Un secreto a
voces
Efraín Rincón
Marroquín
Muchas de las cosas que dijo Mario Silva en su
Hojillagate, las presumíamos; sin embargo, nos alarma el grado de
descomposición moral de algunos personeros del gobierno, “defensores a
ultranza” de la moral revolucionaria. Aquí no se trata si el audio fue o no un
montaje, o si el declarante es digno o no de crédito; de lo que se trata en
definitiva es que este país se desmorona con un gobierno que se alimenta de la
mentira y la corrupción, y que todo cuanto se ha dicho de las intimidades del
oficialismo, se quedó corto al oír las barbaridades por boca de uno de los privilegiados
que vive dentro del monstruo, dentro de sus propias vísceras.
En cualquier sociedad normal, esas declaraciones estremecerían
al gobierno y ameritarían una investigación a fondo por parte del Ministerio
Público. Creo que eso no sucederá; pero quedó al descubierto que no es verdad
que lo importante sea la felicidad del pueblo, sino el poder y el
enriquecimiento de mafias oficiales; que no es verdad que la unidad del
oficialismo es una roca después de la muerte del presidente Chávez, sino
parcelas de poder con intereses y agendas propias; que no es verdad que ahora
tenemos patria, porque parecemos una colonia de Cuba. La verdad es que las
cosas están peor de lo que imaginamos. Que el legado de Chávez está siendo
usado por una camarilla para el disfrute personal, que miente para esconder los
vicios y rivalidades internas, que rinde cuenta al G2 cubano y se resiste ver la realidad de un país que
quiere un cambio porque ya se cansó de tanta incapacidad revolucionaria.
La crisis político-institucional, económica y social
se agrava por la inmoralidad que caracteriza al régimen. La falta de moral ha
destruido el honor de la revolución. Sin moral, la corrupción campea sin que
nadie la detenga y la castigue. Si la corrupción se entroniza como política de
Estado, los recursos destinados a resolver los problemas del país se van a
cuentas privadas que engordan las fortunas de connotados personeros, dejando
que el pueblo sufra las consecuencias nefastas de un gobierno indolente y
corrompido. Si no existe moral, se secuestran los poderes públicos y sus
directivos se convierten en cómplices de las fechorías de la minoría gobernante,
profundizando la crisis institucional que genera un déficit democrático que
amenaza la libertad e irrespeta los derechos constitucionales. Sin moral no hay
valores ciudadanos que coloquen a la familia y la educación como el centro de
la sociedad, antídoto excepcional para combatir los antivalores de la muerte, la
intolerancia, la violencia y la ignorancia que nos impide avanzar como
ciudadanos de una sociedad civilizada y moderna. Sin moral no hay líderes ni
testimonios que nos ayuden a sanear un país enfermo por la podredumbre de un
gobierno ilegítimo.
La conclusión bochornosa que nos deja el hojillagate
es que la revolución venezolana está empantanada en una profunda crisis moral
que pretende arrastrarnos con sus miserias y debilidades. Pero cuando una
realidad de esa envergadura nos revienta en nuestras caras, se abre un nuevo
episodio para levantar la conciencia nacional y luchar contra la maldad que se
burla de un pueblo que tiene legítimo derecho a vivir en paz y en progreso. La
lucha de la verdad contra la mentira es larga y, a veces, dolorosa, por eso ahora
es cuando debemos unirnos para avanzar juntos hacia el rescate de un país
grande como el que soñamos para nuestros hijos.
Publicado en Versión Final el 24 de mayo de 2013
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