No
es la guerra económica, ¡eres tú, Nicolás!
Efraín Rincón Marroquín
(@EfrainRincon17)
Los regímenes totalitarios
son expertos en propaganda para transformar mentiras en verdades, con el ánimo
de manipular y controlar a sus gobernados y entronizarse en el poder. Una de
las características que los identifica es endosarle a un tercero la
responsabilidad de sus fracasos e intereses más oscuros. Así actúo Hitler,
Stalin, Franco, Pinochet, Somoza y también el dúo Chávez-Maduro. La culpa de
las desgracias a la que inmisericordemente someten a sus conciudadanos siempre
es de otros, haciéndose acompañar de una doble moral que les imprime un aire de
“santidad” convirtiéndolos en los únicos defensores de la justicia. Así son de
falsos y mentirosos los dictadores, no importa si son de izquierda o de
derecha.
Los venezolanos ya sabemos
quién es el verdadero culpable de la debacle del país, a pesar que el régimen
se empeñe con un discurso fastidioso en culpar a una guerra económica que sólo
existe en sus mentes retorcidas. La guerra económica es el peor pretexto creado
por la dictadura para esconder su responsabilidad en la destrucción del país.
Guerra económica que sirve para justificar sus descomunales errores, pero no
sirve para castigar a los corruptos que saquearon el fisco nacional con más de
450 mil millones de dólares. Sin duda, la guerra que está asesinando silenciosamente
a los venezolanos tiene su raíz en la corrupción revolucionaria que enriqueció
a un puñado de bandidos, dejando en la peor de las miserias a millones de
venezolanos. Esa guerra económica tiene nombre y apellido: socialismo del siglo
XXI.
El verdadero rostro de la
guerra económica es el brutal saqueo cometido por un grupo de forajidos en
contra de los venezolanos. Gracias a la voracidad insaciable por la riqueza mal
habida, el régimen destruyó el aparato productivo nacional para obtener jugosas
ganancias con importaciones hechas a dólar barato y con condiciones envidiables
para los productores extranjeros. En tiempos de vacas gordas, las importaciones
a granel paliaron la escasez progresiva de alimentos, insumos, partes y
medicinas de origen nacional. Mientras tanto, los delincuentes de cuello rojo y
sus testaferros se hacían millonarios con la destrucción de la economía
nacional. De igual manera, la devaluación de la moneda favoreció a un dólar
controlado para hacer negocios multimillonarios que les permitieron pagar
sobornos, ganar licitaciones, comprar bienes e inmuebles en el extranjero y
amasar gigantescas fortunas en paraísos fiscales, inclusive, en el mismo imperio
yanqui tan odiado por los comunistas criollos.
Ese saqueo impidió hacer
nuevas inversiones en infraestructura y servicios, así como mantener las
instalaciones existentes. El deterioro en el sistema eléctrico nacional se
debe, precisamente, a la malversación de millones de dólares aprobados para
modernizar el sistema eléctrico que fueron a parar a manos de ministros y
directores del área. Igualmente ocurrió con el sistema de salud pública, tan
vanagloriado por el régimen. La prioridad fue abandonar a laboratorios
nacionales para comprar medicinas importadas que representaban un negocio muy
lucrativo para unos pocos, sin importar la vida de los venezolanos. Los
abundantes recursos, que nunca jamás tuvo el país, para erradicar la pobreza,
apuntalar a la educación como motor de movilidad social, promover el
emprendimiento y construir una economía vigorosa y productiva, se los robaron
un grupito de revolucionarios que proclaman a los cuatro vientos que ser rico
es malo.
El saqueo y la corrupción
destruyeron a PDVSA, la gallinita de los huevos de oro por casi 100 años
ininterrumpidos. Cuando la revolución llegó al poder, la producción petrolera
era mayor a 3.5 millones de barriles diarios, hoy escasamente llegamos a 1.1
millones de barriles. La destrucción campea en tiempos de revolución montada en
el más grande saqueo que país alguno ha experimentado a lo largo de su
historia. Esa es la guerra económica que nos convirtió en una sociedad llena de
dolor y de miseria. Esa es la verdadera explicación de la hiperinflación más
alta y larga del planeta; es la explicación de la escasez de alimentos,
medicinas e insumos. Es la culpable de la destrucción del salario real de los
venezolanos y de la pauperización del 80% de la población del país. La guerra
económica de Maduro es la culpable del mayor éxodo en la historia
latinoamericana. Son ellos los que deben cargar en sus conciencias las muertes
injustificadas de niños, ancianos y mujeres por falta de alimentos y de
asistencia médica. No busquen en otra parte la culpa que sólo ustedes tienen. Por
lo menos, sean valientes en admitir que gracias a esta locura desquiciante del
socialismo revolucionario, Venezuela hoy está entre los países más pobres y
miserables del mundo.
Creo que ya hay suficientes
testimonios para entender que el régimen de Nicolás Maduro es la guerra
económica, social, política y humanitaria que está azotando a nuestro país. Esta
cruenta guerra económica se intensificará mientras el régimen permanezca en el
poder. Mientras persista la cultura de la corrupción que ha permeado el alma de
los venezolanos, mientras no exista orden fiscal que discipline el gasto
público con emisión de dinero inorgánico, mientras no nos deslastremos del
asistencialismo y la dependencia perversa con el Estado; mientras esto no
cambie, las cosas no van a mejorar a pesar de los esfuerzos que podamos hacer
individualmente.
Vamos a unir esfuerzos
acompañados de racionalidad e inteligencia para que el país que soñamos sea
diferente al que tenemos. Un país en el que sus gobernantes asuman con
responsabilidad las funciones emanadas por mandato popular; un país donde no
existan excusas ni pretextos para hacer bien las cosas en beneficio de todos
los venezolanos.
Estoy convencido que podemos hacerlo.
Profesor Titular Eméritus de LUZ
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