domingo, 17 de febrero de 2019


El 23 de febrero

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

De nuevo, una fecha se convierte en referencia para los venezolanos dentro del calendario de una solución a la dramática crisis que vive el país. El presidente encargado Juan Guaidó, ha planteado que el próximo 23 de febrero entrará la ayuda humanitaria internacional a Venezuela, con la anuencia o no de las fuerzas armadas. Sin embargo, de manera reiterada y haciendo uso de todos los medios, incluyendo a la ley de Amnistía y Garantías, Guaidó les ha hablado con firmeza a los militares conminándolos que se coloquen del lado de la Constitución y del pueblo, y permitan el ingreso de la ayuda humanitaria; de esa manera, se precipitaría el desconocimiento militar al régimen de Maduro, conformándose un gobierno de transición para la realización de elecciones libres en un plazo prudencial.

Guaidó conectado con el sentimiento mayoritario de los venezolanos, sabe que el país apuesta por una salida pacífica de la crisis, aquí nadie quiere guerra, pero la gente está impaciente y no puede esperar mucho más; por ello, Guaidó ha manifestado insistentemente que la usurpación de Nicolás Maduro debe finalizar con el menor trauma posible para los venezolanos, consciente que ello dependerá de la actitud que asuman los militares en estas horas cruciales para el destino de la patria.

Negar la crisis humanitaria de Venezuela refleja la perversidad de un régimen empeñado en asesinar a los venezolanos, especialmente a los más vulnerables que son la mayoría de la nación. Mientras miles de niños mueren por desnutrición o por falta de alimentos; mientras los enfermos crónicos temen morir por no disponer del medicamento que les alarga la vida; mientras millones de venezolanos no pueden comer porque no hay alimentos o sencillamente no tienen cómo comprarlos, al usurpador sigue sin importarle la tragedia en la que sumergió al país; a pesar de su desnudez, el régimen desea librar una guerra que ya perdió. Y, créanme, esa no es la opción más inteligente para quienes irreversiblemente ya no podrán gobernar el país.

Sin pretender colocarle una fecha límite a la crisis venezolana, el 23 de febrero se perfila como un día decisivo, en el que comprobaremos de qué lado está la mayoría de los militares venezolanos; si se mantienen leales a la tiranía o, por el contrario, honran el juramento de defender a la Constitución y al pueblo. Si ocurre lo segundo -todos quisiéramos que así fuese- el desenlace será relativamente pacífico y, en el corto plazo, se enrumbaría el país hacia la transición. Si ocurriese el primer escenario, entonces, el presidente Guaidó estaría obligado constitucional y moralmente a que la ayuda humanitaria ingrese al territorio nacional, aunque ello signifique la intervención internacional con fines humanitarios para defender los derechos humanos de la población venezolana.

En cualquier escenario, la situación de Maduro luce muy complicada; todo pareciera indicar que es el comienzo definitivo del fin o el final definitivo de la tragedia. El poder de maniobra del régimen se reduce con el pasar de los días. Y, lo que es peor para Maduro y su camarilla, históricamente los militares venezolanos han tenido poca disposición de inmolarse por su superior, especialmente, por uno que no tiene capacidad alguna para protegerlos frente a un desenlace fatal. Nuestros militares no tienen vocación de kamikaze, aunque oigamos a algunos estar dispuestos a dar su vida por la revolución. Estos últimos forman parte de la cúpula que durante veinte años se benefició de las prebendas, negocios y corruptelas de un régimen que se encargó de desarticular y desintitucionalizar a las fuerzas armadas, para ponerlas al servicio de una revolución que resultó ser la peor estafa en la historia de Venezuela.

Estamos viviendo tiempos decisivos en los que la neutralidad no tiene cabida. Por eso los militares venezolanos aún tienen la oportunidad de salvar su honor, a fin de evitar que la historia los juzgue como traidores a la libertad, a la Constitución y al pueblo venezolano. En todo caso, en palabras del Dr. Ángel Lombardi, por vez primera en la historia republicana venezolana, un ciclo se cerrará y otro se abrirá sin el protagonismo de las fuerzas armadas; en esta oportunidad, el rescate de la libertad y la democracia es obra de la sociedad civil venezolana (partidos políticos, estudiantes, movimientos sociales, gremios, trabajadores, empresarios, amas de casa, etc.) que, por espacio de dos decenios, resistió los embates de la peor tiranía que nunca jamás tuvimos y, aún así, mantuvo intacta su vocación democrática para luchar sin descanso hasta conquistar de nuevo la libertad.

Se siente cerca la victoria en esta cruenta y larga batalla. Estamos frente a una tormenta perfecta, en la que todos los factores están alineados a favor del cambio político en Venezuela. Hoy tenemos condiciones con las que antes no contábamos. Existe una estrategia y una ruta definida: 1. Cese de la usurpación; 2. Gobierno de transición; y, 3. Elecciones libres. Logramos el apoyo y una multitudinaria movilización popular; las calles en todo el país gritan con brío ¡libertad!; se hizo posible, contra todos los pronósticos, la unidad útil de la oposición democrática; el liderazgo de Juan Guaidó se conectó con la emoción de la gente, brotando de nuevo la esperanza, a través de un discurso fresco y sencillo que transmite la sensación que ¡sí se puede!; la comunidad internacional mayoritariamente reconoce la presidencia de Juan Guaidó y, ahora más que antes, realizan esfuerzos extraordinarios para que por fin se instaure la democracia en nuestro país.

Estos acontecimientos deben estar siendo evaluados detenidamente por las fuerzas militares. Aún quedan algunos días para que tomen una decisión inteligente y desconozcan a un régimen que destruyó al país, a los venezolanos y a sus propias familias. Ustedes saben que Maduro no les garantiza ninguna protección y, mucho menos, el futuro para vivir con dignidad. Al régimen se le acabaron las opciones. Lo inteligente, humano y patriota es que, ustedes militares, se coloquen del lado correcto de la historia. El noble pueblo venezolano les recompensará la hidalguía de haber defendido a la Constitución y haber contribuido con la instauración de la libertad en nuestro país. Den un paso al frente para evitar mayores calamidades. Pero sepan que, con ustedes o sin ustedes, los venezolanos rescataremos la libertad, la justicia, la democracia y el progreso para todos.

Profesor Titular Emeritus de LUZ

domingo, 10 de febrero de 2019


Ayuda humanitaria que salva vidas

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La profunda e inédita crisis política que experimenta Venezuela, producto de un régimen que por veinte años ha pretendido destruir a la nación y empobrecer a los venezolanos, tiene su peor rostro humano en la diáspora venezolana y en el cuadro generalizado de miseria que demanda con urgencia la ayuda humanitaria internacional. Estos dos aspectos han influido en el escenario de cambio que empieza a perfilarse a partir del pasado 5 de enero, bajo el liderazgo del presidente encargado Juan Guaidó, sensibilizando a la comunidad internacional sobre la pronta y necesaria salida de Nicolás Maduro del poder usurpado.

Venezuela sufre hoy la diáspora más grande que haya registrado América Latina en toda su historia. Se calcula que cerca de 4 millones de venezolanos han salido del país; un gran porcentaje de estos migrantes han huido del país por falta de condiciones mínimas que le garanticen su sobrevivencia humana; no tienen empleo, ni comida, ni medicinas y, lo que es peor, los persigue el miedo de morir en un país donde la vida cada vez vale menos.
Lo he dicho en reiteradas oportunidades, la diáspora convirtió la crisis venezolana en un problema de Estado para las naciones de la región, especialmente, para los gobiernos de Colombia, Ecuador, Brasil, Perú, Argentina y Chile, así como los Estados Unidos y España, entre otras naciones del mundo. Sin duda, la emigración venezolana ha repercutido gravemente en la economía, en los servicios públicos, en los programas de asistencia social y en la propia seguridad de esas naciones, motivando a sus gobiernos a tomar decisiones que permitan la restitución de la democracia y la Constitución en Venezuela y, por ende, la salida del poder de Nicolás Maduro. Están conscientes, hoy más que nunca, que la instauración de un gobierno de transición en Venezuela, es el camino correcto para neutralizar las peligrosas consecuencias de la diáspora venezolana en América Latina, pues, con seguridad muchos de los emigrantes retornarían a Venezuela apenas mejore la calamitosa situación que sufre la nación.

El otro caballo de troya de esta crisis es la ayuda humanitaria. En estricto sentido, la ayuda humanitaria tiene como propósito salvar las vidas de seres humanos en riesgo de morir, así como aliviar las necesidades básicas de los grupos más vulnerables de la sociedad. El sufrimiento del pueblo venezolano infringido por un régimen tiránico que viola flagrantemente los derechos humanos de sus conciudadanos, se ha convertido también en una razón de especialísimo peso en el contundente apoyo de la comunidad internacional para liberar a Venezuela de la usurpación de Nicolás Maduro.  

Tanto la diáspora como la ayuda humanitaria le han dado una visión internacional más humana al conflicto venezolano. Sabemos que el fondo de la crisis es eminentemente político, basado en la entronización de un régimen fallido y forajido, incapaz de resolver los más ingentes problemas del país; un régimen corrupto que saqueó las arcas del fisco nacional haciendo inmensamente ricos a la elite gobernante, a costa del hambre y la muerte de los venezolanos; un régimen que viola con cinismo los más elementales derechos humanos; en fin, un régimen ilegitimo y usurpador que destruyó la institucionalidad republicana colocándose de espaldas a la Constitución y a los ciudadanos. Desde hace tiempo, esa realidad la sentimos en carne propia los venezolanos y es conocida al detalle por la comunidad internacional; pero lo que hoy está en los ojos del mundo es la vocación criminal de una tiranía, que no le importa el dolor y el hambre de niños y ancianos que claman por ayuda humanitaria para evitar morirse por desnutrición o por la ausencia de un medicamento vital para aliviar sus dolencias.

Esta es la percepción que las democracias del mundo tienen hoy día del usurpador Nicolás Maduro y de toda la cúpula de un régimen que se atrinchera para defender sus oscuros intereses, impidiendo que los más necesitados tengan acceso a alimentos y a asistencia médica inmediata. Que el régimen usurpador niegue la existencia de una crisis humanitaria en Venezuela, es ya un delito de lesa humanidad; bloquear la llegada de una ayuda urgente que pretender salvar de la muerte a más de 300 mil venezolanos, es la perversidad de un régimen que pasará a la historia, no sólo como la peor tiranía del siglo XXI latinoamericano, sino como un régimen genocida que pretendió asesinar a su pueblo con el hambre y por la falta de asistencia médica.

Frente a cualquier discusión jurídica, lo que subyace es que Venezuela está sometida a un estado de necesidades básicas (alimentos, salud, seguridad) que amenazan con eliminar a los ciudadanos más vulnerables, dentro de una sociedad en la que más del 80% son pobres y más de la mitad de éstos están dentro del umbral de la pobreza crítica. La verdad dantesca de todo esto es que cada día mueren decenas de niños por desnutrición o por falta de medicamentos; también es verdad que familias enteras se encuentran en completo de estado de inanición; que cada vez son más los pacientes con enfermedades crónicas destinados a morir porque no tienen asistencia médica o el tratamiento que les permita mantenerse vivos; que cientos de ONG no se dan abasto frente a la creciente demanda de medicinas y alimentos de venezolanos de todos los rincones del país. Esa es la cruel realidad de nuestro país; nunca antes una nación de la región había sufrido los peores embates del hambre y la pobreza, producto de un modelo ideológico corrupto e inmoral cuyo único objetivo es mantenerse en el poder, aunque ello signifique el exterminio de los venezolanos.

Satisfacer las necesidades básicas de los más vulnerables, justifica la acción internacional para evitar la muerte de miles de venezolanos a los que el régimen les niega la vida; dentro de este concepto de Estado de Derecho de necesidad, se eximiría de responsabilidad a quienes intentan aliviar los sufrimientos y carencias de seres humanos que padecen necesidades que puedan derivarse en muerte. Por eso la importancia de la ayuda humanitaria internacional, como un mecanismo humano y moral para aligerar el cese de la usurpación y propender al advenimiento de un gobierno de transición que corrija las profundas desigualdades de la Venezuela que heredamos del régimen castro comunista de Nicolás Maduro.

Profesor Titula Eméritus de LUZ

miércoles, 16 de enero de 2019


Frente a la ilegitimidad, más legitimidad

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

La ilegitimidad es el rasgo que caracteriza al régimen de Nicolás Maduro, convirtiéndose en usurpador de la presidencia de la República. Dentro de los sistemas democráticos, cuando un gobierno pretende mantenerse en el poder a través de mecanismos inconstitucionales se transforma en dictadura, con lo cual se gana el repudio de sus conciudadanos y el desconocimiento de la comunidad internacional. Eso está ocurriendo con Maduro, pues, sólo la vía de facto lo mantiene en el poder; no obstante, los acontecimientos están desarrollándose tan vertiginosamente que la presión al régimen puede desembocar en una salida negociada para instaurar un gobierno de transición y convocar a elecciones libres.

Frente a la ilegitimidad de Maduro se reconoce constitucional e internacionalmente la legalidad y legitimidad de la Asamblea Nacional, como única institución representante de la soberanía popular. En tal sentido, la tarea inaplazable es consolidar la legitimidad de la Asamblea Nacional logrando la conexión con los ciudadanos, a fin de rescatar la confianza y credibilidad de la institución en la compleja misión de restaurar el orden constitucional. Ese es un elemento clave en estos días tan convulsos para el país. Los venezolanos necesitamos confiar en alguien que, asumiendo la responsabilidad y el compromiso histórico, se comporte a la altura de las dificultades de este tiempo, y esa competencia descansa hoy inexorablemente en la Asamblea Nacional.

A corto plazo, ese es uno de los más importantes retos de la Asamblea Nacional liderada por Juan Guaidó. Ganarse el apoyo y la confianza de los venezolanos es un objetivo clave  para cumplir los objetivos. Creo que se están dando los pasos correctos en ese sentido. La gente está despertando y comenzamos a sentir manifestaciones de esperanza, acompañada de un optimismo racional. En la medida que los venezolanos perciban que Guaidó está haciendo bien las cosas, ganarán la confianza y el apoyo popular para organizar la lucha por la libertad y la democracia y, con ello,  se acrecentará la legitimidad de la Asamblea Nacional.

Simultáneamente, Guaidó como líder de la oposición sabe exactamente la importancia de recomponer la unidad de la oposición. Es necesario hablar de la UNIDAD útil al servicio del objetivo supremo de la patria: restaurar el orden constitucional, formar un gobierno de transición y convocar a elecciones libres y verdaderamente competitivas. Este aspecto pienso que también va por buen camino. Si logramos la unidad útil estaremos actuando con racionalidad e inteligencia, convencidos que el radicalismo no da frutos buenos y permanentes en el futuro inmediato.

La confianza popular y la unidad útil de la oposición, incluyendo a los disidentes chavistas, son mecanismos esenciales para que la comunidad internacional aumente las presiones sobre el régimen, reconociendo que  la Asamblea Nacional es la única instancia que puede asumir las atribuciones ejecutivas que la Constitución provee cuando la presidencia es usurpada. Estos tres aspectos son decisivos para fracturar al régimen, obligándolos a una negociación tras el apoyo de la FAN, o una importante facción de ésta, para el beneficio exclusivo de los venezolanos en libertad, con democracia y con plena vigencia del orden constitucional.

En esta difícil coyuntura existen dos aspectos cruciales para la restitución del orden constitucional: una opinión pública mayoritariamente a favor de Guaidó y de las iniciativas de la Asamblea Nacional y el apoyo contundente y firme de la comunidad internacional. El manejo inteligente de estos elementos, sin duda, contribuirán con la materialización de los objetivos planteados. En mi modesta opinión, considero que el diputado Juan Guaidó está actuando correctamente. Guaidó está consciente de los errores cometidos anteriormente, valora altamente las condiciones que favorecen el advenimiento del cambio y está dispuesto a asumir con responsabilidad las atribuciones que le depare esta nueva etapa de la política venezolana. En tal sentido, Guaidó requiere del apoyo sereno y la comprensión de los venezolanos de buena voluntad; él necesita que los partidos políticos se pongan los pantalones largos y hagan política pensando en los intereses del país; está exigiendo que nos unamos todos como uno solo para vencer los abusos y arbitrariedades del usurpador que todavía detenta el poder y seguirá jugando duro hasta el final de esta tragedia. De esta manera, unido el pueblo venezolano, con el acompañamiento de la comunidad internacional y la colaboración de la FAN y de la disidencia chavista, estaremos dando un paso adelante para escribir en la historia mundial la extraordinaria hazaña que un pueblo unido fue capaz de realizar por la libertad y la democracia de Venezuela.

Como afirmó Teodoro Petkoff, con una frase incomprendida en su momento pero igualmente lapidaria, “estamos mal pero vamos bien”.

Profesor Titular Eméritus de LUZ    

miércoles, 9 de enero de 2019


En tiempos de incertidumbre, prudencia y racionalidad
Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)


La incertidumbre es la palabra clave que caracteriza el escenario actual de Venezuela. Nadie en su sano juicio puede predecir lo aquí pasará en los próximos días o meses. ¿Qué va a pasar? Es la pregunta que nos hacemos millones de venezolanos frente a esta crisis colosal que pareciera no terminar nunca. Para un sector de la oposición venezolana, el 10 de enero se constituye en la fecha definitiva del cambio político del país; para otro sector, más prudente y racional, esa fecha es el inicio de un proceso que puede facilitar la construcción del túnel que nos permita ver la luz al final, a través de una transición producto de una negociación política llevada a cabo con inteligencia, racionalidad y pensando en la mayor suma de bienestar para el pueblo venezolano.

No sólo es comprensible que los venezolanos anhelemos una salida a esta espantosa crisis generalizada, sino que es urgente y necesario. Pero debemos tener en cuenta que la política no es mágica ni funciona con impulsos que a la postre aumentan la decepción y la desesperanza de los ciudadanos. En consecuencia, resulta pertinente hacer una reflexión serena y objetiva a fin de visualizar los errores cometidos para no volvernos a equivocar, y analizar las actuales condiciones favorables y desfavorables para tomar decisiones viables que rindan los resultados esperados por la inmensa mayoría de los venezolanos.

Frente a la incertidumbre que aniquila cualquier vestigio de optimismo, es oportuno retomar una dosis de confianza a la luz de los acontecimientos recientes con la juramentación de la nueva directiva de la Asamblea Nacional, presidida por el diputado Juan Guaidó. En su discurso inaugural, Guaidó expresó “…tenemos una deuda pendiente con los venezolanos, porque generamos expectativas, y por omisiones o errores, no estuvimos a la altura requerida”. Reconocer los errores y renovar un compromiso “consciente del riesgo y de la tarea que nos toca”, es un buen inicio en circunstancias donde la irresponsabilidad de los políticos se ha convertido en lugar común. Si algo estamos exigiendo los venezolanos es que la dirigencia opositora nos hable claro y que con hidalguía admita los errores cometidos. Esto sin duda es un gesto de humildad frente a la arrogancia y la inmadurez que ha fragmentado las bases de la unidad de la oposición.

Por otra parte, Guaidó hizo referencia a la racionalidad política, ausente últimamente en la búsqueda de opciones que permitan resolver la crisis inédita que atravesamos los venezolanos. En tal sentido, el presidente de la AN manifestó que “la solución pasa por un camino muy claro: que cese la usurpación que se dará luego del 10 de Enero, convocar las condiciones para un gobierno de transición y con el respaldo del pueblo y de las fuerzas armadas, logremos elecciones libres”. No habló Guaidó de la vacante presidencial sino de la usurpación del poder que conlleva directamente a una dictadura, la cual puede vencerse a través de un gobierno de transición y de elecciones libres para rescatar a la República y al orden constitucional ultrajado por el régimen. Ambas opciones requieren de una negociación política con los factores de poder en búsqueda de las condiciones que reúnan el mayor consenso posible para iniciar el camino del cambio en Venezuela. No se trata, entonces, de insistir en lo que la gente quiere y desea escuchar, sino más bien en luchar con tenacidad en lo que racionalmente podamos hacer dentro de una unidad nacional, más allá de las fronteras de los partidos políticos y de los opinadores de oficio. Trabajar en una negociación transparente, perdurable en el tiempo, sin entreguismo y que respete los supremos intereses del país, es un reto mayúsculo para la nueva directiva de la AN.

Otro aspecto que debemos destacar son los esfuerzos para tratar de recomponer la unidad perdida, o cuando menos impedir la disolución definitiva de la oposición, al respetarse los acuerdos para la selección de la nueva directiva del Parlamento. No me cansaré de afirmar que sin la unidad de los actores democráticos del país, incluyendo al chavismo disidente, no será posible construir el escenario idóneo para impulsar el cambio de rumbo del país, salvo que se den situaciones al margen de una negociación política, las cuales pudieran traernos más dificultades que las que vivimos en la actualidad. No olvidemos nunca que esta desgracia se la debemos al apoyo mayoritario hacia un falso mesías que inició su vida política con la pretensión de romper el orden constitucional de la República.

Los esfuerzos para materializar el cambio político en el corto y mediano plazo, deben priorizar la perdurabilidad de la República, sustentada exclusivamente en la Constitución y en un gobierno probo, capaz e incluyente que garantice la gobernabilidad del país, ingredientes fundamentales para instaurar un proceso de estabilidad política y un orden social que impida que volvamos a caer en el vacío.

Desde esta columna les deseo el mayor de los éxitos a la nueva directiva de la Asamblea Nacional, tomando prestadas las palabras del diputado Guaidó “vamos hacia un rumbo histórico por la lucha de una mejor Venezuela y esto no es falso optimismo… porque cuando Venezuela necesitó libertadores, los parió”.

Profesor Titular Eméritus de LUZ  

martes, 18 de diciembre de 2018


Más racionalidad, menos expectativas

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

En los últimos tiempos, gracias a la locura asfixiante que estamos viviendo, los venezolanos nos ciframos altas expectativas cuando se acerca algún acontecimiento político importante, esperando una solución inmediata a la profunda crisis del país. La historia reciente nos relata que con frecuencia  esas expectativas no han sido satisfechas, generándose un clima de frustración, impotencia y desesperanza, que hacen más difícil la búsqueda de opciones efectivas que permitan ver la luz al final del túnel. Después de tantos errores y desilusiones, es necesario convencernos   que en política no hay soluciones mágicas ni inmediatas; todo depende de un proceso muy complejo en manos de actores y circunstancias internas y externas que influyen en la construcción del devenir de la nación.

Dentro del calendario de expectativas que manejan algunos sectores políticos y de opinión del país y del exterior, el 10 de enero es una fecha donde puede ocurrir un episodio extraordinario que va a producir el cambio político demandado por la inmensa mayoría de los venezolanos. Frente a esa percepción, es necesario mayor ponderación y racionalidad. No es verdad que el 11 de enero, Venezuela inicia una etapa de transición dirigida por un nuevo gobierno porque la salida de Nicolás Maduro es inmediata. El sentido común exige una actitud más responsable con el país, deslastrándonos de posiciones efectistas que pretenden manipular la cruda realidad de los hechos. Lo único cierto es que el próximo 10 de enero de 2019, Nicolás Maduro inaugura un gobierno ilegal e ilegítimo tanto de origen como por desempeño, con lo cual se inicia una nueva etapa en la lucha por el rescate de la libertad y la democracia en Venezuela. El resultado final de los acontecimientos futuros dependerá de cómo la oposición venezolana y la comunidad internacional actúen a partir de esa fecha.

Generar falsas expectativas es contraproducente para la aspiración legítima de un cambio político en Venezuela, pero también es altamente favorable para un régimen dictatorial que aún conserva el poder y pretende mantenerlo, a pesar de la ingobernabilidad, de las fricciones internas y de la ilegitimidad que ya no puede esconder a través de subterfugios legales. Ciertamente, Maduro es un presidente ilegítimo pero tiene el poder y las armas y, frente a esa realidad, es inminente replantearse las opciones que deriven en una solución de la crisis en aras de garantizar cierta  estabilidad institucional y la gobernabilidad del país en el futuro inmediato.

La política no provee soluciones mágicas, urge tener esto en cuenta. Pensar en una intervención armada y cruzarnos de brazos a esperar que los marines desembarquen, es pretender huir del compromiso que como venezolanos tenemos con el país. Pensar en un golpe de estado para salir del régimen, es editar la tragedia que destruyó al país en los últimos veinte años, con una visión cuartelaría de la política que pone en entredicho la cultura democrática de la sociedad venezolana. Creer que Maduro pueda despertarse un buen día con ganas de renunciar porque se hartó del poder, es una ingenuidad de tontos. La tarea nos corresponde hacerla a los propios venezolanos con unidad, inteligencia y racionalidad, de lo contrario, la situación sería mucho peor con el régimen atornillado al poder.

Nada de lo que pueda suceder en el país tendrá buenos resultados sin la unidad útil de la oposición. Si los dirigentes democráticos carecen de voluntad e inteligencia para ponerse de acuerdo sobre las opciones más convenientes que permitan aliviar el sufrimiento de los venezolanos, entonces, lamentablemente no tienen moral para conducir el país, ni capacidad para hacerlo mejor que la revolución chavista-madurista. Los venezolanos les exigimos un mínimo de respeto y consenso que les permita encontrar puntos comunes, sin afectar la diversidad que es la esencia de la democracia. De lo que se trata es que esa unidad útil facilite la evaluación racional y objetiva de las opciones para rescatar la democracia, transmitiéndoles a los venezolanos un mensaje de compromiso que devuelva la confianza y la credibilidad perdidas. Hablarle claro al país es un ejercicio pedagógico que la mayoría sabríamos agradecer, aunque ello signifique caer en desgracia para una minoría radical que no termina de entender el engranaje de un régimen que deliberadamente trabajó para quedarse en el poder, a pesar de su incapacidad y de la falta de apoyo popular. Es una minoría que tiene el control político de la nación, con excepción de la Asamblea Nacional que no ha cumplido con la responsabilidad histórica que tiene con los venezolanos.

Siempre hay una luz al final del túnel, lo difícil es construir el túnel que nos permita ver la luz. Y esa es la tarea que nos corresponde a los venezolanos, dirigidos por una oposición responsable y comprometida con los verdaderos intereses de la patria, avalada por el acompañamiento internacional fundamental en la solución del conflicto. Ya resulta tedioso hablar del tema, algunos pueden pensar que es una diligencia perdida, pero sin la unidad útil de la oposición todo esfuerzo resultará infructuoso. ¿Es que acaso no se dan cuenta que su tozudez e irracionalidad pueden infligirle mayores sufrimientos al pueblo venezolano?

Desde una perspectiva responsable y racional, ¿qué desearíamos que suceda a partir del 10-E? Pues bien, que la oposición transmita la imagen cierta que la unidad útil está garantizada y por falta de ésta no se terminará de perder la República. Que se pongan de acuerdo sobre las acciones que desde esa fecha en adelante deban realizarse para acercarnos a una etapa de transición. Que se contemple con serenidad y realismo político una negociación con el régimen que no signifique una entrega que mancille las aspiraciones de libertad, justicia y progreso de los venezolanos. Que se ponga fin a opiniones tendenciosas que impiden que la oposición rectifique sus errores, permitiendo que sacuda el polvo de sus sandalias y continúe el camino de la lucha por un mejor futuro para todos.

Ya basta de mostrar soluciones fáciles que tanto daño nos han hecho como país. Lo que estamos obligados a hacer es racionalizar las expectativas, confiar en un futuro promisorio para el país pero construido con base a la inteligencia y al desprendimiento de los actores políticos que conforman la oposición democrática. El 10-E no se termina el país, se inicia una nueva etapa de la lucha por la democracia y la libertad de Venezuela. Pongámonos a la altura del compromiso que nos exige la patria.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

miércoles, 12 de diciembre de 2018

El Marketing Político: aliado del éxito

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Después de largos meses de arduo trabajo, con profunda satisfacción y gratitud presento mi libro “Fundamentos de Marketing Político: un enfoque práctico”. El propósito que anima este esfuerzo académico es aportar ideas, reflexiones y casos prácticos que contribuyan con una visión  más integral del marketing aplicado a la política. A pesar del vertiginoso crecimiento de esta disciplina científica, tanto en países desarrollados como en América Latina, aún persisten ciertas imprecisiones teóricas que impiden ver al marketing político desde una perspectiva sistémica, capaz de sincronizar los aspectos claves que la integran como son investigación, planificación estratégica y comunicación política.

Con frecuencia observamos que el marketing político es asociado exclusivamente a la publicidad o a la comunicación política, sin considerar la importancia de la investigación para el diseño de estrategias y tácticas políticas, incluyendo la evaluación de los medios y los mensajes de una comunicación más efectiva con los ciudadanos, en tiempos donde las redes sociales han iniciado una verdadera revolución de la información. Este mal manejo del marketing político ha contribuido con la satanización de la disciplina, alegando que el marketing transforma a la política en una ilusión óptica secuestrada  por los malabarismos de la publicidad. Afortunadamente, los que así piensan son una minoría desinformada, por cuanto el desempeño exitoso del marketing político está basado  en la capacidad, la perseverancia y en el profundo conocimiento de los electores, de sus necesidades, expectativas y del entorno en el que viven. Comprender la complejidad de la dinámica política e interpretarla correctamente, es un desafío permanente para el marketing político.

Ya no es posible asumir la política desde el olfato e intuición de los políticos; la política es una ciencia y como tal debe ser analizada y aplicada, de lo contrario los esfuerzos realizados desembocarán en un total fracaso. Hoy día, cuando el mundo experimenta profundos cambios en todos los quehaceres de la vida humana, se impone la profesionalización de la política bajo el esquema de la multidisciplinariedad, acompañada de la ética para impregnarla de la honestidad y la transparencia tan necesarias en las sociedades contemporáneas.

Otro de los propósitos de mi libro, es plantear con firmeza que el marketing político es una disciplina científica con orientación social, con lo cual su conexión con la ética y los valores sociales es fundamental. Fomentar el respeto frente a la diversidad de ideas, opiniones y estilos de vida; practicar la inclusión para combatir el germen del sectarismo y del individualismo; privilegiar la honestidad en circunstancias en las que la corrupción y la falta de escrúpulos han desvirtuado el servicio público como esencia de la política; aplicar la gobernanza en momentos en que la incapacidad de los gobiernos destruye el porvenir de las naciones, es el gran reto del marketing político para rescatar el enamoramiento de los ciudadanos con la democracia, considerado como el sistema que provee la mayor dosis de legitimidad política en los tiempos modernos.

También es interés del libro dejar plasmado que sin democracia el marketing político es una quimera. No es posible hablar de marketing político en sociedades donde no existe la libertad ni la competencia institucionalizada de los actores políticos. Solamente la democracia garantiza tales derechos; en consecuencia, la función del voto es elegir y, para que ello sea posible, es necesaria la participación de diferentes opciones políticas a las que se les garantiza la igualdad de derechos y de deberes, por parte de un árbitro imparcial, confiable y transparente. En democracia los ciudadanos eligen, en las dictaduras votan.

Es posible pensar, entonces, que este esfuerzo académico y de investigación de muchos años, es inútil en una Venezuela caracterizada por un autoritarismo decadente que destruyó la institucionalidad republicana de la nación. De lo que se trata, apreciados lectores, es aprender la dura lección que nos está tocando vivir como sociedad para evitar volvernos a equivocar en el futuro. Hacer política como se ha venido haciendo hasta ahora es continuar con los errores del pasado y del presente. Es necesario cambiar el paradigma que nos ha convertido en una sociedad con una débil cultura democrática y con políticos que se empeñan en hacer de la política un fin en sí mismo. El marketing político puede ayudarnos a comprender con mayor certeza la realidad que nos circunda. Ya no es posible hacer verdadera política apelando al cortoplacismo y a la impulsividad; a la falta de visión estratégica; con partidos políticos que están de espaldas a los ciudadanos; con un profundo desconocimiento de las demandas, las expectativas y los sueños de la sociedad; con políticos que siguen pensando que su intuición puede sustituir a la profesionalización de la política, asistida por asesores y consultores en marketing político.

La construcción de la nueva etapa que está por llegar a Venezuela requiere del concurso de profesionales del marketing político, a fin de contribuir con el rescate de la política al servicio de los ciudadanos; una política capaz de edificar sobre cimientos más fuertes la democracia y la libertad como  la referencia más importante de los venezolanos. Es necesario adecentar a la política; es vital que los ciudadanos vuelvan a creer en la política y en los políticos; es urgente que la política sea tratada como una ciencia y no como un invento de “salvadores de la patria” convertidos en la más grande estafa de nuestra historia.

Hacer marketing político es mucho más complejo de lo que muchos puedan pensar. Pero con absoluta convicción puedo decir que, en nuestro país, existen consultores y asesores políticos de comprobada capacidad profesional y solvencia moral para ayudar en la difícil tarea de rescatar un país mejor, en el que todos nos sintamos orgullosos de vivir y de trabajar. Sin duda, el marketing político es un extraordinario aliado del éxito de la política al servicio de una Ve democrática, libre, próspera y con justicia e igualdad de oportunidades para todos.

Profesor Titular Eméritus de LUZ

miércoles, 5 de diciembre de 2018

No es la guerra económica, ¡eres tú, Nicolás!

Efraín Rincón Marroquín (@EfrainRincon17)

Los regímenes totalitarios son expertos en propaganda para transformar mentiras en verdades, con el ánimo de manipular y controlar a sus gobernados y entronizarse en el poder. Una de las características que los identifica es endosarle a un tercero la responsabilidad de sus fracasos e intereses más oscuros. Así actúo Hitler, Stalin, Franco, Pinochet, Somoza y también el dúo Chávez-Maduro. La culpa de las desgracias a la que inmisericordemente someten a sus conciudadanos siempre es de otros, haciéndose acompañar de una doble moral que les imprime un aire de “santidad” convirtiéndolos en los únicos defensores de la justicia. Así son de falsos y mentirosos los dictadores, no importa si son de izquierda o de derecha.

Los venezolanos ya sabemos quién es el verdadero culpable de la debacle del país, a pesar que el régimen se empeñe con un discurso fastidioso en culpar a una guerra económica que sólo existe en sus mentes retorcidas. La guerra económica es el peor pretexto creado por la dictadura para esconder su responsabilidad en la destrucción del país. Guerra económica que sirve para justificar sus descomunales errores, pero no sirve para castigar a los corruptos que saquearon el fisco nacional con más de 450 mil millones de dólares. Sin duda, la guerra que está asesinando silenciosamente a los venezolanos tiene su raíz en la corrupción revolucionaria que enriqueció a un puñado de bandidos, dejando en la peor de las miserias a millones de venezolanos. Esa guerra económica tiene nombre y apellido: socialismo del siglo XXI.

El verdadero rostro de la guerra económica es el brutal saqueo cometido por un grupo de forajidos en contra de los venezolanos. Gracias a la voracidad insaciable por la riqueza mal habida, el régimen destruyó el aparato productivo nacional para obtener jugosas ganancias con importaciones hechas a dólar barato y con condiciones envidiables para los productores extranjeros. En tiempos de vacas gordas, las importaciones a granel paliaron la escasez progresiva de alimentos, insumos, partes y medicinas de origen nacional. Mientras tanto, los delincuentes de cuello rojo y sus testaferros se hacían millonarios con la destrucción de la economía nacional. De igual manera, la devaluación de la moneda favoreció a un dólar controlado para hacer negocios multimillonarios que les permitieron pagar sobornos, ganar licitaciones, comprar bienes e inmuebles en el extranjero y amasar gigantescas fortunas en paraísos fiscales, inclusive, en el mismo imperio yanqui tan odiado por los comunistas criollos.

Ese saqueo impidió hacer nuevas inversiones en infraestructura y servicios, así como mantener las instalaciones existentes. El deterioro en el sistema eléctrico nacional se debe, precisamente, a la malversación de millones de dólares aprobados para modernizar el sistema eléctrico que fueron a parar a manos de ministros y directores del área. Igualmente ocurrió con el sistema de salud pública, tan vanagloriado por el régimen. La prioridad fue abandonar a laboratorios nacionales para comprar medicinas importadas que representaban un negocio muy lucrativo para unos pocos, sin importar la vida de los venezolanos. Los abundantes recursos, que nunca jamás tuvo el país, para erradicar la pobreza, apuntalar a la educación como motor de movilidad social, promover el emprendimiento y construir una economía vigorosa y productiva, se los robaron un grupito de revolucionarios que proclaman a los cuatro vientos que ser rico es malo.

El saqueo y la corrupción destruyeron a PDVSA, la gallinita de los huevos de oro por casi 100 años ininterrumpidos. Cuando la revolución llegó al poder, la producción petrolera era mayor a 3.5 millones de barriles diarios, hoy escasamente llegamos a 1.1 millones de barriles. La destrucción campea en tiempos de revolución montada en el más grande saqueo que país alguno ha experimentado a lo largo de su historia. Esa es la guerra económica que nos convirtió en una sociedad llena de dolor y de miseria. Esa es la verdadera explicación de la hiperinflación más alta y larga del planeta; es la explicación de la escasez de alimentos, medicinas e insumos. Es la culpable de la destrucción del salario real de los venezolanos y de la pauperización del 80% de la población del país. La guerra económica de Maduro es la culpable del mayor éxodo en la historia latinoamericana. Son ellos los que deben cargar en sus conciencias las muertes injustificadas de niños, ancianos y mujeres por falta de alimentos y de asistencia médica. No busquen en otra parte la culpa que sólo ustedes tienen. Por lo menos, sean valientes en admitir que gracias a esta locura desquiciante del socialismo revolucionario, Venezuela hoy está entre los países más pobres y miserables del mundo.  

Creo que ya hay suficientes testimonios para entender que el régimen de Nicolás Maduro es la guerra económica, social, política y humanitaria que está azotando a nuestro país. Esta cruenta guerra económica se intensificará mientras el régimen permanezca en el poder. Mientras persista la cultura de la corrupción que ha permeado el alma de los venezolanos, mientras no exista orden fiscal que discipline el gasto público con emisión de dinero inorgánico, mientras no nos deslastremos del asistencialismo y la dependencia perversa con el Estado; mientras esto no cambie, las cosas no van a mejorar a pesar de los esfuerzos que podamos hacer individualmente.

Vamos a unir esfuerzos acompañados de racionalidad e inteligencia para que el país que soñamos sea diferente al que tenemos. Un país en el que sus gobernantes asuman con responsabilidad las funciones emanadas por mandato popular; un país donde no existan excusas ni pretextos para hacer bien las cosas en beneficio de todos los venezolanos. 
Estoy convencido que podemos hacerlo.

Profesor Titular Eméritus de LUZ