, difundiendo falsas noticias sobre el presidente Guaidó y el gobierno interino para asesinar la fe y la esperanza de un pueblo, que sigue aferrado a la búsqueda de la libertad y de un mejor porvenir para los venezolanos.

Pero la verdad más dolorosa es que el virus de la narcotiranía ha asesinado a muchos más venezolanos que el propio coronavirus, del que cínicamente dicen protegernos. Las muertes por asesinatos en manos de las FAES, los motines carcelarios y la masacre de los posibles invasores, desnuda con mayor fuerza la vocación criminal y genocida de este régimen. Con la cuarentena anuncian la protección de la salud del pueblo venezolano, pero en la realidad persiguen, torturan y asesinan a venezolanos inocentes, violando flagrantemente el derecho supremo de la vida.

Ahora el régimen muestra al mundo su nuevo mejor amigo, el régimen iraní. Una alianza que además de la entrega servil de nuestras refinerías a consorcios de ese país, garantiza la expansión y consolidación de grupos terroristas, como Hezzbollah, en el territorio nacional, como un escudo de protección a la revolución chavista-madurista frente a una eventual intervención internacional. De esta manera se reafirma la tríada en la que el régimen basa su poder: genocidio, narcotráfico y terrorismo.   

Con este dantesco panorama, la percepción de la lejanía de la libertad se acentúa, y con ella aparece otra vez la desesperanza y la anomia que tanto daño nos hace y nos sigue haciendo. Pero también es cierto que, con el transcurrir de los días, se hace más evidente que la narcotiranía no sólo es responsable de la muerte y la destrucción de Venezuela, sino que representa una real amenaza para la libertad, la democracia y la seguridad de Estados Unidos y de la región latinoamericana y, ello sin duda, son indicadores positivos que pueden acercar la llegada de la libertad a nuestro país.

Los días por venir seguirán siendo muy difíciles; no podemos perder la esperanza y la fe, porque más temprano que tarde los venezolanos festejaremos la liberación del país, liderado por un gobierno transitorio que erija  las bases institucionales, política y económicas para reconstruir a Venezuela y a todo su tejido social para  felicidad de los venezolanos de buena voluntad.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

lunes, 27 de abril de 2020

El dolor de la diáspora

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Durante estos largos días de cuarentena leí la última novela de Isabel Allende “Largo pétalo de mar”, en la que narra los sufrimientos de una familia española que, debido a sus creencias republicanas,  debió emigrar a Chile en plena guerra civil de España, gracias a gestiones realizadas por Pablo Neruda, diplomático del gobierno chileno de la época. Esa familia, al igual que millones de españoles, sufrió hambre, enfermedades, abusos y mal tratos en su tortuoso peregrinaje hasta llegar a su nueva patria, un país que para 1936 era desconocido para la mayoría de los europeos.

Leyendo la novela de la escritora chilena, llegaron a mi mente imágenes desgarradoras del dolor que está sufriendo la diáspora venezolana, especialmente, los que han emigrado a los países más cercanos como Colombia, Ecuador y Perú. Nada justifica los sufrimientos de nuestros hermanos en tierras extranjeras. Por solidaridad y respeto a la dignidad humana, los migrantes venezolanas merecen ser atendidos con la urgencia que el caso amerita.

Cuando el mundo clama por solidaridad y justicia en búsqueda de esfuerzos y voluntades para mitigar la crisis generada  por la pandemia del Covid-19, observamos con estupor cómo los venezolanos son víctimas de una xenofobia brutal en países hermanos, como es el caso especialísimo de Perú; siendo estas acciones promovidas en muchos casos por las propias autoridades de esos países. Los venezolanos están siendo echados a la calle al no poder pagar la renta de sus viviendas porque han perdido sus empleos; no tienen qué comer y deambulan por calles y refugios en búsqueda de alimentos para no morirse de hambre; están desprovistos de servicios médicos básicos; reciben ataques y ofensas que denigran su dignidad como seres humanos; están expuestos más que otros grupos de la población a contagiarse con el virus chino, poniendo en riesgo su salud, la de su familia y la de las personas de su entorno. Y cuando deciden regresar al país, la dictadura de Maduro se burla y los engaña en su buena fe, haciéndonos creer que les preocupa su situación, cuando la verdad es que sólo les importa el poder, no importa lo que tenga que hacer para mantenerlo.

La tragedia de los migrantes venezolanos no tiene parangón en la historia latinoamericana. Nunca antes habíamos presenciado tanto ensañamiento  contra algún grupo de migrantes. Duele decirlo, porque históricamente Venezuela fue un país que recibió con los brazos abiertos a extranjeros que venían de todas partes del mundo. Aquí encontraron trabajo, educación, salud y las manos generosas de un país amigo, que hizo que se sintieran  más venezolanos que los propios que nacimos en esta tierra de gracia.

Isabel Allende plantea de una manera magistral la solidaridad de Venezuela con los migrantes, al describir el segundo exilio que debieron sufrir Víctor Dalmau y Roser Bruguera, personajes centrales de su novela, debido al golpe de Estado de Pinochet en 1973. “Venezuela recibió a Víctor con la misma despreocupada generosidad con que acogía a millares de inmigrantes de varios lugares del mundo y más recientemente a los refugiados de la dictadura de Chile y de la guerra sucia de Argentina y Uruguay, además de los colombianos que cruzaban las fronteras sin permiso escapando de la pobreza…Se vivía alegremente, de parranda en parranda, con gran libertad y un profundo sentido igualitario”.

Después de haber leído tan hermosas palabras sobre nuestro país, nos cuesta comprender más la xenofobia en contra de los venezolanos. Ahora que la pobreza y el hambre se apoderan del país, los venezolanos son despreciados por países que en otrora le tendimos las manos cuando buscaban ayuda para aliviar su miseria, o la libertad que en sus países les era negada. Debemos levantar nuestras voces para denunciar con firmeza los atropellos de los que son víctimas los venezolanos en países vecinos. Sin duda, es una situación injusta que desdice de la humanidad de algunos de nuestros hermanos latinoamericanos.

Este es un tema tan doloroso que exige la actuación urgente del gobierno interino del presidente Guaidó. Es momento de tomar acciones concretas en alianza con los gobiernos democráticos de la región, como aumentar y distribuir con eficiencia y probidad la ayuda humanitaria para apoyar a los migrantes; establecer normas explícitas que castiguen las conductas xenofóbicas; implementar políticas preferenciales para proteger a niños y ancianos; activar la atención permanente de embajadas y consulados del gobierno interino de Venezuela en Colombia, Ecuador, Perú y en el resto de los países de la región; sin olvidar  que estas acciones sólo sirven para paliar la trágica situación de los migrantes venezolanos, porque la acción principal, la más importante, es lograr la salida del régimen para implantar un gobierno de emergencia y unidad nacional, y ese supremo objetivo sólo podremos lograrlo con la ayuda decidida y contundente de nuestros aliados de América Latina, Europa y Estados Unidos.

Los países democráticos de la región saben que la única manera de poner fin a los problemas económicos, de seguridad y de salud pública generados por los migrantes venezolanos en sus países, es sacar al narco dictador y liberar a Venezuela de la tragedia más espantosa que país alguno de la región ha vivido en toda su historia republicana.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

jueves, 23 de abril de 2020

Encrucijada en la pandemia

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

A raíz de la pandemia del Covid-19, la mayoría de los gobiernos del mundo debaten acerca de cuál es la prioridad que deben atender durante la crisis sanitaria y económica que tiene paralizado a gran parte del mundo. Seguramente, la prioridad seleccionada estará en sintonía con la ideología de los gobernantes. En todo caso, el debate se centra entre la ayuda a las poblaciones más afectadas por la pandemia y/o la protección de la economía para frenar las devastadoras consecuencias de la crisis, ambas opciones perfectamente válidas.

Pero en circunstancias tan difíciles como las que experimenta el mundo, apostar por posiciones radicales resulta a todas luces contraproducente. Los gobiernos populistas tienden a creer que la prioridad son los pobres y los grupos vulnerables a quienes deben ayudar con recursos públicos para paliar las dificultades de la emergencia; en este caso, las empresas privadas, consideradas como una élite privilegiada, deben enfrentar la crisis con recursos propios. Por el contrario, los gobiernos que defienden postulados de derecha creen que la prioridad es la economía antes que la salud y protección de los más necesitados, a fin de garantizar un crecimiento que permita minimizar el impacto de la crisis generada por la pandemia.

Si alguna lección debemos aprender de esta pandemia planetaria, es la construcción de una economía diferente en la que las finanzas mundiales  deban impulsar acciones efectivas para crear empleos sostenibles, crecimiento verde y una forma distinta de vida, porque la salud de las personas y la salud del mundo son una misma cosa. Para ello es necesario tener una concepción clara de la  importancia tanto de los trabajadores como de los empleadores privados. Ambos pilares fundamentales para alcanzar el bienestar que los ciudadanos merecen dentro de una sociedad más democrática, justa y solidaria.

Si los gobiernos se empeñan obstinadamente en destinar gran parte de sus recursos para aliviar las carencias de los más necesitados, olvidando la capacidad de las empresas para generar empleos, tendremos un escenario mucho más desolador porque los programas sociales y políticas asistencialistas no son suficientes para combatir la pobreza; es vital la creación y protección de empleos productivos, de calidad y bien remunerados que sólo pueden ser generados por el sector privado de la economía, el cual requiere del apoyo económico y fiscal, y respeto institucional de los gobiernos para contribuir con el mejoramiento progresivo de la economía.

Por lo menos a nivel teórico, la cuestión parece mucho más sencilla dilucidarla. Con empresas quebradas no hay empleos, ni tampoco impuestos para que los gobiernos dispongan de recursos para programas y obras sociales que beneficien a los más pobres. En consecuencia, el sentido común aconseja que, frente a una crisis de grandes proporciones como la actual, los gobiernos deban apoyar a la empresa privada para disminuir los niveles de desempleo, pobreza y violencia que tienden a crecer en circunstancias de adversidad.

No se trata de defender o aplicar medidas neoliberales, de lo que se trata en definitiva es comprender que el trabajo productivo es el único mecanismo para generar riquezas, porque no se puede distribuir lo que no se tiene. Ciertamente, es necesario implementar programas sociales que contribuyan a aliviar las carencias materiales de los más pobres, es una cuestión de solidaridad y dignidad humana. Lo que no puede aceptarse es que gobiernos con apetencias electorales y clientelistas pretendan profundizar las desigualdades sociales con programas de asistencia social que lejos de disminuir la pobreza, la aumentan en mayores proporciones que cuando llegaron al poder.

En aras de mantener la gobernanza en los difíciles tiempos por venir, se hace impostergable un entendimiento sólido, responsable y permanente entre los gobiernos y el sector privado de la economía, con el propósito de nutrir un debate deslastrado de dogmas y prejuicios para que ganemos todos.

Este es un tema crucial en el corto y mediano plazo, pues, la crisis generada por la pandemia del covid-19 traerá consecuencias no sólo económicas, sino también políticas y culturales. Aquellos gobernantes que sean capaces de aplicar políticas con una visión de estadistas, tendrán mayor probabilidad de mantenerse en el poder y coronar con éxito, que aquellos gobernantes que están trabajando a favor de sus ideologías y sus apetencias electorales, dejando a un lado los supremos intereses de sus naciones.

Profesor Titular Emeritus de la Universidad del Zulia (Venezuela)

lunes, 6 de abril de 2020


Incertidumbre en tiempos de pandemia

Efraín Rincón Marroquín (EfrainRincon17)

Probablemente la incertidumbre sea la palabra que mejor defina la cuarentena que el mundo vive por la pandemia del Covid-19. Existe incertidumbre en el presente para enfrentar un virus letal que nos tomó por sorpresa y tiene de rodillas al mundo entero; e incertidumbre en el futuro porque desconocemos las consecuencias al finalizar la contingencia planetaria. ¿Qué pasará?, es la pregunta que todos nos hacemos a lo largo y ancho del globo terráqueo.

Los análisis prospectivos plantean escenarios catastróficos en la economía mundial. De acuerdo al Fondo Monetario Internacional, la economía mundial se reducirá en un tercio; en el caso concreto de Estados Unidos, se estima que su economía caerá entre -3% a -7%, mientras que la Unión Europea caerá en -1.8%. El mundo experimentará una recesión económica peor que la del 2008, requiriéndose más de 2,5 billones de dólares para hacerle frente a la crisis. Ello implicará un crecimiento significativo de la deuda global, ubicándose en 253 mil millones de dólares la deuda de USA y de China.  Las previsiones son peores que lo estimado antes de la pandemia, lo cual obliga el replanteamiento de las economías y del modelo de globalización imperante hasta el momento. Definitivamente, el mundo ya no será igual al que teníamos antes de la llegada del coronavirus.

El panorama para América Latina es aún más desolador, agravado por el hecho que somos la región con mayores desigualdades en el mundo. Se estima que, después de la pandemia, la pobreza pasará en promedio de 186 millones a 220 millones de personas, esto es, un incremento de 20% aproximadamente; asimismo, la pobreza extrema crecerá en 23 millones de personas, pasando de 68 millones a 91 millones. Ello debido, en gran parte, a la pérdida de empleos y de ingresos que afectará tanto a los sectores populares que laboran en la informalidad que ocupa en promedio el 36% del mercado laboral, como al 30% de la clase media que es parte de la economía formal. En el segmento de los millenials el desempleo podría ubicarse en un 48%, alejando las oportunidades de una mejor calidad de vida para los jóvenes latinoamericanos.

Otro aspecto que agravaría la situación social y económica de América Latina, es el hecho que el sector con mayor crecimiento mundial, como es la tecnología, es al que la región le invierte menos, calculándose sólo en 1.9% la inversión global latinoamericana en la tecnología mundial. Ello supondría una mayor dependencia en el comercio de materias primas, cuyo valor agregado es de apenas del 5%. La inversión en las tecnologías podría disminuir debido a un mayor desembolso del gasto público en salud y en otras áreas inherentes al combate de la pandemia del Covid-19.

Este dantesco panorama, sin duda, tendrá serias repercusiones en la gobernanza de la región y del mundo, pues, muchos gobiernos les tocará manejar situaciones inéditas que pueden comprometer su desempeño. En una crisis de estas dimensiones, parece normal volver a políticas keynesianas, a través de las cuales el Estado asume un mayor control sobre la economía, en aras de mantener y crear empleos que puedan palear los estragos de la crisis, pudiéndose generar gobiernos con una visión más nacionalista o proteccionista que afectan la globalización de la política. Frente a la fragilidad y vulnerabilidad de las sociedades latinoamericanas esta tentación puede ganar muchos adeptos, derivando en más populismo y corrupción, enemigos históricos de la democracia latinoamericana.

Sin duda vienen tiempos muy difíciles que traerán profundos cambios a los que la inteligencia humana deberá enfrentar. El éxito para superar la crisis no dependerá exclusivamente de los esfuerzos de los gobiernos, será necesario el apoyo financiero de organismos multilaterales, la concienciación y participación ciudadana frente a los nuevos retos y la voluntad política de gobernantes y empresarios para colocar como prioridad los intereses de los países, por encima de las apetencias personales y grupales que en nada contribuyen con la búsqueda de soluciones efectivas, para enfrentar la peor crisis que la humanidad ha vivido después de la segunda guerra mundial.

Frente a un escenario tan pesimista como el que vamos a enfrentar en el futuro próximo, necesariamente debemos llenarnos  de optimismo, confiar nuevamente que en tiempos de desgracias, la inteligencia humana está al servicio de causas nobles que mitiguen progresivamente los sufrimientos de la humanidad.

En tal sentido, en palabras del Dr. Edgar Jiménez, eminente analista latinoamericano, para enfrentar la actual crisis es necesario invocar y practicar una Cultura de Solidaridad Internacional que rompa los muros de nacionalismos trasnochados, y una integración y globalización de la esperanza. Dos virtudes humanas que siguen siendo mecanismos poderosos para vencer las dificultades, incluyendo las de naturaleza política y económica.

En la medida que los países más poderosos del planeta (G20) y los organismos multilaterales implementen programas de cooperación financiera y técnica a los países más vulnerables, invocando el espíritu de la solidaridad mundial, estaremos más cerca de la solución de la crisis, impregnando el ambiente mundial de la esperanza que nos regala las fuerzas y las capacidades para construir una mejor sociedad sobre las ruinas que dejó el Covid-19.   

Profesor Titular Emeritus de la Universidad del Zulia (Venezuela)

viernes, 20 de marzo de 2020


El virus planetario

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

En este artículo no me referiré a dónde, cómo y por qué se originó el Covid-19; pienso que ese tema ha sido profusamente tratado tanto por especialistas como por opinadores que proyectan posturas tendenciosas e interesadas.

Prefiero referirme a realidades que, producto de la pandemia,  desnudaron dramáticamente la manera cómo hemos vivido hasta este momento. Hoy estamos más cerca que antes de comprender la fragilidad del ser humano, la insuficiencia de la riqueza económica y la debilidad del poder político, por fuerte que parezca. Es momento de reflexionar acerca de un cambio en la visión del mundo global e individual, preguntándonos lo que hemos hecho mal y cómo podemos corregirlo, aunque ello signifique romper paradigmas que contribuyen con un mundo que hoy parece que camina al revés o está patas arriba.

No hizo falta que brillantes estrategas inventaran una guerra comercial para desequilibrar a la economía mundial, el Covid-19 lo logró. Estamos frente a una crisis colosal que aún desconocemos las implicaciones que traerá y cómo terminará. En lo que sí hay mayor certeza, es que las economías de las naciones van a contraerse de manera preocupante, inclusive las más prósperas del planeta.

No bastaron las armas nucleares, la inversión de miles de millones de dólares en armamentos sofisticados y la capacitación de ejércitos profesionales para impedir el avance del Covid-19. Sigue avanzando alarmantemente sin que pueda ser detenido por la fuerza militar. ¿Quién pudo imaginar siquiera que un virus obligaría a cerrar las fronteras de los países del mundo, sin que existiese la amenaza de un ejército enemigo? El poderío bélico de las grandes potencias resultó inútil frente al potente virus planetario.

La salud del mundo y, también, la de los líderes políticos y empresariales está amenazada por un virus que se metió entre el círculo de guardaespaldas blindados, sin que se dieran cuenta. Ese virus se ha convertido en el dolor de cabeza de gobernantes que, sin tenerlo planificado, deben tomar decisiones audaces en todos los órdenes de la vida de sus naciones, para hacerle frente a la contingencia y al futuro próximo, corriendo el riesgo de ser rechazados por los ciudadanos, e incluso perder el poder.

A nivel mundial, el poder político, la riqueza económica y la fuerza militar de grandes y pequeñas naciones, resultaron inservibles frente a la devastación letal de un virus que llegó sin ser esperado. Llegó por la puerta trasera y nadie se dio cuenta.

En el plano social, el Covid-19 superó con creces a las nuevas tecnologías en la percepción del tema de la aldea global. Ahora, más que informarnos en tiempo real de lo que acontece en el mundo, a través de las redes sociales, sin importar las distancias, estamos enfrentando simultáneamente un mismo patrón de vida, más allá de la geografía y las diferencias culturales. En estos momentos, los ciudadanos del mundo estamos experimentando idénticos comportamientos: miedo, paranoia colectiva, confinamiento, desolación y la amenaza de la muerte rondando entre nosotros; acompañado de compras de pánico con su correspondiente desabastecimiento en algunos alimentos y medicamentos, así como una serie de preguntas, sin respuestas, acerca de cómo será el futuro que se avecina. Analistas y pensadores ya hablan que el mundo no será igual después del Covid-19.

Creo que, después de la II Guerra Mundial, el mundo no había vivido una amenaza de tal magnitud, con el agravante que las afectaciones más grandes durante la II Guerra Mundial se concentraron en Europa, epicentro de ese evento bélico. Hoy, por el contrario, todas las naciones del mundo estarán afectadas, de una u otra forma, por las consecuencias del Covid-19 que aún no terminamos de descifrar, tanto en el plano político, económico, social y cultural.

Hago estas reflexiones en circunstancias en la que los seres humanos deberíamos estar más conscientes de nuestra propia fragilidad. Es cierto que, frente a otras catástrofes, el hombre ha logrado vencer las dificultades, a través de la inteligencia y la capacidad de adaptación, en esta oportunidad pienso que no será la excepción; pero también es cierto que hemos abusado en demasía de un poder que no tenemos; hemos hecho gala de un excesivo ego, de la vanidad que corroe y de un permanente desafío a Dios para ver quién puede más. Los hombres nos hemos apartado del buen camino  para transitar por el egoísmo y por una vida frívola y banal que nos aleja de los valores humanos para construir una mejor sociedad en la que la justicia, la honestidad y la solidaridad sean pilares de esa felicidad que todos los seremos humanos deseamos alcanzar. Ojalá el cambio sea para mejor.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)