viernes, 23 de enero de 2015


Retos de la oposición venezolana

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

 
Mario Vargas Llosa, en su ensayo “La civilización del espectáculo” (2012), nos advierte acerca de la descomposición creciente de la sociedad contemporánea, destacando la banalización de las artes y la literatura, el triunfo del periodismo amarillista y la frivolidad de la política, aspectos que han permitido dar la espalda a la realidad circundante para convertirse en meros mecanismos de distracción y entretenimiento.

En el caso de la política, no es sólo frecuente la inmoralidad con la que algunos políticos actúan en beneficio de intereses personales o grupales, sino la manera simplista y errática con la que hacen política, dejando a un lado el sentido común y la visión estratégica fundamentales para el efectivo cumplimiento de propósitos y metas. Definitivamente, la política es algo serio y en función de ello debe actuarse. El político debe formarse integralmente para que su desempeño sea vinculante con su vocación pública, tanto en circunstancias favorables como aquellas marcadas por las dificultades.

Estas reflexiones las planteo en el marco de la cruenta crisis por la que atraviesa el país, en momentos donde la política debe erigirse en un mecanismo capaz de recomponer la institucionalidad democrática que este régimen ha hecho añicos. Por tal razón, es necesario que el bloque democrático haga bien las cosas para concretar el cambio que la inmensa mayoría de los venezolanos aspiramos. Hacer uso de la racionalidad y comportarse a la altura del compromiso histórico que las circunstancias exigen, es una tarea inaplazable, porque sentarse a esperar que el cambio de rumbo del país ocurra espontáneamente, es una torpeza mayúscula.

Las colas por sí mismas no van a producir un cambio de gobierno. Resultaría contraproducente un estallido social que desemboque en un estado de anarquía que ni el gobierno ni la oposición tienen capacidad para controlar. El proyecto del gobierno está desgastado y la gente empieza a dar serias manifestaciones de cansancio y de rechazo a quienes nos han metido en este desmadre descomunal; por su parte, la oposición no termina de articular una estrategia que enganche a la mayoría y sea percibida como una verdadera opción de poder, a pesar de las extraordinarias oportunidades que le ofrece la actual dinámica nacional. En consecuencia, dentro de un escenario de violencia saldría ganando el sector que, como los militares radicales, no creen en el sistema de libertades que nos ofrece la democracia. Los testimonios en estos últimos dieciséis años son elocuentes, están a la vista de todos.

Pero además, lo que hasta ahora observamos es que la rabia y frustración de la población es un sentimiento personal –¿cómo resuelvo mis problemas primero que los demás?, o ¿cómo hago para encontrar los alimentos o los pañales?-, más no es el producto de la conciencia racional y colectiva convencida que es el régimen él único culpable de la desastrosa situación que nos golpea a todos por igual; y, que resolver momentáneamente la falta de alimentos y medicinas, no va a solucionar una crisis que apenas empieza, ya que todo indica que la situación empeorará con el pasar de los días; esto es sólo el comienzo de una crisis colosal que demandará mucha fortaleza e ingenio por parte de todos los venezolanos para soportar lo que nos viene.

En consecuencia, hacer bien las cosas significa que el bloque democrático entienda que la unidad se constituye en el bien más valioso de los aliados; una unidad que no sólo contemple el entendimiento y afecto entre las partes, sino que los aglutine en torno a una visión común de país y en las estrategias requeridas para alcanzar la victoria. Porque dentro de la democracia es natural la diversidad de líderes y pensamientos –esa es su esencia-, pero resulta un acto de inmadurez la diversidad de estrategias y acciones que profundizan la percepción de desorganización, incapacidad y personalismos infantiles que tanto daño le han hecho a la oposición venezolana.

Centrarse en una estrategia atractiva y convincente capaz de producir cambios sustanciales que debiliten constitucionalmente la hegemonía de este proyecto fracasado, es una sana recomendación. Pensar que dentro de pocos meses habrá elecciones parlamentarias, con posibilidades extraordinarias para el sector democrático, y capitalizar el descontento popular para que a través del sufragio los venezolanos empecemos un nuevo ciclo histórico, es una alternativa interesante porque la mejor manera de sacar a esta plaga es usando el mismo mecanismo con el que llegaron al poder: montaña de votos que les grite que su tiempo ya acabó, que los venezolanos seguimos luchando por un país libre, democrático, con justicia, progreso y oportunidades para todos que ellos jamás pueden brindarnos. Es tiempo que el fracaso, la mediocridad y la corrupción dejen el campo abierto al éxito, a la capacidad y a la voluntad solemne de hacer bien las cosas para construir un mejor país para todos.

                            Profesor Titular de LUZ

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