viernes, 24 de mayo de 2013


         
                                       Un secreto a voces

                              Efraín Rincón Marroquín

Muchas de las cosas que dijo Mario Silva en su Hojillagate, las presumíamos; sin embargo, nos alarma el grado de descomposición moral de algunos personeros del gobierno, “defensores a ultranza” de la moral revolucionaria. Aquí no se trata si el audio fue o no un montaje, o si el declarante es digno o no de crédito; de lo que se trata en definitiva es que este país se desmorona con un gobierno que se alimenta de la mentira y la corrupción, y que todo cuanto se ha dicho de las intimidades del oficialismo, se quedó corto al oír las barbaridades por boca de uno de los privilegiados que vive dentro del monstruo, dentro de sus propias vísceras.
En cualquier sociedad normal, esas declaraciones estremecerían al gobierno y ameritarían una investigación a fondo por parte del Ministerio Público. Creo que eso no sucederá; pero quedó al descubierto que no es verdad que lo importante sea la felicidad del pueblo, sino el poder y el enriquecimiento de mafias oficiales; que no es verdad que la unidad del oficialismo es una roca después de la muerte del presidente Chávez, sino parcelas de poder con intereses y agendas propias; que no es verdad que ahora tenemos patria, porque parecemos una colonia de Cuba. La verdad es que las cosas están peor de lo que imaginamos. Que el legado de Chávez está siendo usado por una camarilla para el disfrute personal, que miente para esconder los vicios y rivalidades internas, que rinde cuenta al G2 cubano  y se resiste ver la realidad de un país que quiere un cambio porque ya se cansó de tanta incapacidad revolucionaria.
La crisis político-institucional, económica y social se agrava por la inmoralidad que caracteriza al régimen. La falta de moral ha destruido el honor de la revolución. Sin moral, la corrupción campea sin que nadie la detenga y la castigue. Si la corrupción se entroniza como política de Estado, los recursos destinados a resolver los problemas del país se van a cuentas privadas que engordan las fortunas de connotados personeros, dejando que el pueblo sufra las consecuencias nefastas de un gobierno indolente y corrompido. Si no existe moral, se secuestran los poderes públicos y sus directivos se convierten en cómplices de las fechorías de la minoría gobernante, profundizando la crisis institucional que genera un déficit democrático que amenaza la libertad e irrespeta los derechos constitucionales. Sin moral no hay valores ciudadanos que coloquen a la familia y la educación como el centro de la sociedad, antídoto excepcional para combatir los antivalores de la muerte, la intolerancia, la violencia y la ignorancia que nos impide avanzar como ciudadanos de una sociedad civilizada y moderna. Sin moral no hay líderes ni testimonios que nos ayuden a sanear un país enfermo por la podredumbre de un gobierno ilegítimo.  
La conclusión bochornosa que nos deja el hojillagate es que la revolución venezolana está empantanada en una profunda crisis moral que pretende arrastrarnos con sus miserias y debilidades. Pero cuando una realidad de esa envergadura nos revienta en nuestras caras, se abre un nuevo episodio para levantar la conciencia nacional y luchar contra la maldad que se burla de un pueblo que tiene legítimo derecho a vivir en paz y en progreso. La lucha de la verdad contra la mentira es larga y, a veces, dolorosa, por eso ahora es cuando debemos unirnos para avanzar juntos hacia el rescate de un país grande como el que soñamos para nuestros hijos.
Publicado en Versión Final el 24 de mayo de 2013

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