lunes, 29 de abril de 2019

Historias de la diáspora

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Todavía nos falta escuchar muchas historias de venezolanos que han emigrado a diferentes latitudes del planeta. Sigue siendo un fenómeno inédito para el país; no teníamos cultura migratoria y ahora encontramos a venezolanos en cualquier parte del mundo. Los países con mayor recepción de nuestros migrantes son los latinoamericanos, España y Estados Unidos; pero la verdad es que, hoy día, los venezolanos están en los rincones más apartados de la tierra.

Hemos escuchado historias de emigrantes que nos llenan de profundo orgullo venezolano. Por ejemplo, gracias al talento y experiencia de técnicos venezolanos, la industria petrolera colombiana (ECOPETROL) ha elevado substancialmente su producción, superando la producción petrolera de Venezuela. También nos llena de emoción saber que nuestros médicos son reconocidos por su profesionalismo y mística de trabajo en Chile, Estados Unidos y Ecuador, constituyéndose en referencia de grandes centros hospitalarios. Las universidades norteamericanas están llenas de jóvenes venezolanos talentosos que superan el mejor promedio de los estudiantes de ese país. Esas son gratas noticias que proyectan el buen país que somos y que deseamos proyectar al mundo entero.

Dentro de la cotidianidad laboral, nos llegan datos que hablan muy bien del desempeño de los venezolanos. Son trabajadores a tiempo completo; lejos quedó la costumbre de mirar el reloj para salir del trabajo exactamente a la hora que culmina la jornada laboral, sin dar nada extra a la empresa. Son serviciales y con disposición para colaborar en lo que haga falta para optimizar el trabajo. Son capaces y quieren aprender para ser los mejores. En su inmensa mayoría son gentiles, bien educados y respetuosos, sin olvidar la camaradería que sólo los venezolanos somos capaces de ofrecer.

Pero indistintamente de esas buenas noticias, se manifiesta el dolor por haber dejado a su tierra, a sus familias, a sus afectos, a sus recuerdos. El nombre de Venezuela ronda permanentemente en sus corazones, convirtiéndose muchos de ellos en verdaderos ciudadanos que desde la distancia luchan para que la libertad y el progreso regresen pronto a su nación.

Hay otras historias llenas de tristeza y de angustia. No todo es color de rosa fuera de casa, a pesar de las fantasías que vemos por las redes. La verdad cierta es que son millones los venezolanos que literalmente han huido del país para evitar morirse de hambre; muchos de ellos no tienen ni idea del destino a donde se dirigen; sin planificación, sin la probabilidad siquiera de encontrar un empleo digno.  Van a la buena de Dios, esperando por un samaritano que no los deje perecer. De esa manera se van tejiendo las historias dolorosas de la diáspora venezolana.

En Colombia, por ejemplo, tienen plenamente identificado al migrante venezolano. Muchos de ellos viven en las calles, deambulando por las plazas; venden caramelos y café en avenidas y lugares públicos; limpian parabrisas y, lo más lamentable, algunos son pordioseros que piden limosnas para impedir que sus hijos mueran de hambre. Otras historias nos dicen que, en ciertas ciudades latinoamericanas, la delincuencia se ha incrementado con la presencia de venezolanos que se dedican a robar y a extorsionar en búsqueda de un dinero que no pueden o no desean ganarse decentemente. Estas historias nos hacen mucho daño, pues, empañan la buena imagen de la mayoría de los venezolanos, promoviéndose así la xenofobia que empieza a crecer peligrosamente en algunos países, especialmente, en Ecuador y Perú.

Sin duda, la diáspora venezolana es una de las consecuencias más dramáticas e inhumanas de la revolución del siglo XXI. El sufrimiento del emigrante es inconmensurable, dejando desprovisto al país del recurso humano y del talento profesional que con seguridad vamos a necesitar en la reconstrucción de la nación. Son innumerables las historias de ancianos que están solos porque sus hijos se fueron del país, conviviendo con sus recuerdos, tristezas y la esperanza de que algún día pueda hacerse realidad el añorado reencuentro familiar. Son muchos los niños que crecen sin la presencia de sus padres que tuvieron que huir del país. para buscar afuera el alimento que les permita sobrevivir la espantosa crisis en la que está sumida la infancia venezolana.

Ciertamente, los países receptores de nuestros emigrantes realizan esfuerzos importantes para tratar de mitigar sus sufrimientos y carencias; los programas sociales de los gobiernos, iglesias e instituciones filantrópicas se han incrementado substancialmente para atender a nuestros hermanos en el extranjero; muchas gracias por su invaluable ayuda. Ese gesto profundamente humano debe quedar por siempre en nuestras memorias, porque la gratitud es uno de los valores más excelsos del ser humano.

Pero, en honor a la verdad, la diáspora no se detendrá hasta tanto los venezolanos podamos celebrar el final de la usurpación del régimen madurista. Una vez que eso suceda, con seguridad serán millones los que regresen al país, aliviando la pesada carga que han generado a los gobiernos de las naciones receptoras. Sólo con un gobierno de transición podremos normalizar el flujo migratorio venezolano; de seguir Maduro en el poder, la diáspora se incrementará de manera alarmante poniendo en peligro la normalidad y estabilidad de la región.

Dios permita que las dolorosas experiencias que nos deja la diáspora se transformen en condiciones favorables para los migrantes y refuercen el amor entrañable por la tierra de la que huyeron, a la que más temprano que tarde retornarán para reunirse con sus familias y contribuir con el reto gigantesco de reconstruir a Venezuela.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

domingo, 7 de abril de 2019

El Zulia: una tierra arrasada

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Nunca antes en toda su historia, el Zulia había experimentado una destrucción tan descomunal como la que le está propinando el régimen de Nicolás Maduro en alianza con los gobernantes serviles instalados en el Estado. La que por mucho tiempo fue la joya de la corona, la convirtieron en la cenicienta nacional. El emporio zuliano que contribuyó con el desarrollo del país, es hoy un Estado completamente arruinado, colmado de calamidades que hacen difícil la sobrevivencia de su gente. No es posible comprender el odio visceral de esta revolución contra el Zulia; ni siquiera los autócratas del siglo XIX destilaron semejante desprecio por nuestro terruño.

Como los zulianos, nadie ha padecido este calvario producto de la incapacidad, la corrupción y el saqueo perpetrado por una mafia, cuyo único propósito es pulverizar cualquier indicio de progreso, porque el bienestar de los zulianos les produce escozor. La tragedia impuesta por la tiranía genocida tiene mucho tiempo haciendo daño a los zulianos. Hugo Chávez se encargó personalmente de desmantelar a la empresa petrolera y a todas las contratistas privadas de la Costa Oriental del Lago; expropió empresas productivas para dejarlas en las manos incapaces y corruptas de reposeros revolucionarios; arruinó a la actividad agropecuaria, considerada como el “granjero” y la “despensa” de Venezuela; confiscó los recursos que constitucionalmente le pertenecían a la gobernación del Estado y a la alcaldía de Maracaibo, por estar administradas por líderes de la oposición democrática. Hizo todos los esfuerzos para arrebatarle al Zulia su liderazgo pionero y la capacidad de autoabastecerse, empobreciéndolo y haciéndolo perversamente dependiente de las sobras del centralismo autoritario y corrupto.  ¡Chávez, cuánto daño le hiciste al Zulia, fuiste el comandante supremo de nuestra destrucción!

Con seguridad, el “pajarito galáctico” le dijo a Nicolás “estás obligado a finalizar la destrucción del Zulia, que yo inicié en 1999”. Y Nicolás, con obediencia servil ejecutó criminalmente la orden dictada por su mentor. Desde el 2013, fecha en la que inició la gestión de Nicolás, el Zulia no ha visto luz; la situación ha empeorado peligrosamente, con el consentimiento de gobernadores y alcaldes que vendieron su dignidad y principios, por la defensa de la revolución que les ha permitido enriquecerse groseramente a costa de la pobreza y los sufrimientos de los zulianos. Estos mandatarios son indignos de llamarse zulianos, pues, pasarán a la historia como los responsables del aniquilamiento del Estado más próspero y generoso de Venezuela. Ustedes pagarán con creces la crueldad con la que han actuado en contra del Zulia. La justicia tarda, pero siempre llega.

Hoy día, el Zulia es un Estado fantasma, es tierra arrasada donde la gente deambula en las calles, buscando el sosiego y la tranquilidad que por ahora no podremos encontrar. La tiranía genocida decretó un racionamiento criminal de 20 horas sin electricidad y 4 horas con el servicio eléctrico; semejante calamidad impide que tengamos agua potable que sólo puede ser bombeada con electricidad; las colas para abastecer combustible son interminables, muy parecidas al caos que desde hace mucho tiempo sufren los tachirenses; la comida escasea y la poca que aparece normalmente se paga en dólares; la seguridad ciudadana está en manos de hampones y criminales, llamados colectivos, que intimidan y atracan a personas y saquean empresas y negocios, bajo la mirada cómplice de mandatarios y militares. Nuestros niños, ancianos y enfermos crónicos mueren a diario por falta de medicinas y por una atención médica que los hospitales sin electricidad no pueden brindarles. Por si fuera poco, el Zulia está siendo reprimido criminalmente por el gobernador del Estado y sus secuaces, impidiendo que hagamos uso del derecho constitucional de la protesta pacífica, en contra del desmadre con el que el régimen usurpador poco a poco asesina a los zulianos.

Con dolor decimos que el Zulia está abandonado a su propia suerte. Estamos huérfanos de un liderazgo responsable que contribuya con el acrecentamiento de la fortaleza y la voluntad indómita que nos ha caracterizado. Somos un Estado huérfano que se niega a rendirse ante la barbarie que domina a través de las armas, las arbitrariedades y el hamponato. ¿Quieren más pruebas de la reciedumbre de un pueblo que aún desprotegido y cruelmente castigado por la usurpación, sigue luchando por la libertad y la democracia?

En estos días tan difíciles, los zulianos no hemos sentido la solidaridad y el acompañamiento de otros Estados de la República. Lo que está sucediendo en el Zulia no está pasando en ninguna otra parte del país. Y, sin embargo, cuando más necesitamos de manos amigas éstas no están presentes.

La visita del presidente Guaidó al Zulia sería bienvenida y necesaria. Su presencia aumentaría nuestra motivación de lucha y contundencia contra la usurpación; nos sentiríamos acompañados en estos cruentos momentos que estamos viviendo. Recuerde presidente Guaidó, que nuestro Estado es poblacional y económicamente el más importante de Venezuela. No tenga dudas que desde nuestra tierra se iniciará la profunda reconstrucción del país. Nuestros recursos, el talento de nuestra gente y la vocación por el trabajo productivo y de calidad, serán pilares fundamentales en la construcción de la Venezuela que está por nacer. Acérquese por acá y sienta en su corazón la fuerza de un pueblo que han pretendido derrotar, pero que aún conserva fuerzas para nunca arrodillarse ante el régimen usurpador cuya pretensión ha sido la de destruirnos como sociedad libre, democrática y de pujante progreso.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

martes, 26 de febrero de 2019

El rostro de la crueldad humana

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Cuando un régimen, como el de Nicolás Maduro, basa sus pírricas victorias en el sufrimiento y en la muerte de sus conciudadanos, estamos frente a una tiranía cuya crueldad no tiene límites, pues, su vocación genocida es la única opción que tiene para mantener el poder usurpado.

Lo que vimos el pasado 23 de febrero no nos debe sorprender a los venezolanos; la represión y la violencia se han convertido desde hace tiempo en el guion de este régimen delincuente y forajido, que al sentirse perdido recurre a la fuerza para esconder la debilidad que lo persigue como una sombra. Los que sí debieron sorprenderse son algunos actores internacionales que, escudados en una neutralidad cómplice, todavía abogan por un diálogo con el régimen para resolver el conflicto venezolano. La alta comisionada para los derechos humanos de la ONU, ex presidenta Bachelet, bastante parca en sus declaraciones, ha manifestado su repudio por la violencia del régimen que no sólo impidió el ingreso de la ayuda humanitaria sino, lo que es peor, incendiaron tres gandolas con alimentos y medicinas destinadas a aliviar el sufrimiento de miles de venezolanos, cometiendo así un delito de lesa humanidad. Ante los ojos del mundo, el peor rostro del régimen quedó desnudo; quienes dudaban de semejante atrocidad, allí están los resultados, sumado a las palabras de la señora Delcy Rodríguez que textualmente afirmó, “ayer solamente vieron un pedacito de lo que nosotros estamos dispuestos a hacer”. Como dirían los abogados, “a confesión de partes relevo de pruebas”.

Dentro de un escenario polarizado como el que actualmente caracteriza a Venezuela, tendríamos que admitir, entonces, que en los sucesos acontecidos durante los días 23 y 24 de febrero, existe un ganador y un perdedor. Si escuchamos solamente las declaraciones del usurpador y de su camarilla, ellos ganaron ese round con un costo que hará más difícil su salida pacífica del poder, aunado al creciente repudio mundial por semejante crueldad. El régimen está agotando aceleradamente cualquier proceso de negociación que permita el cese a la usurpación y la conformación de un gobierno de transición; todo parece indicar que escogieron el camino de la violencia y la radicalización; están dispuestos a matar e incendiar el país para mantenerse en el poder. Ello traería consecuencias funestas para el régimen, las cuales repercutirán en la población venezolana. Pero créanme, esa supuesta victoria es el presagio de una derrota contundente y definitiva, porque nunca la crueldad ha sido aliada de victorias permanentes en el tiempo.

Por otra parte, es conveniente decir que el “supuesto derrotado” por el régimen -el pueblo venezolano dirigido por el presidente encargado Juan Guaidó-, no ha colocado todas las piezas del ajedrez; perdiendo hemos ganado porque el juego apenas comienza con el apoyo contundente de la comunidad internacional, más comprometida que nunca con el rescate de la libertad y la democracia en Venezuela, entendiendo que todas las opciones para resolver la crisis están sobre la mesa. Con un pueblo movilizado en la calle que clama libertad y justicia, y que no está dispuesto a seguir sufriendo esta tragedia humana impuesta por el régimen usurpador, a pesar de una aparente desesperanza después del 23-F. Con una fuerza armada que no termina de dar el paso final pero que, sin duda, está experimentando un quiebre progresivo en sus estructuras de mando que afianzan el debilitamiento del régimen. No por casualidad el régimen ha echado mano de colectivos, presidiarios, guerrilleros colombianos y toda suerte de organizaciones irregulares para defender a la revolución; la lealtad de las fuerzas armadas al régimen está a prueba.

A pesar de las dificultades, no es el momento de lamentaciones y de frustraciones, a pesar de la legitimidad de esos sentimientos. Todos queremos salir cuanto antes de esta tragedia inhumana e injusta, pero la política no nos provee de soluciones mágicas e inmediatas, especialmente, en el combate contra un régimen que por espacio de veinte años destruyó la institucionalidad republicana del país; pulverizó la economía nacional transformándonos en la nación más pobre de la región; propició el éxodo de casi 4 millones de compatriotas que literalmente fueron obligados a huir de su tierra; permeó en las entrañas de la sociedad el cáncer de la corrupción y de la impunidad; inoculó el germen del odio y la división social; desarticuló y desinstitucionalizó a las fuerzas armas; y, violó la soberanía nacional al permitir que la inteligencia cubana se convirtiera en el verdadero gobernante  de Venezuela. Por si fuera poco, este régimen ha mantenido relaciones directas y muy lucrativas con el narcotráfico, se alió con el terrorismo internacional y abrió las fronteras de Venezuela para que fueran usadas como aliviadero de la guerrilla colombiana.  Apreciados lectores, ¿les parece poco todo lo que este régimen ha hecho durante dos décadas?; tanto daño que podríamos calificarlo desde ya como la peor desgracia que hemos soportado los venezolanos en toda nuestra historia republicana.

Pues bien, con esa realidad nos estamos enfrentando una vez más, pero ahora en condiciones mucho más favorables y alentadoras que antes. Hemos avanzado muchísimo en apenas un mes. Hoy existe plena convicción internacional que Maduro es el usurpador del poder en Venezuela; que el régimen es asesino y violador confeso de los derechos humanos. Hoy existe una clara visión que el régimen de Maduro se constituye en una amenaza para la seguridad y la estabilidad de Latinoamérica y de otros países democráticos del planeta.

La estrategia de los factores democráticos venezolanos se mantiene incólume; con el pasar de los días se acrecienta la presión internacional, así como la esperanza de un pueblo que se resiste a vivir en esclavitud, pobreza y rodeado de muerte. La comunidad internacional, especialmente Estados Unidos, Colombia y Brasil, están comprometidos con la libertad de Venezuela; no nos dejarán solos y harán todo cuanto puedan para liberarnos de esta tragedia. Seguramente vendrán días muy difíciles, en el que nos invada la incertidumbre y la desazón por no haber alcanzado el objetivo. Tengamos fe porque estamos frente al quiebre inexorable de un ciclo histórico para dar paso a uno nuevo, en el que los venezolanos podamos vivir por siempre en libertad, con seguridad y con bienestar para todos.

Venezuela está sufriendo un parto doloroso, pero más pronto que tarde disfrutaremos de la alegría que nos acompaña el nacimiento de una nueva vida, el nacimiento de una nueva Venezuela que con el trabajo fecundo de sus hijos la haremos grande como siempre la soñamos.

Profesor Titular Emeritus de LUZ

domingo, 17 de febrero de 2019


El 23 de febrero

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

De nuevo, una fecha se convierte en referencia para los venezolanos dentro del calendario de una solución a la dramática crisis que vive el país. El presidente encargado Juan Guaidó, ha planteado que el próximo 23 de febrero entrará la ayuda humanitaria internacional a Venezuela, con la anuencia o no de las fuerzas armadas. Sin embargo, de manera reiterada y haciendo uso de todos los medios, incluyendo a la ley de Amnistía y Garantías, Guaidó les ha hablado con firmeza a los militares conminándolos que se coloquen del lado de la Constitución y del pueblo, y permitan el ingreso de la ayuda humanitaria; de esa manera, se precipitaría el desconocimiento militar al régimen de Maduro, conformándose un gobierno de transición para la realización de elecciones libres en un plazo prudencial.

Guaidó conectado con el sentimiento mayoritario de los venezolanos, sabe que el país apuesta por una salida pacífica de la crisis, aquí nadie quiere guerra, pero la gente está impaciente y no puede esperar mucho más; por ello, Guaidó ha manifestado insistentemente que la usurpación de Nicolás Maduro debe finalizar con el menor trauma posible para los venezolanos, consciente que ello dependerá de la actitud que asuman los militares en estas horas cruciales para el destino de la patria.

Negar la crisis humanitaria de Venezuela refleja la perversidad de un régimen empeñado en asesinar a los venezolanos, especialmente a los más vulnerables que son la mayoría de la nación. Mientras miles de niños mueren por desnutrición o por falta de alimentos; mientras los enfermos crónicos temen morir por no disponer del medicamento que les alarga la vida; mientras millones de venezolanos no pueden comer porque no hay alimentos o sencillamente no tienen cómo comprarlos, al usurpador sigue sin importarle la tragedia en la que sumergió al país; a pesar de su desnudez, el régimen desea librar una guerra que ya perdió. Y, créanme, esa no es la opción más inteligente para quienes irreversiblemente ya no podrán gobernar el país.

Sin pretender colocarle una fecha límite a la crisis venezolana, el 23 de febrero se perfila como un día decisivo, en el que comprobaremos de qué lado está la mayoría de los militares venezolanos; si se mantienen leales a la tiranía o, por el contrario, honran el juramento de defender a la Constitución y al pueblo. Si ocurre lo segundo -todos quisiéramos que así fuese- el desenlace será relativamente pacífico y, en el corto plazo, se enrumbaría el país hacia la transición. Si ocurriese el primer escenario, entonces, el presidente Guaidó estaría obligado constitucional y moralmente a que la ayuda humanitaria ingrese al territorio nacional, aunque ello signifique la intervención internacional con fines humanitarios para defender los derechos humanos de la población venezolana.

En cualquier escenario, la situación de Maduro luce muy complicada; todo pareciera indicar que es el comienzo definitivo del fin o el final definitivo de la tragedia. El poder de maniobra del régimen se reduce con el pasar de los días. Y, lo que es peor para Maduro y su camarilla, históricamente los militares venezolanos han tenido poca disposición de inmolarse por su superior, especialmente, por uno que no tiene capacidad alguna para protegerlos frente a un desenlace fatal. Nuestros militares no tienen vocación de kamikaze, aunque oigamos a algunos estar dispuestos a dar su vida por la revolución. Estos últimos forman parte de la cúpula que durante veinte años se benefició de las prebendas, negocios y corruptelas de un régimen que se encargó de desarticular y desintitucionalizar a las fuerzas armadas, para ponerlas al servicio de una revolución que resultó ser la peor estafa en la historia de Venezuela.

Estamos viviendo tiempos decisivos en los que la neutralidad no tiene cabida. Por eso los militares venezolanos aún tienen la oportunidad de salvar su honor, a fin de evitar que la historia los juzgue como traidores a la libertad, a la Constitución y al pueblo venezolano. En todo caso, en palabras del Dr. Ángel Lombardi, por vez primera en la historia republicana venezolana, un ciclo se cerrará y otro se abrirá sin el protagonismo de las fuerzas armadas; en esta oportunidad, el rescate de la libertad y la democracia es obra de la sociedad civil venezolana (partidos políticos, estudiantes, movimientos sociales, gremios, trabajadores, empresarios, amas de casa, etc.) que, por espacio de dos decenios, resistió los embates de la peor tiranía que nunca jamás tuvimos y, aún así, mantuvo intacta su vocación democrática para luchar sin descanso hasta conquistar de nuevo la libertad.

Se siente cerca la victoria en esta cruenta y larga batalla. Estamos frente a una tormenta perfecta, en la que todos los factores están alineados a favor del cambio político en Venezuela. Hoy tenemos condiciones con las que antes no contábamos. Existe una estrategia y una ruta definida: 1. Cese de la usurpación; 2. Gobierno de transición; y, 3. Elecciones libres. Logramos el apoyo y una multitudinaria movilización popular; las calles en todo el país gritan con brío ¡libertad!; se hizo posible, contra todos los pronósticos, la unidad útil de la oposición democrática; el liderazgo de Juan Guaidó se conectó con la emoción de la gente, brotando de nuevo la esperanza, a través de un discurso fresco y sencillo que transmite la sensación que ¡sí se puede!; la comunidad internacional mayoritariamente reconoce la presidencia de Juan Guaidó y, ahora más que antes, realizan esfuerzos extraordinarios para que por fin se instaure la democracia en nuestro país.

Estos acontecimientos deben estar siendo evaluados detenidamente por las fuerzas militares. Aún quedan algunos días para que tomen una decisión inteligente y desconozcan a un régimen que destruyó al país, a los venezolanos y a sus propias familias. Ustedes saben que Maduro no les garantiza ninguna protección y, mucho menos, el futuro para vivir con dignidad. Al régimen se le acabaron las opciones. Lo inteligente, humano y patriota es que, ustedes militares, se coloquen del lado correcto de la historia. El noble pueblo venezolano les recompensará la hidalguía de haber defendido a la Constitución y haber contribuido con la instauración de la libertad en nuestro país. Den un paso al frente para evitar mayores calamidades. Pero sepan que, con ustedes o sin ustedes, los venezolanos rescataremos la libertad, la justicia, la democracia y el progreso para todos.

Profesor Titular Emeritus de LUZ

domingo, 10 de febrero de 2019


Ayuda humanitaria que salva vidas

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La profunda e inédita crisis política que experimenta Venezuela, producto de un régimen que por veinte años ha pretendido destruir a la nación y empobrecer a los venezolanos, tiene su peor rostro humano en la diáspora venezolana y en el cuadro generalizado de miseria que demanda con urgencia la ayuda humanitaria internacional. Estos dos aspectos han influido en el escenario de cambio que empieza a perfilarse a partir del pasado 5 de enero, bajo el liderazgo del presidente encargado Juan Guaidó, sensibilizando a la comunidad internacional sobre la pronta y necesaria salida de Nicolás Maduro del poder usurpado.

Venezuela sufre hoy la diáspora más grande que haya registrado América Latina en toda su historia. Se calcula que cerca de 4 millones de venezolanos han salido del país; un gran porcentaje de estos migrantes han huido del país por falta de condiciones mínimas que le garanticen su sobrevivencia humana; no tienen empleo, ni comida, ni medicinas y, lo que es peor, los persigue el miedo de morir en un país donde la vida cada vez vale menos.
Lo he dicho en reiteradas oportunidades, la diáspora convirtió la crisis venezolana en un problema de Estado para las naciones de la región, especialmente, para los gobiernos de Colombia, Ecuador, Brasil, Perú, Argentina y Chile, así como los Estados Unidos y España, entre otras naciones del mundo. Sin duda, la emigración venezolana ha repercutido gravemente en la economía, en los servicios públicos, en los programas de asistencia social y en la propia seguridad de esas naciones, motivando a sus gobiernos a tomar decisiones que permitan la restitución de la democracia y la Constitución en Venezuela y, por ende, la salida del poder de Nicolás Maduro. Están conscientes, hoy más que nunca, que la instauración de un gobierno de transición en Venezuela, es el camino correcto para neutralizar las peligrosas consecuencias de la diáspora venezolana en América Latina, pues, con seguridad muchos de los emigrantes retornarían a Venezuela apenas mejore la calamitosa situación que sufre la nación.

El otro caballo de troya de esta crisis es la ayuda humanitaria. En estricto sentido, la ayuda humanitaria tiene como propósito salvar las vidas de seres humanos en riesgo de morir, así como aliviar las necesidades básicas de los grupos más vulnerables de la sociedad. El sufrimiento del pueblo venezolano infringido por un régimen tiránico que viola flagrantemente los derechos humanos de sus conciudadanos, se ha convertido también en una razón de especialísimo peso en el contundente apoyo de la comunidad internacional para liberar a Venezuela de la usurpación de Nicolás Maduro.  

Tanto la diáspora como la ayuda humanitaria le han dado una visión internacional más humana al conflicto venezolano. Sabemos que el fondo de la crisis es eminentemente político, basado en la entronización de un régimen fallido y forajido, incapaz de resolver los más ingentes problemas del país; un régimen corrupto que saqueó las arcas del fisco nacional haciendo inmensamente ricos a la elite gobernante, a costa del hambre y la muerte de los venezolanos; un régimen que viola con cinismo los más elementales derechos humanos; en fin, un régimen ilegitimo y usurpador que destruyó la institucionalidad republicana colocándose de espaldas a la Constitución y a los ciudadanos. Desde hace tiempo, esa realidad la sentimos en carne propia los venezolanos y es conocida al detalle por la comunidad internacional; pero lo que hoy está en los ojos del mundo es la vocación criminal de una tiranía, que no le importa el dolor y el hambre de niños y ancianos que claman por ayuda humanitaria para evitar morirse por desnutrición o por la ausencia de un medicamento vital para aliviar sus dolencias.

Esta es la percepción que las democracias del mundo tienen hoy día del usurpador Nicolás Maduro y de toda la cúpula de un régimen que se atrinchera para defender sus oscuros intereses, impidiendo que los más necesitados tengan acceso a alimentos y a asistencia médica inmediata. Que el régimen usurpador niegue la existencia de una crisis humanitaria en Venezuela, es ya un delito de lesa humanidad; bloquear la llegada de una ayuda urgente que pretender salvar de la muerte a más de 300 mil venezolanos, es la perversidad de un régimen que pasará a la historia, no sólo como la peor tiranía del siglo XXI latinoamericano, sino como un régimen genocida que pretendió asesinar a su pueblo con el hambre y por la falta de asistencia médica.

Frente a cualquier discusión jurídica, lo que subyace es que Venezuela está sometida a un estado de necesidades básicas (alimentos, salud, seguridad) que amenazan con eliminar a los ciudadanos más vulnerables, dentro de una sociedad en la que más del 80% son pobres y más de la mitad de éstos están dentro del umbral de la pobreza crítica. La verdad dantesca de todo esto es que cada día mueren decenas de niños por desnutrición o por falta de medicamentos; también es verdad que familias enteras se encuentran en completo de estado de inanición; que cada vez son más los pacientes con enfermedades crónicas destinados a morir porque no tienen asistencia médica o el tratamiento que les permita mantenerse vivos; que cientos de ONG no se dan abasto frente a la creciente demanda de medicinas y alimentos de venezolanos de todos los rincones del país. Esa es la cruel realidad de nuestro país; nunca antes una nación de la región había sufrido los peores embates del hambre y la pobreza, producto de un modelo ideológico corrupto e inmoral cuyo único objetivo es mantenerse en el poder, aunque ello signifique el exterminio de los venezolanos.

Satisfacer las necesidades básicas de los más vulnerables, justifica la acción internacional para evitar la muerte de miles de venezolanos a los que el régimen les niega la vida; dentro de este concepto de Estado de Derecho de necesidad, se eximiría de responsabilidad a quienes intentan aliviar los sufrimientos y carencias de seres humanos que padecen necesidades que puedan derivarse en muerte. Por eso la importancia de la ayuda humanitaria internacional, como un mecanismo humano y moral para aligerar el cese de la usurpación y propender al advenimiento de un gobierno de transición que corrija las profundas desigualdades de la Venezuela que heredamos del régimen castro comunista de Nicolás Maduro.

Profesor Titula Eméritus de LUZ

miércoles, 16 de enero de 2019


Frente a la ilegitimidad, más legitimidad

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La ilegitimidad es el rasgo que caracteriza al régimen de Nicolás Maduro, convirtiéndose en usurpador de la presidencia de la República. Dentro de los sistemas democráticos, cuando un gobierno pretende mantenerse en el poder a través de mecanismos inconstitucionales se transforma en dictadura, con lo cual se gana el repudio de sus conciudadanos y el desconocimiento de la comunidad internacional. Eso está ocurriendo con Maduro, pues, sólo la vía de facto lo mantiene en el poder; no obstante, los acontecimientos están desarrollándose tan vertiginosamente que la presión al régimen puede desembocar en una salida negociada para instaurar un gobierno de transición y convocar a elecciones libres.

Frente a la ilegitimidad de Maduro se reconoce constitucional e internacionalmente la legalidad y legitimidad de la Asamblea Nacional, como única institución representante de la soberanía popular. En tal sentido, la tarea inaplazable es consolidar la legitimidad de la Asamblea Nacional logrando la conexión con los ciudadanos, a fin de rescatar la confianza y credibilidad de la institución en la compleja misión de restaurar el orden constitucional. Ese es un elemento clave en estos días tan convulsos para el país. Los venezolanos necesitamos confiar en alguien que, asumiendo la responsabilidad y el compromiso histórico, se comporte a la altura de las dificultades de este tiempo, y esa competencia descansa hoy inexorablemente en la Asamblea Nacional.

A corto plazo, ese es uno de los más importantes retos de la Asamblea Nacional liderada por Juan Guaidó. Ganarse el apoyo y la confianza de los venezolanos es un objetivo clave  para cumplir los objetivos. Creo que se están dando los pasos correctos en ese sentido. La gente está despertando y comenzamos a sentir manifestaciones de esperanza, acompañada de un optimismo racional. En la medida que los venezolanos perciban que Guaidó está haciendo bien las cosas, ganarán la confianza y el apoyo popular para organizar la lucha por la libertad y la democracia y, con ello,  se acrecentará la legitimidad de la Asamblea Nacional.

Simultáneamente, Guaidó como líder de la oposición sabe exactamente la importancia de recomponer la unidad de la oposición. Es necesario hablar de la UNIDAD útil al servicio del objetivo supremo de la patria: restaurar el orden constitucional, formar un gobierno de transición y convocar a elecciones libres y verdaderamente competitivas. Este aspecto pienso que también va por buen camino. Si logramos la unidad útil estaremos actuando con racionalidad e inteligencia, convencidos que el radicalismo no da frutos buenos y permanentes en el futuro inmediato.

La confianza popular y la unidad útil de la oposición, incluyendo a los disidentes chavistas, son mecanismos esenciales para que la comunidad internacional aumente las presiones sobre el régimen, reconociendo que  la Asamblea Nacional es la única instancia que puede asumir las atribuciones ejecutivas que la Constitución provee cuando la presidencia es usurpada. Estos tres aspectos son decisivos para fracturar al régimen, obligándolos a una negociación tras el apoyo de la FAN, o una importante facción de ésta, para el beneficio exclusivo de los venezolanos en libertad, con democracia y con plena vigencia del orden constitucional.

En esta difícil coyuntura existen dos aspectos cruciales para la restitución del orden constitucional: una opinión pública mayoritariamente a favor de Guaidó y de las iniciativas de la Asamblea Nacional y el apoyo contundente y firme de la comunidad internacional. El manejo inteligente de estos elementos, sin duda, contribuirán con la materialización de los objetivos planteados. En mi modesta opinión, considero que el diputado Juan Guaidó está actuando correctamente. Guaidó está consciente de los errores cometidos anteriormente, valora altamente las condiciones que favorecen el advenimiento del cambio y está dispuesto a asumir con responsabilidad las atribuciones que le depare esta nueva etapa de la política venezolana. En tal sentido, Guaidó requiere del apoyo sereno y la comprensión de los venezolanos de buena voluntad; él necesita que los partidos políticos se pongan los pantalones largos y hagan política pensando en los intereses del país; está exigiendo que nos unamos todos como uno solo para vencer los abusos y arbitrariedades del usurpador que todavía detenta el poder y seguirá jugando duro hasta el final de esta tragedia. De esta manera, unido el pueblo venezolano, con el acompañamiento de la comunidad internacional y la colaboración de la FAN y de la disidencia chavista, estaremos dando un paso adelante para escribir en la historia mundial la extraordinaria hazaña que un pueblo unido fue capaz de realizar por la libertad y la democracia de Venezuela.

Como afirmó Teodoro Petkoff, con una frase incomprendida en su momento pero igualmente lapidaria, “estamos mal pero vamos bien”.

Profesor Titular Eméritus de LUZ    

miércoles, 9 de enero de 2019


En tiempos de incertidumbre, prudencia y racionalidad
Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)


La incertidumbre es la palabra clave que caracteriza el escenario actual de Venezuela. Nadie en su sano juicio puede predecir lo aquí pasará en los próximos días o meses. ¿Qué va a pasar? Es la pregunta que nos hacemos millones de venezolanos frente a esta crisis colosal que pareciera no terminar nunca. Para un sector de la oposición venezolana, el 10 de enero se constituye en la fecha definitiva del cambio político del país; para otro sector, más prudente y racional, esa fecha es el inicio de un proceso que puede facilitar la construcción del túnel que nos permita ver la luz al final, a través de una transición producto de una negociación política llevada a cabo con inteligencia, racionalidad y pensando en la mayor suma de bienestar para el pueblo venezolano.

No sólo es comprensible que los venezolanos anhelemos una salida a esta espantosa crisis generalizada, sino que es urgente y necesario. Pero debemos tener en cuenta que la política no es mágica ni funciona con impulsos que a la postre aumentan la decepción y la desesperanza de los ciudadanos. En consecuencia, resulta pertinente hacer una reflexión serena y objetiva a fin de visualizar los errores cometidos para no volvernos a equivocar, y analizar las actuales condiciones favorables y desfavorables para tomar decisiones viables que rindan los resultados esperados por la inmensa mayoría de los venezolanos.

Frente a la incertidumbre que aniquila cualquier vestigio de optimismo, es oportuno retomar una dosis de confianza a la luz de los acontecimientos recientes con la juramentación de la nueva directiva de la Asamblea Nacional, presidida por el diputado Juan Guaidó. En su discurso inaugural, Guaidó expresó “…tenemos una deuda pendiente con los venezolanos, porque generamos expectativas, y por omisiones o errores, no estuvimos a la altura requerida”. Reconocer los errores y renovar un compromiso “consciente del riesgo y de la tarea que nos toca”, es un buen inicio en circunstancias donde la irresponsabilidad de los políticos se ha convertido en lugar común. Si algo estamos exigiendo los venezolanos es que la dirigencia opositora nos hable claro y que con hidalguía admita los errores cometidos. Esto sin duda es un gesto de humildad frente a la arrogancia y la inmadurez que ha fragmentado las bases de la unidad de la oposición.

Por otra parte, Guaidó hizo referencia a la racionalidad política, ausente últimamente en la búsqueda de opciones que permitan resolver la crisis inédita que atravesamos los venezolanos. En tal sentido, el presidente de la AN manifestó que “la solución pasa por un camino muy claro: que cese la usurpación que se dará luego del 10 de Enero, convocar las condiciones para un gobierno de transición y con el respaldo del pueblo y de las fuerzas armadas, logremos elecciones libres”. No habló Guaidó de la vacante presidencial sino de la usurpación del poder que conlleva directamente a una dictadura, la cual puede vencerse a través de un gobierno de transición y de elecciones libres para rescatar a la República y al orden constitucional ultrajado por el régimen. Ambas opciones requieren de una negociación política con los factores de poder en búsqueda de las condiciones que reúnan el mayor consenso posible para iniciar el camino del cambio en Venezuela. No se trata, entonces, de insistir en lo que la gente quiere y desea escuchar, sino más bien en luchar con tenacidad en lo que racionalmente podamos hacer dentro de una unidad nacional, más allá de las fronteras de los partidos políticos y de los opinadores de oficio. Trabajar en una negociación transparente, perdurable en el tiempo, sin entreguismo y que respete los supremos intereses del país, es un reto mayúsculo para la nueva directiva de la AN.

Otro aspecto que debemos destacar son los esfuerzos para tratar de recomponer la unidad perdida, o cuando menos impedir la disolución definitiva de la oposición, al respetarse los acuerdos para la selección de la nueva directiva del Parlamento. No me cansaré de afirmar que sin la unidad de los actores democráticos del país, incluyendo al chavismo disidente, no será posible construir el escenario idóneo para impulsar el cambio de rumbo del país, salvo que se den situaciones al margen de una negociación política, las cuales pudieran traernos más dificultades que las que vivimos en la actualidad. No olvidemos nunca que esta desgracia se la debemos al apoyo mayoritario hacia un falso mesías que inició su vida política con la pretensión de romper el orden constitucional de la República.

Los esfuerzos para materializar el cambio político en el corto y mediano plazo, deben priorizar la perdurabilidad de la República, sustentada exclusivamente en la Constitución y en un gobierno probo, capaz e incluyente que garantice la gobernabilidad del país, ingredientes fundamentales para instaurar un proceso de estabilidad política y un orden social que impida que volvamos a caer en el vacío.

Desde esta columna les deseo el mayor de los éxitos a la nueva directiva de la Asamblea Nacional, tomando prestadas las palabras del diputado Guaidó “vamos hacia un rumbo histórico por la lucha de una mejor Venezuela y esto no es falso optimismo… porque cuando Venezuela necesitó libertadores, los parió”.

Profesor Titular Eméritus de LUZ