Votar o no votar
Efraín
Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)
El voto es una decisión personalísima de los
ciudadanos. Cada quien tiene razones para decidir ir a votar o abstenerse. En
sociedades normales, donde la democracia funciona eficientemente, muchos
ciudadanos deciden abstenerse, convencidos que las cosas funcionan tan bien que
no vale la pena tomarse la molestia de ir a votar; en tal caso, la abstención
termina convirtiéndose en un apoyo tácito al gobierno de turno. Esa razón
pareciera no ser válida en un país que, como el nuestro, el gobierno es la
expresión más acabada de cómo se destruye a toda una sociedad. Pero
indistintamente de las diversas razones esgrimidas por los electores, el voto
es uno de los derechos políticos que disfrutamos los demócratas, constituyéndose
sin duda en un mecanismo de expresión y de lucha para alcanzar los cambios
requeridos por la sociedad.
En mi caso particular siempre he ejercido mi
derecho al voto. En ninguna elección política me he abstenido, con excepción de
las parlamentarias del 2005, cuyas consecuencias las hemos sufrido con
lágrimas, sudor y sangre. Como me considero un demócrata cabal, creo firmemente
que el voto es el arma más poderosa que dispongo para combatir los males que
este régimen y sus cómplices le han propinado a Venezuela. Confieso, además,
que como no tengo vocación de kamikaze, hago uso del voto para fortalecer la lucha
contra aquellos que impiden que seamos un país libre y de progreso.
Ahora, pregunto, ¿qué ganan algunos
demócratas que de manera obstinada y hasta malcriada manifiestan que no vale la
pena votar porque en Venezuela hay una dictadura? Pues, déjenme decirles que
efectivamente el régimen de Maduro es una dictadura y que hay testimonios en el
mundo que nos muestran que los dictadores salen con los votos de los
ciudadanos, como es el caso de Pinochet en Chile. Pero en todo caso, ¿qué otra
opción diferente al voto tenemos para expresar nuestra rebeldía en contra de
este régimen corrupto y forajido? Los que creen que la abstención es el camino,
entonces, deben plantear razones sólidas que nos permitan conocer las ventajas
de quedarnos en las casas, de brazos cruzados, mientras el régimen cargado de
la más absoluta ilegitimidad hace fiesta y termina apoderándose de todos los
espacios de la República.
Quienes acusan de colaboracionistas del
régimen a los opositores que participan en las próximas elecciones de
gobernadores del 15 de octubre, con todo respeto, creo que no están leyendo
correctamente el mensaje de Maduro y el de su cómplice en el Zulia. El régimen
no quiere elecciones de ningún tipo porque, en primera instancia, no cree en la
democracia ni en la alternancia política y, en segundo lugar, están convencidos
de la derrota descomunal que sufrirán en cualquier elección en el que
participen sus candidatos. Ellos no quieren elecciones, por eso colocan obstáculos
para impedir la participación electoral de la oposición democrática; inventan cosas
increíbles para desmotivar a los opositores y enredarla a los dirigentes con conflictos
internos para dinamitar la unidad; dejan rodar bolas malintencionadas para que
los incautos las difundan por las redes sociales, reforzando la idea que no vale la pena votar porque estamos
legitimando la dictadura madurista. Esas y otras cosas más han hecho para
impedir que vayamos a votar.
Lo cierto es que al régimen le salió el tiro
por la culata. La oposición no sólo acepto el reto de ir a unas elecciones
plagadas de ventajas para el oficialismo, sino que eligió a la mayoría de sus
candidatos a través de elecciones primarias que resultaron un buen ejercicio
para iniciar la contienda electoral. Hoy la oposición cuenta con candidatos
unitarios que, si logran interpretar la demanda de cambio que está brotando en
todo el país y mantienen la unidad política y estratégica, con seguridad
obtendrán la victoria en más de 18 gobernaciones de la República.
Díganme ustedes, apreciados lectores, ¿cómo
se fortalece más la lucha contra la dictadura: con 18 o más gobernaciones o con
ninguna? En lo personal creo que mientras más espacios ocupemos, más difícil se
la ponemos al gobierno; además, estas elecciones representan una opción
efectiva en el complejo tablero del rescate de la libertad y la
institucionalización democrática de la República.
Seguramente, a este argumento responderán que
para que sirve ganar gobernaciones si el régimen saboteará o inhabilitará a los
gobernadores electos; en ese caso, el régimen profundiza ante el mundo su
vocación dictatorial, debilitándose aún más con semejante comportamiento. En
tales circunstancias, pierde más el régimen que la oposición democrática
aunque, en las primeras de cambio, diera la impresión de la inderrotabilidad de
una dictadura que sólo la sostiene las armas de la cúpula militar y el poder de
instituciones absolutamente deslegitimadas.
Y, como soy zuliano de pura cepa, voy a votar
para desalojar del palacio de Los Cóndores a un gobernador que prefiere
defender la lealtad con Maduro y con su gobierno de hambre y pobreza que los
intereses supremos del pueblo zuliano. Yo voy a votar porque siento que desde
el Zulia, de la mano de Juan Pablo Guanipa, podemos darle más fuerza a la lucha
por un cambio político que enrumbará a Venezuela por caminos de libertad y
bienestar para todos.
Yo voy a votar porque quiero ser protagonista
del progreso y de la luz del Zulia, un Estado arruinado por Arias Cárdenas en los
últimos cuatro años y medio, convirtiéndose en el cómplice mayor del hambre, la
pobreza y de los peores males que como plagas asesinas pretenden enquistarse en
el alma de este noble pueblo. Si votamos como mayoría que somos, ganamos el 15
de octubre para hacer realidad el cambio por el que siempre hemos luchado y
seguiremos luchando.
Profesor
Titular de LUZ
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