Ciudadanía rota
Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)
Abrumados por la gravedad de la crisis, a los
venezolanos nos toca vivir en una especie de ley de la selva, donde cada quien
hace lo que le da la gana. La viveza criolla, la violencia y la anarquía son mecanismos
de sobrevivencia en este caos descomunal. Atrás quedó el respeto, la
solidaridad y el don de gente que por muchos años identificó a la sociedad
venezolana. El refrán popular “primero yo, que mi padre en las puertas del
cielo”, está más vigente que nunca en la realidad que nos circunda. El
individualismo se ha convertido en la referencia fundamental de un modelo
político fracasado que se dice “socialista, popular y revolucionario”, exactamente
igual a la historia de otros pueblos que han sido dominados por el comunismo.
En la medida que avanza la crisis y se intensifica la
pobreza, mayor será la violencia e intolerancia de la población para acceder a
los alimentos, medicinas e insumos cada vez más escasos y con precios tan altos
que convierten en sal y agua el maltrecho presupuesto familiar. Los brotes de
violencia, que rayan en psicosis colectiva, son la respuesta a la angustia,
frustración e impotencia de una sociedad cuyo futuro fue asesinado por una
elite irresponsable y corrupta que se ha propuesto no dejar piedra sobre piedra
en nuestra sufrida nación.
La instauración del orden y la convivencia social, principales
ingredientes de la ciudadanía, son una quimera en Venezuela. Aquí no existe ni
gobierno, ni autoridad, ni leyes, ni buenos ejemplos por parte de aquellos que
dirigen al país. La anarquía reina por doquier, mientras que el régimen se hace
de la vista gorda frente al caos que su verbo insolente, incapacidad,
corrupción e impunidad han creado para desgracia de todos nosotros. A los
únicos que persigue, encarcela y criminaliza son a los hombres y mujeres que se
oponen legítima y constitucionalmente a este desgobierno, y a los venezolanos que producen y trabajan
honradamente para contribuir con el progreso de la nación. Pero a los
delincuentes y asesinos, a los corruptos y matraqueros, a los contrabandistas y
bachaqueros, a los que infrigen las leyes en desmedro de los ciudadanos, a esos
no los toca ni con el pétalo de una rosa, porque en definitiva son sus
principales aliados y cómplices.
Con el transcurrir del tiempo, se agiganta el trato
hostil y soez de las personas; el irrespeto a cualquier norma que preserve el
orden y la convivencia social; la actitud violenta y agresiva frente a
cualquier acción del prójimo; y, por si fuera poco, la búsqueda incesante de
ganar partido a partir de las carencias y necesidades de los otros, a través
del cáncer de la corrupción que está haciendo metástasis en el alma y en la
mente de los venezolanos, indistintamente de su condición social.
Este régimen no sólo arruinó la economía y la
institucionalidad democrática, sino que contribuyó como ningún otro con el
incremento del déficit de ciudadanía que padecemos los venezolanos. La
ciudadanía, aspecto vital para alcanzar una sociedad democrática, organizada y
responsable, está seriamente amenazada en nuestra nación; por tal razón, su
rescate es prioridad para el nuevo
gobierno que estamos demandando la mayoría nacional.
Porque, en honor a la verdad, sin ciudadanos íntegros
resultará cuesta arriba construir un mejor país para todos. Necesitamos con
urgencia ciudadanos a los que les duela y se comprometan con el país; hombres y
mujeres respetuosos y tolerantes con los demás; ciudadanos con profundos
valores democráticos, morales y espirituales que valoren la libertad, la
familia, la educación de calidad, el
trabajo productivo, el compromiso con la verdad, la justicia, la solidaridad y
la honestidad. Ciudadanos que no se
dejen tentar por el germen de la corrupción y la holgazanería, y que el precio
de su dignidad sea la grandeza de Venezuela y la tranquilidad de sus conciencias.
El ser ciudadano es el mayor y más importante título
que recibimos en nombre de la libertad y la justicia, porque como dice Simón
Bolívar: “Prefiero el título de Ciudadano al de Libertador, porque éste emana
de la guerra, aquel emana de las leyes”.
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