Retos de la oposición venezolana
Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)
Mario Vargas Llosa, en su ensayo “La civilización del
espectáculo” (2012), nos advierte acerca de la descomposición creciente de la
sociedad contemporánea, destacando la banalización de las artes y la
literatura, el triunfo del periodismo amarillista y la frivolidad de la
política, aspectos que han permitido dar la espalda a la realidad circundante
para convertirse en meros mecanismos de distracción y entretenimiento.
En el caso de la política, no es sólo frecuente la inmoralidad
con la que algunos políticos actúan en beneficio de intereses personales o
grupales, sino la manera simplista y errática con la que hacen política,
dejando a un lado el sentido común y la visión estratégica fundamentales para
el efectivo cumplimiento de propósitos y metas. Definitivamente, la política es
algo serio y en función de ello debe actuarse. El político debe formarse
integralmente para que su desempeño sea vinculante con su vocación pública,
tanto en circunstancias favorables como aquellas marcadas por las dificultades.
Estas reflexiones las planteo en el marco de la
cruenta crisis por la que atraviesa el país, en momentos donde la política debe
erigirse en un mecanismo capaz de recomponer la institucionalidad democrática
que este régimen ha hecho añicos. Por tal razón, es necesario que el bloque
democrático haga bien las cosas para concretar el cambio que la inmensa mayoría
de los venezolanos aspiramos. Hacer uso de la racionalidad y comportarse a la
altura del compromiso histórico que las circunstancias exigen, es una tarea
inaplazable, porque sentarse a esperar que el cambio de rumbo del país ocurra
espontáneamente, es una torpeza mayúscula.
Las colas por sí mismas no van a producir un cambio de
gobierno. Resultaría contraproducente un estallido social que desemboque en un
estado de anarquía que ni el gobierno ni la oposición tienen capacidad para
controlar. El proyecto del gobierno está desgastado y la gente empieza a dar
serias manifestaciones de cansancio y de rechazo a quienes nos han metido en
este desmadre descomunal; por su parte, la oposición no termina de articular
una estrategia que enganche a la mayoría y sea percibida como una verdadera
opción de poder, a pesar de las extraordinarias oportunidades que le ofrece la
actual dinámica nacional. En consecuencia, dentro de un escenario de violencia
saldría ganando el sector que, como los militares radicales, no creen en el
sistema de libertades que nos ofrece la democracia. Los testimonios en estos
últimos dieciséis años son elocuentes, están a la vista de todos.
Pero además, lo que hasta ahora observamos es que la
rabia y frustración de la población es un sentimiento personal –¿cómo resuelvo
mis problemas primero que los demás?, o ¿cómo hago para encontrar los alimentos
o los pañales?-, más no es el producto de la conciencia racional y colectiva convencida
que es el régimen él único culpable de la desastrosa situación que nos golpea a
todos por igual; y, que resolver momentáneamente la falta de alimentos y
medicinas, no va a solucionar una crisis que apenas empieza, ya que todo indica
que la situación empeorará con el pasar de los días; esto es sólo el comienzo
de una crisis colosal que demandará mucha fortaleza e ingenio por parte de
todos los venezolanos para soportar lo que nos viene.
En consecuencia, hacer bien las cosas significa que el
bloque democrático entienda que la unidad se constituye en el bien más valioso
de los aliados; una unidad que no sólo contemple el entendimiento y afecto
entre las partes, sino que los aglutine en torno a una visión común de país y
en las estrategias requeridas para alcanzar la victoria. Porque dentro de la
democracia es natural la diversidad de líderes y pensamientos –esa es su
esencia-, pero resulta un acto de inmadurez la diversidad de estrategias y
acciones que profundizan la percepción de desorganización, incapacidad y
personalismos infantiles que tanto daño le han hecho a la oposición venezolana.
Centrarse en una estrategia atractiva y convincente
capaz de producir cambios sustanciales que debiliten constitucionalmente la
hegemonía de este proyecto fracasado, es una sana recomendación. Pensar que
dentro de pocos meses habrá elecciones parlamentarias, con posibilidades
extraordinarias para el sector democrático, y capitalizar el descontento popular
para que a través del sufragio los venezolanos empecemos un nuevo ciclo
histórico, es una alternativa interesante porque la mejor manera de sacar a
esta plaga es usando el mismo mecanismo con el que llegaron al poder: montaña
de votos que les grite que su tiempo ya acabó, que los venezolanos seguimos
luchando por un país libre, democrático, con justicia, progreso y oportunidades
para todos que ellos jamás pueden brindarnos. Es tiempo que el fracaso, la
mediocridad y la corrupción dejen el campo abierto al éxito, a la capacidad y a
la voluntad solemne de hacer bien las cosas para construir un mejor país para
todos.
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