miércoles, 28 de octubre de 2020

 

Los desafíos de la democracia en América Latina

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

De acuerdo al Informe del Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral (IDEA Internacional), correspondiente al año 2019, la democracia latinoamericana presenta avances cuantitativos importantes, reflejado en el hecho que 9 de cada 10 latinoamericanos viven en democracia. Sin embargo, a nivel cualitativo, el informe acusa un profundo deterioro de la calidad de la democracia latinoamericana y el ascenso al poder de gobiernos populistas a través del voto.

El deterioro de la democracia latinoamericana ha generado la reducción de los espacios para la acción cívica, el debilitamiento de los frenos y contrapesos institucionales, altos niveles de desigualdad, corrupción e impunidad  y violación de los derechos humanos, especialmente, en el triángulo antidemocrático de la región integrado por Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Otros datos del último informe de IDEA, resaltan las amenazas que se ciernen sobre la democracia latinoamericana. La fatiga con el sistema democrático es una realidad inocultable. El apoyo ciudadano a la democracia se ubicó en 48%; en otras palabras, el 52% de los latinoamericanos rechaza o les resulta indiferente la democracia, erosionándose peligrosamente su legitimidad. De igual manera, la confianza de los ciudadanos en los parlamentos se ubicó en 21%, en los partidos políticos 13%, en los tribunales electorales 28% y 45.5% en las elecciones. Estas cifras tan desalentadoras profundizan la crisis de las instituciones de la democracia representativa en América Latina y la pérdida del valor del voto como mecanismo de cambio social.

En el 2018, la aprobación promedio de los gobiernos de la región se ubicó en 32%, 28% por debajo de la aprobación correspondiente al 2008 (60%). Son muchas las razones que explican la desaprobación mayoritaria sobre los gobiernos latinoamericanos. La frustración de ciudadanos cuyas demandas y expectativas no son satisfechas por los gobiernos; el miedo de las clases medias de perder lo que han ganado económica y socialmente a lo largo del tiempo; y, la cultura del privilegio cada vez más enquistada que profundiza las desigualdades sociales, fortaleciendo la indignación de los ciudadanos contra la política y las élites, el voto anti-establishment, la conflictividad social y la aparición de gobiernos populistas tanto de izquierda como de derecha.

A ello se suma la profunda crisis sanitaria y económica heredada de la pandemia del covid-19. La CEPAL proyecta una caída de -5.3% de la economía latinoamericana en el 2020; 12 millones de nuevos desempleados para sumar 37.7 millones; 28.7 millones más de pobres para sumar 215 millones; 15.9 millones de pobreza extrema para sumar 87 millones. Este dramático panorama amenaza la gobernabilidad de los países latinoamericanos, por la carencia de recursos públicos para hacerle frente a una crisis generalizada, aumentando la pretensión autoritaria de los gobiernos para mantener el control social y las posibilidades para que modelos populistas accedan al poder a través de voto, impulsados por el hartazgo de los ciudadanos frente a gobiernos ineptos y cada vez más corruptos.

Frente a tan sombrío escenario, ¿qué está haciendo la dirigencia política para defender la democracia y preservar las libertades ciudadanas? El balance no es positivo. Los errores se repiten una y otra vez, sin aprender las lecciones de experiencias pasadas. Cuando creemos que la democracia está preparada para impulsar los cambios que permitan vencer desigualdades históricas, sin amenazar las libertades ciudadanas y la economía de mercado, aparece en el horizonte el populismo con sus promesas de redención social y otra vez elegimos aventuras que ponen en riesgo la institucionalidad democrática y producen el colapso económico que trae más pobreza y profundiza las desigualdades que prometen combatir.

El ejemplo más reciente lo constituye Bolivia, con el triunfo contundente de Luís Arce, candidato del partido MAS liderado por Evo Morales. Cuando muchos pensaron que el socialismo estaba de salida en Bolivia, los ciudadanos renovaron la confianza a ese proyecto político a través del voto. ¿Por qué regresa el socialismo a Bolivia cuando hace unos meses atrás se suponía liquidado?

La respuesta más sencilla es responsabilizar a los bolivianos por su reiterada equivocación. Pero existen razones profundas que explican la victoria de Arce. No debemos simplificar las cosas y excluir del problema a la dirigencia democrática boliviana, responsable directa del retorno del socialismo a Bolivia. El primer error fue desestimar al adversario y evitar la unidad de la oposición. Se privilegió la inmadurez política, las agendas particulares y la absoluta carencia de realpolitik, aunado al pésimo desempeño del gobierno interino, agravado por la pandemia del covid-19. La oposición no supo comunicar una propuesta diferente con real opción de poder y la conexión emocional con el pueblo tampoco funcionó. Frente a este desorden, Arce cabalgó triunfante con el discurso de la liberación de Bolivia en manos de oligarcas que quieren el poder para oprimir al pueblo.

Eso mismo está ocurriendo en Venezuela, y me temo pueda ocurrir en Chile, Ecuador, o Colombia. Una dirigencia demócrata desconectada con la realidad social e intoxicada con egos personales que impiden el triunfo de la libertad sobre modelos populistas cuyos remedios resultan peor que la enfermedad.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela.

lunes, 31 de agosto de 2020

                                               Sin grandeza no tendremos libertad

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

“Las grandes almas tienen voluntades, las débiles tan sólo deseos”

(Proverbio Chino)

Los venezolanos hemos hecho todo y más para rescatar la libertad y la democracia que, desde hace más de veinte años, un régimen tiránico mantiene secuestradas. Hemos realizado marchas multitudinarias, ejemplo de civilidad y de coraje para el mundo al enfrentarnos indefensos ante un régimen criminal. Hemos votado y también nos hemos abstenido cuando la dirigencia opositora nos los ha pedido. Los hemos acompañado en la calle una y otra vez, con fuerza y determinación. Muchos jóvenes valientes han sido asesinados, han entregado su vida a cambio de nuestra libertad, dejando en el camino una estela de luto y dolor. Otros tantos venezolanos han sido encarcelados en las mazmorras de los cuerpos de seguridad del Estado, salvajemente torturados, violando sus derechos y el debido proceso. La dictadura ha llenado de muerte y sufrimientos a nuestro país, se burló de la dignidad de un pueblo que nació para ser libre.

Millones de venezolanos de a pie también han ofrendado todo cuanto tienen en esta lucha sin fin. Aquellos que a duras penas pueden comer una vez al día; quienes han perdido sus empleos y engrosan la larga lista de pobres y marginados; aquellos que mueren de mengua en un hospital por falta de medicinas y de asistencia médica; quienes son asesinados a manos de una delincuencia empoderada por el régimen; aquellos que han perdido la seguridad social y un retiro digno después de largos años de trabajo personal y familiar; familias que se han quedado solas porque sus hijos se fueron a otras tierras buscando lo que no pueden encontrar en su país.

A esos venezolanos que somos la inmensa mayoría del país, no les importamos  a la dictadura ni a las oposiciones, en cualquiera de sus denominaciones. Estamos en el centro de una batalla campal escenificada por grupos que luchan entre sí para ver quien tiene más capacidad para destruir lo poco que nos queda, sepultar las esperanzas que aún se mantienen vivas e impedir  el cambio que todos anhelamos.

Cuánta grandeza les falta a los dirigentes de la oposición para compensar los sacrificios que con sangre, sudor y lágrimas hemos pagado los venezolanos. La mezquindad, la vanidad y la soberbia les han segado el sentido común e impiden honrar su compromiso para liberar a Venezuela.

Sin grandeza no tendremos libertad, porque la prepotencia les impide dejar a un lado sus intereses personales y agendas particulares para construir la unidad que nos permita vencer a la tiranía. La falta de grandeza alimenta los protagonismos estériles de algunos que se creen ungidos por la divinidad; cultiva la altivez en circunstancias donde lo propio es sumar voluntades; fortalece la autosuficiencia cuando el proyecto que necesitamos construir requiere de la participación de todos los que deseamos la libertad de la nación. La falta de grandeza es la imagen de la hipocresía con la que algunos actúan, fingiendo una voluntad de lucha que ya tienen hipotecada con el régimen.

¡Ya basta de tanta miseria humana, de tanta insensibilidad! Por una vez en la vida pónganse las manos en su corazón y piensen en Venezuela; piensen que este país que se cae a pedazos está habitado por millones de venezolanos que la están pasando muy mal, que sólo les exigimos un mínimo de responsabilidad e inteligencia para llegar a un acuerdo unitario que nos permita alcanzar la libertad.

De nada sirve el llamado de los alacranes a votar cuando todas las condiciones benefician la perpetuidad del régimen y les provee la legitimidad de la que carecen; de nada sirva que Capriles, otrora líder del país, participe en  elecciones acompañadas de soledad y fracaso; para qué sirve el proyecto personal de María Corina cuando lo que pide no está en nuestras manos, depende de la decisión de uno de nuestros aliados; de qué nos ha servido el radicalismo y envalentonamiento de dirigentes que desde el exilio apuestan por más división de la oposición. Maduro sigue gobernando y los venezolanos seguimos entrampados en una tragedia que se agrava con el pasar de las horas.

Por favor, por el bien de la patria, guarden sus rencores, sus resentimientos, sus traiciones; guarden los protagonismos que poco a poco asesinan al país. Hagan un esfuerzo supremo y piensen que su mayor grandeza y gloria es servirle a Venezuela con amor, entrega y verdadero patriotismo. Pónganse de acuerdo y de una vez por todas venzamos al culpable de la desgracia de los venezolanos. De lo contrario, ustedes tampoco son dignos de gobernar a Venezuela.

La grandeza nos hará libres. Hoy más que nunca construyamos la unidad nacional para rescatar la democracia y ser libres por siempre.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela).

martes, 7 de julio de 2020

Una coalición nacional

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La complejidad de la crisis venezolana rebasa el análisis politológico, al tratar de encontrar alternativas que permitan resolver la tragedia que por más de dos décadas ha vivido el país. Cuando estamos cerca de alcanzar los objetivos, algo se interpone y se retrasa una vez más el rescate de la libertad de Venezuela. La lucha contra el régimen chavista ha estado llena de muchos sinsabores y pocos éxitos que no se han aprovechado correctamente, en aras de la liberación de nuestra nación.

Los momentos de alegría que, durante este largo tiempo, hemos sentido los demócratas venezolanos han sido efímeros, precisamente, porque hemos estado casi siempre a la caza de un evento fortuito que cambie el panorama, y al no llegar nos invade la frustración y el desánimo. Sin embargo, con el inicio del 2019 hubo un cambio substancial en la estrategia para ponerle fin a la usurpación de Maduro. La presidencia interina de Juan Guaidó, acompañada  del reconocimiento de 60 país, abrió la oportunidad que estábamos esperando. El escenario internacional se alineó perfectamente a favor de la libertad del país, bajo el influyente liderazgo de la administración Trump. La presión de países democráticos y de foros internacionales, las sanciones norteamericanas al régimen y la multitudinaria participación de la gente que de nuevo salió a la calle, proyectaban un escenario óptimo para fracturar al régimen y proceder a un proceso de negociación que abriría las puertas a un gobierno de transición. Inesperadamente, el 30 de abril de ese mismo año, gracias a la ambición personal de un dirigente opositor que siempre ha creído representar la mejor opción para gobernar al país, se perdieron los esfuerzos realizados por Guaidó y sus aliados. De nuevo la desesperanza y la pérdida de una oportunidad de oro permitió al régimen mantener el poder a pesar de su debilidad.

El 5 de enero de 2020, cuando se esperaba que la reelección de Guaidó transcurriera sin mayores problemas, la oposición hace otra implosión ejecutada, esta vez, por un grupo de parlamentarios “opositores” financiados por el régimen para dividir a la Asamblea Nacional y defenestrar a Juan Guaidó. Afortunadamente, este episodio que deja en evidencia la podredumbre de algunos sectores de la oposición venezolana, fue superado temporalmente por la gira exitosa que emprendió el presidente Guaidó  por Colombia, Europa y Estados Unidos. Una gira que propició que el tema venezolano estuviese nuevamente en la palestra internacional, después de haber permanecido en el refrigerador durante varios meses.

Frente a este nuevo escenario, Guaidó ha planteado la propuesta del gobierno nacional de emergencia para enfrentar la catastrófica situación del país, agravada por el covid-19, sin que hasta el momento haya despertado interés en la colectividad nacional. Esta propuesta, como otras tantas, es un conjunto de buenas intenciones que no lograrán cambiar la dramática situación de Venezuela, sino está acompañada de decisiones y acciones más contundentes y conectadas con la verdadera realidad política que nos circunda.

Para agravar el dantesco panorama nacional, llenando de más confusión e incertidumbre a los venezolanos, la narcotiranía ha convocado a unas elecciones parlamentarias, violando todas las normas constitucionales, con el único objetivo de perpetuarse en el poder e invocar una legitimidad de la que carece, gracias a  la participación complaciente de un sector de la oposición que se dejó seducir por los encantos del alacrán (entiéndase dinero del régimen), pretendiéndonos convencer que la vía electoral, tal como le gusta a Maduro, es la única opción para salir de la crisis.

Esta situación nos coloca en el borde del barranco. Por ahora, parece que no hay salida para solucionar nuestras desgracias. Lo que sí tenemos claro es que  la narcotiranía está haciendo todo cuanto puede para mantener viva a la revolución, asumiendo los riesgos que ello pudiera significar y profundizando todavía más la inédita crisis que estamos padeciendo. Las últimas declaraciones del general Padrino López, en las que afirma que la oposición jamás llegará al poder mientras existan las fuerzas armadas que él comanda, ponen en evidencia que las elecciones en Venezuela sirven exclusivamente para votar con reglas que permitan la perpetuidad del régimen, jamás para elegir entre diferentes opciones en un ambiente de reconocimiento y respeto de los competidores, imparcialidad y equipad por parte del ente electoral y garantías de resultados transparentes que representen la voluntad soberana de los electores.

Los venezolanos no queremos votar, deseamos elegir, a través de elecciones libres y justas, una opción de poder capaz de construir el cambio que anhelamos, que con seguridad no lo garantiza la narcotiranía de Maduro. Ahora, ¿qué debe hacer la oposición democrática decente para lograr elecciones libres? Por ahora, creo que se está haciendo poco, y sí están haciendo más de lo que yo pueda pensar, no vemos la firmeza y contundencia de esas acciones. El ingrediente esencial de la épica que andamos buscando los venezolanos es la unidad estratégica, política, de propósitos, unidad para evaluar las alternativas que permitan el rescate de la libertad y asumir los riesgos que sean necesarios. 

Una coalición que exija condiciones electorales justas para garantizar la participación democráticas de todos los actores políticos. Sin esa coalición nacional sólida, responsable y verdaderamente comprometida con los intereses del país, cualquier propuesta caería en el vacío porque no está respaldada por el genuino espíritu de lucha de los venezolanos. Sin unidad, lamentablemente todo cuanto hagamos se perderá; mientras tanto, la narcotiranía seguirá usurpando el poder hasta que por fin logremos unirnos como uno solo para vencer la oscuridad en la que está sumida nuestra amada Venezuela.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

miércoles, 3 de junio de 2020

Violencia criminal

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Bajo el pretexto del asesinato de George Floyd, ocurrido el 25 de mayo en Minneapolis, Minnesota, miles de ciudadanos han salido a las calles en varias ciudades de Estados Unidos, para protestar contra la discriminación racial practicada por los cuerpos policiales. Protestar contra la discriminación de cualquier tipo, es un asunto absolutamente legítimo por el que deben luchar los ciudadanos dentro de una sociedad democrática. Pero, en esta oportunidad, la exigencia de justicia fue rebasada  por actos violentos, saqueos y atrocidades cometidas por manifestantes que actuaron deliberadamente con un propósito diferente al que los llevó a protestar. A todas luces, puede apreciarse la intervención de “una mano peluda” que pretende desestabilizar a Estados Unidos en plena pandemia del covid-19 y, precisamente, seis meses antes de las elecciones presidenciales del 4 de noviembre próximo, en las que el presidente Trump podría reelegirse.

Atrás quedaron las lecciones que nos dejaron las manifestaciones cívicas y pacíficas protagonizadas por el reverendo Martin Luther King, a favor de los derechos de los afroamericanos; protestas, en las que sin duda hubo prepotencia y excesos por parte de los cuerpos policiales, pero los manifestantes tenían como único propósito exigir justicia a favor de una minoría segregada históricamente por el establishment norteamericano. Nunca perdieron el foco estratégico, hasta alcanzar en 1964 la aprobación de la ley de los Derechos Civiles (Civil Rigths Act), con lo cual la paz y la civilidad vencieron a la violencia racial.  

La barbarie pretende ahora debilitar a la institucionalidad democrática norteamericana, pero no podrán. Las alarmas están encendidas; el plan desestabilizador de la izquierda para acceder al poder a través del caos está develado. Es el mismo guion que se repite una y otra vez, en Ecuador, Chile y ahora en Estados Unidos, con la complicidad de la narcotiranía venezolana, el castrocomunismo cubano y la izquierda progre norteamericana y europea. Resentidos y fracasados que nos quieren hacer creer que luchan por la libertad y la justicia, cuando la verdad de sus pretensiones es la creación de un “nuevo” orden que permita la instauración del comunismo en el Occidente.

Las fuerzas demoníacas del comunismo están sueltas en el mundo; la libertad y la democracia están amenazadas. El germen del comunismo ya está plantado y cuenta con recursos suficientes, sólo esperan el momento para actuar definitivamente; por ahora, están probando, a través de ensayo y error, la reciedumbre de las instituciones democráticas y el apoyo de ciudadanos incautos y manipulables para dar el golpe que anhelan desde hace mucho tiempo.

Los ciudadanos que amamos la libertad como supremo derecho del ser humano y defendemos la democracia como un sistema político perfectible, estamos en la obligación de actuar contra el virus del comunismo, a veces disfrazado de “democracia progresista”. No perdamos más tiempo.

En circunstancias como las que hoy vive Estados Unidos, el conflicto venezolano cobra mayor relevancia, pues, queda demostrada una vez más la amenaza que representa la narcotiranía venezolana para la democracia y la seguridad del continente, no por Maduro sino por lo que está detrás. Como lo hemos repetido innumerables veces, el régimen de Maduro es una combinación peligrosa de tiranía, narcotráfico, terrorismo, guerrilla y paramilitarismo, en alianza perfecta con gobiernos, movimientos y líderes del comunismo y la ultraizquierda del mundo. Con semejante perfil, resulta obvia la intervención de la narcotiranía en los últimos episodios desestabilizadores que han sufrido varios países de la región, incluido Estados Unidos.

La narcotiranía chavista-madurista aun cuenta con recursos para financiar movimientos que se infiltran en las naciones para provocar el caos, a través de protestas alineadas con su proyecto para desestabilizar gobiernos democráticos opuestos al régimen. En el caso de Colombia, por ejemplo, la estrategia de desestabilización operada por la narcotiranía es más sutil pero igualmente peligrosa. Se trata del financiamiento de un proyecto comunicacional, en alianza con el exguerrillero Gustavo Petro, para enlodar la imagen de Uribe Vélez y desarticular el gobierno del presidente Duque. Petro jamás ha escondido su aspiración de gobernar a Colombia e implantar el comunismo que no pudo lograr con el M-19. Él trabaja sin descanso para alcanzar el objetivo, ojalá que por el bien de Colombia y de Venezuela no se materialice.

Sin ánimo de jugar a los extremismos, la amenaza de la narcotiranía venezolana es real. Se está agotando el tiempo de los comunicados diplomáticos y de las presiones internacionales. Es hora de defender con firmeza y contundencia la libertad y la democracia en América Latina y, ello tiene como condición sine qua non, la salida del régimen usurpador de Maduro. Líderes democráticos del mundo y de Latinoamérica, ustedes tienen la palabra, actúen a tiempo antes de que sea muy tarde.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

jueves, 28 de mayo de 2020


Los buques del fracaso

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

El testimonio más evidente del fracaso de la narcotiranía venezolana, lo representan los buques iraníes cargados de gasolina que entraron al país. Los fracasos convertidos en victorias, reiterada estrategia comunicacional de la narcotiranía, es una historia del pasado. Ya nadie les cree sus mentiras; abusaron de la buena fe de venezolanos incautos que le brindaron su confianza a cambio de un mejor porvenir. ¡Chávez y Maduro son la peor estafa que país alguno en América Latina haya experimentado!

Durante el período democrático (1958-1998), el tema petrolero fue abordado con responsabilidad y continuidad administrativa, indistintamente del gobierno de turno. El presidente Betancourt (1959-1964) creó la Corporación Venezolana del Petróleo (CVP) y Venezuela fue fundadora de la OPEP, gracias al extraordinario desempeño de Juan Pablo Pérez Alfonso. El presidente Leoni (1964-1969), se esforzó en consolidar a la OPEP y fortalecer el papel del Estado en la industria petrolera, al impedir nuevas concesiones a consorcios extranjeros. De igual manera, el presidente Caldera (1969-1974) nacionalizó el gas y promulgó la ley de reversión de los bienes de la industria petrolera, primer paso para su nacionalización.

El presidente Pérez (1974-1979), nacionalizó la industria petrolera y creó Petróleos de Venezuela (PDVSA) y sus filiales. Contra todo pronóstico, el Estado venezolano administró con eficiencia la industria petrolera, haciendo más rentable el negocio del petróleo al construir las refinerías más grandes y modernas del mundo, garantizando con ello el consumo interno de gasolina y el del mercado internacional. Con el gobierno del presidente Herrera (1979-1984), la industria petrolera inició la etapa de su internacionalización, con la adquisición de la Veba Oíl en Alemania y otros centros refinadores en el mundo. De esa manera, PDVSA se convirtió en la quinta empresa más grande del mundo, con influencia notable en el negocio petrolero internacional.

Cuando Chávez llegó al poder en 1999, Venezuela era uno de los principales productores de crudo del mundo, con una producción promedio de 3.500.000 barriles al día, suficiente para exportar, refinar y atender cómodamente las necesidades de combustibles del país, con un precio que la convirtió en la gasolina más barata del planeta.

Bastó la llegada de la revolución para destruir el esfuerzo de más de 40 años. Destruyeron la industria petrolera de la que los venezolanos nos sentíamos orgullosos; una industria construida con talento nacional, meritocracia profesional y administrada con una gerencia del primer mundo. PDVSA fue secuestrada por incapaces corruptos que la transformaron en el principal botín de los líderes de la revolución y de “empresarios patriotas”, que en complicidad lograron amasar fortunas descomunales a costa de su ruina. PDVSA se convirtió en una agencia de empleos del PSUV, colocando en áreas prioritarias de la industria a personas sin conocimientos en el área petrolera pero, eso sí, fieles y rodilla en tierra con Chávez y la revolución. La corrupción criminal y la incapacidad sin límites destruyeron la gallina de los huevos de oro de Venezuela.

Resulta absolutamente incomprensible que hoy día los venezolanos no tengamos gasolina, teniendo el país con las reservas probadas de petróleo más grandes del planeta; con un parque refinador que en su tiempo fue el más moderno del mundo; con importantes alianzas financieras internacionales que posicionaron a PDVSA como una empresa eficiente y solvente; con experiencia de más de cien años en el manejo del petróleo; a pesar de todo ello, la narcotiranía destruyó nuestra principal riqueza, y hoy celebran la llegada de gasolina importada de Irán, cuando antes de la revolución éramos exportadores de gasolina y lubricantes de primera calidad.

Y lo más insólito, dolarizaron el precio de la gasolina cuando siempre se  rasgaron las vestiduras por gasolina barata para el pueblo ¡Hipócritas, delincuentes de cuello rojo! Sépanlo todos, la importación de gasolina iraní, además, de ser uno de los fracasos más estruendosos de la narcotiranía, no soluciona el problema de fondo; porque la cantidad de gasolina es poca y está reservada sólo para los militares y las mafias para sigan haciendo sus corruptelas, vendiendo la gasolina con un precio superior a la de los de Estados Unidos y Colombia.

A la narcotiranía jamás le ha importado los sufrimientos de los venezolanos; lo único importante ha sido la destrucción del país y hacer negocios para llenar con dinero sucio, lleno de sangre, hambre y dolor, sus bolsillos que todavía no terminan de saciarse.

Chávez y su sucesor se negaron a implementar ajustes progresivos del precio de la gasolina, hoy los venezolanos pagamos los platos rotos de la narcodictadura. En circunstancias de devastación nacional, el régimen va a oficializar la dolarización de la gasolina para seguir exprimiendo los bolsillos rotos de los venezolanos; el drama de la gasolina sólo terminará cuando esta mafia criminal abandone el poder usurpado. Con ellos en el poder nunca podremos vivir bien.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (LUZ)

sábado, 16 de mayo de 2020

Gobernar con y después de la pandemia

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La pandemia del Covid-19 ha puesto a prueba la capacidad de los gobiernos del mundo para combatir un virus que ha paralizado al planeta, dejando consecuencias y nuevas perspectivas que requerirán especial atención por parte de los gobernantes y de la sociedad en general. Durante la emergencia sanitaria, ciertos gobiernos han sobresalido por su eficiente desempeño para contener la propagación del virus y evitar lamentables pérdidas humanas, como son los de Taiwán, Alemania, Nueva Zelanda, Dinamarca, Noruega, entre los más relevantes, coincidencialmente todos gobernados por mujeres. Otros, por el contrario, han desafiado los efectos de la pandemia, cometiendo errores que sus países probablemente vayan a pagar muy caro.

En estos momentos, las gestiones gubernamentales  están centradas básicamente en la difusión de intensas campañas informativas para impedir el avance del virus; ampliar y equipar instalaciones hospitalarias con insumos médicos y con la tecnología requerida para combatir la enfermedad; y, distribuir apoyos económicos (bonos contra el desempleo, alimentos, exoneraciones de pagos de servicios esenciales, créditos con cero intereses, etc.) a los sectores más vulnerables o a los más afectados por la pandemia.

Los gobiernos que están actuando responsablemente durante esta contingencia están siendo reconocidos por la opinión pública y por los ciudadanos-electores; lamentablemente, este reconocimiento tendrá una duración efímera en la mente colectiva. Los gobernantes que piensen que su correcta gestión durante la emergencia sanitaria, es suficiente aval para mantener la popularidad y granjearse el apoyo de los electores, están lejos de la realidad. Apenas regrese la “nueva normalidad”, los problemas generados por la pandemia se agravarán, dando inicio a la etapa más difícil para los gobiernos, su verdadera prueba de fuego. De la actuación post-pandemia dependerá, en gran medida, el éxito o el fracaso de gobiernos sometidos a una realidad inédita que demandan cambios y políticas efectivas, novedosas y suficientemente equilibradas para satisfacer la mayor cantidad posible de las demandas que aflorarán como hierba.

En los próximos meses, con circunstancias donde la prioridad es cómo sobrevivir en una crisis con pronósticos catastróficos, sólo dolerán los muertos propios porque los ajenos serán sólo un mal recuerdo del pasado. Atrás quedarán los esfuerzos para combatir el coronavirus; ahora lo realmente importante para  los ciudadanos-electores, es cómo el gobierno puede potenciar la economía para crear nuevos empleos y recuperar los que se perdieron; cómo hacer para no aumentar los impuestos; y, cómo frenar escenarios de inflación, escasez y devaluación, que van a afectar directamente el bolsillo de los electores. Ese es el gran reto que deben enfrentar los gobiernos en los próximos meses; el gobierno que no lo haga afrontará serios problemas.

Ello explica, por ejemplo, la insistencia del presidente Trump de reactivar cuanto antes la economía norteamericana, a pesar de las recomendaciones de expertos epidemiológicos; porque él sabe que de ello depende en gran parte su reelección en noviembre de este año. Antes de la pandemia, pocos ponían en duda la reelección de Donald Trump; existían suficientes razones para apostar por su victoria: una economía en franco crecimiento, con la menor tasa de desempleo en los últimos 50 años, la percepción generalizada del regreso de la grandeza americana y, para completar el panorama, los demócratas divididos y con actuaciones muy erráticas. Las cosas han podido cambiar; por ello, el gran reto que tiene Trump por delante es reactivar la economía o, cuando menos, vender la esperanza que él tiene más capacidad que el oponente demócrata para salir airoso de una crisis que, por los momentos, ha dejado a más de 26 millones de desempleados, la cifra más alta desde la gran depresión de 1930. Si Trump orienta su campaña en esa dirección, la probabilidad que se reelija será mayor.

La era post-covid-19 es una encrucijada que exige sabiduría de los gobernantes y paciencia de los ciudadanos. Los gobiernos tendrán que tomar decisiones audaces que requieren el mayor consenso político posible para que produzcan los resultados esperados por los ciudadanos; ello supone que los gobernantes que pretendan ser exitosos tendrán que dejar atrás actitudes autoritarias, ideologías sectarias y caprichos personales que obstaculicen la necesaria participación de los diferentes sectores nacionales, tanto en el diseño como en la implementación de un plan de reactivación económica y de protección social de las poblaciones más vulnerables.

El gobernante que crea, además, ser un superhéroe para solucionar la crisis de su país a través de su infalible capacidad, perdió el sentido común y, con seguridad, arrastrará a sus conciudadanos a una tragedia peor. En momentos cruciales como los que vive la humanidad, los gobiernos están en la obligación de convocar la unidad nacional para que los planes de emergencia aseguren la viabilidad requerida, en el entendido que las ganancias a las que aspiran unos conllevarán pérdidas para otros. Es el momento de hacer la política comprometida con los verdaderos intereses de los ciudadanos y del país, como aquella que hicieron los líderes de la segunda postguerra mundial.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

miércoles, 6 de mayo de 2020

Venezuela cerca o lejos de la libertad

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Ambas percepciones conviven en la trágica situación del país. Con mayor frecuencia que la que deseamos, sentimos estar lejos de la ansiada libertad; pero a veces llegan ráfagas de aire fresco que nos llenan de esperanza porque el final está cerca y podemos transitar el tortuoso camino de la reconstrucción de Venezuela.

La realidad es que a la inmensa mayoría de los venezolanos nos gana la incertidumbre, porque a ciencia cierta nadie sabe lo que pueda ocurrir en Venezuela en el corto plazo. Sin duda, hemos logrado importantes avances en la lucha para liberar al país de la narcotiranía de Maduro, pero aún los resultados no permiten tener claridad acerca de cuándo y cómo terminará la peor pesadilla que país alguno haya sufrido en Latinoamérica.

En plena pandemia del Covid-19, el país recibió noticias auspiciosas que ayudan a poner fin a la narcotiranía; la acusación criminal de Maduro y de varios de su séquito como narcotraficantes, aumentó la presión internacional al judicializar delitos del régimen contra la seguridad nacional de USA y de la región. Inmediatamente, la administración Trump envió una misión naval al Caribe con el propósito de combatir el tráfico de drogas que sale desde Venezuela, para terminar de quitarle el oxígeno vital que sostiene a la narcotiranía. Fueron días muy movidos y con esperanzas renovadas.

Simultáneamente, como diría el presidente López Obrador, la pandemia del coronavirus llegó como anillo al dedo a la narcotiranía madurista. Aprovechando la forzosa cuarentena, inmovilizó al país para evitar una rebelión popular por la escasez casi total de gasolina. Incrementó el control social para alargar la sobrevivencia agónica del régimen, a pesar de la destrucción de la economía y el colapso estruendoso de los servicios públicos (electricidad, agua potable, gas doméstico, etc.); intensificó la violación de los derechos humanos, como la libertad de expresión, encarcelando a más periodistas que en otras oportunidades anteriores. La oposición ha sentido en sus hombros la feroz persecución de los cuerpos de seguridad para desarticularla y aniquilarla definitivamente; los laboratorios del G2 cubano y de tarifados “opositores” del teclado han estado más activos que nunca, difundiendo falsas noticias sobre el presidente Guaidó y el gobierno interino para asesinar la fe y la esperanza de un pueblo, que sigue aferrado a la búsqueda de la libertad y de un mejor porvenir para los venezolanos.

Pero la verdad más dolorosa es que el virus de la narcotiranía ha asesinado a muchos más venezolanos que el propio coronavirus, del que cínicamente dicen protegernos. Las muertes por asesinatos en manos de las FAES, los motines carcelarios y la masacre de los posibles invasores, desnuda con mayor fuerza la vocación criminal y genocida de este régimen. Con la cuarentena anuncian la protección de la salud del pueblo venezolano, pero en la realidad persiguen, torturan y asesinan a venezolanos inocentes, violando flagrantemente el derecho supremo de la vida.

Ahora el régimen muestra al mundo su nuevo mejor amigo, el régimen iraní. Una alianza que además de la entrega servil de nuestras refinerías a consorcios de ese país, garantiza la expansión y consolidación de grupos terroristas, como Hezzbollah, en el territorio nacional, como un escudo de protección a la revolución chavista-madurista frente a una eventual intervención internacional. De esta manera se reafirma la tríada en la que el régimen basa su poder: genocidio, narcotráfico y terrorismo.   

Con este dantesco panorama, la percepción de la lejanía de la libertad se acentúa, y con ella aparece otra vez la desesperanza y la anomia que tanto daño nos hace y nos sigue haciendo. Pero también es cierto que, con el transcurrir de los días, se hace más evidente que la narcotiranía no sólo es responsable de la muerte y la destrucción de Venezuela, sino que representa una real amenaza para la libertad, la democracia y la seguridad de Estados Unidos y de la región latinoamericana y, ello sin duda, son indicadores positivos que pueden acercar la llegada de la libertad a nuestro país.

Los días por venir seguirán siendo muy difíciles; no podemos perder la esperanza y la fe, porque más temprano que tarde los venezolanos festejaremos la liberación del país, liderado por un gobierno transitorio que erija  las bases institucionales, política y económicas para reconstruir a Venezuela y a todo su tejido social para  felicidad de los venezolanos de buena voluntad.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)