martes, 18 de diciembre de 2018


Más racionalidad, menos expectativas

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

En los últimos tiempos, gracias a la locura asfixiante que estamos viviendo, los venezolanos nos ciframos altas expectativas cuando se acerca algún acontecimiento político importante, esperando una solución inmediata a la profunda crisis del país. La historia reciente nos relata que con frecuencia  esas expectativas no han sido satisfechas, generándose un clima de frustración, impotencia y desesperanza, que hacen más difícil la búsqueda de opciones efectivas que permitan ver la luz al final del túnel. Después de tantos errores y desilusiones, es necesario convencernos   que en política no hay soluciones mágicas ni inmediatas; todo depende de un proceso muy complejo en manos de actores y circunstancias internas y externas que influyen en la construcción del devenir de la nación.

Dentro del calendario de expectativas que manejan algunos sectores políticos y de opinión del país y del exterior, el 10 de enero es una fecha donde puede ocurrir un episodio extraordinario que va a producir el cambio político demandado por la inmensa mayoría de los venezolanos. Frente a esa percepción, es necesario mayor ponderación y racionalidad. No es verdad que el 11 de enero, Venezuela inicia una etapa de transición dirigida por un nuevo gobierno porque la salida de Nicolás Maduro es inmediata. El sentido común exige una actitud más responsable con el país, deslastrándonos de posiciones efectistas que pretenden manipular la cruda realidad de los hechos. Lo único cierto es que el próximo 10 de enero de 2019, Nicolás Maduro inaugura un gobierno ilegal e ilegítimo tanto de origen como por desempeño, con lo cual se inicia una nueva etapa en la lucha por el rescate de la libertad y la democracia en Venezuela. El resultado final de los acontecimientos futuros dependerá de cómo la oposición venezolana y la comunidad internacional actúen a partir de esa fecha.

Generar falsas expectativas es contraproducente para la aspiración legítima de un cambio político en Venezuela, pero también es altamente favorable para un régimen dictatorial que aún conserva el poder y pretende mantenerlo, a pesar de la ingobernabilidad, de las fricciones internas y de la ilegitimidad que ya no puede esconder a través de subterfugios legales. Ciertamente, Maduro es un presidente ilegítimo pero tiene el poder y las armas y, frente a esa realidad, es inminente replantearse las opciones que deriven en una solución de la crisis en aras de garantizar cierta  estabilidad institucional y la gobernabilidad del país en el futuro inmediato.

La política no provee soluciones mágicas, urge tener esto en cuenta. Pensar en una intervención armada y cruzarnos de brazos a esperar que los marines desembarquen, es pretender huir del compromiso que como venezolanos tenemos con el país. Pensar en un golpe de estado para salir del régimen, es editar la tragedia que destruyó al país en los últimos veinte años, con una visión cuartelaría de la política que pone en entredicho la cultura democrática de la sociedad venezolana. Creer que Maduro pueda despertarse un buen día con ganas de renunciar porque se hartó del poder, es una ingenuidad de tontos. La tarea nos corresponde hacerla a los propios venezolanos con unidad, inteligencia y racionalidad, de lo contrario, la situación sería mucho peor con el régimen atornillado al poder.

Nada de lo que pueda suceder en el país tendrá buenos resultados sin la unidad útil de la oposición. Si los dirigentes democráticos carecen de voluntad e inteligencia para ponerse de acuerdo sobre las opciones más convenientes que permitan aliviar el sufrimiento de los venezolanos, entonces, lamentablemente no tienen moral para conducir el país, ni capacidad para hacerlo mejor que la revolución chavista-madurista. Los venezolanos les exigimos un mínimo de respeto y consenso que les permita encontrar puntos comunes, sin afectar la diversidad que es la esencia de la democracia. De lo que se trata es que esa unidad útil facilite la evaluación racional y objetiva de las opciones para rescatar la democracia, transmitiéndoles a los venezolanos un mensaje de compromiso que devuelva la confianza y la credibilidad perdidas. Hablarle claro al país es un ejercicio pedagógico que la mayoría sabríamos agradecer, aunque ello signifique caer en desgracia para una minoría radical que no termina de entender el engranaje de un régimen que deliberadamente trabajó para quedarse en el poder, a pesar de su incapacidad y de la falta de apoyo popular. Es una minoría que tiene el control político de la nación, con excepción de la Asamblea Nacional que no ha cumplido con la responsabilidad histórica que tiene con los venezolanos.

Siempre hay una luz al final del túnel, lo difícil es construir el túnel que nos permita ver la luz. Y esa es la tarea que nos corresponde a los venezolanos, dirigidos por una oposición responsable y comprometida con los verdaderos intereses de la patria, avalada por el acompañamiento internacional fundamental en la solución del conflicto. Ya resulta tedioso hablar del tema, algunos pueden pensar que es una diligencia perdida, pero sin la unidad útil de la oposición todo esfuerzo resultará infructuoso. ¿Es que acaso no se dan cuenta que su tozudez e irracionalidad pueden infligirle mayores sufrimientos al pueblo venezolano?

Desde una perspectiva responsable y racional, ¿qué desearíamos que suceda a partir del 10-E? Pues bien, que la oposición transmita la imagen cierta que la unidad útil está garantizada y por falta de ésta no se terminará de perder la República. Que se pongan de acuerdo sobre las acciones que desde esa fecha en adelante deban realizarse para acercarnos a una etapa de transición. Que se contemple con serenidad y realismo político una negociación con el régimen que no signifique una entrega que mancille las aspiraciones de libertad, justicia y progreso de los venezolanos. Que se ponga fin a opiniones tendenciosas que impiden que la oposición rectifique sus errores, permitiendo que sacuda el polvo de sus sandalias y continúe el camino de la lucha por un mejor futuro para todos.

Ya basta de mostrar soluciones fáciles que tanto daño nos han hecho como país. Lo que estamos obligados a hacer es racionalizar las expectativas, confiar en un futuro promisorio para el país pero construido con base a la inteligencia y al desprendimiento de los actores políticos que conforman la oposición democrática. El 10-E no se termina el país, se inicia una nueva etapa de la lucha por la democracia y la libertad de Venezuela. Pongámonos a la altura del compromiso que nos exige la patria.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

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