domingo, 24 de enero de 2021

 

La administración Biden y Venezuela

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Como nunca antes había sucedido, las pasadas elecciones presidenciales norteamericanas despertaron un inusitado interés entre los venezolanos. Muchos pensaron que el destino de Venezuela se estaba jugando el 3 de noviembre. Con razón o sin razón, las expectativas que generó Donald Trump acerca de la liberación de Venezuela de las garras de la dictadura, generaron actitudes radicales entre los venezolanos que desembocaron en una polarización similar a la que, por más de 20 años, hemos vivido en el país. La emocionalidad le ganó la partida a la racionalidad, en un proceso en el que éramos simples espectadores, con la respectiva frustración para quienes no vieron alcanzados los objetivos.

Se abre un nuevo episodio bajo el liderazgo del presidente Biden, quien ha reafirmado el reconocimiento al presidente interino Juan Guaidó y a la Asamblea Nacional elegida en 2015. ¿Qué podemos esperar los venezolanos de la administración del presidente Biden? Ante todo, debemos aprender de las experiencias anteriores y mantener un optimismo prudente y racional frente a la nueva administración, pues, ha quedado suficientemente claro que los norteamericanos no nos liberarán de la peor tragedia humana vivida por país alguno en América Latina, Ciertamente, Estados Unidos ha sido un aliado muy importante que debemos mantener y cuya influencia en una futura negociación es clave, pero la primerísima responsabilidad nos corresponde a los venezolanos unidos alrededor de un propósito común.

Seguramente, el presidente Biden acometerá cambios en su política hacia Venezuela, pero no será de inmediato. Primero debe ordenar su casa; hacerle frente a un país polarizado, dividido y fuertemente impactado por la pandemia y la consecuente crisis económica. Le corresponde crear las condiciones necesarias para garantizar el éxito de su gobierno y consolidar la legitimidad que el pueblo norteamericano le otorgó el 3 de noviembre.

Estimo que, por lo menos durante los primeros 100 días de su gobierno, el presidente Biden no tendrá a Venezuela dentro de sus prioridades; ese tiempo lo dedicará a aplacar el vendaval político que afecta a su país. Después podría orientar su política hacia Venezuela a través de un proceso  de negociación multilateral en búsqueda de elecciones libres que den como resultado un nuevo gobierno en Venezuela. Dentro del proceso de negociación, la Unión Europea tendría una participación más activa que hasta el momento y, muy probablemente, se incorporaría Cuba, junto al Grupo de Lima y, por supuesto, Estados Unidos, quien tratará de distribuir el protagonismo internacional que en otrora pretendió concentrar Trump. La cercanía del partido demócrata con la Unión Europea y la relación directa que mantuvo Biden con Cuba, como Vice-Presidente de Obama, son aspectos con suficiente peso para pensar en su incorporación en la futura estrategia liderada por Estados Unidos.

En tal sentido, parece lógico que Biden apostará por la negociación directa entre el régimen de Maduro y los factores de oposición, bajo la coordinación de un equipo de facilitadores internacionales confiables, en vez de la política dura de sanciones implementadas por Trump. Cabría preguntarnos, entonces, ¿acaso las sanciones fueron inútiles? Si consideramos exclusivamente el propósito por el que fueron implantadas, debemos admitir que no cumplieron el objetivo, pues, el régimen de Maduro se mantiene en el poder y el gobierno de transición tan sólo fue un deseo bien intencionado. Sin embargo, las sanciones dejaron al descubierto ante el mundo la naturaleza mafiosa y criminal de la dictadura, acrecentando su deslegitimidad nacional e internacional.

Es prematuro plantear cuál es el tratamiento que la administración Biden le dará a las sanciones contra el régimen madurista; lo que parece ser lógico, es que la negociación traería consigo la eliminación o flexibilización de las mismas, abriendo espacios para una futura negociación que resulte atractiva para el régimen y logre el consenso suficiente entre los negociadores de la oposición. Este proceso supondría, aunque no les guste a los radicales, ofrecer garantías aceptables a los principales líderes de la dictadura y preservar la vida política del chavismo en la competencia electoral.

Lo que pretendo destacar es que, en esta nueva etapa, los responsables de la destrucción de la República se sentarán en la mesa de negociaciones junto con la oposición, tratando de alcanzar un acuerdo que desemboque en elecciones libres, competitivas y un árbitro electoral absolutamente institucional. Ello implicaría el nombramiento de un nuevo CNE, revisión y actualización del Registro Electoral, calendario electoral, legalización de los partidos a quienes les han usurpado su identidad, liberación de presos políticos y normas que efectivamente garanticen que las elecciones sean fiel reflejo de la opinión mayoritaria de los venezolanos.

El proceso de negociación debe establecer firmemente que la opción electoral no es sólo votar, tal como hasta ahora lo ha practicado el régimen, sino elegir. Con condiciones institucionales, estoy convencido que los venezolanos volveremos a confiar en el poder del voto para lograr los cambios. Sólo espero sabiduría, prudencia y grandeza por parte de los factores de oposición para ir unidos en este nuevo escenario, pues, la intervención militar y las salidas mágicas sólo existen en algunas mentes desubicadas.

 Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

miércoles, 13 de enero de 2021

 

Los desafíos de la democracia norteamericana

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

En plena efervescencia, me atrevo a plasmar algunas reflexiones en torno a la compleja realidad que está experimentando Estados Unidos, a raíz de las elecciones presidenciales del pasado 3 de noviembre.

Vienen tiempos difíciles para esa gran nación; quienes piensen que ésta es una situación pasajera están equivocados en sus apreciaciones. Los retos son muchos y la capacidad para enfrentarlos inmensa.

Los desafíos que hoy enfrenta Estados Unidos son de diversa índole y múltiples las causas que los generan. En mi opinión, para ser justos, es conveniente dejar de lado los prejuicios que descalifican cualquier análisis.  Pensar que  Trump es el único responsable del conflicto norteamericano es una opinión tan sesgada como aquella que plantea su absoluta inocencia en el problema.

La sociedad norteamericana está secuestrada por el radicalismo de izquierda y el de derecha. La política ha llevado al país a extremos peligrosos que podrían confluir en episodios muy lamentables en el devenir de esa nación. No es posible tolerar los excesos de un liberalismo desenfrenado, apoyado por grupos fanáticos del partido demócrata, ni mucho menos el conservadurismo que promueve la supremacía blanca, defendido por Trump y algunos líderes del partido republicano. Una democracia sana se fundamenta en ideas que reúnan el mayor nivel de consenso posible de la sociedad, colocando límites institucionales a proyectos que pretendan llevar al país al barranco. El primer gran desafío es la construcción de un discurso conciliador, incluyente y que ponga el énfasis en las virtudes que han empoderado a la democracia y al Estado de Derecho. Es momento oportuno para implementar la política pedagógica que promueva el fortalecimiento de los valores de la cultura democrática norteamericana, actualmente amenazada.

El otro gran desafío es sanar las heridas producidas por la polarización política y la profunda división que ha perturbado el alma de esa nación. Al igual que el radicalismo, cuando la división se adueña de la sociedad, entonces, se debilita el interés general de la nación para favorecer a grupos de poder que pretenden dominar a la sociedad e imponer una agenda propia, transformada por los medios de comunicación en la agenda que debe seguir la nación. Le corresponde al presidente Biden erigirse en el líder de todos los norteamericanos, dando cabida en su gobierno a ideas diferentes a las suyas, impedir una política revanchista contra sus adversarios políticos y fortalecer las instituciones democráticas. Si por el contrario, es incapaz de zafarse de grupos radicales que lo apoyaron en su campaña, entonces, se profundizará la crisis atentando lamentablemente contra la institucionalidad democrática de ese gran país.   

Por otra parte, la democracia se fortalece en la medida que su sistema electoral es transparente, ecuánime e imparcial, protegido de toda duda que pueda afectar su idoneidad. Si bien es cierto que el sistema electoral norteamericano ha funcionado durante mucho tiempo, también es cierto que debe ajustarse a condiciones diferentes a las que le dieron origen. El colegio electoral no siempre representa la voluntad mayoritaria de los ciudadanos y la opinión de las minorías. El candidato que gana un estado, por estrecho que sea el margen de la victoria, se lleva en su totalidad los representantes electorales, dejando sin valor los votos de quienes sufragaron por el candidato perdedor. A ello se le suma, la cantidad de disposiciones y normas electorales establecidas de manera autónoma por los estados de la unión. Un mínimo de homogeneidad y coherencia de esas normas ayudaría a implementar un sistema electoral sólido, cuyos resultados no se vean afectados por interpretaciones legales y políticas de partes interesadas.

Hay razones suficientes, expresadas desde hace mucho tiempo atrás, para acometer una evaluación objetiva del actual sistema electoral norteamericano y realizar las reformas necesarias para adecuarlo a los nuevos tiempos porque, querámoslo o no, en estas elecciones el sistema salió afectado, cuando menos ha dejado en el ambiente dudas acerca de su efectivo funcionamiento. Eliminar las dudas electorales, es otro de los grandes desafíos que debe enfrentar la democracia más estable del planeta.

La salud de la institucionalidad democrática de Estados Unidos es un tema que debe interesarnos a todos. Hago votos porque la racionalidad política se imponga sobre la mezquindad de quienes se empeñan en destruir el legado de libertad que hemos aprendido de la nación norteamericana.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)   

miércoles, 30 de diciembre de 2020

 

Lecciones para aprender

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La vida es un eterno aprendizaje. Quienes sabiamente deciden aprender de las experiencias, buenas o malas, tienen mayores posibilidades de ser exitosos y enfrentar las dificultades para seguir avanzando en la vida.

Con frecuencia escucho a familiares y amigos que el 2020 nunca existió, que se vaya rápido y se lleve todo lo malo que nos ha dejado. Apartar todo aquello que nos hace daño, sin duda, es una sabia recomendación. Pero no pasemos tan rápido esa página sin antes evaluar qué podemos aprender de la profunda crisis que a todos nos afectó durante este año.

El 2020 nos dejó lecciones que debemos aprender; creo que  encontraremos allí interesantes pistas para que en el futuro cercano podamos vivir en un mundo mejor, como el que aspiramos todos los seres humanos de buena voluntad.

Pensábamos que lo peor había sucedido. Las guerras mundiales, las hambrunas, las grandes crisis políticas y económicas dejaron profundas heridas en el mundo, muchas de ellas aún sin sanar, pero nada parecido a la pandemia del covid-19, considerada como la primera crisis de dimensión planetaria porque trastocó al mundo en general, incluyendo a grandes potencias y países pobres, a sociedades postmodernas y aquellas que carecen de lo indispensable para sobrevivir.

Todos hemos sido víctimas del virus, el mundo entero quedó paralizado y sus economías prácticamente destruidas. Esa es la primera lección que debemos aprender: el mundo es más vulnerable de lo que creemos pero, a pesar de la ambición y la falta de humanidad de la elite comunista china, hemos sido capaces de levantarnos una vez más, gracias a los esfuerzos extraordinarios de la tecnología y la ciencia médica. Vendrán tiempos mejores.

La segunda gran lección que nos deja la pandemia es la fragilidad de la vida humana. Nada es para siempre y, aunque la prepotencia y el orgullo humano lo desmientan, somos más débiles de lo que nos gustaría ser. El virus mortífero ha segado la vida de aproximadamente dos millones de personas, sin importar su estatus social y económico. Para el coronavirus no existen diferencias humanas de ninguna naturaleza. La lección aprendida debe ser más humildad y temor a Dios que todo lo puede y siempre nos provee. La debilidad humana jamás podrá superar la omnipotencia de Dios, sin su auxilio divino somos pequeños y vulnerables.

El confinamiento que hemos vivido a lo largo del 2020, nos dejó una tercera lección: valorar más a nuestra familia, amigos y vecinos. En la creencia que siempre los tendremos cerca, con frecuencia olvidamos compartir y disfrutar detalles pequeños que engrandecen el espíritu. Durante la cuarentena, cuántas veces anhelamos abrazar a quienes más amamos sin poder hacerlo. Pues bien, de ahora en adelante que no pase un solo día para ocuparnos de la familia, estrechar lazos y demostrar nuestros mejores sentimientos de felicidad y gratitud.

La cuarta gran lección es la paciencia y perseverancia para alcanzar lo que nos proponemos. Cuántos planes, proyectos y decisiones importantes se perdieron, o debieron posponerse, a pesar de los esfuerzos que realizamos para lograrlo. No siempre las cosas se dan cuándo, dónde y cómo queremos. Hace falta, entonces, una dosis de paciencia para saber esperar, sabiduría para actuar correctamente y fe para jamás desfallecer y sacar lo mejor que llevamos dentro para coronar con éxito nuestros planes.

Así como la pandemia afloró sentimientos de solidaridad a los que ya estábamos desacostumbrados, también es cierto que muchos se aprovecharon de las desgracias ajenas, aumentando sus ganancias a costa del sufrimiento de los enfermos de covid, especialmente, en el sector hospitalario y farmacéutico. Esa es otra gran lección aprendida: necesitamos más amor, solidaridad y compasión para construir una sociedad más justa y más humana.

Finalmente, la pandemia aceleró profundos cambios que venían gestándose desde hace tiempo atrás, especialmente, la digitalización en diversas áreas del quehacer humano: teletrabajo, educación a distancia, marketing digital, entre otros. Nos vimos obligados a ajustarnos a la nueva normalidad y vencer los temores y la resistencia que genera todo proceso de cambio. La lección es que, a pesar del vertiginoso avance de las nuevas tecnologías, no estábamos tan preparados para asumir el cambio; hoy día, sabemos que tenemos inteligencia y capacidad para caminar por los nuevos senderos que nos ha legado una normalidad que cambió para siempre nuestra manera de vivir.

Estas y otras lecciones más que nos dejan el 2020, deben llenarnos de fe, esperanza y fortaleza para iniciar con buen pie un nuevo año cargado de extraordinarios desafíos que, sin duda, estaremos en capacidad de superar para el bien de la humanidad.

A todos mis lectores les deseo un bendecido y venturoso año nuevo 2021.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

miércoles, 2 de diciembre de 2020

 

“Elecciones” en dictadura

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

En dictadura se vota, en democracia se elige. Sólo con elecciones libres, legítimas y competitivas, los ciudadanos pueden ejercer el derecho del voto para elegir gobiernos producto de la voluntad mayoritaria de los electores. Todo lo demás es un fraude.

Los cubanos han votado durante más de sesenta años de revolución castrista y siguen sumidos en una de las peores tiranías criminales del mundo. Las elecciones en Cuba sólo han servido para mantener en el poder al clan genocida de los Castro y destruir  la vida, el presente y el futuro de los cubanos. Esa lección la aprendió muy bien Hugo Chávez, superada en grado superlativo por Nicolás Maduro.

El fraude del 6 de diciembre, orquestado por Maduro y por un grupo de opositores tarifados, igualmente tiene como propósito atornillar en el poder a la dictadura chavista-madurista, apoyada en una Asamblea Nacional que va a cumplir al pie de la letra los designios del tirano, en búsqueda de encontrar la legitimidad que el fraude nunca podrá devolverles.

Los que creen que el fraude traerá cambios positivos en la trágica situación de Venezuela, están equivocados. El régimen pretende mantenerse indefinidamente en el poder y los diputados alacranes desean disfrutar del generoso pago por los servicios prestados a la tiranía. Los que crean que con esa asamblea nacional se restituirá la institucionalidad democrática secuestrada por el propio régimen, no entienden que ellos pagan y se dan el vuelto, se creen los amos del país. Con esa escoria gobernante, los venezolanos jamás tendremos posibilidades de salir de esta descomunal crisis.

Con el fraude consumado a la vista de los venezolanos y de la comunidad internacional, Maduro pretende eliminar cualquier vestigio democrático, así como a la desarticulada oposición venezolana para terminar de instaurar el anhelado comunismo castrista chavista. Creo que no les resultará fácil hacerlo.

Si bien la pandemia del covid-19 le ha sido favorable al régimen de Maduro, pienso que con el fraude no correrán con la misma suerte. La inmensa mayoría de los venezolanos no va participar en ese sainete; la escasísima participación electoral va a profundizar el desprecio que sentimos los venezolanos por el régimen, fortaleciéndose el rechazo que la comunidad internacional tiene por la dictadura madurista.

También es cierto que el fraude agravará la crisis política e institucional de Venezuela, abriendo desafíos que deben resolverse en el corto plazo. Por un lado, en enero del 2021 vence el período constitucional de la legítima Asamblea Nacional dirigida por Juan Guaidó y se instalaría la asamblea fraudulenta e ilegítima. ¿Se extenderá la continuidad administrativa de la legítima Asamblea Nacional? ¿Seguiremos con dos asambleas, dos gobiernos y con dobles instituciones? Frente a esta realidad tan compleja resulta imposible pensar en un escenario que posibilite una salida política de la crisis.

Por otra parte, a la verdadera oposición le corresponde asumir con inteligencia y desprendimiento los grandes retos que tiene por delante. El tiempo se les agota. Reconstruir la confianza y la credibilidad que perdió por sembrar altas expectativas que no han sido cumplidas; lograr la conexión y la confianza de la gente, convenciéndola que efectivamente existe una estrategia factible que nos permita alcanzar el cambio político; iniciar la recomposición interna de los cuadros y estructuras, privilegiando la unidad de propósito y estrategia, porque para que los venezolanos confiemos en la oposición, deben dar muestras efectivas que  realmente los anima la libertad del país, dejando a un lado agendas ocultas, egos tóxicos y escenarios improbables que sólo existe en la mente de algunos dirigentes.

La consulta popular propuesta por la sociedad civil e impulsada por el interinato de Juan Guaidó, podría ser una nueva oportunidad para que la oposición se reinvente y logre aglutinar el apoyo mayoritario de los venezolanos en una ruta efectiva para rescatar la libertad y la democracia, teniendo muy en cuenta el apoyo internacional, bastante disminuido por la pandemia y por la tensa situación política que vive Estados Unidos a raíz de las elecciones del 3 de noviembre. Lograr reconstruir el apoyo mayoritario entre los venezolanos y reconquistar un sólido apoyo de la comunidad internacional, es otro de los grandes desafíos que la oposición democrática debe superar exitosamente.

Sin embargo, lo único cierto que hasta este momento tenemos los venezolanos, es un panorama sombrío para el 2021; el juego político cerrado, sin solución del conflicto a corto plazo, con un país cada vez más empobrecido y con el aumento de la diáspora una vez que bajen los efectos de la pandemia.

Reitero que la esperanza que aun palpita en millones de corazones venezolanos, sólo podremos hacer realidad con un espíritu unitario en el que la libertad y la democracia sea la única opción por la que luchemos juntos oposición y ciudadanos.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)

miércoles, 28 de octubre de 2020

 

Los desafíos de la democracia en América Latina

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

De acuerdo al Informe del Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral (IDEA Internacional), correspondiente al año 2019, la democracia latinoamericana presenta avances cuantitativos importantes, reflejado en el hecho que 9 de cada 10 latinoamericanos viven en democracia. Sin embargo, a nivel cualitativo, el informe acusa un profundo deterioro de la calidad de la democracia latinoamericana y el ascenso al poder de gobiernos populistas a través del voto.

El deterioro de la democracia latinoamericana ha generado la reducción de los espacios para la acción cívica, el debilitamiento de los frenos y contrapesos institucionales, altos niveles de desigualdad, corrupción e impunidad  y violación de los derechos humanos, especialmente, en el triángulo antidemocrático de la región integrado por Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Otros datos del último informe de IDEA, resaltan las amenazas que se ciernen sobre la democracia latinoamericana. La fatiga con el sistema democrático es una realidad inocultable. El apoyo ciudadano a la democracia se ubicó en 48%; en otras palabras, el 52% de los latinoamericanos rechaza o les resulta indiferente la democracia, erosionándose peligrosamente su legitimidad. De igual manera, la confianza de los ciudadanos en los parlamentos se ubicó en 21%, en los partidos políticos 13%, en los tribunales electorales 28% y 45.5% en las elecciones. Estas cifras tan desalentadoras profundizan la crisis de las instituciones de la democracia representativa en América Latina y la pérdida del valor del voto como mecanismo de cambio social.

En el 2018, la aprobación promedio de los gobiernos de la región se ubicó en 32%, 28% por debajo de la aprobación correspondiente al 2008 (60%). Son muchas las razones que explican la desaprobación mayoritaria sobre los gobiernos latinoamericanos. La frustración de ciudadanos cuyas demandas y expectativas no son satisfechas por los gobiernos; el miedo de las clases medias de perder lo que han ganado económica y socialmente a lo largo del tiempo; y, la cultura del privilegio cada vez más enquistada que profundiza las desigualdades sociales, fortaleciendo la indignación de los ciudadanos contra la política y las élites, el voto anti-establishment, la conflictividad social y la aparición de gobiernos populistas tanto de izquierda como de derecha.

A ello se suma la profunda crisis sanitaria y económica heredada de la pandemia del covid-19. La CEPAL proyecta una caída de -5.3% de la economía latinoamericana en el 2020; 12 millones de nuevos desempleados para sumar 37.7 millones; 28.7 millones más de pobres para sumar 215 millones; 15.9 millones de pobreza extrema para sumar 87 millones. Este dramático panorama amenaza la gobernabilidad de los países latinoamericanos, por la carencia de recursos públicos para hacerle frente a una crisis generalizada, aumentando la pretensión autoritaria de los gobiernos para mantener el control social y las posibilidades para que modelos populistas accedan al poder a través de voto, impulsados por el hartazgo de los ciudadanos frente a gobiernos ineptos y cada vez más corruptos.

Frente a tan sombrío escenario, ¿qué está haciendo la dirigencia política para defender la democracia y preservar las libertades ciudadanas? El balance no es positivo. Los errores se repiten una y otra vez, sin aprender las lecciones de experiencias pasadas. Cuando creemos que la democracia está preparada para impulsar los cambios que permitan vencer desigualdades históricas, sin amenazar las libertades ciudadanas y la economía de mercado, aparece en el horizonte el populismo con sus promesas de redención social y otra vez elegimos aventuras que ponen en riesgo la institucionalidad democrática y producen el colapso económico que trae más pobreza y profundiza las desigualdades que prometen combatir.

El ejemplo más reciente lo constituye Bolivia, con el triunfo contundente de Luís Arce, candidato del partido MAS liderado por Evo Morales. Cuando muchos pensaron que el socialismo estaba de salida en Bolivia, los ciudadanos renovaron la confianza a ese proyecto político a través del voto. ¿Por qué regresa el socialismo a Bolivia cuando hace unos meses atrás se suponía liquidado?

La respuesta más sencilla es responsabilizar a los bolivianos por su reiterada equivocación. Pero existen razones profundas que explican la victoria de Arce. No debemos simplificar las cosas y excluir del problema a la dirigencia democrática boliviana, responsable directa del retorno del socialismo a Bolivia. El primer error fue desestimar al adversario y evitar la unidad de la oposición. Se privilegió la inmadurez política, las agendas particulares y la absoluta carencia de realpolitik, aunado al pésimo desempeño del gobierno interino, agravado por la pandemia del covid-19. La oposición no supo comunicar una propuesta diferente con real opción de poder y la conexión emocional con el pueblo tampoco funcionó. Frente a este desorden, Arce cabalgó triunfante con el discurso de la liberación de Bolivia en manos de oligarcas que quieren el poder para oprimir al pueblo.

Eso mismo está ocurriendo en Venezuela, y me temo pueda ocurrir en Chile, Ecuador, o Colombia. Una dirigencia demócrata desconectada con la realidad social e intoxicada con egos personales que impiden el triunfo de la libertad sobre modelos populistas cuyos remedios resultan peor que la enfermedad.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela.

lunes, 31 de agosto de 2020

                                               Sin grandeza no tendremos libertad

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

“Las grandes almas tienen voluntades, las débiles tan sólo deseos”

(Proverbio Chino)

Los venezolanos hemos hecho todo y más para rescatar la libertad y la democracia que, desde hace más de veinte años, un régimen tiránico mantiene secuestradas. Hemos realizado marchas multitudinarias, ejemplo de civilidad y de coraje para el mundo al enfrentarnos indefensos ante un régimen criminal. Hemos votado y también nos hemos abstenido cuando la dirigencia opositora nos los ha pedido. Los hemos acompañado en la calle una y otra vez, con fuerza y determinación. Muchos jóvenes valientes han sido asesinados, han entregado su vida a cambio de nuestra libertad, dejando en el camino una estela de luto y dolor. Otros tantos venezolanos han sido encarcelados en las mazmorras de los cuerpos de seguridad del Estado, salvajemente torturados, violando sus derechos y el debido proceso. La dictadura ha llenado de muerte y sufrimientos a nuestro país, se burló de la dignidad de un pueblo que nació para ser libre.

Millones de venezolanos de a pie también han ofrendado todo cuanto tienen en esta lucha sin fin. Aquellos que a duras penas pueden comer una vez al día; quienes han perdido sus empleos y engrosan la larga lista de pobres y marginados; aquellos que mueren de mengua en un hospital por falta de medicinas y de asistencia médica; quienes son asesinados a manos de una delincuencia empoderada por el régimen; aquellos que han perdido la seguridad social y un retiro digno después de largos años de trabajo personal y familiar; familias que se han quedado solas porque sus hijos se fueron a otras tierras buscando lo que no pueden encontrar en su país.

A esos venezolanos que somos la inmensa mayoría del país, no les importamos  a la dictadura ni a las oposiciones, en cualquiera de sus denominaciones. Estamos en el centro de una batalla campal escenificada por grupos que luchan entre sí para ver quien tiene más capacidad para destruir lo poco que nos queda, sepultar las esperanzas que aún se mantienen vivas e impedir  el cambio que todos anhelamos.

Cuánta grandeza les falta a los dirigentes de la oposición para compensar los sacrificios que con sangre, sudor y lágrimas hemos pagado los venezolanos. La mezquindad, la vanidad y la soberbia les han segado el sentido común e impiden honrar su compromiso para liberar a Venezuela.

Sin grandeza no tendremos libertad, porque la prepotencia les impide dejar a un lado sus intereses personales y agendas particulares para construir la unidad que nos permita vencer a la tiranía. La falta de grandeza alimenta los protagonismos estériles de algunos que se creen ungidos por la divinidad; cultiva la altivez en circunstancias donde lo propio es sumar voluntades; fortalece la autosuficiencia cuando el proyecto que necesitamos construir requiere de la participación de todos los que deseamos la libertad de la nación. La falta de grandeza es la imagen de la hipocresía con la que algunos actúan, fingiendo una voluntad de lucha que ya tienen hipotecada con el régimen.

¡Ya basta de tanta miseria humana, de tanta insensibilidad! Por una vez en la vida pónganse las manos en su corazón y piensen en Venezuela; piensen que este país que se cae a pedazos está habitado por millones de venezolanos que la están pasando muy mal, que sólo les exigimos un mínimo de responsabilidad e inteligencia para llegar a un acuerdo unitario que nos permita alcanzar la libertad.

De nada sirve el llamado de los alacranes a votar cuando todas las condiciones benefician la perpetuidad del régimen y les provee la legitimidad de la que carecen; de nada sirva que Capriles, otrora líder del país, participe en  elecciones acompañadas de soledad y fracaso; para qué sirve el proyecto personal de María Corina cuando lo que pide no está en nuestras manos, depende de la decisión de uno de nuestros aliados; de qué nos ha servido el radicalismo y envalentonamiento de dirigentes que desde el exilio apuestan por más división de la oposición. Maduro sigue gobernando y los venezolanos seguimos entrampados en una tragedia que se agrava con el pasar de las horas.

Por favor, por el bien de la patria, guarden sus rencores, sus resentimientos, sus traiciones; guarden los protagonismos que poco a poco asesinan al país. Hagan un esfuerzo supremo y piensen que su mayor grandeza y gloria es servirle a Venezuela con amor, entrega y verdadero patriotismo. Pónganse de acuerdo y de una vez por todas venzamos al culpable de la desgracia de los venezolanos. De lo contrario, ustedes tampoco son dignos de gobernar a Venezuela.

La grandeza nos hará libres. Hoy más que nunca construyamos la unidad nacional para rescatar la democracia y ser libres por siempre.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela).

martes, 7 de julio de 2020

Una coalición nacional

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La complejidad de la crisis venezolana rebasa el análisis politológico, al tratar de encontrar alternativas que permitan resolver la tragedia que por más de dos décadas ha vivido el país. Cuando estamos cerca de alcanzar los objetivos, algo se interpone y se retrasa una vez más el rescate de la libertad de Venezuela. La lucha contra el régimen chavista ha estado llena de muchos sinsabores y pocos éxitos que no se han aprovechado correctamente, en aras de la liberación de nuestra nación.

Los momentos de alegría que, durante este largo tiempo, hemos sentido los demócratas venezolanos han sido efímeros, precisamente, porque hemos estado casi siempre a la caza de un evento fortuito que cambie el panorama, y al no llegar nos invade la frustración y el desánimo. Sin embargo, con el inicio del 2019 hubo un cambio substancial en la estrategia para ponerle fin a la usurpación de Maduro. La presidencia interina de Juan Guaidó, acompañada  del reconocimiento de 60 país, abrió la oportunidad que estábamos esperando. El escenario internacional se alineó perfectamente a favor de la libertad del país, bajo el influyente liderazgo de la administración Trump. La presión de países democráticos y de foros internacionales, las sanciones norteamericanas al régimen y la multitudinaria participación de la gente que de nuevo salió a la calle, proyectaban un escenario óptimo para fracturar al régimen y proceder a un proceso de negociación que abriría las puertas a un gobierno de transición. Inesperadamente, el 30 de abril de ese mismo año, gracias a la ambición personal de un dirigente opositor que siempre ha creído representar la mejor opción para gobernar al país, se perdieron los esfuerzos realizados por Guaidó y sus aliados. De nuevo la desesperanza y la pérdida de una oportunidad de oro permitió al régimen mantener el poder a pesar de su debilidad.

El 5 de enero de 2020, cuando se esperaba que la reelección de Guaidó transcurriera sin mayores problemas, la oposición hace otra implosión ejecutada, esta vez, por un grupo de parlamentarios “opositores” financiados por el régimen para dividir a la Asamblea Nacional y defenestrar a Juan Guaidó. Afortunadamente, este episodio que deja en evidencia la podredumbre de algunos sectores de la oposición venezolana, fue superado temporalmente por la gira exitosa que emprendió el presidente Guaidó  por Colombia, Europa y Estados Unidos. Una gira que propició que el tema venezolano estuviese nuevamente en la palestra internacional, después de haber permanecido en el refrigerador durante varios meses.

Frente a este nuevo escenario, Guaidó ha planteado la propuesta del gobierno nacional de emergencia para enfrentar la catastrófica situación del país, agravada por el covid-19, sin que hasta el momento haya despertado interés en la colectividad nacional. Esta propuesta, como otras tantas, es un conjunto de buenas intenciones que no lograrán cambiar la dramática situación de Venezuela, sino está acompañada de decisiones y acciones más contundentes y conectadas con la verdadera realidad política que nos circunda.

Para agravar el dantesco panorama nacional, llenando de más confusión e incertidumbre a los venezolanos, la narcotiranía ha convocado a unas elecciones parlamentarias, violando todas las normas constitucionales, con el único objetivo de perpetuarse en el poder e invocar una legitimidad de la que carece, gracias a  la participación complaciente de un sector de la oposición que se dejó seducir por los encantos del alacrán (entiéndase dinero del régimen), pretendiéndonos convencer que la vía electoral, tal como le gusta a Maduro, es la única opción para salir de la crisis.

Esta situación nos coloca en el borde del barranco. Por ahora, parece que no hay salida para solucionar nuestras desgracias. Lo que sí tenemos claro es que  la narcotiranía está haciendo todo cuanto puede para mantener viva a la revolución, asumiendo los riesgos que ello pudiera significar y profundizando todavía más la inédita crisis que estamos padeciendo. Las últimas declaraciones del general Padrino López, en las que afirma que la oposición jamás llegará al poder mientras existan las fuerzas armadas que él comanda, ponen en evidencia que las elecciones en Venezuela sirven exclusivamente para votar con reglas que permitan la perpetuidad del régimen, jamás para elegir entre diferentes opciones en un ambiente de reconocimiento y respeto de los competidores, imparcialidad y equipad por parte del ente electoral y garantías de resultados transparentes que representen la voluntad soberana de los electores.

Los venezolanos no queremos votar, deseamos elegir, a través de elecciones libres y justas, una opción de poder capaz de construir el cambio que anhelamos, que con seguridad no lo garantiza la narcotiranía de Maduro. Ahora, ¿qué debe hacer la oposición democrática decente para lograr elecciones libres? Por ahora, creo que se está haciendo poco, y sí están haciendo más de lo que yo pueda pensar, no vemos la firmeza y contundencia de esas acciones. El ingrediente esencial de la épica que andamos buscando los venezolanos es la unidad estratégica, política, de propósitos, unidad para evaluar las alternativas que permitan el rescate de la libertad y asumir los riesgos que sean necesarios. 

Una coalición que exija condiciones electorales justas para garantizar la participación democráticas de todos los actores políticos. Sin esa coalición nacional sólida, responsable y verdaderamente comprometida con los intereses del país, cualquier propuesta caería en el vacío porque no está respaldada por el genuino espíritu de lucha de los venezolanos. Sin unidad, lamentablemente todo cuanto hagamos se perderá; mientras tanto, la narcotiranía seguirá usurpando el poder hasta que por fin logremos unirnos como uno solo para vencer la oscuridad en la que está sumida nuestra amada Venezuela.

Profesor Titular Emérito de la Universidad del Zulia (Venezuela)