martes, 21 de agosto de 2018

Paquetazo revolucionario

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

No es necesario ser economista para darse cuenta que el paquetazo anunciado por Nicolás Maduro es un disparate mayúsculo que no tiene ni pies ni cabeza. Es una obra demencial con la marca inequívoca de la revolución madurista; carece de confianza y de credibilidad, aspectos fundamentales para impulsar la recuperación económica. Ciertamente, es un disparate que traerá más pobreza y miseria al país, pero esa es la verdadera intención del paquetazo rojo.  Dejemos de pensar ingenuamente que es producto de un ensayo y error ideado por el G2 cubano para pulsar la reacción de los venezolanos. No, éste es un plan absolutamente deliberado y planificado con el propósito de destruir completamente la economía venezolana y consolidar los mecanismos de control social sobre una población empobrecida. En el reino de los ciegos, el tuerto es el rey. La idea es clara y manejada desde la llegada de Chávez al poder: consolidar una dictadura comunista y sostenerla sobre las miserias de los venezolanos, sin empresas privadas, sin oposición, sin disidencia democrática.

Una economía en estado terminal como la venezolana, no tiene músculos para soportar semejante golpe. Un aumento de más del 3.300% del salario mínimo, el incremento del IVA de 12% a 16%, el aumento de la tasa del ISLR, el anuncio del precio internacional de los combustibles, entre otras perlas, es una locura frente a la absoluta sequía de divisas del país, debido a la caída estrepitosa de la producción petrolera nacional y de la ruina de PDVSA,  de la destrucción del aparato productivo y la ausencia de financiamiento internacional. En términos simples, no hay dinero orgánico ni a corto ni a mediano plazo para financiar la locura económica de Nicolás Maduro, pero el régimen sacó sus cuentas y cree que puede ganar la partida nuevamente.

Con el paquetazo rojo el régimen se está jugando a Rosalinda. O se atornillan al poder o aligeran su salida. Si los venezolanos nos cruzamos de brazos y seguimos llorando sobre la leche derramada, entonces, la dictadura puede obtener la victoria. En primer lugar, habrán logrado estatizar por completo a la economía, un objetivo acariaciado desde el 2007. Gran parte de las empresas no podrán pagar el incremento salarial, el gobierno asumiría la nómina y los pasivos laborales quedando en sus manos la dirección de las mismas. Por otra parte, frente al incremento del desempleo y la pobreza generalizada, la dictadura afianzará su control social garantizando así la dependencia perversa y exclusiva de los venezolanos con el régimen, a través del carnet de la patria y de todos los beneficios que de él se deriven.  

En definitiva, estos son los oscuros propósitos del régimen. ¿Podrán alcanzar el objetivo? Por lo pronto, para lograrlo debe hacer añicos su propio plan económico, pues, el anunciado déficit cero es una entelequia. Si hasta antes del 17 de agosto, el gobierno se negó a mejorar los salarios de los empleados del sector salud, en huelga desde hace más de dos meses, cómo es que ahora puede pagar 180.000.000 Bs de salario mínimo del sector oficial y asumir el del sector privado, ¿de dónde va a obtener esa montaña de bolívares soberanos? La respuesta es muy fácil, imprimiendo más dinero inorgánico con lo cual la hiperinflación se disparará peligrosamente. Si el régimen puede hacerle frente a esta locura “made in revolution”, es posible que gane otra vez. 

Lo contrario, supondría un aceleramiento vertiginoso de la crisis del país a todos los niveles; el incremento incontrolado de la diáspora con los efectos colaterales que ello genera para los países receptores de la región, especialmente, Colombia, Ecuador y Perú; la conflictividad social a lo largo y ancho del país; la pérdida absoluta de gobernabilidad que llevaría al régimen a radicalizar los abusos y violaciones de los derechos humanos; en fin, Venezuela sería el infierno en la tierra con un desenlace de pronóstico reservado.  

La compleja y explosiva situación del país exige respuestas contundentes de quienes creemos que con este régimen Venezuela no tiene presente ni mucho menos futuro. Ello implica una gran dosis de racionalidad política que permita de una buena vez construir una Unidad Nacional integrada por todos los factores de oposición democrática, incluyendo a los partidos políticos, la disidencia chavista, las fuerzas armadas, las iglesias, la academia y las universidades, al empresariado nacional y a los productores agropecuarios, a todos sin excluir a nadie. Este esfuerzo supone igualmente que la Unidad se deslastre de la impulsividad y el cortoplacismo que generan expectativas que no pueden ser cumplidas. En definitiva, la Unidad debe combatir a todos aquellos intereses y parcialidades que saboteen la defensa de los supremos intereses de la patria.

Es menester más acciones estratégicas y menos enunciados espasmódicos y carentes de la verdadera organización que exigen tiempos tan convulsos como los que vivimos. No me cansaré de decirlo, sin UNIDAD NACIONAL que trascienda los intereses particulares de los diferentes actores nacionales, no será posible vencer a la tiranía. La unidad nacional renovaría las esperanzas perdidas y aflorarían razones suficientes para continuar la lucha, con la seguridad que marchamos por el camino correcto. Dentro de este escenario, los esfuerzos de la comunidad internacional encontrarían más motivos para liberar a Venezuela del virus del comunismo y la tiranía.

Ojalá podamos entender la magnitud de esta crisis que amenaza con destruirnos como país y sociedad, porque las instituciones y la economía ya están destruidas. Ojalá podamos darnos cuenta que Venezuela está pidiendo el auxilio de sus hijos para que la liberemos de esta mafia que nunca debió llegar al poder.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

miércoles, 25 de julio de 2018

Ciudad muerta

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

El título del artículo no hace referencia al pueblo de Ortiz, Estado Guárico, donde Miguel Otero Silva se inspiró para escribir su novela “Casas Muertas”, publicada por vez primera en 1955. Estamos hablando de Maracaibo, otrora referencia portentosa de desarrollo y modernidad, hoy convertida en un basurero a cielo abierto. Nunca antes Maracaibo había sufrido tanto abandono y desprecio por quienes desgraciadamente la gobiernan.
Las enfermedades, las guerras de caudillos y la pobreza que azotaron a Ortiz a principios del siglo XX, tal como lo describe Otero Silva en su novela, es poca cosa en comparación con las calamidades que, en pleno siglo XXI, sufrimos los maracaiberos y los zulianos en general, en manos de unos gobernantes que les sobra la capacidad para destruir todo lo que consiguen a su paso, y una maldad infinita en contra de un pueblo laborioso, noble y apegado entrañablemente a sus querencias.

No hay palabras para describir la situación actual de Maracaibo. Nuestra capital es una ciudad fantasma que ha perdido el brillo de los colores que enamoraban a propios y extraños. La alegría contagiante de su gente, el dinamismo cotidiano, la voluntad para emprender y hacer grandes cosas, todo se ha perdido por culpa de una camarilla que, teniendo el poder y los recursos suficientes, están de espaldas al pueblo porque su prioridad es la  defensa de sus particulares y oscuros intereses.
Muchas veces oímos decir que a Maracaibo le faltaba un gobierno del PSUV para sacarla del foso en la que la derecha la había metido. ¡Cuánto cinismo, cuánta mentira! Hoy estamos más abajo del foso, sin perspectivas de mejorar a corto y mediano plazo. El amor que hipócritamente dicen profesar por Maracaibo es altamente tóxico, realmente son amores que matan.

El caos y la pobreza han africanizado a Maracaibo. Cualquier localidad de un país suramericano, por pequeña que sea, está en mejores condiciones que la segunda ciudad de Venezuela. Ningún servicio público funciona. Los vertederos públicos de basura a lo largo y ancho de la ciudad, delatan inexcusablemente la incapacidad del nuevo alcalde para cumplir con sus obligaciones, con la amenaza de una epidemia que complicaría aún más la existencia de los maracaiberos frente a la ausencia de medicinas y de salud pública. La falta del servicio eléctrico es otra tragedia que ha trastocado nuestra maltratada y exigua calidad de vida. Ya no es sólo el impacto demoledor que ello provoca en la economía del Estado, sino en el sosiego y tranquilidad que como seres humanos necesitamos tener en nuestros hogares. El derecho al descanso reparador nos ha sido arrebatado. Vivir en el Zulia es un monumento al heroísmo porque cualquier mortal no aguanta la desgracia a la que nos ha sometido esta revolución de pacotilla.

Ni hablar de la falta crónica de agua potable, del transporte público, del deterioro de vías, plazas e infraestructura en general. Maracaibo es fiel ejemplo de la desidia y del abandono del peor gobierno que jamás tuvimos. Duele en lo profundo del alma ver a la ciudad del sol amada aniquilada, ruinosa y sin fuerzas para levantarse contra quienes mutilan su grandeza.

Al rosario de problemas, agreguémosle la anarquía colectiva que ya es parte de la anormalidad en la que vivimos. La falta de semáforos y de vigilancia policial contribuye con la locura que se apodera de nosotros. Gracias a la crisis, el flujo vehicular ha disminuido significativamente porque, de lo contrario, las muertes por accidentes viales serían catastróficas.

Frente a esta calamidad pavorosa urge la unidad del Zulia; esa unidad que libró tantas batallas y contribuyó a la materialización de importantes logros, convirtiéndonos en referencia nacional e internacional. Esa unidad que nos hizo indomables frente a las mezquindades del centralismo; una unidad que amalgamó el alma del Zulia por encima de intereses partidistas y grupales. Esa unidad debemos rescatarla para conquistar de nuevo el orgullo de ser zulianos. Sólo con una unidad monolítica, luchadora, irreverente y fiel, a imagen y semejanza de lo que ha sido el Zulia a lo largo de la historia, podremos vencer a quienes obstinadamente usan el poder para destruir la grandeza de los zulianos.

El Zulia nos exige unidad, nobleza y entrega en los peores momentos que ha vivido a lo largo de la vida republicana del país. Si no actuamos a la altura de esta compleja situación, tanto al gobierno como a la oposición, “…Chinita tendréis que meter la mano y mandarlos pal infierno”, como lo cantó Ricardo Aguirre en su inmortal Grey Zuliana.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

miércoles, 18 de julio de 2018

¡Se busca!

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Los venezolanos estamos tras la búsqueda de los elementos que nos permitan liberarnos de esta horrenda pesadilla revolucionaria. Sabemos desde hace bastante tiempo de quién es la culpa de la tragedia que vivimos; sabemos dónde están y qué hicieron para transformar el oro en estiércol y convertir a Venezuela en uno de los países más pobres del orbe. También sabemos que siguen usando del poder para hacerse más ricos a costa del hambre del pueblo y destruir a la nación. Sabemos que son unos delincuentes, inmorales y corruptos que mancillan el honor de la patria y son indignos de llamarse venezolanos. Son una plaga que no tiene similitud alguna con los peores gorilas que a través de la historia han usurpado el poder en América Latina.

¿Qué nos hace falta para vencer a quienes pretenden aniquilarnos como país?, ¿dónde podemos encontrar esa fuerza liberadora? En mi opinión, entre otros tantos factores, debemos buscar estos tres: un líder creíble que aglutine el sentimiento nacional mayoritario que se opone al régimen; la articulación de la oposición orientada por un plan de unidad nacional y con visión estratégica a mediano y largo plazo; y, la tercera, consecuencia de las anteriores, la masiva organización y participación popular para rescatar la energía que elimine la anomia y el conformismo que nos mantiene inertes frente a la debacle.
Me declaro opuesto a cualquier liderazgo mesiánico, sus resultados siempre son devastadores. Pero es perentoria la presencia de un líder democrático, responsable, capaz y con visión de estadista. Un liderazgo de esta naturaleza ordenaría la casa después de tanto abandono y desidia; podría apuntar hacia la dirección correcta y establecer las fases para alcanzar la meta final; de igual manera, un buen líder es capaz de inspirar a la sociedad en la búsqueda de sus supremos intereses. Pero, ¿dónde está ese líder? Por el momento no está visible públicamente. Me resisto a pensar que, después de 40 años de ejercicio democrático y 20 años consecutivos de lucha contra la dictadura, carezcamos de líderes capaces de maniobrar en esta tormenta y llevar al país a puerto seguro. Sin ese líder, ya sea de los partidos, ONG o sector privado, la compleja tarea de rescatar el país será más difícil, pues, no tendremos la dirección y motivación necesarias en circunstancias de tanto desánimo y desesperanza. Necesitamos que alguien nos diga ¡Si se puede! y ¡Juntos vamos a lograrlo! y que actúe en consecuencia.

El otro aspecto que andamos buscando es la articulación de una oposición responsable, comprometida con el país y más generosa que la actual. Sería injusto afirmar que la oposición venezolana no ha hecho nada por el país; pienso que han habido muchas equivocaciones y en la lucha política han privado los intereses particulares, el cálculo estéril y hasta cierta dosis de ingenuidad y estupidez. Pero continuar con este discurso es nocivo; es urgente la recomposición de la oposición venezolana como tantas veces lo he manifestado. Lo que nació después de la MUD fracasó; estamos a punto de perder el país, ya perdimos la democracia y las instituciones; este es un país que milagrosamente aún sobrevive, razón suficiente para reconstruir la unidad política y trabajar afanosamente en las estrategias para vencer a la tiranía. Creo que el aprendizaje es abundante para enmendar los errores, sacudir el polvo de los zapatos y apresurar el paso que los venezolanos estamos exigiendo antes que desaparezcamos como sociedad civilizada. Todavía estamos a tiempo.

Y, por último, sin la participación popular todo esfuerzo resultará inútil. En estos momentos, Venezuela luce como un país fantasma aunque los venezolanos llevemos por dentro la rabia y el sabor amargo de esta crisis descomunal. Estamos anestesiados frente a la tragedia; nuestra lucha cotidiana se centra en la sobrevivencia familiar y personal para no dejarnos morir; mientras tanto el régimen se atornilla porque no existe ningún muro de contención contra sus aberraciones; ellos están solos en el campo de juego. Sin duda están ganando el partido y, si nos mantenemos como hasta ahora, con seguridad derrotarán definitivamente a la democracia y al progreso de los venezolanos. Aunque resulte difícil creerlo, en pleno siglo XXI, la tiranía vencerá a la libertad y la oscuridad se impondrá sobre la luz. Venezuela pasará a la historia como un país en el que un grupo de criminales y desadaptados tomó el poder e instauró la dictadura más nueva del planeta.

Si los venezolanos no vemos un liderazgo con credibilidad que sea capaz de hacer brotar de nuevo la fe y las esperanzas perdidas, así como una oposición que vea más allá de su ombligo y se coloque a la altura del compromiso histórico que demanda la patria, entonces, nos iremos los que podamos irnos y los otros nos acostumbraremos a vivir en una sociedad a imagen y semejanza del modelo comunista.

En este escenario, de nada servirán las gestiones de buena voluntad y los castigos ejemplarizantes de personeros del régimen por parte de la comunidad internacional. Si nosotros y, muy especialmente, los dirigentes nacionales, no nos atrevemos a rescatar el país, mal podríamos exigirle al mundo que haga lo que a nosotros nos corresponde hacer.

Un líder creíble y auténtico, una oposición unida y articulada estratégicamente y la participación multitudinaria de los venezolanos son, en mi humilde opinión, los elementos claves para desamarrar el nudo que nos ata al infortunio heredado por esta revolución de pacotilla que mantiene secuestrado el mejor futuro que los venezolanos nos merecemos.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

martes, 10 de julio de 2018


El huracán populista mexicano
Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

El populismo de izquierda entró por la puerta grande a México. El pasado 1° de julio la coalición Juntos haremos historia, integrada por los partidos Morena, PT y ES, se convirtió en un huracán electoral que destruyó los cimientos del tradicional bipartidismo mexicano para convertirse en la nueva hegemonía política de ese país. Bajo el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), México inaugura un nuevo ciclo político fundamentado en la izquierda populista. Después de tres intentos consecutivos (2006, 2012 y 2018),  AMLO logró conquistar la confianza de las mayorías promoviendo un discurso de justicia social y redención popular, de combate a la corrupción y de eliminación de la mafia política que ha mantenido el poder en los últimos setenta años. López Obrador se convierte así en una especie de salvador que prometió sacar a México de la pobreza impulsada por el PRIAN –PRI y PAN-, con la pretensión de implantar un cambio radical del sistema político mexicano.

Sin duda, los mexicanos le firmaron un cheque en blanco a López Obrador, otorgándole el poder que nunca antes había detentado presidente mexicano desde hace mucho tiempo. La elección del pasado 1° de julio es considerada como la más importante de la historia de México, no sólo por la gran cantidad de cargos a elegir, sino por el enfrentamiento encarnizado entre las fuerzas tradicionales, representadas por el PRI y el PAN,  y el cambio político representado por el liderazgo de López Obrador, quien se constituyó en la marca más poderosa de la campaña electoral del 2018.

Son muchos los aspectos que merecen ser destacados para tener una visión exacta de lo que ocurrió en México el 1° de julio y lo que acontecerá en los próximos veinte años. La participación electoral (63,4%) ha sido la más alta de la historia reciente mexicana; sufragaron 56.608.050 electores de los 89.332.031 que conforman el padrón electoral. López Obrador se convirtió en el presidente que ha obtenido la mayor cantidad de votos  (30.112.109, 53%) de todos los tiempos; la ventaja respecto a Ricardo Anaya, que se ubicó en segundo lugar, fue de 17.502.637 votos. Al sumar los votos de Anaya y Meade (21.898.850), la ventaja sigue siendo de 8.213.259. Con tales resultados, el mapa mexicano se tiñó de color vino, perdiendo solamente en Guanajuato de los 32 Estados de la República Mexicana.

De igual manera, el 1° de julio se eligieron nueve gubernaturas, de las cuales Morena ganó cinco (Ciudad de México, Morelos, Chiapas, Tabasco y Veracruz); tres las ganó el PAN (Guanajuato, Puebla y Yucatán) y Movimiento Ciudadano ganó Jalisco. En relación con la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, de los 300 curules elegidos directamente, la coalición Juntos haremos historia obtuvo el 73%; la coalición México al Frente 22% y la coalición Todos por México 5%. El panorama en el Senado no difiere mucho del anterior. El Senado está integrado por 128 senadores, de los cuales 64 son electos como mayoría relativa, 32 como la primera minoría y los 32 restantes por representación proporcional. De los 96 senadores elegidos directamente, 56% pertenece a Juntos haremos historia, 30% a México al Frente y 14% a Todos por México.

El hartazgo se apoderó de la voluntad de millones de mexicanos que decidieron votar con el hígado; votaron con rabia para castigar a los culpables de la corrupción y las desigualdades sociales, convencidos “que peor de lo que hoy estamos no podemos estar”. Votaron en contra de Peña Nieto y del PRI, principales derrotados de estas elecciones; votaron en contra de “la mafia del poder” que implantó  el gasolinazo y las reformas fiscales; que no combatió  la inseguridad y privilegió la impunidad; en contra de la “mafia” responsable de la pobreza y la inequidad. En fin, los mexicanos votaron por un cambio capaz de desterrar sus desgracias colectivas. Y la verdad, le entregaron a López Obrador todo el poder para que mejore sustancialmente su calidad de vida; con semejante mandato popular, AMLO no tiene pretextos para no cumplirle a México.   

Escucho opiniones que pretenden dejar en evidencia la ignorancia o ingenuidad del pueblo mexicano al elegir a AMLO como su presidente para el próximo sextenio. “Los mexicanos no aprendieron de la tragedia de Venezuela”, “nadie escarmienta con cabeza ajena”, son opiniones que no reflejan necesariamente la actual realidad de México. Vamos a estar claro, la victoria de López Obrador no es responsabilidad exclusiva de los electores que lo votaron; son muchas las razones que, nos guste o no, contribuyeron con la llegada al poder de la izquierda populista. En todo caso, el pueblo fue el operador político de la victoria arrolladora de Morena en casi toda la geografía mexicana.  

A nivel interno, los principales partidos del stablisment no hicieron absolutamente nada para frenar la evidente victoria de AMLO. En vez de llegar a acuerdos que permitiesen presentarse como una opción de unidad nacional, con voluntad para enderezar los entuertos históricos y con capacidad para gobernar eficiente y honestamente a México, aprovecharon la campaña para insultarse mutuamente, convencidos que al final, tal como ocurrió en el 2006, las encuestas se equivocarían y el apoyo hacia López Obrador no sería suficiente para ganar la elección. ¡Qué falta de realismo político! Mientras que Anaya y Meade se peleaban, López Obrador crecía y legitimaba el discurso contra la “mafia del poder”. Al final de la campaña empezaron hablar del voto útil para vencer a AMLO, pero ya no había tiempo y, como lo diría el propio López Obrador, “ese arroz ya estaba cocido”.          
Se hicieron esfuerzos a través de las redes sociales para sensibilizar a los mexicanos sobre la crisis venezolana. Éstos no lograron permear a la sociedad mexicana; para la mayoría de los mexicanos, Venezuela es una realidad lejana que no tiene ningún símil con México; muchos afirman “nosotros no somos como los venezolanos”. De nada valió asociar a López Obrador con Chávez o Maduro. Cuando el pueblo está férreamente decidido, no hay nada que impida consumar su decisión.

Con el ascenso de AMLO al poder sólo queda esperar. O cumple sus promesas dentro de la institucionalidad republicana, instaurando cambios progresivos que fortalezcan la democracia y la justicia social; o, el cambio radical podría ser un salto al vacío que traiga más desgracias a los mexicanos que las que existen en la actualidad. Ojalá el huracán electoral de AMLO no se convierta en un huracán que destruya a ese noble y hermoso país latinoamericano.

Profesor Titular Emeritus de LUZ

miércoles, 27 de junio de 2018

¿Atrapados y sin salida?

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Algo está ocurriendo en mi país que impide desamarrar el nudo que nos mantiene atados a esta tragedia que vivimos. Nadie en su sano juicio puede entender cómo hemos llegado a esta dramática situación que empeora cada día. Racionalmente no existe justificación alguna para que una camarilla ilegítima y de delincuentes continúe en el poder, sin que nada ni nadie pueda impedir que sus planes macabros sigan destruyendo a la nación.

El deterioro de la sociedad venezolana es brutal y total. Nadie se escapa de la vorágine revolucionaria; todos sucumbimos bajo la fuerza diabólica de un régimen que se planteó como propósito la destrucción de la libertad, la democracia y el progreso de los venezolanos. Somos una sociedad inerme, indefensa y anestesiada de cara al más devastador proyecto ideológico que ha experimentado América Latina durante toda la era republicana.

La realidad venezolana es dantesca. Cualquier salario pagado en moneda nacional, por alto que sea, es devorado por la inflación más alta del planeta. Los venezolanos apenas sobrevivimos; la miseria, el hambre y la pobreza se adueñaron de la vida de millones de compatriotas, destruyendo la poquita esperanza que les quedaba en sus corazones. La tragedia es cruel e inhumana. Dolorosamente debemos admitir que a corto plazo no tenemos salida. Permanecemos atrapados viendo cómo se muere un país que en otrora fue faro de libertad y de prosperidad para el mundo.

Nuestros niños se mueren por desnutrición y por falta de atención médica; este régimen inhumano está empeñado en asesinar a las nuevas generaciones de venezolanos, al igual que lo está haciendo con los ancianos, con los pacientes de enfermedades crónicas, con las mujeres embarazadas. La muerte se ha convertido en uno de los rasgos distintivos de la revolución de Chávez y Maduro.

Este régimen es un asesino compulsivo. Asesinó al trabajo como palanca poderosa para generar bienestar y productividad. Hoy el trabajo significa poco para los venezolanos porque no importa cuánto trabajemos, lo que ganamos no alcanza para nada. Asesinó al emprendimiento como fórmula para potenciar las capacidades y habilidades de la gente para  mejorar su calidad de vida y contribuir con el desarrollo del país. Este régimen asesinó a la educación como opción clave para la movilidad social. La educación dejó de ser en Venezuela la puerta que abre nuevas oportunidades para construir el gran país que tanto anhelamos. Estudiar se ha convertido en algo inalcanzable para los jóvenes, no porque no deseen educarse, sino porque sencillamente les resulta misión imposible acudir a liceos y universidades. Después de ser el país latinoamericano con la mayor matrícula universitaria, tenemos ahora universidades ruinosas sin profesores y alumnos porque la crisis los obliga a migrar o a realizar otras labores para no dejarse morir.

Este régimen asesinó la esperanza que nos permite empinarnos en las dificultades para seguir luchando y soñando por un mejor país. Asesinó la dignidad de algunos venezolanos que, a cambio de una bolsa de comida, siguen esperando la redención social que les ofreció la revolución y que jamás llegará. Parece que también asesinó el heroísmo, el coraje y la determinación de un pueblo que permitió forjar nuestra independencia y la democracia en 1.958.

Frente a este desolador panorama vemos a una oposición inmóvil, sin capacidad de respuesta para acompañar y conectarse con los venezolanos. Nuestro país está la deriva; con un régimen ilegítimo que perdió absolutamente la gobernabilidad y una oposición dividida y sin un plan para salir del abismo. Mientras tanto, la inmensa mayoría de los venezolanos paga con sangre, sudor y lágrimas las consecuencias de una crisis que amenaza con la destrucción del país y de sus instituciones. Otra minoría migra del país o espera resignada que llegue el milagro que está tardando mucho.

Por el contrario, observamos una posición más activa de la comunidad internacional a favor de la libertad y el rescate de la democracia venezolana, acusando la existencia de una crisis humanitaria sin parangón en la región latinoamericana. Estos esfuerzos tan importantes para encontrar una salida a la crisis del país, pueden perder la contundencia necesaria si de puertas adentro la oposición se mantiene inmóvil y totalmente desenfocada.
Lo que sí es una verdad inocultable es que Venezuela va camino al barranco; estamos a punto de perder nuestra propia existencia como nación. El caos es indetenible y necesitamos hacer algo para impedir la destrucción total de Venezuela. Si dentro de la casa no hacemos nada, resulta temerario exigirle a la comunidad internacional que haga lo que nosotros no queremos hacer.

Es increíble que con toda esta desgracia que hemos vivido, aún prevalezcan la mezquindad, el cálculo y los intereses inconfesables de la oposición venezolana. No es normal que los venezolanos estemos huérfanos de liderazgos serios, responsables y con visión de futuro, amantes verdaderos de la democracia y la libertad. Si ustedes no actúan a la altura de las dificultades del país, habrá razones suficientes para pensar que tampoco merecen gobernar al país, porque fueron incapaces de organizar la lucha democrática y popular y encender la llama de la esperanza para recuperar la libertad y el progreso de la nación.

Amigos de los partidos democráticos, por favor, pasen la página del odio y la inmadurez, la página de la división estéril y de los cálculos inútiles. Asuman con gallardía y coraje la defensa de Venezuela y les aseguro que este pueblo sediento de paz, libertad y bienestar se unirá al proyecto de reconstruir la patria, dirigida por mujeres y hombres de bien que aman entrañablemente a su país. No podemos perder más tiempo. Vamos a darnos la oportunidad y la confianza de que sí podemos vencer a quienes impiden desamarrar el nudo de la tragedia venezolana. Vamos como uno solo a conquistar lo que por derecho nos corresponde. Es el momento de la grandeza de la patria.

Profesor Titular Emeritus de LUZ

martes, 19 de junio de 2018

¡Por ahora no gobernaremos!

Efraín Rincón Marroquín (EfrainRincon17)

Aún retumba en mis oídos el “por ahora no se cumplieron los objetivos”, trágica frase del golpista Hugo Chávez en la mañana del 5 de febrero de 1992. Desde ese mismo momento, Chávez supo que era posible instaurar un modelo político de cambio que a la postre arruinaría a Venezuela. Ese “por ahora” lo catapultó políticamente y millones empezaron a endosarle la honestidad, la capacidad y el “amor” por el pueblo que ya escaseaba en la élite política de ese tiempo.

Veintiséis años después oigo otro “por ahora no gobernaremos”, pero esta vez  en boca de Gustavo Petro, candidato guerrillero que perdió las elecciones presidenciales colombianas del pasado 17 de junio. Esas palabras no son el consuelo tonto de quien perdió la batalla; son en sí mismas la amenaza de instaurar en Colombia un modelo político similar al chavismo con las consecuencias nefastas que los venezolanos estamos padeciendo. Ese domingo por la tarde, Petro escribió en twitter, con el cinismo que caracteriza a los comunistas, “Cuál derrota. Ocho millones de colombianos y colombianas libres en pie”.

La nueva oposición colombiana, liderada por un ex guerrillero acompañado por la izquierda más radical y subversiva, es uno de los grandes desafíos que debe enfrentar el nuevo gobierno. Ciertamente, Duque ganó con una ventaja superior a 2.3 millones de votos, pero también es verdad que Petro obtuvo una votación muy significativa, aunado a una abstención superior al 45%. La sociedad colombiana empieza a proyectar síntomas de cansancio, frustración y desesperanza que fácilmente puede ser manipulada por el discurso populista y mesiánico de la izquierda inspirada en el ideario chavista. Ya hicieron el primer intento y la verdad no ganaron, pero no les fue mal.

Iván Duque, el más joven de los presidentes de Colombia,  tiene en sus hombros la enorme responsabilidad de liberar a su país de la tentación populista y revolucionaria. Y eso no es poca cosa. Por tal razón, su única opción es gobernar bien, convocando la unidad nacional y practicando la inclusión de todos los colombianos;  de lo contrario, el “por ahora” de Petro podría hacerse realidad dentro de cuatro años.

El gran reto del presidente Duque es gobernar con mano fuerte para combatir la corrupción enquistada en las élites colombianas; administrar los recursos públicos con honestidad y eficiencia, a fin de zanjar las injusticias y la pobreza que mantienen excluidos a millones de colombianos. La pobreza se combate con una economía social de mercado que combine la productividad empresarial con la responsabilidad social y el bienestar colectivo. La visión excluyente de la política colombiana se supera con el acceso a más oportunidades educativas, laborales y de emprendimiento para que más colombianos salgan de la pobreza y contribuyan con el desarrollo integral de la nación.

El presidente Duque tiene el compromiso histórico de reivindicar a la democracia como un sistema político capaz de mejorar la calidad de vida de sus gobernados; es un imperativo hacer que los colombianos se enamoren de la democracia y la defiendan de la amenaza comunista. Duque debe conquistar la confianza de 8 millones que no votaron por él y la de los abstencionistas para evitar que apoyen a un falso mesías que a la postre les traerá más sufrimientos que alegrías. Es la hora de la Colombia libre, incluyente y solidaria de la mano de una democracia fuerte al servicio de todos.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

domingo, 15 de abril de 2018

No soy abstencionista

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Cuando en una sociedad, el sistema político impide la competencia institucionalizada que les permita a los ciudadanos votar por la opción que más les guste o más les convenga, resulta inapropiado hablar de abstencionismo. El abstencionismo puro aparece cuando, a pesar que el sistema promueve y defiende condiciones electorales justas y equitativas, el ciudadano decide no votar por diversas razones; bien porque está conforme con la situación imperante y le brinda un apoyo pasivo a la élite gobernante; porque está fastidiado de votar para que no ocurra ningún cambio que le favorezca; o, sencillamente, porque la política le importa un bledo. En cualquier de estos casos, el ciudadano esgrime sus particulares razones para justificar su abstención al voto.

En mi opinión, el abstencionismo no es la característica predominante de Venezuela a escasos días de la celebración de la elección presidencial, tal como lo perciben algunos analistas y opinadores de oficio. Desconocer la vocación democrática de los venezolanos y su apego al voto, como mecanismo para impulsar cambios políticos, es una actitud temeraria que manifiesta el profundo desconocimiento sobre la cultura democrática del pueblo venezolano.

El hecho que la mayoría de los venezolanos manifieste su decisión de no votar el 20 de mayo, no puede interpretarse como un acto suicida y cobarde que facilita la entronización del madurismo en el poder. Es más bien, un comportamiento de ciudadanía rebelde y de protesta que se niega a otorgarle al dictador la legitimidad de la que carece.
Debemos tener plena conciencia que, a partir del 30 de julio de 2017 con la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, el régimen instauró un modelo electoral que le garantiza la victoria, no importa si tiene los votos suficientes para ganar. El fraude se institucionalizó a partir de esa fecha y cualquier opción diferente al régimen que decida participar en la contienda, tiene asegurada la derrota. El régimen se quitó la máscara y necesita desesperadamente de competidores que abalen su farsa electoral para garantizar un mandato de seis años más, producto de “elecciones democráticas”.

Aquí no se trata de decir que debemos votar porque de lo contrario estamos dejando solo a Maduro en el escenario electoral, o la frase bastante trillada que “un demócrata vota siempre, no importa las condiciones electorales”. La situación es mucho más compleja que resolver el dilema de votar o no votar. El asunto de fondo es construir una base fuerte que nos permita salir bien librados de la tragedia que estamos viviendo y ello exige, entre otras cosas, organizar una oposición más inteligente, más estratégica, con capacidad de conectar con la gente e imprimir la fuerza y la emoción que hemos perdido; lamentablemente Henry Falcón no es capaz de alcanzar esos objetivos. Los esfuerzos para salir de esta tragedia inédita e inhumana deben fundamentarse en una verdadera unidad nacional, dirigida  por  un líder que abra caminos para guiar la transición y con ella la construcción de una nación libre, democrática y con oportunidades de progreso para todos.

Esa oposición activa, responsable y comprometida con los venezolanos, más allá de un slogan de campaña, está llamada a la convocatoria de todos los venezolanos que aspiramos un cambio, tanto los opositores natos como aquellos oficialistas que con legítima razón aborrecen el desgobierno de Maduro. Y, de esa manera, con el apoyo internacional firme y contundente, exijamos condiciones equitativas y de real competencia electoral para que sea el voto la vía para iniciar el cambio de rumbo político de la nación.

La última encuesta nacional de Consultores 21, proyecta que un 30% de los venezolanos estaría muy seguro de ir a votar el 20 de mayo, un porcentaje bastante reducido en comparación con otros procesos electorales presidenciales. De ese porcentaje, los oficialistas estarían votando dos a uno respecto a los opositores. Por otra parte, como ya lo apunté, Falcón no termina de generar confianza en los electores, ni tampoco está inyectando la emoción necesaria para salir votar masivamente y vencer a Maduro. En un escenario como éste, con el riesgo que me llamen profeta del desastre, no veo otra opción que Maduro ganando la elección, a no ser que las cosas cambien sustancialmente en los próximos 30 días de campaña. Pero, además, tendríamos que evaluar el tema del día D, ¿quién va a cuidar los votos de Falcón?, ¿cuál es su estrategia para vencer los abusos, trampas y ventajismo avalado por el CNE y el Plan República, a favor de Maduro?, ¿cuenta con recursos económicos y organizativos para que los votos sean el reflejo auténtico de la opinión de los votantes?

No soy abstencionista, nunca lo he sido. El comportamiento ciudadano asumido a lo largo de mi vida, testimonian el valor que le he dado al voto, abalado por mis escritos y opiniones públicas. No deseo que me confundan como un bolsa que prefirió cruzarse de brazos antes que acudir a votar a ciegas. Soy un ciudadano que, además de exigir condiciones electorales que respeten la libre competencia, he luchado por muchos años en contra de la podredumbre y la miseria en la que nos han sumido esta revolución putrefacta.

Tampoco estoy de acuerdo con la pasividad y el conformismo que aniquilan el espíritu libertario de los venezolanos. Insisto, no podemos cruzarnos de brazos en espera de otro salvador con tentación populista y mesiánica. Es urgente que el Frente por Venezuela salga del mutismo y cumpla con su responsabilidad de unir a este pueblo para luchar por la libertad y el progreso; es vital la conexión emocional que nos deslastre de la desesperanza y el fatalismo. Es prioritario que con organización y mucha firmeza exijamos elecciones verdaderas en las que el líder de la oposición reúna el mayor consenso posible, credibilidad y confianza para iniciar la tarea de la transición política del país. Vamos a aprovechar la indignación de este pueblo contra el peor gobierno de nuestra historia. Existen muchas razones para salir de Maduro pero hagámoslo con inteligencia, con unidad nacional  y con una oposición a la altura de su compromiso histórico. Sólo así destruiremos de raíz el cáncer de una revolución cuyo objetivo es eliminar a Venezuela y a su gente.

Profesor Titular Emeritus de LUZ