jueves, 29 de enero de 2015


La dimensión divina

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Invocar la misericordia de Dios para pretender resolver la crisis, generada por la incapacidad deliberada del régimen que se planteó la destrucción del país y el empobrecimiento de los venezolanos, es un acto del más puro cinismo e irresponsabilidad sin límites.

La frase “Dios proveerá”, pronunciada por Maduro en su alocución a la nación, es la demostración de su incapacidad para enfrentar la compleja situación del país; es la viva expresión de improvisación y de absoluto desconocimiento de la gravedad de una crisis producto del fracaso de un modelo político y económico que nos lleva al barranco.

Porque, vamos a estar claro, cuando se tiene verdadera fe, invocar la ayuda divina en las tribulaciones, es un acto natural del creyente; pero cuando se invoca a Dios para salir del paso y eludir la responsabilidad del problema, se convierte en burla para quienes esperamos un mínimo de rectificación y una mayor dosis de voluntad e inteligencia para resolver los problemas que agobian al pueblo venezolano.

Si algo ha caracterizado a este régimen es el irrespeto por la fe. Han hecho de la religión una suerte de menú que se sirve según el gusto del comensal. Hablan de Cristo como el “primer socialista”, para justificar una ideología que, al contrario del cristianismo, propugna la exclusión, el odio y la división entre hermanos. Es un régimen que defiende la cultura de la muerte y la violencia, camuflada en falsas convocatorias de paz y diálogo. Se alimenta con la injusticia y la impunidad, al colocar la justicia al servicio de un proyecto personalista que viola la dignidad y los derechos humanos.

Este es un régimen que siempre se creyó omnipotente; nunca le hizo falta la protección de Dios; para qué, si contaban con la “infalibilidad” del comandante supremo y con una montaña de petrodólares que les permitió comprar conciencias y granjearse la amistad cómplice de gobernantes del mundo. Gracias a su ceguera ideológica y al ego mesiánico y populista de un líder, aniquilaron las increíbles oportunidades de progreso y modernidad de nuestro país.

Persiguieron, criminalizaron y expropiaron empresas y fábricas para convertirlas en fantasmas propiedad del Estado. Proclamando el socialismo del siglo XXI, arrasaron la producción nacional y nos transformaron en una economía que importa hasta los alimentos básicos que antes producíamos y exportábamos. Nunca antes un gobierno había sido tan parásito de la industria petrolera que esta revolución; quebraron a PDVSA y hoy no cuenta con capacidad suficiente para producir el petróleo que necesitamos vender a precios que van en picada. Un régimen que inexplicablemente derrochó la mayor bonanza petrolera de nuestra historia, sin guardar la menor previsión financiera para estos tiempos de vacas flacas. Porque como diría la canción “hasta el queso que había en la mesa también se lo comió”. La corrupción envileció el alma de esta revolución y ahora somos los venezolanos los que estamos pagando los platos rotos del festín revolucionario.

Destruyeron instituciones autónomas al servicio de la democracia y de los ciudadanos, para inventar caricaturas institucionales que obedecen ciegamente las órdenes de Miraflores, a cambio de prebendas y de una “dignidad” de dudosa reputación. Han pretendido aniquilar la capacidad creadora de la sociedad venezolana, para someternos cual borregos a los designios de un modelo fracasado que le teme a la inteligencia de este pueblo. Han querido transformarnos en eunucos de un régimen incapaz de construir una sociedad como la que soñamos la inmensa mayoría de los venezolanos: democrática, libre, con justicia social, con progreso y oportunidades para todos.

Apreciados camaradas, no involucren a Dios en este berenjenal que su propia ineptitud generó. Con valentía y con sentido patriótico, asuman sus equivocaciones, rectifiquen y empiecen a transitar por el camino de la sindéresis, la humildad y el sentido común que las crisis aconsejan a los gobernantes. La nefasta crisis de Venezuela es producto de acciones absolutamente mundanas, sustentadas en la irresponsabilidad e incapacidad de la revolución, no invoquen ahora una dimensión divina para que resuelva lo que a ustedes destruyeron y ahora les corresponde solucionar.

                     Profesor Titular de LUZ

viernes, 23 de enero de 2015


Retos de la oposición venezolana

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

 
Mario Vargas Llosa, en su ensayo “La civilización del espectáculo” (2012), nos advierte acerca de la descomposición creciente de la sociedad contemporánea, destacando la banalización de las artes y la literatura, el triunfo del periodismo amarillista y la frivolidad de la política, aspectos que han permitido dar la espalda a la realidad circundante para convertirse en meros mecanismos de distracción y entretenimiento.

En el caso de la política, no es sólo frecuente la inmoralidad con la que algunos políticos actúan en beneficio de intereses personales o grupales, sino la manera simplista y errática con la que hacen política, dejando a un lado el sentido común y la visión estratégica fundamentales para el efectivo cumplimiento de propósitos y metas. Definitivamente, la política es algo serio y en función de ello debe actuarse. El político debe formarse integralmente para que su desempeño sea vinculante con su vocación pública, tanto en circunstancias favorables como aquellas marcadas por las dificultades.

Estas reflexiones las planteo en el marco de la cruenta crisis por la que atraviesa el país, en momentos donde la política debe erigirse en un mecanismo capaz de recomponer la institucionalidad democrática que este régimen ha hecho añicos. Por tal razón, es necesario que el bloque democrático haga bien las cosas para concretar el cambio que la inmensa mayoría de los venezolanos aspiramos. Hacer uso de la racionalidad y comportarse a la altura del compromiso histórico que las circunstancias exigen, es una tarea inaplazable, porque sentarse a esperar que el cambio de rumbo del país ocurra espontáneamente, es una torpeza mayúscula.

Las colas por sí mismas no van a producir un cambio de gobierno. Resultaría contraproducente un estallido social que desemboque en un estado de anarquía que ni el gobierno ni la oposición tienen capacidad para controlar. El proyecto del gobierno está desgastado y la gente empieza a dar serias manifestaciones de cansancio y de rechazo a quienes nos han metido en este desmadre descomunal; por su parte, la oposición no termina de articular una estrategia que enganche a la mayoría y sea percibida como una verdadera opción de poder, a pesar de las extraordinarias oportunidades que le ofrece la actual dinámica nacional. En consecuencia, dentro de un escenario de violencia saldría ganando el sector que, como los militares radicales, no creen en el sistema de libertades que nos ofrece la democracia. Los testimonios en estos últimos dieciséis años son elocuentes, están a la vista de todos.

Pero además, lo que hasta ahora observamos es que la rabia y frustración de la población es un sentimiento personal –¿cómo resuelvo mis problemas primero que los demás?, o ¿cómo hago para encontrar los alimentos o los pañales?-, más no es el producto de la conciencia racional y colectiva convencida que es el régimen él único culpable de la desastrosa situación que nos golpea a todos por igual; y, que resolver momentáneamente la falta de alimentos y medicinas, no va a solucionar una crisis que apenas empieza, ya que todo indica que la situación empeorará con el pasar de los días; esto es sólo el comienzo de una crisis colosal que demandará mucha fortaleza e ingenio por parte de todos los venezolanos para soportar lo que nos viene.

En consecuencia, hacer bien las cosas significa que el bloque democrático entienda que la unidad se constituye en el bien más valioso de los aliados; una unidad que no sólo contemple el entendimiento y afecto entre las partes, sino que los aglutine en torno a una visión común de país y en las estrategias requeridas para alcanzar la victoria. Porque dentro de la democracia es natural la diversidad de líderes y pensamientos –esa es su esencia-, pero resulta un acto de inmadurez la diversidad de estrategias y acciones que profundizan la percepción de desorganización, incapacidad y personalismos infantiles que tanto daño le han hecho a la oposición venezolana.

Centrarse en una estrategia atractiva y convincente capaz de producir cambios sustanciales que debiliten constitucionalmente la hegemonía de este proyecto fracasado, es una sana recomendación. Pensar que dentro de pocos meses habrá elecciones parlamentarias, con posibilidades extraordinarias para el sector democrático, y capitalizar el descontento popular para que a través del sufragio los venezolanos empecemos un nuevo ciclo histórico, es una alternativa interesante porque la mejor manera de sacar a esta plaga es usando el mismo mecanismo con el que llegaron al poder: montaña de votos que les grite que su tiempo ya acabó, que los venezolanos seguimos luchando por un país libre, democrático, con justicia, progreso y oportunidades para todos que ellos jamás pueden brindarnos. Es tiempo que el fracaso, la mediocridad y la corrupción dejen el campo abierto al éxito, a la capacidad y a la voluntad solemne de hacer bien las cosas para construir un mejor país para todos.

                            Profesor Titular de LUZ

miércoles, 14 de enero de 2015


La basura: un problema de todos

Efraín Rincón Marroquín


El problema de la basura trascendió el ámbito municipal para convertirse en un problema nacional, cuya solución definitiva demanda la participación efectiva y responsable de los tres niveles de gobierno. A pesar que la recolección de basura y de desechos sólidos, es una competencia exclusiva de las alcaldías, la Ley de Gestión Integral de la Basura (2010), le asigna a las gobernaciones de Estado, la administración y adecuación de los rellenos sanitarios, lugares donde finalmente se dispone la basura y los desechos sólidos. En tal sentido, tanto la fase de recolección como la de disposición final deben marchar al unísono, a fin de garantizar la limpieza de nuestras ciudades. Por otra parte, en vista que las alcaldías no cuentan con los recursos suficientes para cumplir a cabalidad con tan importante servicio, debido a que el poder central distribuye de manera excluyente, ilegal e injusta los recursos que por ley le corresponden a los municipios, se hace imperioso el involucramiento del gobierno nacional en la compra de los camiones compactadores y la construcción de áreas de transferencia necesarios para que los ciudadanos disfrutemos de un servicio de aseo urbano de calidad, tal como lo exigen las normas de sanidad ambiental.

En el caso particular de Maracaibo observamos que, a pesar de los esfuerzos acometidos por la alcaldía, el servicio de aseo urbano de la ciudad no es capaz de recoger eficientemente la basura de las 18 parroquias que conforman el municipio capital. Frente a esta realidad, es pertinente recordar algunos asuntos del pasado y reiterar el compromiso tanto de la gobernación del Zulia como del gobierno nacional en tan complejo problema. En el 2008, cuando los maracaiberos eligen a Manuel Rosales como su alcalde y Di Martino pierde las elecciones a la gobernación frente a Pablo Pérez, el gobierno nacional en una vil componenda con Di Martino decidió que los servicios e impuestos municipales (aseo urbano, gas domiciliario e impuesto inmobiliario) que se cobraban a través del recibo de Corpoelec (antigua Enelven), no se cobraran más por esta vía, dejando a la alcaldía de Maracaibo sin los recursos provenientes del pago de los contribuyentes. Esta perversa decisión sólo fue efectiva para Maracaibo ya que, por ejemplo, los sanfranciscanos siguen pagando esos servicios a través del recibo de Corpoelec.
 
Pero como si esto fuera poco, Di Martino vendió como chatarra noventa (90) camiones compactadores de basura a cambio de un cheque sin fondos, con lo cual quedó absolutamente desmantelada la flota del IMAU. La ciudad se quedó sin camiones para recoger la basura, traición que fue aplaudida por los enemigos de Maracaibo que hoy siguen jugando al saboteo de la gestión de la alcaldesa Eveling de Rosales, sin importarles un rábano la salud de los maracaiberos y la limpieza de nuestra querida ciudad.

A ello hay que agregarle el absoluto desinterés del gobernador Arias Cárdenas en asumir de una buena vez la administración y adecuación del relleno sanitario que por ley le corresponde. Mientras tanto, es la alcaldía de Maracaibo el único ente que trata de corregir los entuertos de un relleno colapsado con más de treinta años de vida útil, sin recibir ningún apoyo de los alcaldes de San Francisco y Lossada que se sirven del mismo. Si la disposición final de la basura no puede realizarse en un tiempo óptimo, debido al caos del relleno, se afecta la frecuencia de la recolección de la basura, con un pésimo balance para todos.
 
Además, en el 2013 el presidente Maduro se comprometió en entregarle 100 unidades compactadoras al municipio, promesa que no sólo ha sido incumplida sino que recientemente entregó a la gobernación diez de esas unidades que nunca pasaron a manos de la alcaldía; sin contar las 30 unidades que llevan más de un año en el puerto de Maracaibo sin que la autoridad competente realice los trámites respectivos para que dichos camiones presten el servicio para el cual fueron adquiridos. Prefieren que esos camiones se dañen, antes que ayudar a paliar la crisis de la basura. Pero además, los gobiernos nacional y regional han hecho caso omiso a los proyectos para construir dos áreas de transferencia en la ciudad, obras que ahorrarían más del 50% del tiempo de descarga de basura por cada unidad compactadora, impactando favorablemente la frecuencia del servicio de aseo urbano. De esa manera ganaríamos todos.

No nos caigamos a cuentos chinos, por cierto, muy de moda en estos días tormentosos. La basura es un problema estructural y, en el caso de Maracaibo, no se resuelve ni con 10 unidades compactadoras, ni jugando al saboteo permanente de la gestión municipal. Como dirían los chamos, Arias y Maduro es hora de ponerse serios, dejen a un lado la politiquería que tanto daño nos hace, para trabajar responsable y coordinadamente por una Maracaibo limpia que sea orgullo de todos, porque esta ciudad no tiene colores políticos, pero sí una fe inquebrantable en un futuro mejor con el concurso de todos los que amamos profundamente a la ciudad del sol amada, nuestra Maracaibo Mía.

                                                 Profesor Titular de LUZ

miércoles, 17 de diciembre de 2014


Gracias Señor…

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)


Cuando se acerca el nacimiento del Niño Dios y nuestro corazón se alegra con tan maravillosa noticia, es bueno dar gracias al Señor por sus permanentes bendiciones y por los dones que nos regala con cada amanecer. Frecuentemente le pedimos a Dios que nos ayude a resolver nuestros problemas pero, a menudo, olvidamos darle gracias por todo lo que recibimos mediante su infinita misericordia. Es cierto que como dice Mateo (7:7), “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá…”, pero al Señor también le agrada oír nuestra voz serena y alegre agradeciéndole todo cuanto hace por nosotros; El se comporta como un padre amoroso y misericordioso con cada uno de sus hijos y, sin embargo, nosotros no nos percatamos de su presencia y bondad permanentes.

 La gratitud es uno de los dones más excelsos que nos regala el Señor, porque quien agradece puede practicar la caridad, siendo comprensivo y generoso con su prójimo. Quien agradece puede mostrarle al Señor un corazón humilde, convencido que su debilidad es tan grande que sólo con su ayuda es posible vencer las dificultades que lo agobian. Cuando practicamos la gratitud hacia Dios y al prójimo, podemos sentir la maravillosa compañía de Jesús, fortalecidos por la fe y la absoluta confianza que nunca nos abandona.

En este año que está a punto de terminar quiero expresarle al Padre, a Jesús de la Misericordia y al Espíritu Santo, gracias, infinitas gracias por todo cuanto han hecho por mí y por nuestra familia. Gracias por la vida, a pesar de vivir en una sociedad que privilegia la cultura de la muerte y la violencia; gracias por la salud, cuando a mi alrededor hay tantos que sufren por familiares y amigos enfermos; gracias por la familia que me regalaste, por mi esposa en nuestro trigésimo aniversario de bodas, por mis hijos, por mis hermanas, por mis sobrinos, ahijados, cuñados y amigos, cuando me entristece que tanta gente carece de una familia que los ame, los consuele y les el apoyo que tanta falta nos hace; gracias por los alimentos de cada día, cuando hay millones de hermanos que no tienen acceso al pan diario; gracias por la inteligencia y habilidades  que me permiten realizar el trabajo creador y productivo para llevar el sustento diario a mi familia. Gracias por el techo en el que vivo, cuando en pleno siglo XXI millones de seres humanos no tienen una casa donde vivir decente y dignamente. Gracias por los bienes materiales, por las maravillas que mi pobre espíritu es capaz de disfrutar con la aparición de los primeros rayos del sol. Gracias por amarme con el amor más infinito y sublime que nadie puede darme, a pesar que mi corazón muchas veces se resiste a tu maravillosa amistad. Gracias mi Señor por brindarme la oportunidad, sin mirar mis mezquindades, debilidades y deslealtades, de perdonarme cada día, renovando ese amor inagotable que tu santísimo corazón tiene guardado para todos sus hijos. Gracias mi Señor por tanto amor.

Por ello, recordemos cada momento estas sagradas palabras: “Estén siempre alegres, oren sin cesar, den gracias a Dios en toda situación, porque ésta es su voluntad para ustedes en Cristo Jesús” (Tesalonicenses 5:16-18)
 
           Profesor Titular de LUZ

martes, 9 de diciembre de 2014


No hay mal que dure cien años…

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)


Como dice el refrán popular “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”. La situación del país es tan dramática que difícilmente uno pueda pensar que aquí no pasará absolutamente nada. Por algún lado drenará esta sensación de deterioro generalizado, tal como el pus que sale de una herida cuando está infectada. El país está enfermo y el mejor remedio para combatir esa enfermedad, es la firmeza y determinación de un pueblo que está harto de las mentiras e incapacidades de un régimen que secuestró nuestras esperanzas por un futuro mejor para todos.

Es increíble como en tan poco tiempo la situación de Venezuela haya empeorado vertiginosamente. Eso no significa que con Chávez los venezolanos vivíamos en un lecho de rosas, pero su liderazgo mantenía anestesiado a buena parte del país, porque no habían aflorado las nefastas consecuencias de un régimen que desde el primer momento equivocó el rumbo de Venezuela. Con un gobierno que dejó un camino amplio y lleno de luz, para transitar por vericuetos oscuros y sucios, no podíamos esperar que, en manos de un improvisado que llegó al poder por razones sobrevenidas, la situación iba a cambiar favorablemente. La enfermedad venía avanzando y con Maduro hizo crisis. Y mientras perdure esta concepción del gobierno, el poder y la política, los venezolanos seguiremos cayendo sin posibilidad alguna de recuperación. Urge la construcción de un cambio que nos devuelva la democracia, la libertad, la justicia y el progreso para todos, sin las odiosas exclusiones a las que nos acostumbró esta revolución de pacotilla.

De verdad, la situación de la nación amerita una profunda reflexión por parte de cada uno de los venezolanos. Convencernos que hay otras opciones mejor que esta pesadilla que nos aniquila como sociedad que aspira a la modernidad. Una vez convencidos de este desastre que será peor con cada amanecer, actuar unidos, sin mezquindades ni intereses personalistas, hacia objetivos supremos sustentados en nuestra Carta Magna. No se trata de ser conspiradores como seguramente nos acusará el régimen; se trata de defender nuestros derechos y la legítima aspiración de progresar en paz y libertad, frente a un gobierno que defraudó la confianza de la pírrica mayoría que lo llevó al poder. Con este gobierno no existe posibilidad alguna de avanzar, salvo para los enchufados corruptos que siguen raspando la olla, en medio de las peores calamidades que hemos vivido desde que se inauguró el sistema democrático en 1958.

Por eso es necesario e impostergable que el bloque democrático piense y actúe conforme a una estrategia común y viable, una estrategia que permita esbozar un discurso y una oferta de gobierno apoyada mayoritariamente por la nación. Es fundamental enamorar y conquistar a los que hoy están defraudados o, como diría Maduro, “confundidos”, porque sólo así lograremos sumar más voluntades que, con absoluta legitimidad, aspiramos vivir en un país seguro y confortable; donde funcionen los servicios públicos; con un sistema educativo que privilegie la calidad, la meritocracia y el valor del trabajo; con una efectiva y equitativa administración de justicia; con una economía fuerte asistida por una empresa privada eficiente y socialmente responsable; con trabajos y emprendimientos dignos y productivos; un país donde cada venezolano valga por los derechos y deberes consagrados en la Constitución y no por lo que decide el “caudillo”. Una sociedad donde nadie nos obligue a vivir y actuar dentro de un modelo que secuestra nuestro libre albedrío. Un país por el que nos sintamos orgullosos y comprometidos en la permanente construcción por hacerlo el mejor país del mundo.
 
Esas son las motivaciones que nos deben impulsar a luchar con denuedo y pasión, sin importar que nos acusen de traidores y conspiradores. En definitiva, nadie que luche por la verdad, la libertad, la justicia y el progreso, podrá ser acusado de desestabilizador y conspirador, por quienes realmente traicionaron la fe, el futuro, la esperanza de treinta millones de venezolanos. Si es así entonces para este régimen todos seremos conspiradores. Estamos a tiempo, a pesar de las dificultades.

                                Profesor Titular de LUZ

miércoles, 12 de noviembre de 2014


Enseñanzas para la vida

Efraín Rincón Marroquín (@efrainRincon17)

Si algo me preocupa de la Venezuela actual, es la profunda carencia de valores en la que estamos inmersos. Con vertiginosa velocidad, observamos la destrucción del cuerpo de valores que nos convirtieron en una sociedad sana, pacifica, respetuosa y amante de la cultura de la vida. Lo normal era vivir en armonía con la familia y los vecinos. Con razón, muchos admiraban nuestro don de gente y la disposición permanente para ayudar al otro, sin importar su condición social o sus creencias políticas. Sin ánimo de exagerar, Venezuela era un país conformado por una familia grande, donde los desencuentros naturales jamás ponían en riesgo los afectos y la sana convivencia.

Desde luego, teníamos defectos y debilidades como cualquier sociedad, pero éstas estaban en minusvalía en comparación con las cosas buenas que practicábamos. Este acelerado proceso de descomposición ética y moral viene fraguándose desde hace algún tiempo atrás pero, sin duda, empieza a cobrar mayor efervescencia durante la revolución chavista.

Hoy no tenemos respeto por nuestros padres, ni por los maestros o profesores; despreciamos a los ancianos y nos comportamos groseros con nuestros vecinos. La costumbre del saludo cordial y respetuoso ha sido cambiada por el comportamiento hostil y soez. La cordialidad y gentileza la cambiamos por la agresividad, la violencia brota de nuestros poros con suma facilidad; nos corroe la anarquía y la carencia absoluta de ciudadanía que exigen las sociedades modernas y democráticas.

No nos duela nada ni nadie. Los problemas de los demás no me interesan, vivimos sólo por nuestros intereses y todo aquello que está fuera de nuestra área de confort, lo desechamos sin arrepentimiento alguno. Sentimos un profundo desprecio por los asuntos públicos.

Los valores del esfuerzo, la tenacidad y la perseverancia, perdieron la batalla frente al facilismo y la holgazanería. El conformismo le ganó al afán de superación que necesitamos para vivir mejor. Ni hablemos de la dignidad humana. Este régimen se ha encargado de ponerle precio a nuestras ideas, pensamientos y sueños. Con asombro observamos cómo, por un contrato o por una prebenda, algunos cambian las ideas por las que han luchado siempre o, lo que es peor, guardan un silencio cómplice frente a las tropelías de un régimen que es capaz de hacer cualquier cosa para preservar el poder, que garantiza el acceso a las riquezas y las comodidades que se derivan del ejercicio gubernamental.    

Definitivamente el alma de los venezolanos está gravemente enferma. Es urgente que iniciemos cuanto antes una cruzada para defender y preservar los valores que nos acerquen a una sociedad donde la cultura de la vida, el respeto y el trabajo que nos lleva al progreso, se convierta en realidad. Por tal razón, debemos aunar esfuerzos a nivel familiar para iniciar la siembra de verdaderos ciudadanos, al servicio de Dios, el país y la familia. Si bien es cierto que la enfermedad se encuentra en estado avanzado, no es menos cierto que aun podemos vencerla si realmente nos lo proponemos. Es tiempo de enseñarles a nuestros hijos los valores para la vida. Valores que nos devuelvan la autenticidad, la reciedumbre y la dignidad que sirva de antídoto frente a esta barbarie que una minoría de desubicados pretende arrastrarnos. En circunstancias tan difíciles como la que vivimos, la unidad y los valores familiares se constituyen en una poderosa arma para librar la batalla de la oscuridad, la ignominia y la corrupción de un régimen que con el amanecer de cada día pierde más apoyo popular. Debemos prepararnos para que cuando el cambio llegue, tengamos suficientes reservas morales y éticas para construir y ganar el tiempo que desgraciadamente perdimos a lo largo de estos quince años. Ocupémonos de una buena vez, para luego es tarde.

Profesor Titular de LUZ

miércoles, 5 de noviembre de 2014


Lo que fuimos y ya no somos

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

         En días pasados escuché una amena entrevista que César Miguel Rondón le hiciera a Isabel Allende, laureada escritora chilena. En la conservación, la escritora recordó su permanencia en Venezuela, en ocasión del golpe de Estado al presidente Allende, donde le tocó vivir como asilada política. Manifestó Isabel Allende que lo que más le cautivó de Venezuela fue su gente y la alegría desbordante con la que celebrábamos cualquier acontecimiento; la luz y los colores vivos que predominaban en cada ciudad, pueblo o barriada, a diferencia de la tristeza y la oscuridad que caracterizaba al pueblo chileno durante la dictadura de Pinochet. Resaltaba, además, la solidaridad y el corazón abierto de los venezolanos, la unión y la hermandad entre nosotros y el don único de cultivar amistades para toda la vida. Refería también que gracias a Venezuela se hizo escritora, gesto que agradecerá por siempre.

       Lo que más me llamó la atención de las gentiles palabras de Isabel Allende, es que siempre habló en tiempo pasado, por cuanto aseveró que tiene conocimiento que ya las cosas no son iguales en la Venezuela de la que se enamoró con pasión. Sin duda, la alegría la cambiamos por tristeza, angustia y frustración, a pesar de la creación del Vice-Ministerio de la Suprema Felicidad; la luz y los colores que nos embriagaban, ahora es oscuridad y pesadumbre; la amistad, la unión y la hermandad de la que nos sentíamos orgullosos, se transformó en división, odio y rencor entre nosotros. De un país que le abría sus brazos a quienes venían a buscar un futuro más promisorio, acompañados de la paz que no tenían en sus países, ahora somos un país de inmigrantes que abandonan Venezuela porque, a nuestro pesar, no existen las condiciones mínimas para construir una vida mejor y más digna. Un país donde los jóvenes alcanzaban sus metas y objetivos, y hoy no tienen ni tendrán futuro con este régimen populista y obsoleto porque, como oí decir por allí, el populismo revolucionario ama tanto a los pobres que los multiplica. Son artífices extraordinarios de la destrucción y los sufrimientos que estamos padeciendo los venezolanos.

      Si el sistema inmunológico de los venezolanos está débil con la andanada de enfermedades, fiebres y virus desconocidos, el del país está mucho peor. Pareciera que hemos perdido las fuerzas y la voluntad para encarar con responsabilidad esta tragedia que nos carcome. La desesperación, la angustia, la incertidumbre, la desesperanza, y a veces el conformismo crónico, se ha apoderado del alma de esta nación, y observamos impávidos cómo una minoría inepta y corrupta destruye sin misericordia un país que bien pudo ser la nación más democrática, moderna y progresista de toda América Latina. A veces pienso que estas enfermedades que diezman la salud de los venezolanos, se debe, en gran parte, a la incertidumbre y la paranoia que vivimos por culpa de unos irresponsables que han usado el poder para su beneficio personal y partidista. Jamás habíamos experimentado una crisis de tales dimensiones, con un pronóstico que empeorará en los próximos meses.
 
       Ojalá los aires decembrinos, la unión familiar en esta época tan especial, la cercanía de la Natividad del Señor y las reflexiones de fin de año, iluminen a cada uno de los venezolanos impregnándonos de la sabiduría necesaria para entender y actuar correctamente en tan difíciles circunstancias.
 
                            Profesor Titular de LUZ