Las
cosas del pasado que hoy no se dicen
Efraín Rincón Marroquín
De tanto oír que la
IV República fue lo peor que le ocurrió al
país, a veces preferimos no hablar del pasado por temor a que nos tilden de
golpistas o traidores. La insistente prédica del oficialismo de catalogar
como un verdadero holocausto los anteriores 40 años, ha logrado su propósito no
sólo en algunos venezolanos, sino hasta en dirigentes que temen salir a la
defensa de los aspectos positivos que se materializaron en esta etapa de
nuestra historia, a la que despectivamente nos hemos acostumbrado llamar como
“la cuarta”.
No pretendo
en este artículo plasmar todas las cosas buenas que se hicieron en Venezuela
desde 1958 hasta 1998, me referiré sólo al tema de la educación. En la obra de
Arturo Uslar Pietri, “De una a otra Venezuela” (1949), se menciona que en 1936
sólo se graduaron tres maestros en todo el país; asimismo, muy pocos tenían la
fortuna de estudiar en las escasas universidades nacionales y, desde luego, el
analfabetismo era una característica primaria en una sociedad eminentemente
rural y sometida al dominio de regímenes autoritarios.
Ese país empezó
a cambiar con la explotación petrolera, de allí la famosa expresión de Uslar de
“sembrar el petróleo”, hecho que aun no termina de concretarse a pesar de los
miles de millones de dólares que han ingresado durante la revolución
bolivariana.
Con el advenimiento
de la democracia en 1958, todos los gobiernos elegidos popularmente hicieron
grandes esfuerzos en materia educativa. Se sembró el país entero de escuelas y
liceos, se profesionalizó el gremio de los docentes y se empezaron a crear
universidades autónomas, diferentes a las que funcionaban desde el siglo XIX e
inicios del XX. La educación se convirtió para los venezolanos en un
instrumento fundamental para la superación social y el consecuente mejoramiento
de su calidad de vida. Miles de venezolanos labraron con tesón y constancia un
mejor destino personal y familiar, gracias a la educación técnica o
universitaria que recibieron gratuitamente a lo largo de esos 40 años.
Muchas familias
venezolanas vieron en la educación el mejor camino para superarse y salir del
círculo vicioso de la pobreza; en pocas palabras, la educación funcionó como
redención social del pueblo venezolano. Venezuela está llena de médicos,
ingenieros, abogados, economistas, y tantas otras profesiones, que gracias a la
educación que les ofreció el Estado venezolano pudieron hacerse de un empleo
digno o del libre ejercicio profesional, que permitió levantar una familia con
mejores y mayores oportunidades que las que ellos o sus padres disfrutaron en
época anteriores.
Para muchos
de nosotros, la educación se convirtió en la “IV República” en el trampolín
para saltar a una vida mejor, sustentada en el trabajo productivo y la dignidad
que nos regala la libertad de pensamiento y de acción; gracias a la educación,
Venezuela exhibió por muchos años una de las clases medias más consolidadas del
continente latinoamericano; una clase media consciente de sus capacidades y
habilidades para construir caminos de prosperidad tanto a nivel personal como
nacional. Negar este hecho es estar de espaldas a la realidad de Venezuela.
Muchos de los dirigentes revolucionarios que hoy vociferan contra los 40 años, fueron formados en instituciones educativas
públicas, las cuales permitieron su ingreso sin condicionamientos político-partidistas.
Nuestras
universidades han dado demostraciones fehacientes de su espíritu democrático,
popular y libertario; ellas han aportado significativamente al progreso del
país y a la superación social de miles de hombres y mujeres, que hoy vemos con
preocupación que este gobierno pretende menoscabar la esencia misma de la
educación, como es la violación del derecho que tenemos todos los venezolanos
de recibir una educación libre, orientada al trabajo productivo y al servicio
de los intereses de la nación, y no una educación esclava de las apetencias
trasnochadas de un líder que pretende erigirse como el salvador de la patria.
Maracaibo, 13 de marzo de
2.009.-
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