martes, 28 de agosto de 2018

¡A veces estamos arriba, otras veces debajo!

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Luís Herrera Campíns, considerado el presidente más refranero de Venezuela, decía con frecuencia que “unas veces estamos arriba, otras veces debajo”, haciendo alusión a las diferentes etapas por las que atravesamos en nuestra vida terrenal. En ocasiones nos sonríe la abundancia, el éxito, la felicidad y, por supuesto, los amigos a granel que celebran nuestros logros; pero también hay momentos de pobreza, tristezas, desgracias y muy pocos amigos que se solidarizan con nuestros infortunios. ¡Qué manera tan sabia y sencilla para ilustrar la vida humana!

En días recientes, el destacado periodista zuliano, Edward Rodríguez, escribió un artículo de opinión titulado “Aporofobia por venezolanos emigrantes”, en el que explicaba las tribulaciones que viven nuestros emigrantes por el hecho de ser pobres y haber caído en desgracia por culpa de la mafia política que nos gobierna desde hace 20 años. Planteaba Rodríguez que antes los venezolanos éramos bienvenidos en cualquier país del mundo, porque teníamos dólares para gastar y disfrutar a manos llenas. Esa realidad cambió abruptamente, pues, hoy somos vistos como una pesada carga para muchas naciones y sus habitantes sienten desprecio o, en el mejor de los casos, lástima por los venezolanos regados por el mundo, especialmente, en países latinoamericanos. El sentimiento xenofóbico empieza a emerger con mucha fuerza contra la diáspora venezolana que crece abrumadoramente. Somos ya un problema de Estado para Colombia, Ecuador, Perú, Brasil y Chile, entre las naciones que reciben el mayor número de emigrantes venezolanos.

Considero que los venezolanos, desde una perspectiva objetiva deslastrada de sentimientos y afectos, tenemos una visión incompleta de la dramática situación de nuestros emigrantes. Poco sabemos del impacto que la diáspora está generando en las naciones receptoras y los sufrimientos que muchos de ellos están padeciendo en albergues, calles y plazas del extranjero. Hay razones que impiden a los que todavía estamos acá, tener una visión más completa de la diáspora; la primera, tenemos que hacer malabares para sobrevivir y no dejarnos morir, cuestión que con seguridad demanda mucho de nuestros esfuerzos y angustias como para interesarnos por los que se fueron; la segunda razón, es la proyección distorsionada que algunos de nuestros emigrantes proyectan en las redes sociales. Pareciera que automáticamente al  irse del país, se alcanzan los sueños, la felicidad y las metas que en Venezuela son imposibles alcanzar. Este es un tema álgido y muy controversial; en todo caso, no es el eje central de este artículo.

Lo realmente importante es que la emigración venezolana ha transitado por varias etapas con consecuencias diferentes. Según investigaciones realizadas por Consultores 21, prestigiosa encuestadora venezolana, el perfil de los que actualmente se quieren ir del país es muy diferente al de los que iniciaron esta inédita emigración, con el agravante que actualmente uno de cada dos venezolanos (47%) manifiesta su deseo de irse del país. Los primeros emigrantes eran mayoritariamente opositores al régimen; hoy día el 66% de los chavistas no maduristas quiere irse de Venezuela, sumado a un 17% de maduristas. La revolución está golpeando fuerte a los que otrora fueron sus fervientes defensores. Otro dato de interés, es que de los que quieren irse para el extranjero, el 54% pertenece a la clase media-alta y un 43% son del estrato marginal-bajo, de allí la explicación de la Aporofobia descrita por Edward Rodríguez. A tal efecto, si algo ha logrado “democratizar” la dictadura de Maduro, además de la pobreza y la miseria, es la diáspora venezolana. Entre los emigrantes cada vez hay menos diferencias políticas, socio-económicas y geográficas. La idea de salir del país está rondando en la mente de prácticamente la mitad de los venezolanos, y eso es un dato devastador para cualquier sociedad del mundo.

La razón principal para querer abandonar el país es la crisis económica (75%), seguido por razones políticas reportadas por un 19% de los venezolanos. Si proyectamos la situación económica en los días por venir, después de la aplicación del paquetazo revolucionario, no resulta temerario inferir que la diáspora se incrementará, convirtiéndose con seguridad en un problema que escapará del control del gobierno nacional y el de los países a los que acuden mayoritariamente nuestros emigrantes.

Esas cifras corresponden a los que declaran su intención de salir del país; ahora, ¿cuántos son los venezolanos que se han ido? Según cifras de Consultores 21, en su Segundo Informe sobre la Diáspora, para el segundo trimestre de 2018 habían salido del país 5.511.965 venezolanos, los cuales representan el 17% de la población total de la nación. De este porcentaje (17%), el 31% de los emigrantes son del Zulia y el Occidente del país, totalizando 1.713.178 habitantes. Otro hallazgo del estudio es que 37% de las familias venezolanas tiene al menos un miembro que ha emigrado del país; en promedio, dos integrantes de estas familias viven fuera del país.  

Estos datos desgarradores expresan que la emigración venezolana es un fenómeno social y humano inédito en la región; nunca antes, en la proporción y en tan brevísimo plazo, ninguna nación latinoamericana ha experimentado semejante situación, ni siquiera los países con mayor tradición migratoria del continente, como es el caso de Colombia, Haití, Cuba, entre otros. Me atrevería a decir que la diáspora venezolana, en términos porcentuales, es mayor que la ola de refugiados sirios que huyen de su país debido a la guerra fratricida que está diezmando a su nación.

Las consecuencias de la diáspora son dramáticas y dejan un sabor muy amargo. El hecho que dos de cada diez venezolanos viven fuera del país, es un dato aterrador. Es un fenómeno que ha permeado el alma de Venezuela. La familia, centro de los afectos mejor atesorados de los venezolanos, hoy está separada, destruida y entristecida porque alguien o varios de la casa se fueron del país contra su voluntad, dejando en el camino amores, recuerdos y parte de sus vidas. Ese sufrimiento difícilmente puede ser superado para quienes la familia guarda un lugar preferente en sus corazones. Por si fuera poco nos estamos quedando sin jóvenes, la savia de cualquier sociedad; se nos están yendo los talentos, las capacidades y las habilidades para reconstruir un país en ruinas que, más temprano que tarde, recobrará el brillo de la libertad y el progreso. Por si fuera poco, estamos siendo maltratados por minorías de países hermanos a quienes, en momentos difíciles de su historia, les tendimos generosa y solidariamente nuestras manos.

Ojalá, en el corto plazo, la diáspora sea evaluada por propios y extraños, como la tragedia humana que aligere la ruptura de las amarras que nos atan a un destino indigno y vergonzoso para Venezuela. En la quietud de la noche, oro para que pronto dejemos de estar abajo y nos pongamos arriba como se merecen todos los venezolanos de buena voluntad que aman profundamente a su país, aún aquellos que en contra de su voluntad se encuentran distantes.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

martes, 21 de agosto de 2018

Paquetazo revolucionario

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

No es necesario ser economista para darse cuenta que el paquetazo anunciado por Nicolás Maduro es un disparate mayúsculo que no tiene ni pies ni cabeza. Es una obra demencial con la marca inequívoca de la revolución madurista; carece de confianza y de credibilidad, aspectos fundamentales para impulsar la recuperación económica. Ciertamente, es un disparate que traerá más pobreza y miseria al país, pero esa es la verdadera intención del paquetazo rojo.  Dejemos de pensar ingenuamente que es producto de un ensayo y error ideado por el G2 cubano para pulsar la reacción de los venezolanos. No, éste es un plan absolutamente deliberado y planificado con el propósito de destruir completamente la economía venezolana y consolidar los mecanismos de control social sobre una población empobrecida. En el reino de los ciegos, el tuerto es el rey. La idea es clara y manejada desde la llegada de Chávez al poder: consolidar una dictadura comunista y sostenerla sobre las miserias de los venezolanos, sin empresas privadas, sin oposición, sin disidencia democrática.

Una economía en estado terminal como la venezolana, no tiene músculos para soportar semejante golpe. Un aumento de más del 3.300% del salario mínimo, el incremento del IVA de 12% a 16%, el aumento de la tasa del ISLR, el anuncio del precio internacional de los combustibles, entre otras perlas, es una locura frente a la absoluta sequía de divisas del país, debido a la caída estrepitosa de la producción petrolera nacional y de la ruina de PDVSA,  de la destrucción del aparato productivo y la ausencia de financiamiento internacional. En términos simples, no hay dinero orgánico ni a corto ni a mediano plazo para financiar la locura económica de Nicolás Maduro, pero el régimen sacó sus cuentas y cree que puede ganar la partida nuevamente.

Con el paquetazo rojo el régimen se está jugando a Rosalinda. O se atornillan al poder o aligeran su salida. Si los venezolanos nos cruzamos de brazos y seguimos llorando sobre la leche derramada, entonces, la dictadura puede obtener la victoria. En primer lugar, habrán logrado estatizar por completo a la economía, un objetivo acariaciado desde el 2007. Gran parte de las empresas no podrán pagar el incremento salarial, el gobierno asumiría la nómina y los pasivos laborales quedando en sus manos la dirección de las mismas. Por otra parte, frente al incremento del desempleo y la pobreza generalizada, la dictadura afianzará su control social garantizando así la dependencia perversa y exclusiva de los venezolanos con el régimen, a través del carnet de la patria y de todos los beneficios que de él se deriven.  

En definitiva, estos son los oscuros propósitos del régimen. ¿Podrán alcanzar el objetivo? Por lo pronto, para lograrlo debe hacer añicos su propio plan económico, pues, el anunciado déficit cero es una entelequia. Si hasta antes del 17 de agosto, el gobierno se negó a mejorar los salarios de los empleados del sector salud, en huelga desde hace más de dos meses, cómo es que ahora puede pagar 180.000.000 Bs de salario mínimo del sector oficial y asumir el del sector privado, ¿de dónde va a obtener esa montaña de bolívares soberanos? La respuesta es muy fácil, imprimiendo más dinero inorgánico con lo cual la hiperinflación se disparará peligrosamente. Si el régimen puede hacerle frente a esta locura “made in revolution”, es posible que gane otra vez. 

Lo contrario, supondría un aceleramiento vertiginoso de la crisis del país a todos los niveles; el incremento incontrolado de la diáspora con los efectos colaterales que ello genera para los países receptores de la región, especialmente, Colombia, Ecuador y Perú; la conflictividad social a lo largo y ancho del país; la pérdida absoluta de gobernabilidad que llevaría al régimen a radicalizar los abusos y violaciones de los derechos humanos; en fin, Venezuela sería el infierno en la tierra con un desenlace de pronóstico reservado.  

La compleja y explosiva situación del país exige respuestas contundentes de quienes creemos que con este régimen Venezuela no tiene presente ni mucho menos futuro. Ello implica una gran dosis de racionalidad política que permita de una buena vez construir una Unidad Nacional integrada por todos los factores de oposición democrática, incluyendo a los partidos políticos, la disidencia chavista, las fuerzas armadas, las iglesias, la academia y las universidades, al empresariado nacional y a los productores agropecuarios, a todos sin excluir a nadie. Este esfuerzo supone igualmente que la Unidad se deslastre de la impulsividad y el cortoplacismo que generan expectativas que no pueden ser cumplidas. En definitiva, la Unidad debe combatir a todos aquellos intereses y parcialidades que saboteen la defensa de los supremos intereses de la patria.

Es menester más acciones estratégicas y menos enunciados espasmódicos y carentes de la verdadera organización que exigen tiempos tan convulsos como los que vivimos. No me cansaré de decirlo, sin UNIDAD NACIONAL que trascienda los intereses particulares de los diferentes actores nacionales, no será posible vencer a la tiranía. La unidad nacional renovaría las esperanzas perdidas y aflorarían razones suficientes para continuar la lucha, con la seguridad que marchamos por el camino correcto. Dentro de este escenario, los esfuerzos de la comunidad internacional encontrarían más motivos para liberar a Venezuela del virus del comunismo y la tiranía.

Ojalá podamos entender la magnitud de esta crisis que amenaza con destruirnos como país y sociedad, porque las instituciones y la economía ya están destruidas. Ojalá podamos darnos cuenta que Venezuela está pidiendo el auxilio de sus hijos para que la liberemos de esta mafia que nunca debió llegar al poder.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

miércoles, 25 de julio de 2018

Ciudad muerta

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

El título del artículo no hace referencia al pueblo de Ortiz, Estado Guárico, donde Miguel Otero Silva se inspiró para escribir su novela “Casas Muertas”, publicada por vez primera en 1955. Estamos hablando de Maracaibo, otrora referencia portentosa de desarrollo y modernidad, hoy convertida en un basurero a cielo abierto. Nunca antes Maracaibo había sufrido tanto abandono y desprecio por quienes desgraciadamente la gobiernan.
Las enfermedades, las guerras de caudillos y la pobreza que azotaron a Ortiz a principios del siglo XX, tal como lo describe Otero Silva en su novela, es poca cosa en comparación con las calamidades que, en pleno siglo XXI, sufrimos los maracaiberos y los zulianos en general, en manos de unos gobernantes que les sobra la capacidad para destruir todo lo que consiguen a su paso, y una maldad infinita en contra de un pueblo laborioso, noble y apegado entrañablemente a sus querencias.

No hay palabras para describir la situación actual de Maracaibo. Nuestra capital es una ciudad fantasma que ha perdido el brillo de los colores que enamoraban a propios y extraños. La alegría contagiante de su gente, el dinamismo cotidiano, la voluntad para emprender y hacer grandes cosas, todo se ha perdido por culpa de una camarilla que, teniendo el poder y los recursos suficientes, están de espaldas al pueblo porque su prioridad es la  defensa de sus particulares y oscuros intereses.
Muchas veces oímos decir que a Maracaibo le faltaba un gobierno del PSUV para sacarla del foso en la que la derecha la había metido. ¡Cuánto cinismo, cuánta mentira! Hoy estamos más abajo del foso, sin perspectivas de mejorar a corto y mediano plazo. El amor que hipócritamente dicen profesar por Maracaibo es altamente tóxico, realmente son amores que matan.

El caos y la pobreza han africanizado a Maracaibo. Cualquier localidad de un país suramericano, por pequeña que sea, está en mejores condiciones que la segunda ciudad de Venezuela. Ningún servicio público funciona. Los vertederos públicos de basura a lo largo y ancho de la ciudad, delatan inexcusablemente la incapacidad del nuevo alcalde para cumplir con sus obligaciones, con la amenaza de una epidemia que complicaría aún más la existencia de los maracaiberos frente a la ausencia de medicinas y de salud pública. La falta del servicio eléctrico es otra tragedia que ha trastocado nuestra maltratada y exigua calidad de vida. Ya no es sólo el impacto demoledor que ello provoca en la economía del Estado, sino en el sosiego y tranquilidad que como seres humanos necesitamos tener en nuestros hogares. El derecho al descanso reparador nos ha sido arrebatado. Vivir en el Zulia es un monumento al heroísmo porque cualquier mortal no aguanta la desgracia a la que nos ha sometido esta revolución de pacotilla.

Ni hablar de la falta crónica de agua potable, del transporte público, del deterioro de vías, plazas e infraestructura en general. Maracaibo es fiel ejemplo de la desidia y del abandono del peor gobierno que jamás tuvimos. Duele en lo profundo del alma ver a la ciudad del sol amada aniquilada, ruinosa y sin fuerzas para levantarse contra quienes mutilan su grandeza.

Al rosario de problemas, agreguémosle la anarquía colectiva que ya es parte de la anormalidad en la que vivimos. La falta de semáforos y de vigilancia policial contribuye con la locura que se apodera de nosotros. Gracias a la crisis, el flujo vehicular ha disminuido significativamente porque, de lo contrario, las muertes por accidentes viales serían catastróficas.

Frente a esta calamidad pavorosa urge la unidad del Zulia; esa unidad que libró tantas batallas y contribuyó a la materialización de importantes logros, convirtiéndonos en referencia nacional e internacional. Esa unidad que nos hizo indomables frente a las mezquindades del centralismo; una unidad que amalgamó el alma del Zulia por encima de intereses partidistas y grupales. Esa unidad debemos rescatarla para conquistar de nuevo el orgullo de ser zulianos. Sólo con una unidad monolítica, luchadora, irreverente y fiel, a imagen y semejanza de lo que ha sido el Zulia a lo largo de la historia, podremos vencer a quienes obstinadamente usan el poder para destruir la grandeza de los zulianos.

El Zulia nos exige unidad, nobleza y entrega en los peores momentos que ha vivido a lo largo de la vida republicana del país. Si no actuamos a la altura de esta compleja situación, tanto al gobierno como a la oposición, “…Chinita tendréis que meter la mano y mandarlos pal infierno”, como lo cantó Ricardo Aguirre en su inmortal Grey Zuliana.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

miércoles, 18 de julio de 2018

¡Se busca!

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Los venezolanos estamos tras la búsqueda de los elementos que nos permitan liberarnos de esta horrenda pesadilla revolucionaria. Sabemos desde hace bastante tiempo de quién es la culpa de la tragedia que vivimos; sabemos dónde están y qué hicieron para transformar el oro en estiércol y convertir a Venezuela en uno de los países más pobres del orbe. También sabemos que siguen usando del poder para hacerse más ricos a costa del hambre del pueblo y destruir a la nación. Sabemos que son unos delincuentes, inmorales y corruptos que mancillan el honor de la patria y son indignos de llamarse venezolanos. Son una plaga que no tiene similitud alguna con los peores gorilas que a través de la historia han usurpado el poder en América Latina.

¿Qué nos hace falta para vencer a quienes pretenden aniquilarnos como país?, ¿dónde podemos encontrar esa fuerza liberadora? En mi opinión, entre otros tantos factores, debemos buscar estos tres: un líder creíble que aglutine el sentimiento nacional mayoritario que se opone al régimen; la articulación de la oposición orientada por un plan de unidad nacional y con visión estratégica a mediano y largo plazo; y, la tercera, consecuencia de las anteriores, la masiva organización y participación popular para rescatar la energía que elimine la anomia y el conformismo que nos mantiene inertes frente a la debacle.
Me declaro opuesto a cualquier liderazgo mesiánico, sus resultados siempre son devastadores. Pero es perentoria la presencia de un líder democrático, responsable, capaz y con visión de estadista. Un liderazgo de esta naturaleza ordenaría la casa después de tanto abandono y desidia; podría apuntar hacia la dirección correcta y establecer las fases para alcanzar la meta final; de igual manera, un buen líder es capaz de inspirar a la sociedad en la búsqueda de sus supremos intereses. Pero, ¿dónde está ese líder? Por el momento no está visible públicamente. Me resisto a pensar que, después de 40 años de ejercicio democrático y 20 años consecutivos de lucha contra la dictadura, carezcamos de líderes capaces de maniobrar en esta tormenta y llevar al país a puerto seguro. Sin ese líder, ya sea de los partidos, ONG o sector privado, la compleja tarea de rescatar el país será más difícil, pues, no tendremos la dirección y motivación necesarias en circunstancias de tanto desánimo y desesperanza. Necesitamos que alguien nos diga ¡Si se puede! y ¡Juntos vamos a lograrlo! y que actúe en consecuencia.

El otro aspecto que andamos buscando es la articulación de una oposición responsable, comprometida con el país y más generosa que la actual. Sería injusto afirmar que la oposición venezolana no ha hecho nada por el país; pienso que han habido muchas equivocaciones y en la lucha política han privado los intereses particulares, el cálculo estéril y hasta cierta dosis de ingenuidad y estupidez. Pero continuar con este discurso es nocivo; es urgente la recomposición de la oposición venezolana como tantas veces lo he manifestado. Lo que nació después de la MUD fracasó; estamos a punto de perder el país, ya perdimos la democracia y las instituciones; este es un país que milagrosamente aún sobrevive, razón suficiente para reconstruir la unidad política y trabajar afanosamente en las estrategias para vencer a la tiranía. Creo que el aprendizaje es abundante para enmendar los errores, sacudir el polvo de los zapatos y apresurar el paso que los venezolanos estamos exigiendo antes que desaparezcamos como sociedad civilizada. Todavía estamos a tiempo.

Y, por último, sin la participación popular todo esfuerzo resultará inútil. En estos momentos, Venezuela luce como un país fantasma aunque los venezolanos llevemos por dentro la rabia y el sabor amargo de esta crisis descomunal. Estamos anestesiados frente a la tragedia; nuestra lucha cotidiana se centra en la sobrevivencia familiar y personal para no dejarnos morir; mientras tanto el régimen se atornilla porque no existe ningún muro de contención contra sus aberraciones; ellos están solos en el campo de juego. Sin duda están ganando el partido y, si nos mantenemos como hasta ahora, con seguridad derrotarán definitivamente a la democracia y al progreso de los venezolanos. Aunque resulte difícil creerlo, en pleno siglo XXI, la tiranía vencerá a la libertad y la oscuridad se impondrá sobre la luz. Venezuela pasará a la historia como un país en el que un grupo de criminales y desadaptados tomó el poder e instauró la dictadura más nueva del planeta.

Si los venezolanos no vemos un liderazgo con credibilidad que sea capaz de hacer brotar de nuevo la fe y las esperanzas perdidas, así como una oposición que vea más allá de su ombligo y se coloque a la altura del compromiso histórico que demanda la patria, entonces, nos iremos los que podamos irnos y los otros nos acostumbraremos a vivir en una sociedad a imagen y semejanza del modelo comunista.

En este escenario, de nada servirán las gestiones de buena voluntad y los castigos ejemplarizantes de personeros del régimen por parte de la comunidad internacional. Si nosotros y, muy especialmente, los dirigentes nacionales, no nos atrevemos a rescatar el país, mal podríamos exigirle al mundo que haga lo que a nosotros nos corresponde hacer.

Un líder creíble y auténtico, una oposición unida y articulada estratégicamente y la participación multitudinaria de los venezolanos son, en mi humilde opinión, los elementos claves para desamarrar el nudo que nos ata al infortunio heredado por esta revolución de pacotilla que mantiene secuestrado el mejor futuro que los venezolanos nos merecemos.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

martes, 10 de julio de 2018


El huracán populista mexicano
Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

El populismo de izquierda entró por la puerta grande a México. El pasado 1° de julio la coalición Juntos haremos historia, integrada por los partidos Morena, PT y ES, se convirtió en un huracán electoral que destruyó los cimientos del tradicional bipartidismo mexicano para convertirse en la nueva hegemonía política de ese país. Bajo el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), México inaugura un nuevo ciclo político fundamentado en la izquierda populista. Después de tres intentos consecutivos (2006, 2012 y 2018),  AMLO logró conquistar la confianza de las mayorías promoviendo un discurso de justicia social y redención popular, de combate a la corrupción y de eliminación de la mafia política que ha mantenido el poder en los últimos setenta años. López Obrador se convierte así en una especie de salvador que prometió sacar a México de la pobreza impulsada por el PRIAN –PRI y PAN-, con la pretensión de implantar un cambio radical del sistema político mexicano.

Sin duda, los mexicanos le firmaron un cheque en blanco a López Obrador, otorgándole el poder que nunca antes había detentado presidente mexicano desde hace mucho tiempo. La elección del pasado 1° de julio es considerada como la más importante de la historia de México, no sólo por la gran cantidad de cargos a elegir, sino por el enfrentamiento encarnizado entre las fuerzas tradicionales, representadas por el PRI y el PAN,  y el cambio político representado por el liderazgo de López Obrador, quien se constituyó en la marca más poderosa de la campaña electoral del 2018.

Son muchos los aspectos que merecen ser destacados para tener una visión exacta de lo que ocurrió en México el 1° de julio y lo que acontecerá en los próximos veinte años. La participación electoral (63,4%) ha sido la más alta de la historia reciente mexicana; sufragaron 56.608.050 electores de los 89.332.031 que conforman el padrón electoral. López Obrador se convirtió en el presidente que ha obtenido la mayor cantidad de votos  (30.112.109, 53%) de todos los tiempos; la ventaja respecto a Ricardo Anaya, que se ubicó en segundo lugar, fue de 17.502.637 votos. Al sumar los votos de Anaya y Meade (21.898.850), la ventaja sigue siendo de 8.213.259. Con tales resultados, el mapa mexicano se tiñó de color vino, perdiendo solamente en Guanajuato de los 32 Estados de la República Mexicana.

De igual manera, el 1° de julio se eligieron nueve gubernaturas, de las cuales Morena ganó cinco (Ciudad de México, Morelos, Chiapas, Tabasco y Veracruz); tres las ganó el PAN (Guanajuato, Puebla y Yucatán) y Movimiento Ciudadano ganó Jalisco. En relación con la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, de los 300 curules elegidos directamente, la coalición Juntos haremos historia obtuvo el 73%; la coalición México al Frente 22% y la coalición Todos por México 5%. El panorama en el Senado no difiere mucho del anterior. El Senado está integrado por 128 senadores, de los cuales 64 son electos como mayoría relativa, 32 como la primera minoría y los 32 restantes por representación proporcional. De los 96 senadores elegidos directamente, 56% pertenece a Juntos haremos historia, 30% a México al Frente y 14% a Todos por México.

El hartazgo se apoderó de la voluntad de millones de mexicanos que decidieron votar con el hígado; votaron con rabia para castigar a los culpables de la corrupción y las desigualdades sociales, convencidos “que peor de lo que hoy estamos no podemos estar”. Votaron en contra de Peña Nieto y del PRI, principales derrotados de estas elecciones; votaron en contra de “la mafia del poder” que implantó  el gasolinazo y las reformas fiscales; que no combatió  la inseguridad y privilegió la impunidad; en contra de la “mafia” responsable de la pobreza y la inequidad. En fin, los mexicanos votaron por un cambio capaz de desterrar sus desgracias colectivas. Y la verdad, le entregaron a López Obrador todo el poder para que mejore sustancialmente su calidad de vida; con semejante mandato popular, AMLO no tiene pretextos para no cumplirle a México.   

Escucho opiniones que pretenden dejar en evidencia la ignorancia o ingenuidad del pueblo mexicano al elegir a AMLO como su presidente para el próximo sextenio. “Los mexicanos no aprendieron de la tragedia de Venezuela”, “nadie escarmienta con cabeza ajena”, son opiniones que no reflejan necesariamente la actual realidad de México. Vamos a estar claro, la victoria de López Obrador no es responsabilidad exclusiva de los electores que lo votaron; son muchas las razones que, nos guste o no, contribuyeron con la llegada al poder de la izquierda populista. En todo caso, el pueblo fue el operador político de la victoria arrolladora de Morena en casi toda la geografía mexicana.  

A nivel interno, los principales partidos del stablisment no hicieron absolutamente nada para frenar la evidente victoria de AMLO. En vez de llegar a acuerdos que permitiesen presentarse como una opción de unidad nacional, con voluntad para enderezar los entuertos históricos y con capacidad para gobernar eficiente y honestamente a México, aprovecharon la campaña para insultarse mutuamente, convencidos que al final, tal como ocurrió en el 2006, las encuestas se equivocarían y el apoyo hacia López Obrador no sería suficiente para ganar la elección. ¡Qué falta de realismo político! Mientras que Anaya y Meade se peleaban, López Obrador crecía y legitimaba el discurso contra la “mafia del poder”. Al final de la campaña empezaron hablar del voto útil para vencer a AMLO, pero ya no había tiempo y, como lo diría el propio López Obrador, “ese arroz ya estaba cocido”.          
Se hicieron esfuerzos a través de las redes sociales para sensibilizar a los mexicanos sobre la crisis venezolana. Éstos no lograron permear a la sociedad mexicana; para la mayoría de los mexicanos, Venezuela es una realidad lejana que no tiene ningún símil con México; muchos afirman “nosotros no somos como los venezolanos”. De nada valió asociar a López Obrador con Chávez o Maduro. Cuando el pueblo está férreamente decidido, no hay nada que impida consumar su decisión.

Con el ascenso de AMLO al poder sólo queda esperar. O cumple sus promesas dentro de la institucionalidad republicana, instaurando cambios progresivos que fortalezcan la democracia y la justicia social; o, el cambio radical podría ser un salto al vacío que traiga más desgracias a los mexicanos que las que existen en la actualidad. Ojalá el huracán electoral de AMLO no se convierta en un huracán que destruya a ese noble y hermoso país latinoamericano.

Profesor Titular Emeritus de LUZ

miércoles, 27 de junio de 2018

¿Atrapados y sin salida?

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Algo está ocurriendo en mi país que impide desamarrar el nudo que nos mantiene atados a esta tragedia que vivimos. Nadie en su sano juicio puede entender cómo hemos llegado a esta dramática situación que empeora cada día. Racionalmente no existe justificación alguna para que una camarilla ilegítima y de delincuentes continúe en el poder, sin que nada ni nadie pueda impedir que sus planes macabros sigan destruyendo a la nación.

El deterioro de la sociedad venezolana es brutal y total. Nadie se escapa de la vorágine revolucionaria; todos sucumbimos bajo la fuerza diabólica de un régimen que se planteó como propósito la destrucción de la libertad, la democracia y el progreso de los venezolanos. Somos una sociedad inerme, indefensa y anestesiada de cara al más devastador proyecto ideológico que ha experimentado América Latina durante toda la era republicana.

La realidad venezolana es dantesca. Cualquier salario pagado en moneda nacional, por alto que sea, es devorado por la inflación más alta del planeta. Los venezolanos apenas sobrevivimos; la miseria, el hambre y la pobreza se adueñaron de la vida de millones de compatriotas, destruyendo la poquita esperanza que les quedaba en sus corazones. La tragedia es cruel e inhumana. Dolorosamente debemos admitir que a corto plazo no tenemos salida. Permanecemos atrapados viendo cómo se muere un país que en otrora fue faro de libertad y de prosperidad para el mundo.

Nuestros niños se mueren por desnutrición y por falta de atención médica; este régimen inhumano está empeñado en asesinar a las nuevas generaciones de venezolanos, al igual que lo está haciendo con los ancianos, con los pacientes de enfermedades crónicas, con las mujeres embarazadas. La muerte se ha convertido en uno de los rasgos distintivos de la revolución de Chávez y Maduro.

Este régimen es un asesino compulsivo. Asesinó al trabajo como palanca poderosa para generar bienestar y productividad. Hoy el trabajo significa poco para los venezolanos porque no importa cuánto trabajemos, lo que ganamos no alcanza para nada. Asesinó al emprendimiento como fórmula para potenciar las capacidades y habilidades de la gente para  mejorar su calidad de vida y contribuir con el desarrollo del país. Este régimen asesinó a la educación como opción clave para la movilidad social. La educación dejó de ser en Venezuela la puerta que abre nuevas oportunidades para construir el gran país que tanto anhelamos. Estudiar se ha convertido en algo inalcanzable para los jóvenes, no porque no deseen educarse, sino porque sencillamente les resulta misión imposible acudir a liceos y universidades. Después de ser el país latinoamericano con la mayor matrícula universitaria, tenemos ahora universidades ruinosas sin profesores y alumnos porque la crisis los obliga a migrar o a realizar otras labores para no dejarse morir.

Este régimen asesinó la esperanza que nos permite empinarnos en las dificultades para seguir luchando y soñando por un mejor país. Asesinó la dignidad de algunos venezolanos que, a cambio de una bolsa de comida, siguen esperando la redención social que les ofreció la revolución y que jamás llegará. Parece que también asesinó el heroísmo, el coraje y la determinación de un pueblo que permitió forjar nuestra independencia y la democracia en 1.958.

Frente a este desolador panorama vemos a una oposición inmóvil, sin capacidad de respuesta para acompañar y conectarse con los venezolanos. Nuestro país está la deriva; con un régimen ilegítimo que perdió absolutamente la gobernabilidad y una oposición dividida y sin un plan para salir del abismo. Mientras tanto, la inmensa mayoría de los venezolanos paga con sangre, sudor y lágrimas las consecuencias de una crisis que amenaza con la destrucción del país y de sus instituciones. Otra minoría migra del país o espera resignada que llegue el milagro que está tardando mucho.

Por el contrario, observamos una posición más activa de la comunidad internacional a favor de la libertad y el rescate de la democracia venezolana, acusando la existencia de una crisis humanitaria sin parangón en la región latinoamericana. Estos esfuerzos tan importantes para encontrar una salida a la crisis del país, pueden perder la contundencia necesaria si de puertas adentro la oposición se mantiene inmóvil y totalmente desenfocada.
Lo que sí es una verdad inocultable es que Venezuela va camino al barranco; estamos a punto de perder nuestra propia existencia como nación. El caos es indetenible y necesitamos hacer algo para impedir la destrucción total de Venezuela. Si dentro de la casa no hacemos nada, resulta temerario exigirle a la comunidad internacional que haga lo que nosotros no queremos hacer.

Es increíble que con toda esta desgracia que hemos vivido, aún prevalezcan la mezquindad, el cálculo y los intereses inconfesables de la oposición venezolana. No es normal que los venezolanos estemos huérfanos de liderazgos serios, responsables y con visión de futuro, amantes verdaderos de la democracia y la libertad. Si ustedes no actúan a la altura de las dificultades del país, habrá razones suficientes para pensar que tampoco merecen gobernar al país, porque fueron incapaces de organizar la lucha democrática y popular y encender la llama de la esperanza para recuperar la libertad y el progreso de la nación.

Amigos de los partidos democráticos, por favor, pasen la página del odio y la inmadurez, la página de la división estéril y de los cálculos inútiles. Asuman con gallardía y coraje la defensa de Venezuela y les aseguro que este pueblo sediento de paz, libertad y bienestar se unirá al proyecto de reconstruir la patria, dirigida por mujeres y hombres de bien que aman entrañablemente a su país. No podemos perder más tiempo. Vamos a darnos la oportunidad y la confianza de que sí podemos vencer a quienes impiden desamarrar el nudo de la tragedia venezolana. Vamos como uno solo a conquistar lo que por derecho nos corresponde. Es el momento de la grandeza de la patria.

Profesor Titular Emeritus de LUZ

martes, 19 de junio de 2018

¡Por ahora no gobernaremos!

Efraín Rincón Marroquín (EfrainRincon17)

Aún retumba en mis oídos el “por ahora no se cumplieron los objetivos”, trágica frase del golpista Hugo Chávez en la mañana del 5 de febrero de 1992. Desde ese mismo momento, Chávez supo que era posible instaurar un modelo político de cambio que a la postre arruinaría a Venezuela. Ese “por ahora” lo catapultó políticamente y millones empezaron a endosarle la honestidad, la capacidad y el “amor” por el pueblo que ya escaseaba en la élite política de ese tiempo.

Veintiséis años después oigo otro “por ahora no gobernaremos”, pero esta vez  en boca de Gustavo Petro, candidato guerrillero que perdió las elecciones presidenciales colombianas del pasado 17 de junio. Esas palabras no son el consuelo tonto de quien perdió la batalla; son en sí mismas la amenaza de instaurar en Colombia un modelo político similar al chavismo con las consecuencias nefastas que los venezolanos estamos padeciendo. Ese domingo por la tarde, Petro escribió en twitter, con el cinismo que caracteriza a los comunistas, “Cuál derrota. Ocho millones de colombianos y colombianas libres en pie”.

La nueva oposición colombiana, liderada por un ex guerrillero acompañado por la izquierda más radical y subversiva, es uno de los grandes desafíos que debe enfrentar el nuevo gobierno. Ciertamente, Duque ganó con una ventaja superior a 2.3 millones de votos, pero también es verdad que Petro obtuvo una votación muy significativa, aunado a una abstención superior al 45%. La sociedad colombiana empieza a proyectar síntomas de cansancio, frustración y desesperanza que fácilmente puede ser manipulada por el discurso populista y mesiánico de la izquierda inspirada en el ideario chavista. Ya hicieron el primer intento y la verdad no ganaron, pero no les fue mal.

Iván Duque, el más joven de los presidentes de Colombia,  tiene en sus hombros la enorme responsabilidad de liberar a su país de la tentación populista y revolucionaria. Y eso no es poca cosa. Por tal razón, su única opción es gobernar bien, convocando la unidad nacional y practicando la inclusión de todos los colombianos;  de lo contrario, el “por ahora” de Petro podría hacerse realidad dentro de cuatro años.

El gran reto del presidente Duque es gobernar con mano fuerte para combatir la corrupción enquistada en las élites colombianas; administrar los recursos públicos con honestidad y eficiencia, a fin de zanjar las injusticias y la pobreza que mantienen excluidos a millones de colombianos. La pobreza se combate con una economía social de mercado que combine la productividad empresarial con la responsabilidad social y el bienestar colectivo. La visión excluyente de la política colombiana se supera con el acceso a más oportunidades educativas, laborales y de emprendimiento para que más colombianos salgan de la pobreza y contribuyan con el desarrollo integral de la nación.

El presidente Duque tiene el compromiso histórico de reivindicar a la democracia como un sistema político capaz de mejorar la calidad de vida de sus gobernados; es un imperativo hacer que los colombianos se enamoren de la democracia y la defiendan de la amenaza comunista. Duque debe conquistar la confianza de 8 millones que no votaron por él y la de los abstencionistas para evitar que apoyen a un falso mesías que a la postre les traerá más sufrimientos que alegrías. Es la hora de la Colombia libre, incluyente y solidaria de la mano de una democracia fuerte al servicio de todos.

Profesor Titular Eméritus de LUZ